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domingo, 20 de noviembre de 2011

Un Domingo en la Raíz del Delirio

La juventud de Baco, William-Adolphe Bouguereau, 1884
Este cuadro expresa bien la idea de lo que quiero contar. Siempre me ha parecido inquietante la alegría, el bullicio aparentemente normal del grupo, que está divirtiéndose sin pausa, indiferente al terror que inspira esa figura central, derrumbada sobre su propia sangre. Que pudiera ser una tela, o vino, claro. Pero pudiera ser sangre, mirada con otros ojos... 

Y, como dicen algunos ¿qué es el vino, sino la sangre de la Madre Tierra?

Si algo he aprendido, es que lo que cuenta es el antes y el después. El instante apenas dura eso, el segundo efímero que se pierde entre los labios, dejando solo ceniza.

Recuerdo haber despertado, volviendo desde un sueño profundo y muy negro. ¿Cómo es posible?, me pregunté. ¿Cómo me quedé dormida? No conseguía recordarlo. Estaba en el elegante salón de mis padres, en Bilbao, sentada en un sillón. Rolando estaba en el otro, frente a mí. Mi madre, en el sofá. Olía a café recién hecho.

Mi padre, de pie, cruzado de brazos, me miraba con reproche.

—Reb —¿Reb? ¿Cuándo me había llamado él Reb, y más por aquella época? Siempre era un Rebeca contundente como un mazazo, seco y formal—. ¿Quieres hacer el favor de atender? Estamos hablando de tu futuro.

—Mi futuro... —¿Tenía un futuro? Aturdida, miré a Rolando, que sonreía, y me di cuenta de que no era Rolando, era Julián. El muchacho rebelde y demasiado joven, demasiado inexperto como para afrontar... en aquel momento no conseguí recordar qué era lo que me atemorizaba. Sabía que había algo, pero... Miré una bombilla. 

Creo que fluctuó. Creo que pensé en centrales energéticas. No entendí a qué venía eso.

—Por supuesto —mi padre suspiró—. La situación es la que es, y no se puede cambiar: esperáis un hijo, y habrá que tomar medidas.

—Señor Goyri... —empezó Rolando, pero mi padre le cortó. Eso sí me sonó plausible, pero no lo que vino a continuación. Era como estar viendo una película conocida, pero con otro doblaje. Me sentía cada vez más asombrada.

—No, Julián, no hay más que discutir —dijo mi padre, con un tono amable que jamás usó Salvador Goyri , y menos con él—. Hubiese preferido que esperaseis un poco, pero...En fin, tal como hemos acordado, os casaréis dentro de un mes. Puedo conseguiros la capilla gótica de Deusto...

—Oh, sí. Es un lugar precioso —suspiró mi madre, que estaba haciendo punto. Jamás la había visto hacer punto.

—Sí, bueno. —El Gran Goyri bufó—. Hubiese preferido la basílica de Begoña, pero me da que será imposible, con tantas prisas. Da igual. Lo que cuenta es solucionarlo.

Julián suspiró con desmayo.

—Pero, señor Goyri, no queremos casarnos por la iglesia...

—Y yo no quiero esta situación, pero me aguanto. Haréis lo que digo. Yo me ocuparé de todos los gastos. Ambos seguiréis estudiando. Irás a la Universidad -—me dijo a mí. Se volvió otra vez hacia Julián—. Y tú, ya puedes irte olvidando de irte a salvar negritos. Solo faltaría. Como si no tuviéramos aquí suficientemente jodida la cosa. Te quedas, y ganas dinero, cuanto más mejor, que tendrás que mantener a tu familia y Rebeca no va a conformarse con cualquier cosa. Está acostumbrada a lo mejor, y tú tendrás que dárselo.

Julián hizo una mueca. Me miró y supe lo que pensaba: aquel hijo era una carga, una cadena que iba a romper por completo todos sus sueños. No era eso lo que quería. No en ese momento, no así.

No puede ser, no puede ser... pensé, angustiada.

Y, entonces, todo volvió a fluctuar.

Julián me miraba sonriendo.

—Jamás he deseado nada tanto, en toda mi vida —aseguró, sonriendo. Se levantó, vino hacia mí y clavó una rodilla en tierra, tomando mi mano—. Casémonos, Reb. Lo demás, son todo tonterías, chiquilladas, absurdos de juventud. Ya va siendo hora de que siente la cabeza. Tengamos ese hijo, tengamos una vida tranquila y feliz. Nada nos perturbará...

Pero, desde su rodilla, se estaba extendiendo una grieta que cortaba el salón de lado a lado. Los extremos se separaron, con un crujido, dejando salir una especie de neblina.

Como en el cuadro, nada varió en los giros de la danza, ninguno pareció darse cuenta: ni Julián, ni mi padre, ni mi madre...

El bucardo, pensé. Estaba atrapada, como él, entre lo real y lo que ya se ha perdido. Estás nadando en la negrura, me dijo una voz, pero entonces no entendí a qué se estaba refiriendo.

Y me vi de pie, junto a la puerta del pasillo, que estaba cerrada., los colores del cristal esmerilado parecían fundirse una y otra vez sobre sí mismos, mostrando distintas formas A un lado, junto a la librería, mi padre y Julián hablaban animadamente porque, lo supe, se llevaban muy bien. La escena resultaría perfecta de no ser porque lo que tejía mi madre era una larga telaraña que se perdía en la oscuridad de la grieta. El tejido estaba tenso, muy tenso, como si algo tirase de él, desde abajo.

En el sillón en el que antes estaba Julián se sentaba ahora Javier. Me sonrió. Del orificio de la bala de su sien fluía continuamente sangre, que caía hasta terminar también en ese abismo.

—Es el sitio de Julián, ya lo sé. Es que no sabía dónde ponerme. Nunca he tenido un lugar propio ¿sabes, cariño?

—Por dios, por dios... —susurré. Mi madre me miró, con ojos oscuros, sin blanco alguno.

—No salgas, Reb. Si sales, lo perderás.

—¿El qué?

—Todo. —Hizo un gesto, a cuanto nos rodeaba—. ¿No te hubiese gustado que fuera de otro modo, tu vida? Pues aquí tienes la oportunidad.

Y volvía a estar sentada en el sillón, y mi padre hablaba de la capilla gótica. Julián reía, Javier servía champán para brindar.

—Para ti solo un poquito, Reb —me dijo. Sirvió apenas un dedo. Cayeron dos gotas de sangre en aquel líquido tan dorado—. ¡No quiero que sufra mi sobrino!

—O sobrina —intervino Julián, feliz. La sangre se diluyó en el champán, desapareció, como si nunca hubiese existido, pero me dio espanto la idea de beberlo.

—No es cierto, no es cierto. —Me levanté.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi padre, aunque sonreía. Todos brindaban. La luz de las lámparas provocaba sombras intensas. Sentí que me ahogaba., que me faltaba el aire. Fui hacia la puerta.

—No salgas, Reb —repitió mi madre. Aquí, puedo protegerte. Aquí, puedes conseguir lo que siempre has echado de menos.

Les miré. Mis padres, Javier... Julián, joven, serían míos todos sus momentos, nada de lo ocurrido habría pasado, nada sería como fue.

Y entonces recordé cómo fue. Y que un ser puede tener muchos futuros, y hasta quizá más de un presente, pero un solo pasado.

—No es real —dije. Mi madre me miró con gravedad. Su voz no era la suya. Era la de la mujer de los pirineos.

—¿Y qué es la realidad, Rebeca? Ves los errores porque te resistes. Pero podrías no verlos. Y vivirías cada instante.

—No es real —repetí. Abrí la puerta. Al otro lado, solo había oscuridad.

—Reb —me llamó Julián. Le miré y lo comprendí: era Julián, nunca sería Rolando. Y aunque quise mucho a aquel muchacho, mi obsesión tuvo más que ver con el trauma sufrido con su abandono y todo lo que vino luego, que con el amor. 

De quien realmente me enamoré, tanto tiempo después, fue de Rolando.

Abrí la boca para decir algo, pero las sombras carecían de importancia y la mujer que simulaba ser mi madre entendió perfectamente lo que estaba pensando. Asintió.

Yo atravesé el umbral y sentí la roca helada bajo mi mejilla...

Me había desmayado, tras disparar la bala contra Pabrich. Superada por la tensión, intoxicada por la negrura de la sima, había soñado delirios imposibles, sumiéndome en una especie de coma, según me dijeron. No lo sé, creo que, de verdad, hubiese podido quedarme por siempre en aquel salón...

En todo caso, no duró más que unos minutos. Desperté a tiempo de escuchar las estupideces de ese desconocido, que hablaba de Pabrich como si fuera un arcángel vengador del ser humano, adalid de justicia y bondad. Un hijo de puta con todas las palabras que se había atribuido el derecho de decidir sobre el destino ajeno, eso es lo que era. Como tantos otros. Si leía algo en las almas, se equivocó en lo que debía hacer con esa información. Y vaya, me río de la ironía: el tío viene, porque sabe que "tú eres malo", "tú eres bueno", y se pone a hacer barbaridades que demuestran que él es el peor. Anda ya.

Me olvidé de todos ellos, contenta de poder abrazar a Rolando.

viernes, 28 de octubre de 2011

Ese Jueves se Escuchó la Profecía

An Appeal for Mercy,  Marcus Stone, 1793
Este cuadro me recuerda lo que ha sido mi relación con Rolando. Él a lo suyo, atento a los detalles importantes, la salvación del mundo, la protección de tantas cosas vitales... y yo detrás, centrada en él, sin importarme nada, a veces ni siquiera mi propia dignidad.

Así ha sido siempre, desde que ocurrió aquello y algo se rompió en mi interior. Así ha sido hasta ahora.

No voy a poder hacerlo...

Hemos pasado días muy duros atrapados en la cueva, temiendo que esos malditos consiguiesen entrar y nos capturasen. Al menos, Loa ha podido controlar parcialmente los muertos vivientes que habían puesto a desescombrar, dando tiempo a los nuestros a llegar al rescate.

He estado a punto de morir. Yo lo sé y Loa también lo sabe. Me curó la bala pero mi cuerpo había perdido mucha sangre y aquí no teníamos agua. Quizá Rolando hubiese podido hacer algo, pero se ha mantenido apartado mucho tiempo, en una especie de oquedad que formaba la propia caverna. Allí, clavó profundamente los puños en la roca, cerró los ojos y se concentró. No sé si ha estado en comunión con el mundo, o si le ha estado arrancando poder por la fuerza. He supuesto que era su forma de nutrirse, de mantenerse fuerte. No se ha movido hasta que han entrado Rodrigo y Adela...

Loa y yo no hemos tenido tanta suerte. La comida no era realmente un problema, aunque hemos pasado hambre. Pero, el agua... Ahí sí que hemos sufrido. Hemos tenido que racionar lo que quedaba hasta convertirlo en mínimos sorbos que más que saciar atormentaban. Y yo, con la pérdida de sangre, he pasado más tiempo entre delirios que despierta.

Una vez, creí haber muerto. Quizá ocurrió, o estuve en la línea, justo en el trance. Abrí como pude los ojos y vi a Loa, inclinado sobre mí. Mi cuerpo se alzó hacia él, anhelando su toque. Me sentí ingrávida, etérea. Sonrió:

—Vamos, Rebeca, no puedes morirte —me dijo—. No ahora. ¿No lo ves? Piénsalo: si dejas de luchar, si mueres, reanimaré tu cuerpo, te convertiré en una zorra complaciente que se desvivirá por dejarme satisfecho y, además, me alimentaré de ti. Tengo mucha hambre y pocos escrúpulos, y hay partes de tu cuerpo que no son imprescindibles para pasar un buen rato —sentí una mano en mi pierna, ascendiendo por el muslo.  Conseguí reunir fuerzas suficientes y lo aparté de un golpe. Se rio—. Así, ma putain, sigue luchando. Vive.

 No sé si era su intención, no sé por qué lo ha hecho, pero aquello sin duda me dio fuerzas. Quizá hasta le debo el haber salido con vida de la cueva.

Pero, por todo esto, hasta ayer no pude leer las entradas de Blanca, lo ocurrido con Hidalgo Cinis, lo que le está pasando a Adela y Brau. Qué semana más tormentosa... Siento que vamos hacia un desenlace, una catarsis en la que quizá el mundo pueda limpiarse de tanta oscuridad y miedo... Pero no lo creo.

Yo, desde luego, tengo la sensación de estar rodando sin control hacia la más completa oscuridad.

Estas son las Últimas Profecías de Hidalgo Cinis. Las he tomado del Blog de Andy. Hidalgo murió tras pronunciarlas, tras clavarse en el estómago la espada de Rodrigo, esa que tiene nombre, como todas las armas realmente infames. Espiga de Arroz...

Primera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL AZUL QUE HA VENIDO DEL INFIERNO DEBE MORIR 
PARA SER LA PUERTA Y QUE EL ROJO VUELVE AL INFIERNO".
 
 Segunda Profecía de Hidalgo Cinis:
"LOS DIFUNTOS LUCHARÁN Y GANARÁN, 
PERO TENDRÁN QUE IRSE. 
LOS MUERTOS LUCHARÁN Y PERDERÁN, 
PERO SE QUEDARÁN PARA SIEMPRE".

Tercera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL LEÓN IRACUNDO TOMARÁ EL PODER 
PARA QUE EL CORDERO ENLOQUECIDO NO LO PIERDA NUNCA MÁS".


—¿Entiendes lo que implica la Primera Profecía, Rebeca? —me preguntó Rolando, esta madrugada. Yo negué con la cabeza, aterida de frío. Es que me ha despertado poco antes del amanecer y me ha llevado sin más que una camiseta a una zona apartada del campamento, en un recodo en la ladera de la montaña. Los vigías nos han visto pero nos han dejado pasar. Todo el mundo conoce al Demonio Rolando. A mí, no sé. 

—No. Solo son bobadas, los delirios de un loco —aduje, testaruda. Él frunció el ceño y me la volvió a recitar: 

Primera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL AZUL QUE HA VENIDO DEL INFIERNO DEBE MORIR 
PARA SER LA PUERTA Y QUE EL ROJO VUELVE AL INFIERNO".
 
No sé, no sé, repetía mi mente. Pero claro que lo entendía. Esa Primera Profecía me partía por la mitad, como un rayo caído del cielo. Quemando, cortando, destruyendo...

—¿Recuerdas mi alias? —siguió entonces—. Rolando Azul. Yo soy el Azul que se menciona en esas palabras, y tú sabes bien qué debe ocurrir. —Intenté irme, pero me sujetó contra la pared de la montaña—. No. Ni hablar. Esta vez no puedes esconderte. Escucha: te necesito, Rebeca, no puedes fallarme en esto. No me fío de nadie más.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que me cubras. Que te asegures de que la profecía se cumple.

—No es necesario. Puedes matarlo, mátalo.

—No. ¿No te das cuenta? Si debo morir para ser una puerta, y hacer así que él vuelva al infierno, entonces es que no puedo vencerlo. ¿No lo entiendes, Rebeca? No se dice "El Azul matará al Rojo", no, se dice "El Azul morirá y así y solo así, el Rojo volverá al infierno".

—Nada está escrito. Cambia el destino.

—Bonita teoría, mi amor. Pena que no sea momento de entrar en cuestiones filosóficas. Está dicho y es así: yo lo creo, por completo. Y seguro que el Rojo también. Seguro que lo sabe, que lo tiene en mente. ¿Qué crees que hará? —titubeé—. ¿Por qué crees que me está buscando? ¿Crees que me matará? ¿Crees que permitirá que muera? ¿Que me permitirá vivir?

—Quizá esa sea nuestra oportunidad. Quizá te deje...

—¡Reb! —se contuvo casi a continuación, lamentando el arrebato de furia—. Me atará. Podía habernos matado ahí, haber hundido la maldita montaña sobre nosotros. Pero me necesita vivo. No quiere matarme: me atará. ¿Recuerdas a Popov? Agonizó durante lo que le parecieron milenios y crees que eso fue todo, pero no es cierto, aún sigue agonizando. Lo tengo atado con un nudo de dolor y jamás lo liberaré. Loa lo sabe, por eso vive aterrado, teme que le haga lo mismo. Por eso ahora tengo tanto miedo por mí. ¿Quieres que El Rey haga eso conmigo? Si no puedo ganarle,  y está claro que no puedo, me sujetará y me atará a una agonía eterna. Conquistará el mundo y os destruirá y seguirá torturándome, porque puede hacerlo y porque no hacerlo sería su condenación.

—Podríamos irnos...

—No seas niña. Sabes que no es cierto - me cogió por la barbilla—. Reb, sé que te fallé, hace mucho. Dejé que el tiempo pasara, no pensé en las consecuencias, no pensé que me esperarías. No pensé tantas cosas, y luego ya fue tan tarde... Pero ahora, te pido que tú no me falles a mí. Voy a enfrentarme a esa criatura y voy a morir. Te pido un poco de misericordia. Tienes a Steampunk. Házmelo fácil.

Luego me besó y lo que allí sucedió no es cosa que quiera comentar. Solo diré que arrasó mi cuerpo y mi alma, y que me dejó el sabor de una despedida.

Debería... no sé, supongo que debería sentir la muerte de Hidalgo Cinis. Sé bien cuánto sufrió en vida, sé bien el inmenso sacrificio que ha hecho. Pero, en mi fuero interior, ese rincón egoísta y extraño que ocupa el sitio donde debería tener un corazón, no puedo por menos de maldecirlo de continuo. ¿Qué lamento? Que no muriera antes, que no se ahogase en su propia sangre, antes de pronunciar esas palabras. Maldito sea. 

Pronto partiremos para la fortaleza del Rey.

Ya sé que tengo que hacerlo, ya sé que debo aceptarlo.

Pero no sé si voy a poder.

domingo, 17 de julio de 2011

Domingo del Falso Amanecer

Ninguna palabra humana puede describir el mundo, tal como lo vi anoche. Nada puede servir para explicaros cómo me sentía, cómo bullía la sangre en mis venas o qué energía susurraba en mi interior, pulsando con fuerza. Por eso, he hecho un compuesto con dos imágenes y muchos filtros.

Una ilustración del Paraíso Perdido de John Milton, elaborada por Gustave Doré en 1866 y el Germania, 1914, de Friedrich August von Kaulbach. He cambiado colores, filtrado, recortado y manipulado mucho. Aún así, sólo consigo que muestre lejanamente lo que quería decir.

El paisaje, en los alrededores del camposanto, estaba cubierto por esas criaturas aterradoras; el cielo, en el horizonte, relampagueaba furiosamente con colores imposibles, tonos llegados de algún lejano infierno y que sólo podía captar por completo gracias al Nuiz de demonio que poseía; y yo, una guerrera llena de ira y dispuesta a todo.

- Bien - aceptó Sol, hablando por el móvil, y le indicó a Enrique que detuviese el coche. Ninguno habíamos pronunciado palabra, en el trayecto - Radar dice que Popov está al otro lado de ese promontorio - yo también le sentía. Y a Rosa María. Pero, como no dominaba mi Nuiz no podía establecer distancias y posiciones con la misma habilidad que Radar. Yo simplemente avanzaba hasta darme de bruces, como había ocurrido con la tumba de mi padre. Claro, eso ahora mismo, no resultaba muy conveniente - Seguiremos a pie.

Fui tras ellos, un poco aturdida. Me sentía como borracha, totalmente embriagada por la atmósfera de la noche. Pensé que sería magia, esa magia en la que nunca había creído: magia por todos lados, magia libre y salvaje llegando por aquellas fisuras desde un abismo espantoso...

Mis huellas se marcaban firmemente en la tierra, quemaban la hierba. Steampunk vibraba entre mis manos.

- ¿Te encuentras bien? - me preguntó Enrique. Asentí, pensando que... Tenía delirios, espantosas visiones de sangre derramándose, cálida y densa, sobre piedras muy oscuras; de almas aullando eternamente en un umbral hecho de luz que no era luz, era... no sé. No lo sabía entonces y sigo sin saberlo. Era, simplemente, otra cosa. Algo pegajoso, que hacía que la piel se estremeciese ante la remota posibilidad de que pudiera tocarla - Si la cosa se complica, en el momento que lo digas, salimos corriendo.

Pobre Enrique, recuerdo haber pensado. ¿Hacia dónde pensará correr?

Desde el promontorio, vimos el cementerio, que quedaba al otro lado del valle. Estaba coronado por esa luz, ese torbellino de destellos y colores tan distintos de los que que conocíamos.

- La madre... - murmuró Sol.

- ¿Qué pasa allí? - preguntó Enrique, mirando asustado.

- El portal está prácticamente completo - contesté. No sé por qué lo sabía, pero no tenía ninguna duda; supongo que me lo decía mi naturaleza Edterran, cada vez más poderosa en mi interior - El Amo espera, en el otro lado. Casi puedo sentirle... - me estremecí - Casi percibo sus pensamientos.

- No - me dijo Sol - Ciérrate, Rebeca. No eres un Edterran. Si te percibe, no sabemos qué puede ocurrir.

Vi la construcción metálica, una plataforma en la que estaban Popov y sus acólitos. Pude oír una melodía: era un canto, lento, monótono, como el que describía mi padre de sus tiempos jóvenes, el que había oído durante la ceremonia en aquella casa. Tenía un claro efecto hipnótico, adormecedor. Al menos, para mí. No pareció afectar ni a Sol ni a Enrique, aunque no llegué a preguntarles.

Frente a la plataforma, atada a un árbol que se alzaba a pocos metros, estaba Rosa María, completamente desnuda, como la Andrómeda encadenada pintada en 1869 por Gustave Doré que acompaño. Pensé que se encontraba inconsciente, porque colgaba flojamente de las cadenas, pero entonces se movió para cambiar de postura, con un gesto de dolor.

Pobre muchacha, qué culpable me sentí por mis mezquindades.

Más allá, por todos lados, se movían las formas oscuras de los Edterrans. Dibujaban largos círculos alrededor del cementerio. Habían acudido muchos, montones, un verdadero ejército, para proteger la llegada de su Amo.

- Mierda... - susurró Enrique. Pensé que era por el número de demonios, absolutamente desalentador. Pero, entonces, vi a Jon, abajo, corriendo desenfrenado hacia Rosa María. O hacia Popov y su grupo de fanáticos, para el caso. A varios metros, le seguía Rolando, acelerando todo lo posible, acortando distancias a ojos vistas. Supongo que estaba usando su Nuiz, porque le alcanzó en un sprint asombroso de medalla olímpica. Se lanzó a por él y lo derribó. Pero ya les habían visto.

Desde la plataforma metálica, algunos sectarios dispararon con ametralladoras. Rolando rodó, arrastrando a Jon con él, hasta ocultarse tras unas rocas.

No me lo pensé dos veces. Seguro que, si alguna madre lee esto, me entiende perfectamente. Eché a correr hacia allí, bajando a saltos por la pendiente, casi rodando en ocasiones. Era poca altura, pero bastante escarpada. El Steampunk pesa lo suyo, pero casi ni me enteré. Jadeando, corrí cuanto pude y llegué junto a Rolando y Jon. Al menos, los puñeteros sectarios de Popov no me vieron.

- Estupendo, ya somos tres, los idiotas - dijo Rolando. Jon bufó. Recuerdo que pensé que era un milagro que no se hubiese clavado la espada que empuñaba, al rodar. También tenía una pistola, sujeta en el cinto, pero Rolando llevaba tiempo empeñado en enseñarle a usar la espada y parecía gustarle.

- ¡Tenemos que sacarla de ahí! - exclamó, desesperado. Rolando le dio un capón.

- Pues muertos no lo conseguiremos, eso seguro. Calla, ni una palabra más - le ordenó, enfadado, cuando fue a seguir protestando - Te hemos traído porque dijiste que harías caso a lo que dijéramos, no para comportarte como un crío histérico. No hagas que me arrepienta de haber confiado en ti, Jon. Nos estamos jugando mucho.

- ¿Y qué querías que hiciera? ¡Esto está lleno de Edterrans!

- Si hubieses prestado atención cuando te he enseñado algo de las bases de la magia, sabrías que Rosa María está protegida de los Edterran. Intenta verlo, no es difícil. Hay un círculo básico alrededor del árbol, pero tan potente como la plataforma metálica. Rosa María no está ahí para los Edterran, es una ofrenda de bienvenida al Amo. Sólo él podrá alcanzarla.

Jon contuvo un gemido. Sentí una profunda pena.

- Tenemos que sacarla de ahí... - insistió; pero ya no era más que un susurro.

- Bien - admitió Rolando, más amable - Te prometí que haríamos todo lo posible por salvarla. Hagámoslo con cabeza. A ti te digo lo mismo - añadió, dirigiéndose hacia mí. Me encogí de hombros. Si se piensa que voy a quedarme mirando de lejos mientras ametrallan a mi hijo, es que no me conoce - ¿Dónde está Sol?

- Arriba - hice un gesto hacia el promontorio. No se veía nada, en la oscuridad - ¿Qué hacemos?

- No sé - miró alrededor, estudiando la situación - El portal está casi completamente abierto. No nos va a servir de nada perder el tiempo con esos hombres, es una batalla que no nos conviene. Nosotros hemos de centrarnos en los Edterran - cogió el móvil, pulsó una tecla y dijo: - Ahora, Sol. Y ocúpate de la plataforma.

No sé si ella contestó algo, sospecho que no porque, un segundo después de que Rolando cortase la circulación, el cielo empezó a clarear. Volví la cabeza, siguiendo el origen de aquella hermosa luz, que llegaba desde el promontorio, y divisé la silueta de Sol, con los brazos en alto, provocando una especie de amanecer. Creo recordar que la línea que separa el día de la noche se llama terminador. Nunca me había parecido más real ni más importante que en ese momento. La luz avanzaba, imparable, sobre las rocas.

No quería que me tocase. Traía ventajas, quizá la salvación, pero... Mi corazón se aceleró, luchando contra el deseo de rehuirla, de hundirme de inmediato, fusionarme con la tierra, protegerme con ella...

- ¿Reb? - me llamó Jon, apoyando una mano en mi hombro. El contacto hizo que me estremeciera, lo sentí... extraño. Rolando me miró pensativo y sonrió. Supe que quería infundirme ánimos.

- Estate atenta, esto se va a poner movido - algo llamó su atención. Estrechó los ojos, así que también intenté localizarlo.
Los seguidores de Popov, individuos con una pinta semejante a la de los personajes que muestra Johann Heinrich Füssli en este Die drei Hexen pintado en 1783, acababan de arrojar algo desde la plataforma metálica. Cayó cerca de Rosa María y se movió, arrastrándose trabajosamente unos metros. Era un hombre. Se derrumbó un par de veces hasta conseguir ponerse torpemente en pie. Tenía el rostro manchado de sangre y posiblemente un fuerte shock. Oí a Rosa María gritarle que corriese, que se fuese de allí lo más rápido posible. Él la miró aterrado y empezó a caminar, a trompicones, cada vez más rápido.

Varias figuras surgieron de las sombras, deslizándose velozmente hacia él. No supe si Rolando y Jon las veían, quizá Rolando las percibía gracias a su Nuiz, porque a simple vista debía resultar difícil, en aquella zona todavía era de noche; pero, para mí, eran focos de luz intensa por sí mismas.

Edterran. Cuatro, cinco... Quizá seis.

El hombre debió percibirlos; quizá oyó la tierra, al modelarse como agua al paso de esas criaturas, o quizá captó el peligro con algún instinto de esos que creemos olvidados, no lo sé. El caso es que gritó y trató de acelerar, pero fue inútil.

Un Edterran lo atrapó por un pie y empezó a hundirse. Justo cuando lanzaba un nuevo alarido, Rolando disparó.

La bala le acertó en plena frente, empujándolo hacia atrás, sobre el demonio. Pude ver que, incluso antes de tocar el suelo, el brillo de sus puntos de energía empezaba a menguar, hasta apagarse por completo. Ya no era más que carne muerta, una carcasa vacía. El Edterran lo soltó. Oímos los gritos de frustración de los sectarios y el resonar de un par de ametralladoras, que levantaron un surtidor de tierra y piedra desmenuzada de las rocas que nos servían de parapeto.

Pero, entonces, una bola incandescente, del tamaño de un balón de baloncesto pasó por encima de nosotros, impactando de lleno en la plataforma.

- Voy a por Rosa María - dijo Rolando, haciéndose oír por encima del estruendo y de los gritos - No os mováis de aquí, Sol os cubrirá, cubridme vosotros a mí.

No nos dio tiempo a replicar. De un solo salto, elegante y fluido, pasó por encima de las rocas y corrió hacia el árbol. Rosa María gritaba, tirando desesperada de las cadenas. Algunas de las ramas habían sido alcanzadas por el fuego y estaban en llamas. En la plataforma, varios sectarios se movían convulsivamente, abrasándose, gritando... Todo era caos, reflejos de sombra y fuego en el avance de aquel amanecer, pero, de pronto, se oyó una especie de zumbido. Zssssummm... Los sectarios que ardían salieron despedidos, cayeron inmediatamente calcinados sobre las rocas, y el fuego se sofocó como si le faltara oxígeno y se ahogase.

A la luz de aquel día imposible, vimos a Popov, las manos a los lados del cuerpo, los puños apretados, los ojos cerrados. Del grupo de sectarios que había estado en lo alto de la plataforma, sólo quedaban él y otro, un hombre inmenso, casi esférico, que posiblemente sufría de obesidad mórbida.

Popov miraba a Rolando con expresión de odio. Adelantó una mano.

- ¡No! - grité. No sé, quizá fuera cosa del Nuiz del demonio, pero tengo la sensación de haber podido pensar en una multitud de cosas a la vez, tomando distintas decisiones. Lamentablemente, sólo tenía una boca. Eché de menos el canto desgarrado de los Edterran, que podían comunicar tantas cosas a la vez, incluso en la distancia... Cómo supe eso, todavía ahora me resulta un misterio. Supongo, como mencioné antes, que me estoy perdiendo cada vez más en su naturaleza - Corre hacia Rosa María, Jon - le ordené, recordando que Rolando había hablado de un círculo de protección. Al fondo, Popov hizo un gesto. Rolando se detuvo de golpe, como si hubiese chocado contra algo, y rebotó - Corre, corre, y quédate con ella.

- ¿Dónde vas? - le oí preguntar, pero no me detuve. Me sumergí en la tierra, bendita tierra que cubría y abrigaba, y nadé hacia la plataforma, intentando ser lo más veloz y sigilosa posible.

No puedo decir que tuviera un plan. Cuando estás en una situación como esa, eliges entre las posibilidades que se te ocurren sobre la marcha. Todo lo haces bajo presión, todo es cuestión de vida o muerte. No puedes prestar atención real a nada y, sin embargo, todo tiene un brillo especial, cada instante es único, y se desliza como a cámara lenta.

Se me hizo eterno el recorrido hasta la plataforma; y, sin embargo, llegué en apenas unos segundos, mucho más rápido de lo que hubiese conseguido hacerlo corriendo. Popov estaba levantando más la mano y Rolando ascendió en el aire, como si fuera un muñeco atado a su voluntad. Le vi condensar una bola de energía azulada y tratar de lanzarla contra Popov, pero se estrelló en el aire, diluyéndose en una multitud de diminutos relámpagos, revelando la especie de esfera en la que estaba encerrado.

Escalé por la parte trasera de la plataforma, fijándome en que Jon se encontraba todavía a medio camino, dirigiéndose al círculo. Ni Popov ni su sectario, ni Rolando, que se encontraba más en alto, me vieron, concentrados como estaban en lo que pasaba abajo. Además, la plataforma se sujetaba en varios árboles, y busqué cobertura en ellos mientras me planteaba qué hacer. No quería intentar un ataque y fracasar, podía ser nuestra única opción.

Entonces, oí a Popov.

- Eres patético, Rolando. Tanto poder y lo malgastas en una causa que no tiene ningún sentido. ¿Es que no te das cuenta? ¿Por qué no quieres entenderlo? Todo lo que has hecho, todo lo que haces, no sirve absolutamente de nada. Este mundo, el mundo que conocíamos, está condenado. Ha llegado el tiempo del frío oscuro, la era de la sombra y la pérdida, del cambio. Nuestra naturaleza es inferior, ellos son inmensos, no hay más que pensar. Sólo aquellos que les sirvan tendrán una oportunidad para seguir viviendo.

- Imbécil - replicó Rolando con desprecio, sin dejar de forcejear contra aquella especie de campo de fuerza en que estaba atrapado - ¡No puedes negociar con esas criaturas! Si consiguen cruzar serás de los primeros en ser aniquilado. No es que eso me importe, pero detrás irían otros que sí que no tienen la culpa de que estés loco.

- Tú qué sabrás. Jamás has intentado comunicarte, parlamentar, jamás has considerado ninguna alternativa. Tus amigos y tú, tan pagados de vosotros mismos, tan aferrados a vuestros miedos. Sois como viejas temiendo la llegada del progreso, rechazando el teléfono o la lavadora. Con eso, el mundo ya no será el mismo, decís, y os da miedo porque no podéis controlarlo. ¡Pues claro que no será el mismo! Será mejor - con la otra mano, hizo un movimiento de empuje, y el sectario gordo salió también despedido, como había ocurrido con los otros, pero este vivo y sin daño alguno, en dirección al campo sembrado de Edterran - Sólo una víctima más, una más, amigo mío, y el portal quedará completamente forjado...

- ¡Uchitelʹ! ¡Pozhaluĭsta, Uchitelʹ! - oí gritar al gordo. ¡Maestro! ¡Por favor, Maestro!, supe que decía. Me asomé por aquel lado de la plataforma. Dos Edterran iban a por él. No podían llevárselo vivo. Le apunté.

- ¡Mátalo, Jon! - gritó entonces Rolando, sobresaltándome - ¡Mátalo!

Oí una detonación, y otra, y otra más, antes de asomarme más todavía, lo bastante como para ver a mi hijo, abatiendo a tiros al sectario. Jon... Había estado lenta. Ojalá hubiese podido evitarle tener que tomar esa decisión... El gordo cayó convertido en una masa amorfa, la luz de la vida se apagó rápidamente. Los Edterran perdieron interés de inmediato.

- Proklyatyĭ malʹchik - masculló Popov. Maldito muchacho, entendí - Muy bien. Tú lo has querido - movió la mano en un largo barrido. Jon saltó por los aires y chocó violentamente con el tronco del árbol. Rosa María, por su parte, recibió un empujó aún mayor. La rama de la que colgaba se quebró y salió despedida, con un grito, volando a lo largo de varios metros. Luego, golpeó el suelo, pero aún llevaba demasiado impulso; rodó sin poder evitarlo hasta que, finalmente, se detuvo, al chocar contra el cadáver del gordo - Es una pena perder tal ofrenda, pero quiero que los dos lamentéis el haberos metido en esto.

- ¡Rosa! - oí el grito de Jon. Los Edterran apenas se habían alejado. Al percibir la repentina presencia de Rosa María, volvieron a cambiar de rumbo. Ella intentó levantarse, pero estaba demasiado aturdida por el fuerte golpe - ¡Rosa, corre! ¡Rosa!

Pero fue inútil. El Edterran más cercano la atrapó y empezó a hundirla. Rosa María gritó, mientras recorría varios metros como si estuviese haciendo sky acuático. Jon gritaba. Rolando insultaba a Popov, pateaba en el aire. Trató por dos veces de superar la resistencia del campo de fuerza pero, pese a que Popov trastabilló ligeramente, no lo consiguió.

- ¡Está perdida, Jon! - dijo entonces, viendo que no había más solución, optando por la desesperada - ¡Tienes que matarla!

De eso nada. El gordo, sería un mal recuerdo, pero no podía consentir que Jon cargase con algo como eso, matar a Rosa María y, por tanto, a su hijo. Antes me condenaba yo mil veces. Por el bien del mundo, pensé, intentando apartar de mi mente la imagen de un niño hermoso y alegre que ya jamás iba a tener una oportunidad de vivir. Por el puñetero bien del mundo.

Empuñé la pistola, alcé el brazo, apunté y disparé.

Ya he dicho alguna vez que tengo buena puntería. Rosa María era un blanco móvil, se deslizaba a buena velocidad hundiéndose progresivamente. Mi primer tiro la alcanzó en el cuello, el segundo en el pecho. Fue el que la mató, de forma instantánea.

Popov se volvió hacia mí y me vio, por fin. Apenas tuvo tiempo de levantar la mano, generando lo que parecía un escudo. Sin dilación, le apunté y disparé, una y otra vez, mientras avanzaba, hasta vaciar completamente el cargador. No sirvió de nada. Las balas estallaban en el aire, al chocar contra la barrera invisible. Frustrada, tiré la pistola a un lado y le apunté con Steampunk.

- Yo no haría tal tontería, devushka. También detendré esa bala y, si te empeñas en ser terca, te la devolveré - dudé, pero no por mi seguridad, sino porque recordé las palabras de Hidalgocinis, su petición de que gastase poca munición. Además, en ese momento, se oyó una especie de crujido poderoso y luego como aire saliendo a presión. Las luces sobre el cementerio enloquecieron más todavía y los Edterran se detuvieron y empezaron una especie de cántico que hacía daño a los oídos, estremecidos por la anticipación - Además, ya no tiene sentido. El paso, se ha completado. Llega el Amo.

- Pero... ¿cómo? - me pregunté, aturdida. Mi mirada se cruzó con la de Rolando y vi un profundo dolor en sus ojos. Corrí al borde y miré abajo, temiendo no encontrar a Jon, que lo hubiesen capturado y sacrificado, pero no, estaba allí. Y el cadáver del gordo. El que no estaba era el cuerpo de Rosa María.

Entonces lo comprendí.

El bebé. Había terminado de apuntalar su maldito portal con el alma de ese niño. Ni se me había ocurrido pensar en ello, estaba tan furiosa con Popov, tan obcecada con dispararle, que no comprobé la situación con Rosa María. Ella había muerto, pero el niño todavía no. Y los Edterran se habían llevado su cuerpo, porque todavía contenía vida.

Creo que nunca, jamás, en toda mi existencia, he sentido tanto odio por alguien como el que en esos momentos sentí por Popov. Había asesinado a mi padre y había condenado a mi nieto. No pude evitarlo, me lancé a por él. Por supuesto, no tardé en chocarme contra una de sus protecciones, pero le vi sudar y eso me animó a seguir empujando y más cuando me percaté de que, atrás, Rolando empezaba a perder altura. Con esa capacidad de mentes diversas, me percaté de cómo generaba un nuevo núcleo de energía, desgastando el campo de fuerza, y terminó por liberarse.

Popov se tambaleó, perdiendo momentáneamente la concentración.

No dejé escapar la oportunidad. Llegué hasta él y lo pateé con fuerza en el estómago. Como estaba al borde de la plataforma, cayó abajo, sin emitir un solo grito.

Me asomé. Rolando ya iba hacia él y Jon seguía junto al árbol, conmocionado.

- ¡Rebeca! - gritó Rolando - ¡El Amo, el Amo!

Vale, hasta yo, tan individualista siempre, comprendí qué era lo que más importaba en ese momento. Me lancé de cabeza desde la plataforma, me zambullí en la tierra y avancé veloz hacia el cementerio. Los Edterran me rodeaban, su música me envolvía, me llenaba de ritmo y de fuerza: estaban cantando por todas partes, seguían en su éxtasis.

Me alcé en la entrada del cementerio. No había vuelto a ver el interior desde hacía demasiado tiempo, desde antes de los tornados de ceniza. Estaba todo muy cambiado, prácticamente irreconocible. El suelo se había abierto con un enorme boquete que se había tragado varias tumbas. Las demás, rotas y destrozadas, se amontonaban unas sobre otras. En algunas partes, del muro sólo quedaban los cimientos.

Y de aquel agujero inmenso, inmenso, superponiéndose a los colores enloquecidos que vibraban, rebotando sin pausa entre las lápidas, empezó a surgir algo que pude ver claramente gracias a mi Nuiz de demonio, gracias a mis ojos rojos con pupilas verticales de gato, repugnantes de aspecto pero capaces de contemplar aquello sin estallar en llamas. Algo que no puedo describir tal como era realmente porque ni siquiera yo podría soportarlo una segunda vez. En mi memoria es como ese agujero del que surgía: oscuro, grande, aterrador, sin límite...
Algo así, para hacerse una idea. Es un montaje un poco torpe, pero es que me cansé de tanto filtro, artísticamente no doy para más.

Uno, dos, tres, cuatro... así hasta nueve. Nueve puntos luminosos, nueve chakras, como los llamaba Sol, distribuidos caoticamente en aquel cuerpo sin auténtica forma.

Siete, los humanos sin Nuiz, ocho, los que poseen alguna capacidad superior y los demonios menores, nueve, esa cosa horrible...

La oscuridad empezó a extenderse, como tentáculos, como largos hilos pegajosos, manchando con su roce nuestro falso amanecer. Aún siento náuseas al recordarlo. Parecían babas repugnantes corrompiendo todo cuanto tocaban. En pocos segundos habían cubierto casi por completo el cementerio. Las almas de los sacrificados gritaban, atrapadas en el umbral, y en las tumbas profanadas había un silencio aún más estremecedor. La tierra se volvía ceniza, la hierba se consumía con un sonido que me recordaba un escape de vapor...

Había llegado a pensar que nunca más podría moverme, pero no fue así. Alcé el Steampunk y disparé. Apunté al primer punto y apreté el gatillo. La gran bala surcó el aire y pareció estallar como fuego blanco y frío en aquella cosa. Sin pararme a ver sus consecuencias, apunté al siguiente punto, y luego a otro y a otro. Sintiéndose herido, el Amo gritó, aulló, lanzó un alarido que me sacudió violentamente. Empecé a sangrar de los oídos y comprendí que los Edterran ya sabían que yo estaba allí, pero seguí disparando.

Fallé el sexto punto luminoso. Puedo decir, en mi defensa, que Rolando me sobresaltó, al aparecer de repente a mi lado, combatiendo enfurecido. Claro que, también podría contarlo de otro modo: Rolando me sobresaltó apareciendo de repente para salvarme la vida. Un Edterran había estado a punto de capturarme y él se interpuso. Sus ojos emitían más luz azulada, la espada también refulgía. Estaba lleno de energía. Metió la mano directamente en la tierra y tiró, con fuerza, con rabia, arrancando el demonio, dejándolo sin ninguna protección. Lo sostuvo en alto mientras se secaba entre chillidos, mientras, a la vez, clavaba la espada en el suelo, justo a tiempo de decapitar otra de aquellas cosas. Algo más allá, Jon, Sol, Radar y Enrique, intentaban controlarlos también con armas de filo. Radar, usaba su bastón, que había contenido una larga hoja metálica, con más eficacia que muchos con visión.

- ¡Vamos, Rebeca! - oí a Rolando. El Amo parecía tambalearse, aunque quizá fuese simplemente un efecto óptico, por el modo en que se derramaba en un oleaje continuo la intensa negrura que surgía de él - ¡Puedes lograrlo!

Se intentará, pensé. Seis. Clavado. Siete, ocho...

Nueve.

Ahora sí, ahora no había duda alguna: el Amo se tambaleó, emitiendo algo que era sonido pero también un flujo acelerado de imágenes. Me vi a mí misma, desmembrada, empalada, despellejada, con los ojos arrancados, sin uñas, sin dientes, la cabeza en una pica... Destruida de una y mil formas que se sucedían a ritmo vertiginoso, suplicando siempre piedad. Atrapada eternamente en una especie de altar, en un umbral, en un estómago, sujeta a una eterna digestión. Muerta y descompuesta. Viva y torturada...

El grito del Amo se convirtió en algo semejante a un gorgoteo, mientras se hundía de vuelta en el paso hacia su Infierno. La oscuridad se replegó lentamente con él, y también los Edterran, aunque Rolando dijo que habría que vigilar el lugar en los próximos días para asegurarse de que ya no hay peligro.

Volvimos. Después de todo, sigo con el Nuiz del demonio. Nadie me dice nada, pero sé que discuten. La cosa está entre lo útil que resulta, por si se necesita para alguna otra escaramuza, y el infierno que supone para mí. De momento, y nuevamente, gana el bien del mundo sobre la paz de Rebeca.

Jon me odia. Me lo ha dicho. Lo que ha ocurrido, no va a olvidarlo.

Yo tampoco.

miércoles, 1 de junio de 2011

Miércoles de Sexo y Pólvora

El Tormento de San Antonio, de Michelangelo Buonarroti, comúnmente conocido como Miguel Ángel, hombre de gran talento y posiblemente al tanto de verdades que quedaban más allá de la comprensión de los seres humanos de su época. Como ocurre hoy en día, con tantos.

Qué puedo decir. Mi vida ha cambiado tanto... Ya venía de antes, claro, de tantos detalles que me llamaban la atención pero que intentaba ignorar. Como seguramente te pasa a ti, lector, que vives inmerso en la rutina y apartas los ojos de lo que no encaja con la lógica, intentando inconscientemente no hacerlo real.

No funciona así, espero que lo descubras antes de que sea demasiado tarde. Hay cosas que existen sí o sí. No dependen de nuestra voluntad, ni de nuestra lógica, ni de nuestra conveniencia.

No te lo reprocho. También yo intentaba negarlos hasta hace poco, mantenerlos a distancia. Ya no puedo. A estas alturas, me es imposible. Tengo la impresión de que, desde el domingo por la mañana, cuando me despertó un roce suave en la mejilla y me encontré con los ojos y los labios de Rolando, me arrastra una tormenta devastadora, un auténtico huracán... Entonces, él me hizo el amor, de una forma intensa y apasionada que borró casi veinte años de mi vida. Por un momento, enredados en las sábanas, volvimos a ser los niños de entonces, disfrutando del sexo en una cama anónima, sin miedos, sin temores, sin expectativas. Sin más pensamiento que el placer inmediato.

Pero supongo que no somos ya aquellos niños y Rolando tenía razón: los sucesos del mundo son lo suficientemente graves como para que todo lo demás quede eclipsado por completo.

Por eso, ahora mismo ya no estamos en la pensión. Rolando y mi padre hablaron en la tarde del domingo y buscaron una alternativa, un lugar más adecuado para convertirlo en una fortaleza en la que proteger a los niños. Estamos en una casa de mi padre y Rolando me ha advertido muy seriamente que no diga aquí nada en absoluto sobre su localización, excepto, a lo más, que se encuentra "en las afueras" de Bilbao. Es un edificio amplio, de dos plantas y sótano, y terreno, con arboleda y un pequeño riachuelo. No hay vecinos cercanos, aunque en cinco minutos estamos en el centro de un pueblo, claro. De ser otras las circunstancias, me hubiese encantado. Es un lugar en el que me gustaría vivir y por fin tengo mi familia.

Así que, aquí estamos, mis hijos, Rosa María, Rolando y yo, y dos hombres que ha traído Rolando, llamados Diego y Vito, que se ocupan de tareas de la casa y de su vigilancia. Son tremendamente reservados, apenas hablan y no comen con nosotros, se quedan siempre en la cocina, pero hay que admitir que son muy educados y serviciales. Cuando les he tenido que pedir algo han obedecido de inmediato, tratándome de "señora" con deferencia. Supongo que son ventajas de ser la amante del jefe.

De momento, puedo ir a Bilbao en el coche, aunque con uno de esos hombres, pero Rolando no tiene ni idea de cuánto tiempo podrá seguir resultando medianamente seguro. No sé qué pensar. En la tele y la radio no se dice nada, en Internet apenas se menciona... El Apocalipsis ha llegado y la gente sigue más atenta a las tonterías del próximo estreno en televisión o si la crisis bestial de un sistema económico que ya poco importa permitirá que este año alguien pueda cambiar de coche o salir de vacaciones. Si tuviera amigos, les avisaría... Pero está claro que no puedo irle con esta historia a desconocidos, me tacharán de loca, incluso aunque sientan en su interior que realmente algo está pasando, aunque lo perciban.

Nosotros aquí estamos, acumulando víveres y suministros varios en el sótano, reforzando puertas, tapando ventanas con tela metálica, y entrenando de la mañana a la noche. Rolando se ha empeñado en darnos unas clases de autodefensa básicas (aunque empiezo a sospechar que por el puro placer de derribarme una y otra vez sobre la colchoneta, para gran diversión de Beatriz), y también quiere que aprendamos a usar una especie de espada corta y una pistola. Cuando está él, da las clases por sí mismo, creo que le divierte; cuando sale, se ocupan Diego y Vito.

Por fortuna, en estos pocos días he descubierto que tengo una puntería bastante buena. Incluso con las manos de Rolando en mis caderas, sintiéndole a mi espalda, su aliento en mi cuello...

- Concéntrate, Reb - tuvo el valor de decirme. Y lo peor es que lo decía en serio. Estoy convencida de que él sería capaz de disparar y acertar de lleno aunque yo le estuviera... En fin, no me voy a poner grosera. Pero me indigna que sea capaz de cerrarse de ese modo a todo, de mantenerse totalmente frío, mientras que yo soy una herida abierta al mundo.

- No me dejas.

Se echó a reír y me alegré. Ríe muy poco, Rolando. Normal. Como para tener ganas.

- Claro que no te dejo, amor mío, ahí está la cuestión - movió las manos, haciéndome mover las caderas, estorbando más todavía el tiro - Piensa que soy eso que te perturbará, llegado el momento: miedo, nervios, incertidumbre... Pero tienes que hacerlo. Algún día, no lo dudes, acertar ese tiro pese a todo, pese a cualquier cosa, supondrá la diferencia entre seguir vivo o ser devorado por un Bankeet.

Fallé, claro. Y las siguientes diez veces. Pero acerté la número once. Mejor ni hablamos de la doce.

Bankeet... Ese, creo que se le escapó. Por lo general, se escaquea ante mis preguntas, controlando siempre cuidadosamente la cantidad de información que nos suministra. Sabemos, ciertamente, que hay muchos seres (de ahí el cuadro que he elegido para esta entrada, todos esos seres atormentando al ser humano...) y llevan distintos nombres. Que unos vuelan y otros se arrastran; y que son seres que se filtran por las fisuras del mundo, llegando solos o en enjambres. Dice que todavía no estamos preparados para saber más. Que es demasiado espantoso como para asumirlo todo de golpe.

Me pregunto si tendré Nuiz. Y si lo tendrá Jon. Él quizá, es hijo de Rolando. Igual eso se hereda...

Cuando disparo el arma, una pistola pesada y contundente, pienso en esos seres, entrando por grietas, contorsionándose para pasar por huecos entre mundos, en una especie de nacimiento aberrante y espantoso. Pienso en oscuridad sólida, en hambre personificada, en frío consciente. Pienso en "algo" que quiere hacernos daño a mí y a mi familia, y me maldigo si fallo el objetivo.

Y cuando, en las noches en que se queda conmigo, estoy con Rolando jugando a ser felices, en realidad le miento. Intento hacerle creer que al menos en esos momentos me olvido del mundo y de todo lo horrible que sucede más allá del refugio de esta casa, pero no es verdad.

Estoy segura de que él hace exactamente lo mismo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Sábado de Cartas Sobre la Mesa

Los polacos llegan a exportar pocas cosas (al menos que yo sepa), pero las que se hacen conocidas son realmente buenas. Pongamos por ejemplo la saga de Geralt de Rivia, de Sapkowski, que nunca me cansaré de recomendar encarecidamente. O este Ciego con hija, de Jan Matejko.

Una imagen que podría ser una metáfora de la vida que viví con mi padre. No es que él se haya dejado nunca conducir por mí, faltaría más, pero sí que estaba ciego a todo. Y yo resignada a todo. Una eterna menor de edad.

Hoy mi padre ha visto la luz, por primera vez, creo. Y mira que la cosa empezó mal, porque tras dos días de retraso llegué a pensar que Rolando tampoco iba a presentarse. Pero sí.

Ha llegado a media mañana y por todo saludo me ha preguntado si podía ducharse. Eso me ha sorprendido, pero le he dicho que sí, claro, nuestra habitación tiene baño propio. Me ha pedido que organizara la reunión y lo he hecho mientras oía el ruido del agua. Mis padres, bronca. Enrique me ha recordado que teníamos una cita a cenar. Yo le he dado largas. Luego, he ido a la habitación de los niños a decirles que se preparasen. Tras tantos días encerrados, eso les ha alegrado. Sobre todo a Beatriz, claro. Es una cría muy acostumbrada a la vida al aire libre y esto está siendo terrible para ella.

Cuando he vuelto, he encontrado a Rolando vistiéndose. Trataba de ponerse la camisa, pero parecía costarle un esfuerzo. Entonces he visto los vendajes en brazos y pecho. Le he preguntado qué le había pasado y cuando me ha contestado con un lacónico "nada", me he acercado y lo he comprobado por mi misma, levantando parcialmente uno de los esparadrapos.

Nos hemos mirado a los ojos y pienso que ha sido en ese momento exacto en que le he creído, por fin. O eso, o está definitivamente loco y, la verdad, no lo parece.

- Luego hablamos - me ha dicho - Ahora tenemos prisa.

Y ciertamente, de no ponernos en marcha de la misma, hubiésemos añadido la afrenta de llegar unos minutos tarde a una cita ya demasiadas veces demorada. Hemos ido en mi coche, él de copiloto. Rosa María, Jon y Beatriz detrás.

Enrique estaba ya en casa de mis padres cuando llegamos. Y también Javier. Total, que ya todos sabían quién era quién y que yo había pedido el divorcio. Javier se limitó a besarme en la mejilla y a susurrarme al oído un "Ya hablaremos de eso". Mis padres me miraron fatal, y más cuando reconocieron a Rolando. Ahí creí que a mi padre le iba a dar una apoplejía.

Por cierto, Jon reconoció a Enrique, claro. Teníais que haber visto la cara de vinagre que me puso en el momento.

En cualquier caso, todos los rencores, odios, animadversiones y demás intereses que fluían entre unos y otros pasaron a un segundo plano cuando Rolando tomó la palabra. Habló con tal seguridad y confianza que... no sé, me sentí absurdamente orgullosa de él. En esos instantes era el chico que recordaba, convertido en un hombre admirable. Un líder seguro de sí mismo, ganándose a la audiencia.

Lo que dijo, en pocas líneas, fue que el mundo se está derrumbando y sólo él podía proteger a los niños, por eso se los iba a llevar. Ahí, mi padre intervino, apretando un botón de su mesa. Al momento, entraron dos hombres. Iban armados.

- Tengo el mejor servicio de seguridad de todo Bilbao y me atrevería a decir que de toda España - dijo el Gran Goyri, haciendo un gesto para que los hombres se fuesen - No puedes protegerlos mejor que yo - Rolando se limitó a sacar un papel de la chaqueta y se lo entregó. Mi padre palideció, al ver su contenido - ¿Cómo has conseguido esto?

- Sacándolo de la caja de máxima seguridad en la que tú lo metiste. Me importa una mierda su contenido, no voy a hacer nada al respecto. Sólo lo cogí para demostrarte lo que puedes esperar de tus sistemas de seguridad - hizo una ligera pausa, dándole tiempo a asumirlo - Sé que quieres a tus nietos, Salvador. Créeme, estarán mejor bajo mi cuidado.

Ante eso, mi padre asintió y se dejó caer en la silla lentamente. Me pareció verlo envejecer décadas, en segundos.

Rolando apretó los labios, contemplándole pensativo, luego siguió hablando y dirigiéndose a todos. Dijo que no iba a permitir más conflictos familiares que pudieran distraerlo, por parte de nadie, y juraría que ahí me ha mirado de reojo.

Ha sido un momento bastante tenso, todos nos hemos sentido abroncados por nuestras pequeñas miserias, y con razón. Cuando el mundo se está yendo al garete, los problemas cotidianos cobran una dimensión distinta, se vuelven ridículos. Miré a mis padres, avejentados y vencidos y, por primera vez, sentí piedad por ellos. Se habían aferrado siempre a una realidad que se les escapaba de entre los dedos y no sabían qué hacer. No eran los monstruos que siempre pensé, sólo personas confundidas, repentinamente vulnerables.

Quizá también Rolando se ha dado cuenta de eso porque su tono ha variado y se ha mostrado menos duro, casi amistoso. Ha pedido disculpas a mis padres por no haber respetado sus miedos y costumbres cuando era joven. Les dijo que, de volver atrás, haría las cosas de otro modo y seguramente todo hubiera resultado distinto. Hubiese estudiado con más ahínco, buscando su respeto, y hubiese esperado más a avanzar en nuestra relación para tener algo que ofrecer, un buen futuro para su hija, antes de pedir nada. Y no como hizo, llegando al abordaje, como un ladrón en la noche.

Yo... nunca lo había pensado así, pero imagino que es uno de los posibles modos de verlo. Traté de ponerme en el lugar de mis padres, con una hija única, una niña de dieciséis, diecisiete años, a la que encandila un muchacho con mucha labia pero con poco que ofrecer y menos ganas de esforzarse en conseguirlo. Ahora soy madre y puedo compartir esos miedos. No les disculpo por sus decisiones, sobre todo cuando me presionaron para que abortase, pero sí que les comprendo algo mejor.

Rolando le dio a mi padre un número de teléfono seguro, para que lo usase ante cualquier posible emergencia. También se lo entregó a Javier, al que agradeció todos los años en que me ha cuidado. Javier le ha abrazarlo, conteniendo un gemido, y le ha susurrado algo. Yo he visto el gesto de dolor de Rolando, por las heridas que tiene, pero creo que los demás lo habrán achacado a la pena.

Luego, Rolando se ha vuelto hacia mí y me ha besado. No sé si era porque tenía ganas, porque quería dejar clara la situación frente a la familia, o porque estaba Enrique delante, y era su modo de apartarlo a un lado. Aunque es posible que esto último ni lo haya pensado y no seré yo quien provoque más conflictos caseros.

- Vámonos - me ha dicho.

Mientras íbamos al coche he podido escaquearme y intercambiar un par de palabras de disculpa con Enrique.

- Deja, me ha quedado meridianamente claro que hoy no vamos a cenar juntos - me ha dicho - Pero quién sabe, Rebeca, quizá otro día... - en ese momento ha sonreído de una forma que casi me ha hecho reír - Incluso en un mundo que se derrumba, la esperanza es lo último que se pierde.

- ¿Le crees? - le he preguntado, abruptamente. No sé ni por qué lo he hecho. Creo que empezamos a hacernos amigos, supongo...

Enrique se lo ha pensado unos segundos.

- Digamos que, cuando me puse a investigarle me topé con algunos hechos... extraños, que no han dejado de aumentar en número. Ahora mismo, el mundo es como un cuadro lleno de detalles, saturado de colores y formas; sólo si te fijas bien, ves esas anomalías que van surgiendo. Son pocas, son diminutas, y algunos intentan taparlas, cubriéndolas con su sombra, por mil razones distintas. Pero, cada vez surgen más y más y más... - se encogió de hombros - Sí, le creo. Nunca he sido especialmente imaginativo, ni supersticioso, pero soy realista y, viendo las cosas que se ven y las que no se ven porque se intentan ocultar, no me queda más remedio que creerle.

Hemos llevado a los chicos a comer por ahí y luego al cine, como premio por su paciencia en el encierro, aunque no sé si ha sido buena idea porque Rolando ha estado en tensión toda la película y ha abandonado la sala un par de veces, con la excusa de ir al baño. Luego, hemos comprado cena y hemos vuelto a la pensión. Hemos dejado a Jon, a Beatriz y a Rosa María eligiendo una película para ver en el portátil, y hemos venido a este dormitorio.

La verdad, yo no tenía muy claro qué iba a ocurrir, si iba a quedarse o a salir volando por la ventana, como Supermán. Lo mismo me hubiese sorprendido una cosa que la otra. Pero, cuando le he visto sentarse en la cama y empezar a quitarse una bota, me he puesto nerviosísima.

- Voy al... - señalé el baño. Él se limitó a mirarme. Cogí el camisón de camino. De pronto me daba un pudor absurdo cambiarme delante de él, ante esa mirada. Qué tonta y a la vez, qué lógico. Ha pasado demasiado tiempo, somos demasiado distintos y no sólo en espíritu. Diantre, que me mantengo bien, pero ya no tengo diecisiete años.

Estuve un buen rato en el baño, entre reflexionar, darme ánimos y prepararme. No olvidé unas gotas del perfume que siempre le gustó tanto y que seguramente habrá olvidado.

De momento, sigo sin saber si lo recuerda porque, al salir del baño, lo he encontrado acostado, totalmente dormido. ¿Qué podía hacer? Parecía tan agotado...

He recogido su ropa del suelo, le he cubierto con las mantas y me he puesto a escribir.