miércoles, 6 de julio de 2011

Miércoles de Recuerdo Lejano


Vražda v domě (Asesinato en la casa), pintado en 1890 por el checo Jakub Schikaneder. Perfecto para mi historia de hoy.

No tengo menta pura, ni tila pura, aunque no sé a qué grado de pureza puede referirse Hidalgocinis en su comentario. Pero encontré en el armario de la cocina infusiones de distintos tipos y le hice una a mi padre. Al menos, olía bien.

Lo que no pude hacer, es abrazarle. Lo siento, aún es algo que me… cuesta, me resulta muy difícil. Pero le he dado la mano, por primera vez en años, y él la ha estrechado con fuerza. Nunca pensé llegar a ver esa expresión en sus ojos. Era como si supiera que va a morir y tratara de aferrarse a mí mientras tiraban de él desde el otro lado. Estaba atenazado por el miedo. Y yo me he sentido débil y cobarde. Lo único que quería era apartar la mano, separarme lo más posible, evitar su contacto. Si no he abandonado la habitación, ha sido por Rolando, que me ha estrechado por la cintura, infundiéndome fuerzas.

Y cuando mi padre inició su relato, contando su experiencia con un Edterran hace años y con la… digamos Secta, que quería propiciar la llegada de su Amo, ha resultado bastante más fácil.

Para él, todo comenzó con una muerte misteriosa, en el Campo Volantín.

Allí, una mujer, se arrojó un día desde una ventana, estrellándose contra las características baldosas de las aceras bilbaínas. Su sangre se extendió durante un par metros, siguiendo lentamente los dibujos acanalados del suelo, como en alguna clase de sacrificio ritual.

Se llamaba Carmen, conocida como la Malagueña y era… bueno, amiga de mi padre. Cuando lo dijo, y por cómo lo dijo, todos pudimos hacernos una idea clara de su relación. Se produjo un silencio incómodo, pero mi madre se limitó a apartar discretamente la vista, nada más. Supongo que, ya entonces, cuando yo tenía siete años, su matrimonio estaba totalmente roto. Recuerdo aquella época muy vagamente. Mi padre apenas venía por casa. La excusa era que tenía muchos viajes de negocios o que pasaba largas temporadas en Madrid, por su trabajo. Pero lo cierto es que nos rehuía; incluso cuando estaba en Bilbao llegaba siempre demasiado tarde, como si estuviese esperando a que mi madre y yo ya nos hubiésemos acostado.

En mi memoria, vuelvo a levantarme de noche, muy tarde, y veo luz filtrándose por la puerta entreabierta de su despacho. A veces, se oía música, casi siempre ópera. A veces, pocas, tenía alguna visita, porque hablaba con gente. Negocios. Política…

Confesó que nunca amó a Carmen, pero la apreciaba. Estuvo con ella mucho tiempo, quizá porque siempre fue hombre de costumbres. Empezó a visitarla cuando era un crío, mientras estudiaba en la Universidad de Deusto, y siguió haciéndolo una vez casado. Cada vez que regresaba a Bilbao, iba por su casa y, en cuanto pudo, la sacó de la calle Las Cortes, donde vivía, famosa en la época por ser uno de los mayores centros de delincuencia y prostitución de la ciudad y le puso un buen piso en el Campo Volantín.

A pesar de que, de alguna manera me robó algo, no consigo que Carmen me caiga antipática. Al contrario: según mi padre, era alegre, honesta, buena mujer, y vendía lo único que le había quedado tras tener que huir de un marido que la maltrataba.

– Siempre decía que podía haber fregado escaleras, pero que sólo tenía un cuerpo y una vida, y no estaba dispuesta a deslomarse y malvivir sólo para satisfacción del capricho moral otros – dijo mi padre y, por su tono, pensé que quizá no amó a Carmen, pero realmente la quiso – Cada cual, que haga lo que quiera con lo suyo, corazón, que yo no me meto en casa ajena, decía, y se echaba a reír. Tenía una hermosa risa. Fue lo primero que me gustó de ella.

No sé. Supongo que, alguien que consiguió ganarse el aprecio del Gran Salvador Goyri durante tantos años, debía ser una persona muy especial.

En cierta ocasión, al regresar, ella le habló del extraño grupo que había visto rondar por una mansión cercana, una casa señorial encajonada entre edificios de pisos. Desde las rejas de la puerta podía verse el gran jardín, con algunos árboles y una glorieta. Cuando lo contó, la recordé, porque pasé más de una vez por allí de niña. Era de esos sitios que sobreviven como pueden al hambre voraz del futuro. Todo tenía ese aire abandonado y nostálgico de las historias góticas: mirabas el jardín, la hermosa fachada, la glorieta de piedra blanca, y podías imaginarte fiestas elegantes en un pasado que ya no podía volver.

La casa estaba cerrada desde hacía mucho y atrapada, casi como si se ahogara, entre edificios de grandes bloques. Supongo que el terreno valía un riñón en esas épocas de burbuja inmobiliaria, si es que ya existía eso entonces. Tened en cuenta que se encontraba situada en un punto muy céntrico de Bilbao, en pleno Campo Volantín, frente a la ría. Seguro que más de uno veía el lugar y se frotaba las manos, pensando en cuántos hipotecados podría encajonar allí, bien apiñados. Yo era una niña, no ganaba nada con destrozarlo todo, y sólo veía un pedacito más del pasado que se nos escapaba de entre los dedos para no volver jamás. Me encantaba aquel sitio.

Javier siempre dijo que yo tenía sensibilidad histórica. Supongo que, al menos en eso, nos entendíamos bien.

Un buen día Carmen vio movimiento en la casa. Primero, fue un atardecer: al pasar frente a la puerta, vio varias figuras oscuras deambulando en los alrededores de la glorieta. Entonces no le dio demasiada importancia, sobre todo cuando se cercioró de que eran hombres con trajes grises y negros, elegantes todos. Pensó que serían abogados y constructores, o algo así; la clase de gente que podría esperarse ver por allí, midiendo el lugar para poder destrozarlo y cambiarlo en otra cosa. Más pisos. Más apartamentos diminutos, sofocando su esplendor.

Pero, luego, vio coches, furgonetas, entradas y salidas, y escuchó voces en la noche. Día tras día, asomada a la ventana, intentaba entender lo que decían, pero lo único que sacó en claro fue que aquello tenía alguna clase de ritmo, igual que el resplandor de velas que se filtraba entre los árboles del jardín abandonado, cuya luminosidad aumentaba o disminuía a impulsos, oscilando mecida por el cántico. Definitivamente, algo estaba pasando en la glorieta.

Así que, una noche, según le contó a mi padre, se acercó sigilosamente. La vieja puerta de reja, que siempre estaba sujeta por una cadena, no tenía echado el candado. Debían haberla abierto y dejado así, para facilitar la salida. Era de noche, tarde, ¿quién iba a acercarse?

– Carmen, la Malagueña... – musitó mi padre, con pena.

Porque Carmen entró, sigilosamente, y se deslizó como una sombra más por el viejo jardín. Contempló el grupo de hombres, siete hombres, subidos en la glorieta, sobre un soporte metálico, una especie de plataforma desmontable. Uno de ellos, sobresalía por encima y por delante de los demás, colocado en una extensión que lo situaba directamente sobre los matorrales. Tenía los brazos abiertos en cruz y dirigía las voces.

Por primera vez, Carmen escuchó el cántico con claridad. Seguía sin entenderlo, porque no conocía el idioma ni comprendía el significado de aquellas palabras, pero... en realidad, eso hasta daba igual. Casi ni importaba, no había mensaje, sólo era sonido y fuerza. Sus sílabas parecían romperse sobre sí mismas, afiladas como cuchillos, provocando destellos en el aire. Crepitaron sobre la hierba, recorriendo a toda velocidad la corta distancia que separaba a Carmen de la glorieta. Corta, apenas unos metros; y, sin embargo, llegaron cargadas de un aroma a llanuras inmensas, abrumadoras, y entraron por sus oídos como un abordaje pirata, casi haciéndola daño.

Y un terror helado pareció extenderse por todo su cuerpo.

Alguien gritó. De entre el cúmulo de negruras que formaban los hombres, surgió una figura femenina. La sujetaban entre dos, zarandeándola sin contemplaciones. Era una chica, con uniforme de colegio de monjas, le calculó unos quince años. Tenía el rostro golpeado y la ropa rasgada. Carmen era veterana en ciertas cuestiones. Como si no supiera de lo que eran capaces los grupos de caballeros elegantes como aquellos. Supuso que la habían violado.

El hombre del saliente pronunció aquella abominación con mayor fuerza, con mayor intensidad. Y más, y más. Y las voces fueron un rugido que golpeaba el mundo, abriéndolo, quebrándolo como madera reseca.

Todo se detuvo repentinamente.

El silencio, inesperado, cayó sobre el jardín aplastándolo todo. Nada se movió durante largos segundos, ni siquiera el corazón de Carmen. Y, al principio, no lo sintió, pero lo supo.

La criatura se movía por la tierra, bajo la tierra, en la tierra. Nadaba en ella como otros nadan en agua, como puede nadarse en aceite, dibujando círculos, líneas, siempre acortando distancias. En su avance, imparable, apenas levantaba un rumor de hojas secas, de espesura; ligeros crujidos de ramas rotas, y un olor intenso a cosa muerta, a cosa que no debía existir, que jamás hubiera debido existir.

Apestaba a infierno, a inmensos pasos intermedios recorridos por y gracias a la magia…

Eso fue lo que golpeó a Carmen, de bruces, con fuerza. Y, al hacerlo, volvió la realidad, el movimiento, los gritos desesperados de la niña, la sangre hirviendo en las venas al ritmo de aquel hechizo...

Los hombres arrastraron a la muchacha al borde de la construcción metálica y la arrojaron al jardín, en el que la hierba se estremecía como un oleaje. Ella lanzó un alarido al golpear el suelo, pero no fue ni siquiera la mitad de desgarrado que el que lanzó segundos después, cuando la forma oscura de aquella cosa surgió de las entrañas del mundo, la agarró y la arrastró con ella hacia el abismo.

Carmen sintió un vahído, todo daba vueltas, pero no pudo perder la consciencia ni dejar de ver la forma semienterrada de la muchacha, alejándose a buena velocidad, arrastrada por la fuerza inmensa de aquella cosa, gritando, gritando… La criatura se dirigió hacia un rincón apartado del jardín, protegido por una selva de rosales y cubierto por un sauce llorón cuyas ramas caían como una espesa cortina hasta casi barrer el suelo, y allí ambas figuras se hundieron definitivamente.

El cántico había vuelto, se dio cuenta entonces. Espantada, miró hacia la glorieta y tuvo la impresión de que el hombre del saliente la estaba mirando. Era imposible, estaba oscuro, ella ni siquiera podía distinguir sus rasgos.

Pero la estaba mirando.

Salió corriendo y volvió a casa.

En los días siguientes, preguntó discretamente en el vecindario. Fue inútil: nadie había visto nada raro, ni oído cánticos, ni sentido nada. De no ser porque se denunció la desaparición de una niña que acudía al colegio de Las italianas (como se llamaba comúnmente al colegio de Santa Francisca Javier Cabrini, situado de hecho en las cercanías, en el propio Campo Volantín), hubiese podido pensar que todo había sido un sueño.

Pero no lo había sido, estaba segura.

Esto me ha hecho pensar si la tal Carmen no tendría algún tipo de Nuiz, algún poder capaz de permitirle traspasar las barreras protectoras de esa gente. Quizá, por ello, pudo ver la realidad, algo imposible para el resto de sus vecinos. Cuando se lo comenté, Rolando dijo que probablemente, pero supongo que ya nunca lo sabremos a ciencia cierta.

Carmen le contó todo esto a mi padre en su siguiente visita, pero él no le dio demasiada importancia. Pensó, realmente, que era algo que había imaginado, un mal sueño.

– ¿Qué otra cosa podía pensar? – dijo, intentando disculparse – Era una locura…

A pesar de los ruegos de Carmen para que investigase la casa o los pequeños datos de que disponía, mi padre lo dejó estar. En aquel momento, no tenía tiempo para eso, se encontraba inmerso en un importante negocio con unos individuos rusos. Un asunto difícil, porque entonces seguía la República Soviética y todo eso, y aunque España había espabilado un poco con la Constitución tras los cuarenta años de dictadura criminal, el tema comunista seguía siendo delicado.

La siguiente vez que acudió a verla, fue porque le avisaron de su muerte. La habían encontrado al pie de su balcón, estrellada contra el suelo.

Y, entonces, sí; entonces, mi padre empezó a investigar.

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