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sábado, 15 de octubre de 2011

El Sábado Amanece Bajo la Mirada de un Dragón

Círculo Mágico
John William Waterhouse, 1886
Lo he tintado al rojo...
Llevo mucho tiempo sin escribir. Lo siento, un día mi portatil dejó de funcionar y no hubo manera. Enrique lo revisó y dijo algo del disco duro o no sé qué. Yo no tengo ni idea. Lo único que sé es que no hubo forma de recuperarlo y hasta ahora no he tenido tiempo de conseguir otro. Por suerte, tampoco ha habido nada reseñable que contar. No para la causa, me refiero. En cuanto a Rolando, o en cuanto a mí y los míos, pues sí. Han sido tiempos difíciles.

Estamos en Berlín, en las afueras. Llevamos ya varios días aquí, acampados en un hotel, esperando que Rolando diga qué hacemos. Tenemos algunos nuevos seguidores, aunque por lo general la gente rehuye la cercanía de Rolando. No todos, pero sí la mayoría. Otros se muestran como fascinados. Creo que la diferencia está en el Nuiz, que la gente sin Nuiz se siente perturbada, incómoda, en su presencia. Jon es su hijo, y no se ha ido, pero procura no acercarse. Enrique tampoco se ha marchado, pero creo que terminará haciéndolo.

Pero otros se han unido, cosa de una docena. Creo que tienen distintos tipos de Nuiz, algunos casi sin poder efectivo, pero ahí está, latente. Como Rolando no da muestras de interés, y Marea, Radar y los demás están ocupados con sus propias tácticas y sus contactos con lo que consideran el grupo principal, Loa es quien se ha ocupado de organizarlos. Eso me preocupa. Bien sé que Loa nunca da puntada sin hilo.

Radar dice que se acerca un ejército. Supongo que se refiere al grupo de Brau. Y que nota una fuerte presencia, cerca, al norte. El Rey, imagino, en esa fortaleza que se está construyendo. Qué extraña historia mantiene con Blanca. ¿Qué busca el Rey de ella? No puedo creerme ese cuento del hombre tierno y cruel a la vez, la criatura capaz de amar de forma tan intensa y a la vez que sea capaz de hacer esas cosas horribles.

Lo sé. Yo vivo con un demonio.

A veces pienso que Rolando ya no es Rolando. O quizá debería decir que es la esencia de lo que fue, su impulso básico. Es ese deseo de salvar el mundo que tenía, hecho carne. No come y apenas habla, concentrado en sus tormentosos pensamientos. El primer día en Berlín, subió a la azotea del hotel y se pasó horas de rodillas bajo el sol, con los brazos extendidos en cruz. No sé si alguien más se dio cuenta de que no tiene sombra, Loa supongo que sí, pero ninguno dijimos nada. Viendo que no bajaba ni al caer la tarde, ordené que le subieran una cama. Él pidió un brasero. Enrique le consiguió uno de una iglesia cercana, con buen suministro de carbón. Cuando, de noche, subí, Rolando le había grabado distintos símbolos mágicos y estaba quemando lo que parecían unas hierbas. Los carbones se pusieron más rojos aún.

—Es algo que no crece en este mundo me dijo, cuando le pregunté qué podía ser. No quiso explicarme más. Fui a la cama y esperé. No come, no bebe, no duerme, pero siempre viene y me abrasa con un ímpetu que tampoco tuvo en otros tiempos. Y eso que, a veces pienso que lo hace más por mí que por auténtico deseo.Quizá sea todo una ironía y cada uno se entrega al otro, a su manera, porque eso es lo que hago yo, entregarme. Una rendición absoluta. Pertenezco a la criatura oscura que me hace el amor con violencia bajo la noche.

Soy la Concubine du Diable. Así me llama Loa y así me llaman sus hombres. Bueno, podía ser peor.

Mi relación con Loa no ha mejorado y, de hecho, ha sido el desencadenante de la última crisis, esta misma mañana, muy temprano. Jon y Enrique me acababan de entregar este portatil, al parecer han estado dando mil vueltas por las tiendas de informática de los alrededores, hasta encontrar uno que fuera realmente bueno y resistente. Yo estaba feliz, recuerdo. Abracé a Jon y quise hacer lo propio con Enrique, pero me rehuyó como si tal cosa. Iba a preguntar qué pasaba, ya sé que es absurdo pero iba a hacerlo, cuando oímos los gritos y un fuerte estruendo. Venía de arriba, de algún piso alto. Subimos corriendo, desenfundando de inmediato las pistolas. Con qué naturalidad hacemos eso ya, hoy en día...

El hotel tiene nueve pisos. En el quinto, nos encontramos con la catástrofe. Algo había abierto un enorme boquete en la pared, vimos varios muertos y muebles ardiendo. Loa y otros hombres estaban en las escaleras, subiendo a toda velocidad.

¡Dragón! ¡Dragón! gritaba alguien. Recordé lo que me había dicho Rolando, de la mutación de los demonios Monoi en Dragones. ¿Sería un Monoí de ese tipo? No podía imaginar que fuese el propio Rey que hubiese venido a atacarnos. Me consolé pensando que, de ser él, hubiese arrancado de raíz el hotel, o lo hubiese hundido sobre sus cimientos, incrustándolo en el magma del núcleo del mundo.

Subí corriendo tras Enrique y Jon, y llegamos a la azotea casi sin aliento. Allí vimos otros dos muertos, llamas, destrucción... Algo había derrumbado un lateral del edificio, daba la impresión de que hubiesen dado una dentellada gigantesca a la azotea. Rolando estaba allí, de pie, alerta, y Loa a su espalda. Varios hombres corrían y disparaban a algo que yo no podía ver.

Mis ojos se detuvieron en el brasero. Recordé algunos principios de magia que aprendí en el templo de los Sabios. Corrí hacia allí, cogí uno de sus carbones y apresuradamente pinté un círculo mágico alrededor, dibujando símbolos que potenciarían mis hechizos, ante lo que pudiera ocurrir. Además, me protegería de toda clase de magias menores.

Entonces, surgiendo de abajo, elevándose con fuerza, apareció la forma monstruosa del dragón, rugiendo, moviendo unas gigantescas alas. Un viento caliente y fétido barrió la azotea. Oí gritos. Un hombre cayó al suelo, creo que debido a un ataque cardíaco más que a otra cosa. La visión era aberrante, aterradora, infundía un miedo atroz. Supongo que era alguna clase de espanto mágico, no sé. Yo lo resistí por estar dentro del círculo, pero Enrique y Jon entraron en pánico y no supe más de ellos.

Todo fue muy rápido.

Rolando y Loa empezaron a hacer algo, alguna magia supongo. Pero el dragón se lanzó en picado,hacia ellos. Pensé que buscaba matar a Rolando, pero no: lo apartó de un golpe y atrapó a Loa, arrastrándolo con él hacia las alturas.

"Mátalo", pensé, llena de una repentina euforia. "Mátalo, mátalo, mátalo, mátalo..." Cómo lo deseaba, cómo... Creo que era tan intenso mi deseo que llegué a transmitirlo, y el dragón me miró. Tenía los ojos grandes y negros. Tuve la sensación de que otra inteligencia me miraba a través de esas pupilas. 

Todo se había detenido, excepto el sonido rítmico de sus potentes alas creando aquel viento huracanado...

De pronto, Rolando se levantó y corrió hacia el monstruo, dispuesto a enfrentarse con él. Y no sé qué me pasó, no lo sé, pero antes de darme cuenta de lo que hacía ya había actuado, alzando los brazos y envolviéndolo en una especie de bolsa, un campo de fuerza invisible. Rolando chocó contra sus límites y cayó al suelo, perplejo. Comprobó la situación, supo lo que había pasado y se volvió hacia mí. Vi que ni siquiera iba a discutir, tenía demasiada prisa. El dragón apretaba a Loa, iba a reventarlo, y estaba abriendo la boca para arrancarle la cabeza de un solo mordisco.

Rolando hizo presión para romper la bolsa. Yo sabía que lo conseguiría en menos de un segundo, es demasiado poderoso, no puedo soñar con contenerlo mucho más, así que le lancé una descarga, intentando noquearle. Ahí sé que le sorprendí, pero tampoco se lo pensó dos veces: terminó de desbaratar la triste prisión con la que había intentado controlarle, alzó una mano, para recibir la bola de energía y la dividió en dos. Una parte  la dirigió hacia el dragón. La otra, algo menor, me la devolvió en un rebote que multiplicó su ímpetu.

Yo la vi venir, pero no tuve tiempo ni para apartarme. Me golpeó de lleno y perdí el sentido.

Cuando desperté, me encontraba en la cama. Mi cabeza era puro dolor palpitante y estaba sangrando por la nariz y los oídos. A pocos metros, Loa y Rolando discutían. Estaban junto al cuerpo muerto del dragón, que parecía incrustado en el borde de la azotea como una gárgola rota. Rolando le estaba abriendo la cabeza, arrancándole una esfera. La observó y la depositó entre las llamas de su brasero.

Si esa perra no fuera tu amante, ya la habrías matado por lo que ha hecho dijo Loa, de malos modos.

Y si tú no me fueras útil todavía, ya te habría matado por lo mucho que has hecho en el pasado replicó Rolando, con indiferencia. Loa apretó los labios—. El Rey te quiere muerto. ¿Sabes por qué?

Puedo imaginarlo. Rolando le miró, por lo que se sintió impulsado a seguir—. Quiere ser el único que domina el sueño de los muertos.

Sí, yo pienso lo mismo. —La esfera del Monoi empezó a emitir un humillo blanco. Rolando pasó las manos por encima, como solía hacerlo sobre las brasas. Se estremeció—. Serás cauto, organiza una guardia que te vigile día y noche. Recuerda que tu vida me pertenece. Te hago responsable de ella. Muere sin mi aprobación y tendrás una eternidad para lamentarlo. Loa le hizo una reverencia—. Ahora, vete.

Loa se marchó. Nos quedamos solos en la azotea. Poco a poco, el círculo mágico que  yo había dibujado alrededor del brasero se desvaneció. El humo blanco envolvía a Rolando. 

Creo que me quedé dormida.

Cuando desperté me dolía menos la cabeza. Rolando estaba a mi lado, limpiándome la sangre de la cara con un paño húmedo. Fui vagamente consciente de que en el brasero no quedaba rastro de la esfera de Monoi. No me atreví a preguntar qué había ocurrido con ella. Las brasas no brillaban rojas, sino blancas.

Perdón atiné a decir.

Rolando me miró con esas pupilas turbias que tiene desde que contempló otros horizontes.

¿Por qué? Nunca has considerado que haya algo más importante que el amor. ¿Por qué deberías opinar distinto, respecto al odio? Yo no puedo cambiarte, Reb. He intentado hacértelo entender cuando estaba vivo y también después de muerto, y ha sido imposible. Diga lo que diga, sé que lo sacrificarías todo por lo que amas o lo que odias. Pero yo no. Yo sí creo en fines más importantes. Recuérdalo porque, si vuelves a hacer algo así, estarás traspasando un límite con el que jamás hubieses debido toparte. No te mataré. A ti, creo que jamás podré matarte. —Me sujetó por la barbilla y apretó, casi haciéndome daño—. Pero vuelve a atacarme, o vuelve a poner a los nuestros en peligro, del modo que sea, y te juro que te arrancaré hasta el último destello de poder del cuerpo antes de enviarte de vuelta a casa con tu hija. ¿Está claro? —Asentí con los ojos, porque no podía ni hablar ni mover la cabeza—. Bien.

Me lanzó hacia atrás, contra la almohada. Volvió a su brasero. 

Allí sigue desde entonces, moviendo las manos sobre ese extraño humo blanco...

martes, 27 de septiembre de 2011

El Viernes mis Pasos siguen un Patrón Ensangrentado

Polyptyque de la Vanité
terrestre et de la
Rédemption céleste

Hans Memling, c.1485
Filtrado y compuesto
con un patrón laberíntico
En el templo de los Sabios, los días trascurren diferente, de otro modo... Pero luego pesan igual. Lo mismo que la desesperación,  el odio y la pena...

Debí haber supuesto que algo malo estaba sucediendo desde el momento en que Loa empezó a rondar a Javier. Avanzó poco a poco, como una serpiente, primero de forma ligera, luego, cada  vez con mayor insistencia.

Algo le dijo, algún argumento debió usar en un momento dado, porque terminó interesándole en su asunto: se retiraban juntos a cuchichear por salas y rincones, debatían durante horas, compartían textos que ni Enrique ni yo entendíamos y nos decían que no era necesario que lo hiciésemos. 

Han compartido mucho tiempo estos días. No sabíamos qué pasaba. Radar sí, seguro. Pero se hacía el ciego, maldita sea su alma. Creo que también piensa que unos males son mayores que otros y que salvar el mundo es el fin último en el que debe sacrificarse todo lo que somos. Lo que justifica cualquier medida.

El Patrón... Teníamos prohibido internarnos, porque según los Sabios, alejarse de las puertas sin tener claro el modo de avanzar, era condena segura a perderse en su trazado. Muchos habían desaparecido así y yo no estaba dispuesta a arriesgarme. Pero lo he contemplado muchas veces, desde todas las puertas. Huele a sangre hasta el punto de revolvernos el estómago a nosotros, que estamos ya tan acostumbrados a ella. En el Patrón, lo es todo, lo forma todo: se mueve en líneas por el suelo, traza las paredes, pátinas temblorosas agitadas por una brisa continua, unidas con colgajos de lo que parecen órganos todavía frescos. Están por todas partes, creando pasillos. Gotean...


—El Patrón es la cerradura de seguridad de un Umbral —nos explicó Loa, no sé, creo que fue el miércoles o el jueves. Tampoco es que importe mucho. No he tenido tiempo de escribir, ni ganas. El templo consume nuestras energías: la magia del Patrón, me dijeron los Sabios, es muy exigente—. ¿Lo entendéis ahora? ¿Comprendéis la importancia tremenda que tiene? Se trata de un paso, una entrada múltiple a muchos otros mundos, a todos esos infiernos de los que vienen estas criaturas. —Clavó un dedo en un viejo volumen que transcribía unos pergaminos egipcios. Javier los había traducido— Y, según este ritual, si lo abrimos de una forma concreta, nos llegará algún tipo de ayuda del otro lado. Ayuda. Algo necesario, vital.

—¿Qué otro lado? —preguntó Enrique—. ¿Qué hay ahí?

—Ya lo he dicho. Un infierno. Mil infiernos. —Se encogió de hombros— Limítate a las preguntas importantes, picapleitos, porque las incógnitas son muchas. 

—Es una pregunta importante —insistió Enrique, sin dejarse amilanar— Me gustaría saber por qué, de ese infierno en concreto, esperas una ayuda tan importante.

—Está bien. —Loa cerró el libro con enojo—. Lo admito. Vine porque sabía que el Patrón conducía a ese Portal multiplano y conocía sus leyendas. Fue creado con las magias de todos los que, en tiempos tremendamente remotos, acudieron aquí y se sacrificaron para ello. Era la única manera, el único modo, de asegurar  un obstáculo a lo que preveían en sus sueños: la llegada del Rey. Según las tradiciones, gracias a este paso, en un momento dado, los seres humanos podrían conseguir ayuda, una ayuda imprescindible para poder hacer frente a la amenaza. Para poder salvar el mundo que conocemos. El mundo humano.

—Pues perdona si no me fío de ti ni una mierda. —Enrique miró a Javier—. ¿Tú te lo crees?

—No he podido evitarlo. —Asintió Javier— He leído los textos de los antiguos. Los testimonios que hay al respecto son escasos pero claros: hay que abrir ese Portal, ese Umbral, y nos llegará ayuda del otro lado.

—¿Y cómo vamos a abrirlo? ¿Cómo? Si ni siquiera sabemos cómo cruzar el Patrón...

Fue Javier el que cogió un libro de aspecto decrépito y empezó a leer, traduciendo directamente de jeroglíficos egipcios:

Puerta y sendero,
Sangre muerta, sangre viva,
sangre hermana y enemiga,
te lo muestra el antimonio,
que la espiral siempre gira.
Sendero y Paso,
Patrón de sangre tejida,
Umbral de la piedra inscrita, 
Hombre, fantasma y demonio
que en la batalla decida.

—He hecho una traducción libre, pero es su sentido. —dijo entonces Javier—. Faltan frases, el pergamino estaba dañado, y varias, en otros puntos, me recuerdan sorprendentemente a los Textos de las Pirámides, concretamente al llamado Himno Caníbal, de la Pirámide de Unas... —Siguió con un dedo—: es el que comió sus entrañas cuando Aquéllos vinieron, llenos sus vientres de magia... —se interrumpió, al ver que le mirábamos algo bizcos—. Pero, bueno, que es su sentido. Creo que está claro.

—Si tú lo dices —repuso Enrique, con poco convencimiento. Loa hizo una mueca de impaciencia—.¿Qué es eso del antimonio?

—Ah, el sulfuro de antimonio, un mineral con el que los egipcios fabricaban un polvo finísimo llamado kohol, o alcohol, en su posterior versión árabe. Se usaba para curar las infecciones de los párpados, pero terminó aplicándose masivamente por puro interés cosmético. Sabéis lo famoso que es, lo de los ojos pintados. —Me señaló. Siempre me pinto los ojos con un lápiz negro. Aunque no haga más, sin eso no me veo arreglada—. Ha llegado hasta nuestros días.

—¿Y tenemos de eso?

—Sí. Los Sabios nos lo van a suministrar. Tienen un buen laboratorio.

—Perfecto. Entonces, nos tenemos que pintar los ojos para ver... ¿qué?

—Te lo diré cuando lo vea —le cortó Loa. Siguieron con mil temas diversos. Me aburrí mortalmente.

Y llegó el viernes, el día que Loa dijo que era el más propicio para atravesar el Patrón. Habían decidido que debíamos abordarlo desde dos extremos, o sea, desde dos pasillos contrarios, entrando justo a la vez. Elegimos la medianoche...

—Tú irás con Enrique y con Radar —me informó Loa. Y él con Javier, con el que tanto conspiraba por las esquinas—. Si ocurre algo, tienes que defenderles. Radar no tiene un poder de combate y Enrique... bueno, solo es un humano.

—También lo es Javier.

—Pero irá conmigo. Además, él es el Cazademonios.  —Sonrió, de forma muy desagradable—. El día en que tu Enrique se gane un sobrenombre semejante, se ganará también el respeto de los que importan.

No entré a discutir la tontería de si era mi Enrique o el de su puñetera madre. Tampoco le dije nada a Enrique de esas bobadas, pero me dieron vueltas en la cabeza, confundiéndome, haciendo que olvidase lo realmente importante: mis sospechas. Ni siquiera me di cuenta cuando, poco antes de la hora convenida, vino Javier y me abrazó. Estaba muy guapo, con los ojos pintados. Casi tanto como Enrique, recuerdo que pensé. Es que a Enrique le quedaba muy bien.

—Gracias, Reb —dijo Javier. Sí, a mí también me dejó sorprendida. ¿Gracias, por qué? Yo nunca le di una buena vida, precisamente. Este mismo diario-blog es una buena prueba de ello, recuerda mis primeras entradas de este blog, cuando estaba consumida por las ganas de romper nuestro matrimonio. Precisamente hasta estos últimos días, ni siquiera le había dejado acercarse lo suficiente. Pero, sabiendo que ya no estabas, Rolando... Era distinto a cuando desapareciste en aquel bosque. Ahora, había visto tu cuerpo muerto. Por los dioses, ¡había follado con tu cuerpo muerto! No me quedaba duda ni esperanza. Sólo me quedaba Javier que, en la penumbra era idéntico a ti, y en la luz, muchas veces tenía tu modo de mirar—. Por cierto ¿podrías guardarme algo? —me dijo entonces Javier—. No me atrevo a dejarlo por ahí, y tú tienes esa bolsa tan útil... —Llevo una bolsa en bandolera, muy cómoda. No es grande, pero me caben las cosas suficientes y, cuando vives como yo ahora, siempre es bueno llevar a mano en todo momento lo que no quieras dejar atrás. Javier me dio un librillo, su diario. Yo ya lo conocía, lo usaba mucho. Me había dicho que lo redactaba para Beatriz para que algún día supiera todo lo que está ocurriendo—. Ten mucho cuidado.

—Tú también —le pedí, y nos volvimos a besar. Pensé que le quería, le quería de verdad. Le amaba. Quizá no tanto como a Rolando, pero le amaba. Cuando Loa le llamó, gruñendo por el almíbar, se fue riendo. Me miró... No sé.

Para lo de la sangre muerta, sangre viva, dijeron que Javier debía llevar un cuervo vivo y uno de nosotros un cuervo muerto. Le tocó a Enrique, yo no pensaba tocar un pajarraco muerto.

Y seguí sin darme cuenta.

El Camino de la Vida, pensé. Y el Camino de la Muerte...

—Quedan un par de minutos —nos informó Enrique, consultando su reloj de pulsera. Radar comentó algo de que el Patrón empezaba a brillar más. Miré el cuerpo del cuervo, colgado desde el cinturón de Enrique. Me vi reflejada en un ojo muy negro.

Y entonces, fue cuando me di cuenta. Busqué en mi bolsa, alarmada, y saqué el diario de Javier. Como me temía, dentro había una nota:

Querida, queridísima Reb:
No lo lamentes por mí, amor mío. Hace tiempo que supe que, si me quedaba algo que hacer en este mundo, era precisamente intentar salvarlo. Y sé que lo pensarás, pero no es culpa de Loa. Ambos hemos descubierto, cada cual por su lado, que por los senderos del Patrón deben caminar un vivo y un muerto que haya renunciado a la vida., buscando encontrarse en un camino único, la línea difusa que conduce a todos los mundos.
Y, dime ¿quién mejor que yo? Loa quería sacrificar a Enrique, pero no lo veo justo. Yo quiero hacerlo, de verdad, me parece una buena oportunidad de enmendar muchas cosas. Y quiero que, al menos al final, mi existencia haya tenido algún sentido. Piénsalo bien, Reb, porque si alguien puede entenderme, esa eres tú: siempre he deseado parecerme a Rolando, siempre he querido ser él, porque era la manera, la única manera, de llegar a ti.
Ambos sabemos lo que hubiese hecho Rolando. Perdóname por hacerlo yo.
Y siempre te he amado, jamás lo dudes. Cuida de nuestros hijos. De los dos.

—¡No! —grité, y salí corriendo sin hacer caso de las voces de Enrique y Radar.

Cuervos vivos o muertos... ¡Y una mierda! Todo parafernalia, para ocultar el auténtico sacrificio.

Atravesé a toda velocidad los pasillos del templo, recorriendo todo su perímetro hasta avistar aquel que terminaba en la entrada contraria. Allí estaban Loa y Javier.

Javier, con la pistola en su sien...

Grité. Él me miró. Hubo un titubeo, pero Loa le dijo algo y Javier me dio la espalda. Afirmó la mano con el arma.

—¡Noooo!

Nunca lo había hecho antes. Sabía que era posible, pero no lo había intentado siquiera, porque imaginaba que sería algo terriblemente difícil, exigiendo una gran concentración. Pero, mientras corría por el pasillo hacia Javier, sentí cómo el poder se despertaba, se extendía por todo mi cuerpo, y me transformé en pura energía. Todo lo que tenía en mente, todo lo que quería era alcanzar a Javier, derribarlo, desarmarlo...

Fui destello azul, relámpago cegador, fuego incandescente. Crucé el largo pasillo a una velocidad vertiginosa, impensable para un cerebro humano, y les alcancé.

Pero era tarde.

Oí el estruendo en mi mundo perfecto de luces. Choqué con la nada cuando hubiese debido llegar a mi objetivo. Sólida otra vez, rabiosa como nunca, golpeé a Loa, una y otra vez. Usé el Nuiz, usé la poca magia que sabía, usé mi propia desesperación.

Creo que le hubiese matado. Quería matarlo. Sigo queriendo hacerlo, para qué engañarse. Cada vez que pienso en esos momentos, mis dedos se tensan con la necesidad de rasgar, con el deseo de violencia bruta, de ansia por destrozarle... Cuando me separaron de él, sujeta entre Enrique, Radar y tres Sabios, Loa estaba tirado en el suelo, con el rostro totalmente ensangrentado. Había sangre por todas partes.

La sangre de Loa. La sangre de Javier.

Grité durante mucho rato, seguro, aunque todo lo recuerdo en un profundo silencio. Sólo mucho después llegaron las voces, que decían que debíamos seguir con el ritual, que era imprescindible abrir aquel paso, recibir aquella ayuda.

Yo estaba demasiado agotada. Tenía la cabeza cargada y una presión horrible en el pecho. No dije nada cuando Loa realizó sus magias, y el cuerpo de Javier se puso lentamente en pie. Me recordó a Rolando, cuando me lo devolvieron burlonamente de la muerte. Frío. Muerto. Mío.

Progresse, le Chasseur de démons (Avanza, Cazademonios) —ordenó Loa— Suivre le Modèle (Sigue el Patrón)

Javier empezó a caminar por las líneas del suelo, que le empapaban los pies. Se movían como sangre, se sentían como sangre. Loa y yo le seguimos, internándonos en el Patrón. Cuando el umbral del pasillo quedó atrás, tuvimos la sensación de avanzar por una nada luminosa, en la que sólo la sangre tenía importancia. Conducía. Orientaba... En el aire se deslizaban gotas rojas, temblorosas. Algunas nos caían encima. Nos rozaban los trozos de entraña. Casi vomité a un lado. Loa no me lo permitió.

—¡Non! ¡No! ¡No enturbies el Patrón! Vuelve a tragártelo —me gritó, poniéndome una mano en la boca, casi ahogándome. Qué irónico, pensé. En el mismo bando y nos odiábamos a muerte. Con gusto se lo hubiera arrojado a un Edterran—. Putain...

No sé el tiempo que tardamos en recorrerlo. El pobre cuervo vivo ni se movía, miraba a todas partes sobrecogido. Iba en una jaula, colgando de la túnica de Javier. Un muerto con un cuervo, sangre, sangre...

Al final, nos encontramos con Enrique y Radar, y seguimos un último tramo juntos. Frente a un umbral decorado con un millón de espirales sin fin, había una especie de altar.

—Sangre —pidió Loa, siguiendo el ritual, según lo acordado. Voy a odiar esa palabra el resto de mi vida. Sacó un puñal y cortó la mano de Enrique, obligándole a derramar varias gotas. La mano de Javier la tuvo que restregar sobre la piedra. Ningún corazón bombeaba en sus venas.

Las espirales empezaron fluctuar, girando, girando, buscándose unas a otras, estableciendo pautas.

Entonces, de pronto, algo vino desde el fondo, de atrás, devorando furiosamente las líneas del Patrón, destruyéndolo. Un remolino de nieblas densas, vertiginosas, de masas blandas, cintas húmedas y repugnantes, que nos impactó con fuerza, como el puñetazo de un gigante. Loa fue lanzado hacia atrás, y Radar, que se golpeó la cabeza con el altar y quedó inconsciente. Enrique salió despedido a un lado y Javier quedó de rodillas,  convertido en un ser si voluntad. Yo apenas me tuve en pie, pero una mano surgió del viento oscuro y me agarró del cuello. Me levantó en volandas y me estampó sobre el altar. El golpe me  arrebató todo el aire de los pulmones y dejó aturdida. Para cuando quise reaccionar, mi atacante dijo:

—Vremya prishlo.YA tvoĭ sluga, Uchitelʹ! (El momento ha llegado. ¡Soy tu siervo, Amo!)

Y me clavó un estilete largo, largo, largo y terrible, en el estómago.

Qué decir. Dolor es una palabra demasiado breve para algo tan inmenso... Grité enloquecida, mientras mi sangre desbordaba por todos lados, salpicaba, y se mezclaba con las otras que habían empapado ya el altar.

Con un atisbo de lucidez, pude fijar la vista. Quería saber quién era nuestro atacante, el hechicero inmenso que se había abierto paso desgarrando de tal modo ese tejido mágico.

Era Volodia Popov.

Las espirales giraron, estableciendo otros caminos distintos, otras posibilidades. Una fuerte ráfaga de viento helado con olor a tumba surgió del umbral de piedra, me congeló los huesos.

—Al fin, devushka —dijo Popov, entusiasmado—. ¡Al fin!

Y la forma oscura del Amo, la densa negrura que se expandía como tentáculos por todas partes, empezó a surgir del Umbral. Se deslizó, con la violencia de una inundación, como las aguas negras e impetuosas de un pantano roto y desbordado, recorriendo las espirales, las curvas y giros infinitos, recorriendo el largo camino que nos había separado. La monstruosa silueta chapoteó, cubrió el altar, me cubrió a mí...

—¡No te resistas, devushka! —oí gritar a Popov—. El Amo está hambriento y sus apetitos son infinitos. Acepta el honor de ser su alimento y el recipiente de su placer...

Y el viejo loco empezó a cantar. Cantaba mientras la negrura desgarraba mi ropa, la consumía, la convertía en nada. Se pegó a mi cuerpo desnudo, me tensó, me alzó en el aire y me arqueó, entró por mi boca y mis ojos, por oídos y nariz, por mis esfínteres, por cada poro, por la herida abierta de mi vientre, aún atravesado por el estilete, clavándome en un tormento oscuro que supe sería eterno.

Estaba furioso conmigo, por lo ocurrido en el Cementerio C. Estaba hambriento.

Estaba preparándose para un combate mayor.

Entonces, el Umbral chasqueó otra vez con fuerza. No lo supe entonces, pero las espirales volvieron a girar. Empujando desde alguna parte, una figura se abrió paso con voluntad, una voluntad mayor que cualquier distancia mágica. Irrumpió en nuestra realidad con la forma de un destello capaz de disolver cualquier oscuridad. Se estampó contra el Amo, entró en él, hasta el fondo de su negra forma, desgarrando, cortando y destruyendo.

Y entonces se oyó un grito aterrador, una explosión, un chirrido. El Amo se agitó, forcejeando, intentó luchar, intentó magias impensables, pero no tenía nada que hacer ya, porque estaba herido de muerte. Se transformó en guedejas sucias, que fueron arrastradas por un viento nuevo, de vuelta hacia el Umbral, quizá a su mundo o a cualquier otro. Lejos de este, en todo caso.

Caí, jadeando, sobre la piedra del altar, cubierta de sangre y lodo negro, impregnada por el sabor y el olor de aquella cosa. Y, entonces, le vi.

Era Rolando.

Lo era, y a la vez, era alguien muy distinto. No sé, realmente, dónde estaba la diferencia. En el modo en que se movía, quizá; en el aura que emanaba de él... En sus ojos, oscuros con reflejos rojizos, como tizones en llamas.

Jadeé, sin saber qué hacer o qué pensar.

—Ha hecho lo que tenía que hacer, como su hermano —susurró Loa, de pronto. Le vi junto a mí, al otro lado del altar. Había admiración en su voz, por primera vez desde que le conocí—. Fue humano, fue fantasma, y se ha transformado en demonio para, en el momento más oscuro, luchar en la última batalla.

Estaba desnuda. Intenté taparme. Me miró con desprecio y no se lo pude reprochar, tontería la mía del recato cuando me estaba muriendo. Loa arrancó el estilete que me atravesaba el estómago y casi me desmayé por el dolor, pero no, hubiese sido demasiada suerte.

Afortunadamente, Loa había llegado a la conclusión de que le beneficiaba ayudarme. Puso en la herida la otra mano. Dijo algo, no sé qué; pero la herida se curó, y el dolor se desvaneció.

Más allá, Popov temblaba, mientras Rolando se acercaba a él, clavando firmemente huellas con olor a azufre en el Patrón desgarrado. Cuando le tuvo delante, Popov cayó de rodillas, humillándose, admitiendo su derrota. No hablaron. Estaba todo dicho.

Loa se acercó, le tendió el estilete a Rolando. Lo cogió.

Popov inclinó la cabeza, como ganado sometiéndose al sacrificio. Rolando alzó la mano libre y, con un dedo, buscó un punto concreto en la base de su cráneo,. Entonces, empezó a clavar el arma, lentamente., lentamente, cada vez más profundo, pero cada vez más lentamente... Supongo que fue por su voluntad que Popov tardara tanto en morir, porque yo hubiese dicho que era una zona muy vulnerable, idónea para una muerte inmediata. Pero no, no moría, no conseguía morir.

También es verdad que, en el Patrón el tiempo es otro, sé que es otro, la distorsión afecta al templo pero en el Patrón está el núcleo y todo es más intenso. En sus largos minutos, en sus inmensas horas, el viejo Volodia Popov tuvo tiempo de pensar y arrepentirse de lo hecho, de todos sus crímenes, mientras el estilete de Rolando desgarraba físicamente, poco a poco, cuanto había sido.

Temblaba por completo, oh, ya lo creo, y se lo hizo todo encima, incapaz de controlarse en medio de tanto dolor. Ahí ya sí que suplicaba, gritaba, berreaba desaforadamente pidiendo una clemencia que jamás llegó, ahogado en su propia sangre.

Rolando no tuvo ninguna prisa.

Desde el principio, Loa había colocado un cáliz bajo el rostro de Popov, recogiendo cuanta sangre pudo. Cuando el ruso cayó  finalmente muerto, derrumbándose a un lado como algo inservible y sin ningún interés, Loa alzó los ojos hacia Rolando. Le ofreció el cáliz con ambas manos. Rolando lo tomó.

—También estás muerto, Loa —declaró. Loa se puso mortalmente pálido. Inclinó la cabeza del mismo modo en que la había inclinado Popov y sé que se hubiese dejado sacrificar del mismo modo, pero Rolando tenía otros planes para él. Vertió lentamente la sangre del cáliz sobre su cabeza y su frente, en un remedo espantoso del bautismo. Su voz también era otra. La misma, pero distinta. Profunda, cavernosa, como llegada desde ese otro mundo en el que había renacido—. Seguirás ahora, respirarás mientras me seas útil, pero ni un segundo más. Estás tan muerto como los hombres muertos de Rodrigo. —Hizo una ligera pausa. Bebió un sorbo de lo que quedaba en el cáliz y se lo devolvió. La sangre de Popov manchaba sus labios. Los lamió—. Como mi hermano.

Entonces me miró. Yo estaba sentada en el altar, desnuda, empapada de sangre y oscuridad de la cabeza a los pies. Me tendió una mano.

—Nos vamos a Berlín —me dijo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ese Lunes Pacté con el Diablo

Retrato de  Rembrandt Peale
Thomas Sully
Voy a ser breve, porque me están esperando para una... excursión nocturna.

Este hombre del retrato se parece mucho a Loa. Sirva, pues, para hacernos todos una idea de la imagen que vi anoche, cuando nos movíamos ya por la Selva Negra alemana. Yo conducía el Hummer, los demás estaban adormilados. Radar tenía localizado el Lugar de los Sabios, como hemos dado en llamarlo, y tratábamos de esquivarlo. No era momento. Pensábamos acampar en las cercanías, descansar, y luego establecer un plan. En lo único en lo que estábamos de acuerdo era en que no podíamos ir por las bravas, porque no tendríamos ninguna oportunidad.

De hecho, es tan intenso el poder que emiten los Sabios,  hay tanta distorsión mágica en el lugar, que Radar no "vio" a Loa. Y yo tampoco. Di un curva, en un camino muy oscuro entre árboles  oscuros y, de pronto, allí estaba, de pie, quieto. Como si hubiese surgido repentinamente de la nada.

Casi lo atropello. Luego lamenté no haberlo hecho. Hubiera podido pasarle varias veces por encima con el Hummer y hubiese disfrutado con la sensación de sus huesos aplastándose...

Pero, no. Pisé a fondo el freno y me quedé allí, pasmada, con las manos en el volante, mirándole sin saber qué hacer. Con el brusco frenazo, todos se habían despertado, incluso Jon, que había conducido durante buena parte del día y había caído rendido cosa de una hora antes.

Iluminado furiosamente por los faros del coche, Loa sonrió, con esa sonrisa que no inspira simpatía alguna. No parecía tener prisa. De hecho, esperó a que actuásemos nosotros, supongo que porque también sentía que, el primero en actuar, estaría en alguna clase de desventaja. Enrique fue el que perdió esa confrontación, al abrir la puerta y salir. Javier agitó la cabeza y fue detrás.

—Hijo de puta... —empezó Enrique. Rodeó el coche y se fue a por Loa, para darle un puñetazo. Pero Loa se apartó en el último momento, con un movimiento fluido y elegante, le agarró por la muñeca y le estrelló el puño sobre el capó, aprovechando su propio impulso. Un Hummer es un coche recio, y aquello resonó perturbadoramente. Enrique gritó.

Je n'ai pas de questions en suspens avec toi, Ugalde (No tengo asuntos pendientes contigo, Ugalde) —le dijo Loa, sujetándole sin mayor esfuerzo. Me pregunté de dónde vendría su fuerza. A saber. Miró a Javier - L'chasseur de démons, nous devons parler (Cazademonios, tenemos que hablar).

—¿En serio? —contestó Javier, con calma. Nunca se había parecido tanto a Rolando. Y nunca me había... motivado tanto como me motivó en ese momento. Sé que soy horrible, tras todo lo ocurrido y lo que está ocurriendo, pero verle manejar la situación de ese modo hizo que me sintiera orgullosa de él y... bueno, me puso a cien. Supongo que  a él ni se le pasó por la cabeza algo así. Se cruzó tranquilamente de brazos, haciendo un ligero gesto hacia Enrique—. Suéltalo, anda.

Loa lo hizo, apartándolo de un empujón. Luego supimos que le había roto un dedo pero, entonces, hay que reconocérselo, Enrique no se quejó más. Se limitó a sacar la pistola, con la mano sana, y apuntarle de tal modo que pensé que iba a meterle un tiro allí mismo. Loa puso expresión de hastío.

Je ne suis pas venu pour combattre, la malédiction (No he venido a pelear, maldición) —hizo una pausa, obligándose a seguir en nuestro idioma. Tenemos que pactar, tenemos que colaborar juntos., oui? —Miró hacia el coche, pensé que a mí, pero no. Era más allá—. Radar puede confirmaros que no tenéis ninguna oportunidad, seguro que percibe la carga mágica del sitio. Es muy intensa y empeorará a medida que os acerquéis a su base. —Nadie dijo nada.  Ça va, Radar? (¿Qué tal, Radar?)

Ça va bien, et toi? (Bien, ¿y tú?)

Tres bien, merci. (Muy bien, gracias) Solos contra los Sabios, estáis muertos —prosiguió, tras lo que había parecido un cordial reencuentro entre viejos enemigos—. Son demasiado poderosos.Y yo tampoco tengo nada que hacer, por mi cuenta, por mucho que me pese admitirlo. Pero tenemos que impedir que actúen. El Rey llega. El Rey está llegando... —remarcó. Me estremecí—. Y esos hombres, van a ayudarle.

—No nos fiamos de ti —masculló Enrique.

—Obviamente. Ni lo pediría. Pero tenemos un objetivo común, ahora mismo. Ugalde, tú eres abogado, y uno de éxito, que te he investigado. Sé muchas de las cosas que has hecho. Eres alguien que sabe que a veces hay que pactar con el diablo, para conseguir lo que se desea. Y, ahora, quieres ganar esta confrontación, seguir vivo para contarlo. —Enrique hizo una mueca. Loa nos miró a todos—. ¿Es que no lo veis? Son poderosos, tienen una fortaleza. Entremos, matemos. Luego, ya se verá...

Javier chasqueó los dientes. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la túnica y lo encendió.

—¿Estás solo? —preguntó, después.

—No. —Le miramos preocupados. Luego, con horror, cuando añadió—: Yo nunca estoy solo, l'chasseur de démons. Hay más muertos que vivos en el mundo. —Hizo un gesto indefinido, en una dirección—. Hay un cementerio cerca. Ahora, me infunden fuerza; cuando ataquemos, lucharán con nosotros.

—Ya veo. —Dio una calada, contemplándole pensativo desde el otro lado del humo—. ¿Qué buscas tú, qué sacas de todo esto, Loa? No puedo creer que sea sólo impedir que llegue el Rey.

—Bueno, sería suficiente causa. Tú no lo entiendes, porque aparentemente no sirves a nadie, pero yo debo mi lealtad a otros señores. Pensaba que... —dudó, y bufó con impaciencia— Pero creo que me confundí. Y si los que llegan no son ellos, sólo pueden ser sus enemigos. —Javier siguió contemplándole  suspicaz. Loa se rindió, con una risa seca—. Pero, cierto, también es verdad que deseo algo. Popov está con ellos —declaró entonces—. Quiero su cuerpo.

—¿Una venganza?

Loa le miró fijamente.

—Es poderoso. Será un buen esclavo.

—Ya. —Javier se frotó la barbilla. Se volvió hacia el resto del grupo. La pregunta fue hecha en general, aunque percibí su mirada directa—. ¿Qué opinais?

—Loa puede mentir, y mucho —intervino entonces Radar—. Pero hay algo innegable: la carga mágica es enorme. —Movió los dedos, ante sus ojos, como un aleteo—. Apenas veo ya, a estas alturas. Es como un destello tan intenso, que me ciega. Los Sabios son muy poderosos, siempre lo he oído asegurar y ahora lo estoy comprobando. No podemos subestimarlos, toda ayuda es poca.

Yo no sabía qué decir. Terminé encogiéndome de hombros. Enrique bajó la pistola.

—No seré yo quien se preocupe por el destino de Popov —dijo, guardándola—. Pero si nos traicionas, te aseguro que lo vas a lamentar. Y si no lo haces, también, porque yo no olvido lo que ha pasado, todo lo que nos has hecho. Dame una sola razón, una sola, y este abogado acostumbrado a pactar con el diablo te va a reventar a hostias, imbécil.

Javier arqueó las cejas y se echó a reír.

—Lo que se aprende, estudiando Derecho. Y yo, preocupándome por la escritura cuneiforme.

Organizamos el campamento cerca de allí. A estas alturas, estamos bien pertrechados en temas de equipo de acampada. Hemos pasado por montón de grandes comercios franceses, donde pudimos coger de todo. Tenemos lámparas, cuerdas, hornillo y sobre todo tiendas, de un tipo que me gusta mucho, prácticamente las tiras al suelo y zas se montan solas, es alucinante. No son muy grandes, se supone que sirven para dos personas, aunque solemos dormir uno en cada una. Derrochando, que para lo que nos han costado...

No me preocupé de dónde iba a dormir Loa. Por mí, como si lo atropella un camión cisterna. Pero cenamos todos juntos y tuvimos que compartir con él el guiso que preparó Javier, que siempre se las arregla para cazar algo y realzar el sabor de la comida enlatada Hablamos de cómo entrar en la mansión de los Sabios, un templo que, según dice Loa, es circular, con reminiscencias célticas, pero completamente moderno, y se encuentra en el centro de un claro protegido por la magia. 

También nos ha contado que disponen de un nutrido grupo de guardias fieles para protegerlos.

—¿Cómo de fieles son? —preguntó Javier, preocupado. Loa apenas parpadeó.

—Les han vaciado la mente. No esperéis otra cosa que fuerza bruta y resistencia. Morirán matando. Y lo peor es que darán la vida para que sus amos consigan el tiempo suficiente para dominar la situación.

—Los Sabios son magos poderosos —asintió Marea—. Según tengo entendido, algunos de ellos se mantienen vivos con métodos sobrenaturales desde mediados del siglo XIX. 

—Así es. Con los métodos de los que disponemos, todos juntos... —nos miró uno por uno y agitó la cabeza, pensando cómo continuar—. No sé, eliminarlos va a ser una hazaña, aunque vaya más gente con Nuiz. —Me miró—. Tú eres especialmente interesante a ese respecto. Tú y yo. Y tú —añadió, dirigiéndose a Javier—. Rebeca se ocupará de robar el Nuiz al que yo le diga. Y tú matarás a los que te indique. —Señaló a Javier—. No tienes Nuiz, pero has aprendido a vivir con ello. A sobrevivir, debería decir. He oído cosas. Eres rápido, l'chasseur de démons. Eres un asesino de magos.

Javier no lo contradijo.

—¿Y tú? —se limitó a decir.

—Me ocuparé de convencer a los muertos de que se unan a nosotros —murmuró, y creo que ningún vivo dejó de estremecerse. 

Lo dejamos, de momento, y nos fuimos a dormir. Pero no podía conciliar el sueño. Era ya muy tarde, de madrugada, cuando me arrastré sigilosamente hasta la tienda de Javier. Él también estaba despierto.

—Empezaba a pensar que no vendrías —me dijo, haciéndome sitio. No me gustó ser tan predecible.

—¿Sabías que iba a venir?

—Te conozco, Reb. Te conozco mejor que tú misma. —Me besó y se detuvo un momento—. Dime, ¿seguimos casados?

—Supongo que sí. —Preguntarle a Enrique estaba fuera de toda cuestión, en esos momentos—. Nunca llegué a firmar ningún papel.

Javier sonrió.

—Me alegro.

No suelo extenderme en intimidades, como otras (sí, va por ti, Pilar), pero tengo que admitir que, en veinte años de matrimonio, nunca había sido así, no como anoche. No sé si Javier se sorprendió. Yo, desde luego, sí. Porque, no, no pensé en Rolando, no fue un sucedáneo para pasar el rato. Sigo amando a Rolando pero... supongo que son veinte años de matrimonio.

Y se parece tanto a su hermano...

Por la mañana, Enrique me sorprendió escabulléndome de tienda en tienda. Intenté disimular. Él también.

Hemos pasado el día perfilando bien el plan, que consiste básicamente en acercarnos Javier, Radar, Loa y yo, y tratar de infiltrarnos, ver qué pasa y, posiblemente, cagarla al completo. Pero bueno,  supongo que sí, que habrá que intentarlo. Aunque solo sea porque ha sido un infierno convencer a Marea, Cristina la Soldado Petarda, Enrique y Jon de que mejor se quedan en el campamento, esperando noticias sobre si necesitamos refuerzos o no. Ya que lo hemos conseguido, habrá que amortizarlo.

Lo haremos esta noche.

Ah, ya de puestos, aprovecho para enseñarte también el mapa del recorrido que hemos hecho. Me he entretenido elaborándolo esta tarde, mientras divagábamos sobre si sellos mágicos o no sé, no he hecho mucho caso.


Desde luego, Francia era un país precioso. Me pregunto si podremos recuperar el mundo que tuvimos. No sé, nada será igual.

¿Y cuántos quedaremos? Estoy cansada de perder amigos. El mensaje dejado por Hidalgocinis me da tanto miedo... Lo he leído después de cenar, como escribe poco a veces se me olvida y pasa lo que pasa. He llamado a Javier y a Enrique, lo hemos consultado con los demás. Hemos dudado sobre si plantearnos una búsqueda o no, ir a rescatarle, pero es que no tenemos ni idea de dónde anda. Sería muy difícil. Loa dice que está muerto o muy cerca de estarlo, y nadie como él para saber esas cosas.

Pobre Hidalgocinis. Qué vida de infierno ha tenido.

Por eso luchamos, supongo, por los amigos, por lo que queda, por los que dieron la vida para intentar que los supervivientes tengan una oportunidad.

Por eso debo irme, ahora. Deseadme suerte.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Un Viernes Vertí mi Sangre en la Grieta

The priestess of the oracle at
ancient Delphi, Greece.

John Collier, 1891
Seguimos viaje. Aunque vamos lento, dicen que mañana o pasado llegaremos por fin a la Selva Negra. Una vez allí, Radar nos conducirá hasta el punto arcano más activo. Sé que lo ve; yo lo vi, en la distancia. 

No ha ocurrido nada memorable, atravesando Francia. Mejor, porque todavía tengo que contaros lo que sucedió la noche del jueves. O, mejor dicho, la madrugada del viernes. O en algún momento de ese tiempo que no sé si transcurrió.

Fui tras el bucardo, tal como me había pedido Radar, internándome cada vez más en las montañas. Lo seguí hasta que los zapatos se me destrozaron en los pies, como si hubiese caminado años con ellos. Y al final del largo recorrido que quedaba más allá del laberinto, vi el resplandor en la montaña y percibí la presencia. 

Era algo poderoso, mucho más que un simple Nuiz, incluso más que el más temible de los demonios que había podido ver, el Amo de los Edterran

Supe que me encontraba en otro sitio, al otro lado. No me preguntes "al otro lado de qué". No sabría decirlo. En aquel momento, cuando el bucardo me guió hasta la mujer, cuando vi la Grieta abierta sobre una tierra tan negra que se confundía con el cielo sin estrellas, me pareció una idea de lo más lógica.

Le fauteuil du Diable
(El trono del Diablo)

cerca de Rennes-les-Bains
Ella estaba sentada, mostrando una imagen muy semejante a la que he elegido para ilustrar el texto. Sin embargo, en este caso, la silla era una roca que me hizo pensar en el Le fauteuil du Diable, ese asombro de la naturaleza que está cerca de Rennes-les-Bains, y que tanto misterio envuelve (dicen que no ha sido trabajada por el hombre, la piedra es así,  una especie de perfecto trono natural. Por eso los antiguos le inscribieron distintos símbolos mágicos y lo atribuyeron a seres superiores).

La mujer sostenía una rama florida. Era joven y vieja al mismo tiempo. A veces una cosa, a veces otra. En cada movimiento los años se deslizaban por su piel como si fuesen agua. No la afectaban realmente. Sólo eran algo que servía para reafirmar la idea de que estaba más allá de todo eso.

A sus pies, pude ver la Grieta. Parecía... parecía un desgarro en el mundo, una herida, pero una herida vieja, que ya ni siquiera duele. Dentro, llegaba a distinguirse una profunda oscuridad, de la que emanaba una neblina plateada, tan similar a la que puede verse en el cuadro que he elegido, que me pregunté si John Collier no habría visto lo mismo que yo...

El bucardo fue hacia la mujer y la acarició con la nariz antes de quedar de pie, inmóvil, a su lado. Yo me detuve a pocos pasos, intimidada. No sé cómo se vería, con ojos mortales. Para mí, con aquella visión de Radar, era hermosa, impresionante. No me atreví a hablar.

—Brillas, Rebeca —dijo entonces ella, por todo saludo. Sus labios no se movieron, pero lo oí perfectamente, y no tuve duda de que era ella quien se estaba dirigiendo a mí. Tampoco me sorprendió que me conociera. Lo sorprendente hubiese sido que se le pasase algo, de todo lo creado—. La marca que llevas es como un destello en la noche. Cegador.

Sentí un estremecimiento de miedo. Y casi percibí otra vez la presencia de la criatura, rondando a mi alrededor, como tantas otras veces. Susurraba, en mis sueños. Me tocaba, notaba cómo olfateaba mi piel, mi cabello. Una vez, llegó a besarme, y dejó en mis labios un extraño sabor a alquimia y miedo. No sé si me deseaba; más bien, pienso que era simple curiosidad. No sabía nada de los humanos.

—Líbrame de él, Ama Lur. Líbrame del resplandor de la marca y de la oscuridad de aquel que me persigue, por favor.

Ella asintió ligeramente.

—No es luz, ni sombra pero quedará aquí, atrapado en el laberinto. No me des las gracias, porque todo tiene un precio, Rebeca —añadió, al instante, interrumpiéndome antes de que pudiese agradecérselo. Y, lo admito, me llenó de espanto—. Tu sangre. Deja caer unas gotas en la Grieta.

Miré la niebla de plata, y la oscuridad de la que nacía, con auténtica aprensión.

—¿Es una brecha? ¿Como las usadas por los demonios para entrar?

—Algo así, pero no exactamente. Esta lleva mucho tiempo abierta y conduce a otro lugar muy distinto. Yo la custodio desde los orígenes del mundo. —Movió un dedo en el aire. Una voluta de niebla se enredó juguetonamente en él, como una guedeja de pelo con vida propia—. A veces entra más, a veces menos pero, pese a lo que piensan muchos, es una fuente inagotable. Mientras exista la Grieta, existiré yo, y todo lo que está más allá de la realidad.

Nos miramos. Quise preguntarle si aquello era alguna clase de fuente de la magia del mundo, pero lo encontré innecesario. Además, tenía algo que hacer. El bucardo se acercó, inclinando la cabeza, ofreciéndome sus hermosos cuernos. Su perdición.

No me lo pensé. Alcé una mano y la clavé con fuerza en aquel extremo puntiagudo.

Creo que grité, no estoy segura. El dolor lo llenó todo.

 Recuerdo mi sangre deslizándose lentamente por el cuerno del bucardo que ya no existía. Recuerdo que caía, en gruesas gotas, sobre la Grieta. Arrancaba pequeños destellos de la niebla, hambrientos filamentos eléctricos, y siseaba al desaparecer en su oscuridad. El mundo se estremeció, como un monstruo alimentándose, y todo a mi alrededor empezó a deslizarse, a duplicarse en capas superpuestas que se separaban y confundían. Los colores se extendieron más allá de las formas y se volvieron tan intensos que me cegaban.

—Encontrarás a los Sabios, Rebeca —me dijo la mujer. Su voz sonaba cada vez más lejana, mientras parecía desdibujarse en la niebla—. Unos te dirán la verdad, otros te mentirán pero, llegado el momento recuerda que sólo aquel que guarde silencio tendrá auténticos deseos de ayudarte. Tenlo en cuenta, porque no le importará qué normas haya que romper, para conseguirlo.

No sé si me desmayé, supongo que sí. Desperté tumbada en la hierba, bajo unos árboles, no demasiado lejos de la carretera. Radar volvía a tener su Nuiz y me había localizado, así que aparecieron casi al momento.

Era de madrugada, cerca de las cinco. Los relojes habían vuelto a avanzar.

En un primer momento, me pregunté si no habría sido un sueño, un delirio absurdo provocado por mis propios problemas para asimilar los cambios que se están produciendo siempre en mi cuerpo y mi mente. Pero... tengo un círculo en la palma de la mano derecha. No se trata de un agujero, como hubiese debido ser tras traspasarla con la punta de ese cuerno, es sólo la silueta de un círculo, pero se trata de una marca  muy profunda y definida. Radar dice que es una forma mágica, y una forma perfecta.

Además, estaba descalza. No consiguieron encontrar mis zapatos, aquellos que se destrozaron en los largos años caminando tras el bucardo...

lunes, 5 de septiembre de 2011

En Domingo se Declara mi Inocencia

Waldlandschaft mit Wasserfall
Anton Radl, 1825

Las cosas se van calmando. No sé si llegaré a ser amiga de Marea alguna vez, porque tenemos caracteres bastante distintos y a mí, tonterías, las menos. Pero supongo que puedo aceptar que tenía algo de razón.

Por suerte, Radar ha vuelto, bastante recuperado. Por lo que parece, en Bakio había alguien con poderes de sanación, así que unidos a los cuidados del doctor Contreras, en pocos días estará como nuevo. Un milagro, teniendo en cuenta que hace nada estaba más muerto que vivo y no disponemos de instalaciones hospitalarias ni de médicos más especializados.

Radar ha intercedido por mí, confirmando mi historia, y que no fui hechizada ni cosas por el estilo. Y que, por supuesto, no estoy conchabada con Loa o con Popov y su gente, para dinamitar las bases del ejército humano. Sólo faltaría. Menos mal, ya empezaba a pensar que esta gente, sobre todo Marea y su puñetera soldado (creo que debía tener un lío con el otro, el muerto, porque anda que no se ha puesto hostil conmigo ni nada), me pegaran un tiro y me enterrasen en el bosque antes de salir para la Selva Negra.

Leí la nota de Adela, a ver si se la agradezco. Seguí las instrucciones, así que ahora Brau tendrá de vuelta su poder. Eso, si no ha habido algún problema, como ocurrió con Hidalgocinis. No sé yo si es buena idea que tome el Nuiz de mis amigos. Luego siempre lo escabechino con algo. Bueno, no ocurrió con Rolando, creo...

Prefiero no pensar en él.

Estamos haciendo el equipaje, saldremos para la Selva Negra mañana, o quizá pasado. Pronto, en todo caso. Marea ha recibido noticias de que algunas centrales energéticas están dejando de abastecer, lo que sólo puede indicar que los demonios ya no necesitan por más tiempo tener abiertas las puertas del infierno

Qué puede significar eso, es una incógnita para mí. Como nos tratamos poco, no me ha dado la gana de preguntárselo. A ver si se piensa que estaba poniéndose interesante...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Larga Cadena hasta el Viernes

The Gilded Cage de George Hare
Tengo poco tiempo. Por suerte, ha sido fácil localizar una imagen adecuada, esta The Gilded Cage de George Hare, pintado en fecha desconocida. Como ha cambiado lo de Blogger, a partir de ahora, si puedo, pongo los datos como leyenda, en la foto.

Estos días han sido un infierno. He podido sumar a la rabia de lo sucedido con Loa, el temor por la salud de Jon, la pena por la pérdida de Sol y el enfado terrible que tengo con Marea y los demás.

Resulta que encuentran muy sospechoso que Loa escapase. Otra vez. Tras huir Popov. Otra vez. No te jode, hablando mal y pronto. A ver qué hubiesen hecho ellos en mi situación. Y aunque hubiesen podido hacer algo, pues vale, yo no, faltaría más. No vengo con garantía de buen funcionamiento, las cosas me salen como me salen.

Pero, el caso, es que al parecer, el poder de Brau esto y lo otro, que no pudo ser, porque según ellos no funciona así y tal. Y yo digo... ¿perdón? Yo no sé cómo funciona el poder de Brau, para mí es demasiado disperso en sus publicaciones a ese respecto. Me suena algo de que es más que nada espectador y que no puede saber secretos y tal. Pues vale. Yo, ni lo intenté. En el poco tiempo en que poseo un Nuiz ajeno, la verdad es que raramente aprendo a controlarlo mínimamente bien. Y, quizá, el modo en que se transmitió (así, en la distancia, tan distinto al propio funcionamiento habitual de mi Nuiz, de hecho), supuso una diferencia.

Pero yo más bien pienso que el elemento decisivo, fueron Loa y sus magias. Se dio la circunstancia de que yo estaba "fuera", y pudo hacer eso, tomar mi cuerpo al asalto, pero podría hacerlo con cualquier cuerpo VIVO. Sí, vivo, que él camina en la línea de lo real y lo espiritual, en la frontera entre los vivos y los muertos. Pero vivos también. Con sus espíritus.

Por dejarlo claro: lo que ocurrió, no tiene que ver con el poder de Brau, aunque el hecho de que lo estuviera usando lo facilitó. Entre lo que dijo Loa y lo que he mirado por internet, y lo que he recordado de alguna película, ahora sé que, en el vudú puedes apoderarte de un cuerpo vivo (puede ser para mantenerse eternamente joven, por ejemplo, ir migrando de cuerpo, como en la peli aquella). Obviamente, es un ritual complicado, y el que pierde el cuerpo maldita gracia le hace, pero como además está dentro, se intercambia. Yo hubiese aparecido en el cuerpo de Loa de no haber estado fuera (menos mal!). No es algo que haga todo Dios en el vudú, ni fácilmente. Es materia para los más grandes bocor. Pero se hace, por medios mágicos.

El receptor no suele estar predispuesto, claro, y cabe oposición, de ahí la necesidad de un poderoso ritual. Pero, mi cuerpo estaba vacío, nadie se opuso. Entró, y pasó lo que pasó. Lo único bueno es que no pudo quedarse, porque, por lo que he entendido, sin el ritual completo, con la expulsión total del espíritu (yo seguía unida por el cordón de luz) no es posible algo permanente. Incluso, en las mejores circunstancias, es un ritual que raramente tiene éxito, como para probar cosas.

En fin, no seré yo quien dé más explicaciones en una materia que no entiendo. Ocurrió lo que ocurrió, no puedo decir más. Si me creen, bien. Si no... pues así ando, arrestada. Sin poder moverme de mi habitación, donde al menos puedo cuidar a Jon. En este tiempo, no he visto a Enrique, se puso un poco insistente en su papel de abogado y fue arrestado. "Por desacato", afirmó Marea, a la que empiezo a coger auténtica ojeriza. O ha visto pelis, o también es abogado.

Está esperando que Hidalgocinis y Rodrigo decidan qué hacemos. Si esperamos, si tiramos para la Selva Negra, si me pegan un tiro a mí... 

Pues sí, señores, Loa quería apartarse de su bando, él sabrá sus razones, a mí que me registren. Y él, que es un tipo temible, les temía, así que se la ha jugado a que disimulemos su fuga, a cambio de una posible alianza. No me parece, para nada, absurdo. Vosotros sabréis lo que hacéis, pero no era tan mala idea (para sus fines) ni es tan mala posibilidad (para nosotros).

Por si acaso, si alguien me lee por ahí, un placer haberos conocido. Pero antes muerta que admitir que yo estaba confabulada con esos individuos. Es más, me indigna que simplemente se insinúe. Sólo faltaría, con todo lo que he tenido que pasar en esta guerra.

domingo, 28 de agosto de 2011

El Domingo del Perdón de Loa

Un grabado más de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. También lo he coloreado yo. Me ha parecido oportuno utilizar otro, como si el conjunto de los utilizados indicasen más claramente que se cuenta una historia concreta, en el blog.

Decidimos no esperar el ataque de Loa. Javier y Sol estuvieron de acuerdo en que era demasiado peligroso jugárselo todo a que fuésemos capaces de contenerlo, si enviaba hordas y hordas de zombis que no a saber si podríamos matar, así que, aunque había división de opiniones (Enrique no quería ni considerarlo, Jon dudaba, Javier estaba de acuerdo con el plan), decidí salir de nuevo en viaje de exploración, usando el poder de Brau.

Ahora le entiendo, cuando dice que cada vez tiene menos ganas de regresar al mundo real. Volar es algo único, soberbio., se siente uno ligero y feliz Y eso que yo no controlo ese Nuiz tan bien como él. Al margen de ir adelante o atrás, o flotar en una dirección u otra, poco más consigo hacer la mayor parte de las veces.

Hoy salí dos veces de mi cuerpo. La primera, a mediodía, bajo un sol de justicia que envolvía en un resplandor dorado el mundo de plata. Gracias a ese viaje, supe que el Pueblo D estaba vacío. Loa y sus hombres habían abandonado la casa del doctor Contreras. Sorprendida, busqué por los alrededores, alejándome en una espiral que se abría poco a poco, intentando localizar alguna pista.

Creí que estaría por el Cementerio C, porque divisé varias marcas rúnicas en las cercanías, seguramente parte del conjuro que tenía preparado para alzar masivamente a los muertos, pero no estaban por allí. Supuse que el aura a magia corrupta que envuelve ahora aquel sitio como el hongo de una bomba atómica también les afectaba a ellos y se mantenían a distancia. Lo supe cuando capté algo, voces que llegaban de la ermita perdida en el bosque. Estaban allí.

Volví a mi cuerpo y se lo conté a los demás. Decidimos que se fueran de Villa A todos los "civiles" (mi madre, Beatriz, la mujer y el adolescente, Pablo, que rescatamos de Pueblo B, además de Radar, que todavía no había recuperado el sentido) en el coche más grande, el Hummer, conducido por el doctor Contreras, protegido por Vito y Diego.

Como no era mala que se alejasen un buen trecho y se alojasen en otro lado, decidimos que fueran hasta Bakio, donde debían esperar nuestras noticias. Allí podrían quedarse en la que fue la casa de veraneo del doctor. Nos aseguraron que estaba organizada y disponible, ya que, poco después de irnos nosotros hacia el sur, el doctor Contreras, Vito y Diego, fueron allí, para comprobar si había posibilidades de suministro de provisiones. Al parecer, queda poca gente en Bakio, pero queda, algunos amigos del doctor, y lo bueno de todo es que, al ser un pueblo costero, se puede pescar. Por eso, entre lo que se consigue del huerto, las gallinas, las tres vacas y algunas ovejas que han recolectado, y lo que se trae semanalmente de Bakio, hay que reconocer que la dieta de Villa A es de lo más completa.

Enrique, Javier, Jon, Sol y yo nos quedamos aquí, con intención de dirigirnos a última hora de la tarde hacia el campamento de Marea, en el bosque. Desde allí, todos continuarían camino hacia la ermita, pero yo permanecería con uno de los soldados de Marea, y enviaría mi cuerpo astral por delante, para tener una visión adelantada de lo que iban a encontrarse los demás. Así, de haber algo de peligro, o algo importante en el momento, podría regresar y avisarles por el móvil.

Parecía un plan tan sencillo...

El problema fue que, Loa, había matado a sus propios hombres.

Los cuatro soldados estaban muertos en el interior ruinoso de la ermita. Yo me deslicé hacia allí tentativamente, atravesando la pared, asomándome ligeramente, como hice en casa del doctor Contreras el otro día. Me costó distinguir algo; aunque se había hundido parcialmente una zona del techo, el bosque era tan denso allí que la ermita estaba en penumbra. Por eso, al principio, no me di cuenta... Pensé que, simplemente, estaban esperando órdenes, rígidos como estacas. Pero, no; estaban muertos. Tenían los cuellos desgarrados y las pecheras de las camisas empapadas de sangre, que dibujaba grandes charcos a sus pies. Los habían degollado, pero permanecían de pie, tensos, con los ojos muy blancos. Seguían portando sus armas, uno de ellos con la pistola flojamente colgando de su mano.

Loa estaba ante ellos, en el centro de un círculo lleno de símbolos inscritos con sangre, además de un dibujo que luego he sabido que podía ser un Veve de Damballah. Todo estaba iluminado por las velas de lo que parecía un altar de santería, cargado de trastos diversos.

- Vous savez. Vous devez savoir (Lo sabéis. Tenéis que saberlo) - decía Loa. Se dirigió a uno - Vous, répétez, allez! Dites-moi ce que tu dit. (Tú, repite, ¡vamos! Dime qué te han contado).

- El Rey desató el terror sobre los impíos, amo - replicó el zombi con voz terrible. Supongo que, para ser alguien con la garganta desgarrada, no sonaba del todo mal - Levantó un ejército inmenso de muertos... Devastó una ciudad...

- Mais les morts sont morts à nouveau (Pero los muertos han vuelto a morir) - terminó Loa, interrumpiéndole - Ils sont morts à nouveau! Comment peut-il être? (¡Han vuelto a morir! ¿Cómo puede ser?) - agitó la cabeza, moviéndose de un lado a otro - Pas un loa ... Non nzambi. C'est la seule explication possible ... Mais cette ...(No es un loa... No es nzambi. Es la única explicación posible... Pero esto...)

No sé qué más iba a decir. Yo había ido derivando sin darme cuenta y acabé entrando del todo en la ermita. Nada más salir de la piedra, los tres zombis giraron los rostros muertos hacia mí, clavándome sus ojos blancos, como si me vieran. Brau puede mostrarse a otros incluso en este estado, pero yo no. Ni siquiera cuando he querido, he podido hacerlo, supongo que requiere más control del Nuiz. En cualquier caso, Loa frunció el ceño, susurró algo y se inclinó, pasando rápidamente un dedo por la piedra del suelo, extendiendo una línea de sangre. Luego, se pintó con ella los párpados. Cuando volvió abrir los ojos, tampoco tenía pupilas.

Y me vio. Supe exactamente en qué momento me vio...

- Le Putain Femme, putain son âme, sa chair et sa moelle damnées... (Maldita sea la mujer, maldita sea su alma, su carne y su maldita columna vertebral ...) - dijo y me dio la impresión de que iba a saltar hacia mí. Asustada, retrocedí, girando en el espacio sin tiempos, dirigiéndome de vuelta a mi cuerpo. Recuerdo haber visto que se estremecía el Cementerio C, abajo, muy abajo, resquebrajándose su tierra condenada mientras manos blancas y muertas apartaban los grumos oscuros, abriéndose paso. Loa había convocado a sus muertos, pobres seres patéticos, obligados a seguir arrastrándose por el mundo de un modo terrible. Pero, no podía ocuparme de ellos, ni siquiera aunque hubiese sabido qué hacer, no tenía tiempo.

Algo vibraba a mi lado, en el mundo de plata.

Me sentí zarandeada por una fuerza bestial, como si no estuviese sola, sino con alguien, alguien brutal que intentaba terminar conmigo o, al menos, debilitarme en lo posible.

Pero, ¿quién podía ser? ¿Quizá el demonio que había captado la noche anterior?

Volví al bosque, la campamento; contemplé con enorme alivio mi cuerpo, mientras me precipitaba sobre él, llegando de lejanas distancias... y choqué, reboté como si me hubiese golpeado contra un muro, saliendo otra vez despedida.

Aturdida, dolorida, oscilé al otro extremo de mi cordón de plata. ¿Qué había pasado? ¿Qué ocurría? Mi cuerpo estaba tumbado en el suelo, como muerto o dormido, igual que siempre. Yo estaba conectada con él por el cordón de plata, no había habido desgarro... Pero no podía volver.

Ante mi espanto, el cuerpo de Rebeca Goyri abrió los ojos y se sentó, aturdida. Y lo comprendí.

Estaba ocupado.

- ¿Se encuentra bien? - le preguntó el soldado. Ella titubeó, asintiendo, sujetándose las sienes - ¿Que ha descubierto? ¿Cuántos objetivos hay en la ermita? ¿Tenemos que avisar de algo especial al grupo de asalto?

Rebeca Dos se lo pensó un momento. Juro que creo que sonreía con las pupilas cuando le dijo:

- C'est vide, vous pouvez aller sans crainte. Laissez-les rester là. Nous allons les rencontrer. (Está vacío, se puede ir sin miedo. Que se queden allí. Vamos a su encuentro.)

- ¿Qué? - preguntó atónito el soldado. Rebeca Dos se quedó muy quieta. Luego, volvió a intentarlo.

- Lo lamento, supongo que es un efecto de este Nuiz. Digo que está vacía, que avancen sin miedo. Que se queden allí y vamos.

Ni una sola r en su nueva frase. Había que reconocerle el intento. Seguía teniendo acento, pero muy leve, casi pasaba desapercibido.

- Sí, señora - el soldado marcó un par de teclas en su móvil y comenzó a informar, mientras Rebeca Dos se ponía en pie y recogía sus cosas, entre ellas su/mi móvil, y la pistola, que comprobó con todo cuidado - El objetivo está vacío, ningún peligro. Repito, ningún peligro. Pero la señorita Goyri me pide que les diga que esperen allí. Nos reuniremos con ustedes. Sí, está bien. De acuerdo - colgó - Hecho. Nos esperarán allí.

- Merci - dijo Rebeca Dos. Sin un solo titubeo, alzó la pistola y le pegó un tiro en la cabeza. Al pobre tipo ni tiempo le dio a entender qué pasaba. Un chorro de sangre y trozos de cerebro salpicó el árbol que había estado a su espalda. También me hubiera manchado a mí, de ser corpórea. Rebeca Dos se inclinó, recogió el móvil del soldado, murmuró la misma palabra, que dijo en la ermita, manchó un dedo en la sangre, y se pintó los párpados. Cuando volvió a mirar, fijó en mí sus pupilas blancas.

Éramos dos seres idénticos unidos por cordón de plata. Ella era material, yo, todo espíritu.

- Je pourrais vous tuer dès maintenant (Podría matarte ahora mismo) - susurró Loa, a través de mi boca. Enredó la mano en el cordón de plata y dio un tirón seco, fuerte, y luego me agitó a ambos lados. Sentí un dolor terrible mientras me balanceaba como una cometa rota. Él permaneció impasible, mirándome de ese modo terrible con mi rostro sin alma. Siguió en castellano, mezclando ocasionalmente idiomas, siempre con un acento muy fuerte - Podría destruirte, mujer, por completo, borrando todo atisbo de tu existencia. Dites-moi, donne-moi une raison pour ne pas le faire? (Dime, ¿me das una razón para no hacerlo?).

- Oui, vous voulez quelque chose de moi (Sí, quieres algo de mí) - dije, tras pensarlo un momento. Y me oyó, ya lo creo. Inclinó la cabeza a un lado - Si no quisieras algo de mí, ya me habrías matado.

- Vraiment (Cierto) - dudó - Digamos que puedes ayudarme a conseguir una cobertura, en un momento en que cada minuto cuenta. Porque no voy a seguir con los que había elegido para ser mi bando y no quiero tener que enfrentarme a una persecución difícil - hizo una ligera pausa - Quiero que digas que me has matado.

- ¿Que diga que...?

- No es buena idea fiarse de ti, lo sé incluso mientras hago este trato contigo. Si pudiera quedarme en este cuerpo, quizá me lo plantease en serio - Rebeca Dos se cubrió los pechos con las manos. Al ver mi expresión rió - Podría hacer mucho con él, acercarme al Cazademonios, o a Hidalgo, a Rodrigo... Podría destruirlos a todos, poco a poco, sin que llegasen a saber qué estaba ocurriendo. Pero, un verdadero cambio de cuerpo requiere un ritual muy largo y difícil, ni siquiera sé si sobreviviríamos a ello; esto sólo puede ser temporal. Debo regresar a mi cuerpo y ponerlo a salvo - hizo una mueca - Además, como te digo, ya no tengo un sitio claro en esta guerra. Ese Rey no es Damballah, no es un Loa auténtico... No sé qué es, pero no es lo que yo pensaba.

- Es un demonio. Uno de sus líderes. Y tú, cabrón, has ayudado para que venta a este mundo y nos destruya a todos.

Rebeca Dos hizo una mueca. Arrojó los dos móviles, el del soldado y el mío, al suelo y los pisó con saña, destrozándolos.

- Por lo que sé, vuestro sistema de seguridad funciona muy bien ahora mismo, Popov y su gente no puede acceder a tu blog, ni a los de los otros. Habla con los tuyos, busca el modo de que Popov crea que me has matado y te devolveré la ayuda en el futuro. Volveré a ponerme en contacto.

Nada más decir eso, sus ojos giraron en las órbitas y cayó redonda, como si la hubiese fulminado un rayo. Estaba tan debilitada que no pude volver a salir, para avisar, y allí no había más móviles, de modo que eché a correr.

Para cuando llegué a los alrededores de la ermita, el combate había terminado. Loa no estaba por ningún sitio, había huido, y los zombis habían sido abatidos, pero las ruinas ardían, y parte del bosque... Y Sol y el soldado de Marea estaban muertos. Jon había resultado malherido, por el rebote de una bala, pero creemos que lo superará. Más le vale o yo...

Esto empieza a superarme. Por completo.

Pobre Sol, pobre niña. No consigo aceptar que ya no va a iluminar más nuestras vidas.

No sé qué haremos ahora. No he tenido ganas de preguntarlo.

Cuando tu enemigo te perdona la vida, es un día amargo.

Sábado oscilando sobre Pueblo D

Otro de los grabados de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. También lo he coloreado yo. Me gusta así, dejando tramos grises. Es como veo el mundo, ahora mismo.

Ahora entiendo mejor a Brau. Volver al cuerpo es como... como ponerse un guante viejo, cedido y cómodo, pero que no deja de ser algo que constriñe la mano.

Vino a mí anteanoche, como ya habréis leído en su blog. Menudo susto me dio, hasta que le reconocí. Era una forma etérea, translúcida, reflejada en el espejo de mi tocador, donde estaba sentada cepillándome el pelo. Me volví, girando en la silla, y le pregunté qué hacía allí, pero no me contestó, sólo extendió los brazos en mi dirección. Creí que sería intangible también, pero no, pude tocarle... Y entonces desapareció.

Como supuse lo que había ocurrido, que acababa de arrebatarle el Nuiz y, por lo tanto, él había despertado repentinamente en el remoto lugar en que se encuentre su cuerpo físico, decidí tumbarme en la cama y traté de concentrarme. Fue más fácil de lo que pensaba. Un tirón seco a la altura del estómago y de pronto allí estaba, flotando suavemente en mi habitación, mi cuerpo tumbado en la cama, quieto... Casi no parecía respirar, pero no me importó.

La luz del cordón de plata que me unía a él era tan hermosa, tanto... No te puedes imaginar. Pensé que era el brillo de la vida, el alma hecha energía. Una belleza que me embriagó durante largos minutos; quizá fueron horas, no sé. El tiempo pasa muy distinto, en ese lado...

No sé qué me impulsó a moverme. Ni siquiera sé si salí por la ventana o traspasé paredes y techo; sólo consta que, de pronto, me encontraba fuera, bajo la noche estrellada, abrumada por todo lo inmenso. El mundo era negro y plata, y sombras móviles, a mi alrededor. El viento susurraba, pero no podía sentirlo. Nada me afectaba: ni el frío, ni la humedad... ni siquiera tenía miedo.

Y eso que, podía sentirlo, había algo rondando cerca, algo que habitaba o deseaba habitar ese extremo de la existencia. Algo peligroso...

Floté, me mecí sobre tejado y chimeneas, me dejé llevar. Me moví por el bosque al son del latido del universo, perezosamente. Recuerdo haber evitado el aura del Cementerio C, que en ese lado era como un agujero en el mundo negro y plata, un abismo siempre hambriento que estaba a punto de estallar, de puro ahíto.

No sé si fue casualidad o si era uno de esos momentos predestinados pero, de pronto, atisbé luces, la realidad que quedaba más allá de la bruma plateada volvió a interesarme, y me di cuenta de que había derivado hacia Pueblo D. Hubiera vuelto de inmediato, porque no quería alejarme tanto de mi cuerpo físico, pero entonces vi luces amortiguadas y capté susurros quedos.

No querían ser escuchados, ni detectados.

Oscilé silenciosamente sobre el pueblo, como colgada de aquel largo hilo plateado, examinando bien la situación...

Eran cuatro hombres, dos en una terraza, otros dos rondando el pueblo, haciendo guardia. Bien armados. Soldados, probablemente sin Nuiz. De las ventanas del edificio vigilado surgía una tenue luminosidad. Entonces, lo reconocí: era la casa del doctor Contreras. Había estado allí una vez... En otra vida, me dije con tristeza. Cuando tú estabas conmigo y yo todavía me sentía segura, confiada en que todo saldría bien y tendríamos un futuro juntos...

Es malo, llorar en ese otro lado de la existencia. Aunque las lágrimas parezcan de plata, siguen sabiendo a amargura y sal.

Me dirigí hacia allí y de pronto estaba dentro. Floté suavemente por la casa hasta llegar al despacho. Oí voces. Las reconocí, antes incluso de poder verlos a ellos. Apenas me asomé, dejando que mi rostro traspasase la madera de la pared.

Eran Popov y Loa.

- ... idea. No, es mejor no utilizar ningún otro método, yo me reuniré con los Sabios - estaba diciendo Popov. Los vi sentados a ambos lados del gran escritorio. Popov miró un mapa que tenían extendido - Iré lo más rápido posible - señaló dos puntos, saltando de uno a otro y clavando en el papel la punta del dedo - Aquí y aquí, hay dos Nódulos, los tomaré, si salgo ahora mismo podré llegar al primero antes del amanecer .

Recordé haber oído a Rolando mencionar los Nódulos. Eran como puntos mágicos, que unían dos localizaciones terrestres sin importar las distancias reales. Si sabías usarlos, podías moverte más rápido, como a saltos, de uno a otro. Algunas personas, estaban naturalmente capacitadas para ello por alguna clase de Nuiz, aunque no lo supieran, y por eso surgían de vez en cuando historias en las noticias sobre gente que viajaba por un sitio y ,de pronto, asombrosamente, estaba en otro continente. Generalmente, mencionaban una niebla extraña. Era un Nódulo. Si no tenías el Nuiz adecuado, siempre podías "abrirlos" por medio de la magia.

Así que Popov se marchaba, iba a reunirse con los famosos Sabios...

- Que dois-je faire? - preguntó Loa. Y, luego, repitiendo con un pronunciado acento francés - ¿Qué debo hacer?

- Matarlos - respondió Popov, brutalmente, provocándome un escalofrío - Matarlos a todos. Exterminarlos por completo. Costó mucho eliminar a Radar, espero que lo tengas en cuenta y aproveches la ventaja.

- Ah, oui. La femme est à la Villa A, j'ai vérifié la marque de magie. (La mujer está en Villa A, he comprobado la marca mágica) - se refería a mí, claro. Mi cuerpo seguía en la cama, en la casa - En l'honneur du Roi... En honor al Rey, levantaré los cadáveres del Cementerio C - hizo una pausa, como buscando las palabras - Ils causent la panique, dévorer, et si l'on survit, nos hommes se retrouveront avec lui.

(Causarán pánico, devorarán y, si alguno sobrevive, nuestros hombres terminarán con él)

- Ja, Loa - rió Popov - Vous savez que je parle un français parfait, non?

(Ja, Loa. ¿Sabes que hablo un francés perfecto, no?)

- Oui, pero yo también hablo perfectamente l'espagnol - dudó, sin inmutarse ante la sonrisa de suficiencia de Popov - Je voudrais pouvoir rester avec la fille, si seulement quelques heures.

(Me gustaría poder quedarme con la niña, aunque sólo sea unas horas.
)

Eso me dejó paralizada. ¿Beatriz? Lo que podría querer aquel engendro de mi hija... El miedo siseó sobre la bruma plateada que me envolvía. Popov le miró con atención.

- Eres un pervertido, Loa - el otro no replicó. No debió considerar importante, defenderse. Popov se encogió de hombros y asintió - Sea. Vous pouvez vous amuser avec Béatrice. Mais le tuer plus tard.

(Puedes divertirte con Beatriz. Pero mátala después.
)

- Très bien - Popov se puso en pie y cogió una bolsa, con algunos documentos. Loa siguió sentado, siguiéndole con la mirada - Je vais le faire demain soir.

(Lo haré mañana por la noche.)

- D'accord. Ne pas manquer. Tuez-les tous. Surtout Rebecca.

(De acuerdo. No falles. Mátalos a todos. Sobre todo a Rebeca.)

Loa asintió. Popov salió del despacho y yo me separé de la pared. Cruzó la puerta, a mi derecha y traté de apartarme; pero el pasillo era estrecho y las distancias se me confundían, porque en el mundo negro y plata no tienen mucho sentido. No me dio tiempo.

Me atravesó, limpiamente.

No puedo explicar correctamente lo que sentí, lo he intentado y es imposible: fue como una tormenta borrascosa barriendo repentinamente cada célula de mi cuerpo, un contacto más íntimo que cualquiera que hubiese tenido con un hombre.
Estuvo dentro, muy dentro, durante un instante que fueron siglos...

Popov sintió algo también. Se detuvo bruscamente, se volvió y miró lo que para él era la densa oscuridad de un pasillo vacio. Pero buscó, olió...

- ¿Rebeca? - susurró, alzando una mano, intentando tocarme. Yo contuve la respiración, aunque no respiraba. Creo que, a pesar de todo, supo que yo estaba allí, porque añadió: - Devushka...

(Pequeña...)

Pero terminó claudicando. Se dio la vuelta, y siguió pasillo adelante, la cartera oscilando como yo. Oscilando en su mano...

Y, entonces, tuve una idea.

Avancé hasta volver a alcanzarle, me incliné, ligeramente, y metí la mano en la cartera. Con mucho cuidado, jugué entre los dos mundos, entre los dos Nuiz que poseía. Concentrada, convertí cuantos papeles pude en pura energía, que retuve entre los dedos. Brilló en azul, un destello del tamaño de una moneda de dos euros, pero justo Popov daba la vuelta a la esquina y yo lo atraje rápidamente al lado de la existencia en que me encontraba. Creo que de verdad no se dio cuenta de nada...

Y yo le olvidé por completo porque, justo en ese momento, sentí... no sé. Había algo conmigo allí en el pasillo. Aunque no oía nada podía percibir el gruñido profundo, bajo, como un perro que amenaza dispuesto a atacar. Aunque no podía ver nada, estaba segura de que, a diferencia de Popov, si yo extendía mi mano, sí iba a sentir algo.

Olía a demonio. A ser doblemente ajeno, extraño al mundo real y al mundo de plata. A infierno de llama eterna...

Recordé lo que me había dicho Radar sobre la marca mágica. ¿Sería eso? ¿Habré atraído alguna criatura?

Creo que saltó hacia mí, pero di un potente tirón y regresé, combando las distancias reales. Un segundo, y estaba flotando suavemente sobre mi cuerpo. Volví a introducirme en él, con la sensación del guante viejo que he mencionado antes. No sé cuánto tardé en abrir los ojos pero, al despertar, tenía unos papeles en la mano.

Los he revisado con Enrique y con Javier.

Tenemos una especie de mapa europeo de Nódulos. No son tantos, hay exactamente siete. Y, tras leer algunos textos en alemán, Javier cree que Popov se dirige, en dos saltos, hacia la Schwarzwald, la Selva Negra. Alemania.

- Va a ver a los Sabios - les dije. Ambos intercambiaron una mirada. Tenemos que ir, está claro...

Pero, mañana por la noche, Loa piensa desatar un infierno sobre nosotros...