miércoles, 13 de julio de 2011

Largo Martes de Pesadumbre

La triste Princesa Tarakanova, seducida y arrestada por Orlov, y encerrada hasta su muerte por tuberculosis, fue pintada en 1864 por Konstantin Flavitsky. Supongo que nunca he estado en peligro de sufrir la misma suerte, pero te aseguro que lo he pasado fatal, tan desesperada como ella.

Sigue mi historia desde la entrada anterior pero, como ya era madrugada, la titularé Largo Martes de Pesadumbre. Lo siento, lo hubiera escrito todo de seguido anoche, pero estaba agotada. Además, temo que mis entradas sean demasiado largas siempre, y que pueda desalentar a alguien de leerlas. Me disculpo de antemano, pero es que no puedo evitarlo: tengo demasiadas cosas que contar.

Retomando esa larga noche del lunes al martes, te diré que me quedé sola y a oscuras en aquel sótano frío que olía a muerte. Es verdad que me acostumbré pronto a esa negrura, al menos lo suficiente como para tener localizadas las escaleras, con la trampilla en lo alto. Estaba cerrada, claro. Recordé el pestillo que tenía, bastante resistente.

El móvil me ayudó también un poco, a la hora de orientarme; no llegaba a ser una linterna pero emitía suficiente luminosidad. Pude usarlo para echar un vistazo completo al lugar. Me había olvidado de los dos cadáveres que había en un rincón, a punto estuve de dejar caer el teléfono al verlos, pudriéndose, cubiertos ya de insectos, las entrañas reventando al descomponerse, liberando gases y fluidos inmundos. Vomité, sin poder contenerme. Cogí unas cajas rotas, que habían servido de camas a los otros secuestrados, y los cubrí como pude. Tenía que olerlos y no podría olvidar que estaba allí, cierto, pero prefería no volverlos a ver, jamás.

Lo único bueno fue que, en una vieja mesa de herramientas cubierta de trastos, encontré una lámpara de queroseno, algunas velas y un mechero medio oxidado. Qué cosas, jamás me he alegrado tanto de encontrar algo así. Rápidamente, encendí una de las velas y guardé el resto. Aquello no daba mucha luz, pero pensé que mejor racionar de salida, por si acaso. Dudaba de que allí dentro pudiese diferenciar entre día o noche y a saber cuánto tiempo iba a permanecer encerrada.

- Igual no me encuentran nunca... - susurré, aunque mi voz pareció retumbar en aquel silencio.

Tonterías: si la cosa iba mal, podía usar medios más expeditivos, como pegarle fuego a la trampilla con el queroseno, por ejemplo; seguro que algo conseguiría, aunque sólo fuese acabar asfixiándome, o abrasada. Y también estaba el móvil, aunque en esos momentos dijera que no tenía cobertura. Popov había dicho que no funcionaría durante la primera hora...

Pero, sobre todo, tenía esperanzas de poder usar su Nuiz, el que, supuestamente, tenía yo ahora, para escapar de allí.

El problema era que... pff a saber de qué iba. No me sentía distinta, aunque eso era algo habitual, no solía ocurrirme nunca, no notaba diferencias, ni siquiera cuando vampirizaba a Rolando o a Beatriz. Probé a concentrarme, a ver si podía ponerme en contacto telepático con alguien. Nada. No emití energía, como cuando tenía el de Rolando. No pude abrir la trampilla empujando con alguna clase de super-fuerza.

No conseguí ver en la oscuridad. No pude escuchar nada a lo lejos. No me hice hielo, ni me hice de fuego, ni me disolví en agua. No me teleporté.

- Vaya mierda... - maldije, apoyada en la pared, aburrida y cansada de tanta prueba. Y desesperada. Me deslicé hacia abajo, hasta sentarme en el suelo. Me froté el rostro con las manos, me tiré de los pelos. Vaya mierda, sí. Allí estaba, atrapada, impotente...

Confieso que, a pesar de todo, me quedé dormida. Tienes que entender que me sentía totalmente agotada por el largo día y por los nervios, por el trauma vivido con el asesinato de mi padre, el secuestro... Es casi seguro además que sufría un shock o alguna cosa de esas, me encontraba mental y físicamente extenuada. La cuestión es que me quedé dormida, cosa de un par de horas, quizá algo más. El suelo era tierra áspera y fría y me desperté con calambres.

Tuve la impresión de que algo me había alertado. Me acordé de la pobre Annetta, de lo que había ocurrido. ¿Y si los cadáveres de los hombres aquellos...? No te puedes imaginar el miedo espantoso que pasé durante esos minutos, mientras reunía las fuerzas suficientes como para coger la vela y acercarme al rincón. Tenía que verlo. Y si veía algo terrible, me moriría y ya está...

Por suerte, nada había cambiado. Las cajas seguían en su sitio y era de imaginar que los cuerpos estaban debajo. No me animé a comprobarlo, a tanto no llegaba mi escaso valor. Me consolé diciéndome que el sótano era pequeño; si hubiese un par de zombis descarnados y hambrientos, ya me los hubiera topado.

Aterrada, volví al sitio en el que había dormido. Cogí el móvil, para ver qué hora era (las seis menos cuarto de la mañana, por si tienes curiosidad), y descubrí que había cobertura. No tengo muy claro cómo lo hizo Popov, imagino que por medio de alguna cosa esotérico-rara de esas, aunque la navaja de Ockham me indique que seguramente tuvo acceso a algún satélite o algo. Por mucho que me cueste, tengo que ir aceptando que la magia es, irónicamente, una realidad. He visto sus consecuencias y también los libros y notas de Rolando, llenas de fórmulas matemáticas, dibujos geométricos y frases en idiomas extraños. En fin, una pena. Como nunca he tenido mente para los números, me da que la magia queda más allá de mis posibilidades.

Estaba agotada, helada y también aterrada por si se levantaban los zombis o si venía el Edterran, pero seguía empeñada en no telefonear a Rolando. Me dije una y otra vez que no podía arriesgarme a hacerlo, ni siquiera contando con la posibilidad de que las razones que me dio Popov fuesen falsas. ¿Y si todo era una trampa para hacerle venir? ¿Y si le mataban por mi culpa? Jamás podría perdonármelo, jamás. Antes, prefería morir yo, y no sólo por lo mucho que le quiero, también porque evidentemente es mucho más necesario para el bien del mundo que yo.

¿Qué hago?, me pregunté, durante más de una hora, al final otra vez amodorrada por el cansancio y el frío. ¿Qué podía hacer? Pensé en llamar a casa, quizá pudiera venir el doctor Contreras. Pero, si me preguntaban cómo iba todo, ¿qué iba a decirles?

Han matado a mi padre y se han llevado a Rosa María para sacrificarla.

Joder, menuda respuesta.

Otra alternativa era Enrique. De hecho, se trataba de mi mejor opción, lo supe en cuanto pensé en ello. Ya habría vuelto a casa, estaría buscándonos, con todos, pero, si le pedía que guardara el secreto, lo haría... Se separaría de los demás sin decir nada a nadie y vendría solo.

Decidida a intentarlo, eché mano hacia el móvil. Lo había dejado en el suelo, a mi lado, pero no llegué a tocarlo. Según hice el amago, salió despedido varios metros, deslizándose por el suelo, como lo hubiese espantado la idea de que lo rozase. Terminó metido casi por completo bajo las cajas de cartón, donde los cadáveres. Ala, tras hablar de Ockham, llegaba el puto Murphy...

Me quedé perpleja. ¿Tendría que ver con el Nuiz de Popov? Al fin y al cabo, él había cogido una bala con la mano...

Quizá era alguna clase de habilidad telekinética.

Entusiasmada por la posibilidad, adelanté otra vez la mano, concentrándome para atraerlo., así no tendría que ir a buscarlo, que ni loca me quería acercar más a ese rincón. Pero, nada. El puñetero móvil no se movió. Fruncí el ceño, enojada. Joder, si había conseguido alejarlo sin tocarlo, tenía que poder atraerlo. Insistí con más fuerza, y más y más. Y, de pronto...

El móvil salió despedido en mi dirección, a toda velocidad, junto con un revuelo de cartones y sombras. Apenas tuve tiempo de apartarme a un lado, aunque fuese parcialmente. Grité, asqueada, cuando uno de los cadáveres se precipitó sobre mí, derribándome hacia atrás, como un amante en pleno entusiasmo. Su rostro, a pocos centímetros del mío, me observó con ojos muertos y tenía la boca abierta, casi diría que dispuesta para un beso. Dioses, qué repugnancia infinita me dio Era viscoso, maloliente, y estaba cubierto de cosas. Lo aparté rápidamente a un lado, sin dejar de gritar. Por lo menos, no me hizo ningún daño. El móvil sí que me hubiese hecho una avería de llegar a alcanzarme, porque chocó contra la pared con tanta fuerza que se hizo pedazos.

Solucionada toda duda sobre si llamaba o no. Al carajo. Pero no le di importancia, ni volví a pensar en ello, ni en el cuerpo del muerto.

La pared onduló frente a mí mientras cruzaba algo, una sombra oscura.

El Edterran...

Ahogué una exclamación y retrocedí, espantada. Así que, lo de "que viene el Edterran" no era un farol de Popov. Y yo seguía encerrada y nadie sabía dónde, no podía esperar ninguna ayuda.

- Oh, mierda, mierda, mierda... - dije, o alguna letanía semejante, mientras corría hacia la escalera. El Edterran llegó al suelo y empezó a deslizarse por allí, dibujando círculos cada vez más cerrados, en una especie de espiral inversa. Yo golpeé la trampilla con los puños, con las manos abiertas. Nada. Si no me controlaba, no conseguiría nada.

Sabía que el Edterran estaba ya en los escalones, ascendiendo por la piedra con su nadar armonioso. Apreté los puños, miré la trampilla con odio y cerré los ojos, concentrándome.

Más.

La criatura estaba cada vez más cerca.

Más...

La trampilla estalló en pedazos, saltó en todas direcciones, completamente destrozada. Subí corriendo, enloquecida de miedo. Crucé la casa a toda velocidad, conteniendo las arcadas por el olor a carne pudriéndose silenciosamente, y salí a la calle.

Estaba amaneciendo, un día claro y luminoso, pero apenas me fijé. Según llegué a la plaza, vi el Edterran, surgiendo del asfalto, en mitad de la calle. Dio un giro sobre sí mismo como si estuviera buscando la dirección adecuada y se lanzó rápidamente hacia mí. Busqué desesperada y mis ojos se detuvieron en una tapa de alcantarilla, casi oculta por la vegetación, en la parte ajardinada de la plaza. No es que ofreciera mucha protección, pero al menos era metal. Corrí hacia ella y me puse encima, muy quieta.

El Edterran me siguió. Me rodeó en un círculo, osciló, como pensativo, buscando el modo de alcanzarme. Me pregunté si saldría de la tierra para intentar cogerme. De noche sí lo había visto hacerlo, pero ¿de día? Recordaba vagamente que Rolando había dicho que el sol los secaba y que si luego los rociabas con agua, terminaban deshaciéndose "como terrones de azúcar", había sido su expresión.

En la plaza había una fuente vieja, de caño, aunque quedaba a una distancia...

No tuve muchas más opciones de pensar las cosas. Todo fue instintivo; quizá por eso funcionó.

El Edterran tiene brazos. Cuatro, exactamente, no sé si lo había mencionado antes. Rolando dice que carecen de boca, y yo nunca le he visto unos ojos. Pero los brazos sí, y de pronto surgieron, como gruesos tentáculos, palpando temblorosos, buscando, intentando alcanzarme para arrastrarme fuera de la tapa de la alcantarilla. Yo cerré los ojos, tratando de olvidarlo todo y centrarme en la idea de empujar, empujar, EMPUJAR, tirar con todas mis fuerzas de aquella cosa, arrancarla de la protección del suelo, lanzarla lejos.

Oí un sonido terrible y algo que me recordó el canto de una ballena, pero estridente, nada armónico.

Tuve la sensación de alzar un peso enorme, algo que me hundía los hombros y me cargaba los brazos de forma bestial. No sé cómo conseguí controlarlo. Abrí los ojos justo para ver cómo el Edterran salía disparado hacia arriba; dio la impresión de que algo tremendamente fuerte tiraba de él, obligándole a surgir de esa manera, desgarrando la tierra en gruesos terrones, chillando y estremeciéndose mientras el sol empezaba a secarlo. Lo lancé hacia atrás con toda la violencia que pude reunir.

Atravesó la calle, llegó a la plaza y se estampó contra la fuente de caño, aunque no llegó a caer dentro. Se derrumbó al pie, ligeramente protegido por su sombra.

Me tambaleé y temí que las piernas dejaran de sostenerme, pero conseguí mantenerme en pie. Noté humedad en la cara. Estaba sangrando otra vez por la nariz. Supuse que había hecho un esfuerzo supremo y sin tener ni idea de cómo debía llevar a cabo las cosas. Igual me había provocado una hemorragia cerebral masiva, a saber.

Cojeando, fui hacia la fuente, intentando evitar al demonio. Me subí al borde, metí las manos en el agua haciendo cuenco y la derramé sobre el Edterran. Ante mi asombro, empezó a disolverlo, ciertamente, como si fuera un terrón de azúcar. Bien, me alegré de comprobar que aquello funcionaba, y empecé a echar agua con más ganas.

Entonces, de pronto, el maldito bicho se estremeció, se movió en un barrido, intentando hacerme caer y... me tocó, empujándome con fuerza.

El tacto de un demonio es algo que no quieres probar, te lo aseguro, ni siquiera en el caso de que no te pase lo que a mí con el Nuiz. No es piel forjada por esta naturaleza, ni tiene una textura totalmente acorde con nuestro mundo. Es algo que no debería estar ahí, y nuestros cuerpos lo saben, instintivamente...

Mientras caía, le oí gritar otra vez con aquellos sonidos espantosos, y yo los sentí como cables entrando por mis oídos, desgarrando despiadadamente mi cerebro. Golpeé de espaldas la plaza, me quedé sin aliento; durante un segundo la piedra me pareció áspera, pero luego se volvió suave, cálida, me envolvió por todas partes como una ola de crema y me moví perezosa, pensando que podría quedarme dormida, tentada de hacerlo...

Pero no podía respirar. Boqueé, buscando aire. Nada. Agua. Aceite. Crema, por todas partes. Desesperada, me impulsé una y otra vez, hasta que conseguí sacar la cabeza.

Estaba sumergida hasta el cuello en la piedra de la plaza.

No sé, ni idea de cómo no me volví loca en ese momento. Siempre he sido una mujer lógica, racional, alguien que buscaba ante todo el truco del mago, porque la magia no podía existir. Y allí estaba yo, sólo salía mi cabeza de una especie de masa de arenas movedizas que en realidad era piedra sólida. Intenté agarrarme a la fuente, pero mis dedos la atravesaban. El Edterran era más sólido, pero se deshacía, reseco.

Cuando me cansase, terminaría hundiéndome y ahogándome. Moriría...

Por suerte, entonces oí un motor. No me paré a pensar que pudiera ser Popov, me daba igual, necesitaba ayuda. Empecé a gritar desesperada. Tres formas se acercaron de inmediato, luego llegó una cuarta. Reconocí al primero, Rolando, pese a que no captaba claramente sus rasgos. Entonces fue cuando me di cuenta de que todo lo veía distinto. El cielo, que tenía un intenso tono violeta, la piedra, que era tan blanca que cegaba, el verde de los árboles y la hierba, saturado de color, con intensas sombras fucsia...

Rolando no era más una silueta nebulosa con puntos de intensa luz distribuidos a lo largo de su cuerpo. Con él venían otras tres personas, entre ellas otro hombre y una mujer que me resultaban desconocidos. El último, era Enrique. Algo raro pasaba con él, aunque tardé un segundo en comprenderlo.

Rolando y los dos desconocidos tenían ocho puntos de luz. Enrique, sólo siete.

Comprendí que estaba viendo la diferencia. El Nuiz. Y era tan hermoso...

- ¡Reb! - gritó Rolando. Se acercó, aunque se detuvo junto al Edterran y dio órdenes a los otros de que lo rociasen bien con agua. No tardaron en disolverlo del todo - ¡Aguanta! ¡Enseguida te sacamos de ahí!

- Veo el alma, veo el alma... - dije, emocionada. Por eso la luz era distinta, por eso los colores resultaban tan intensos. Me sentía eufórica y poderosa, asombrada y divertida. Como si tuviera un colocón de LSD.

- Mira sus ojos... - dijo la mujer, acuclillada a pocos pasos, mirándome a la cara. Era una chica joven.

- ¿Cómo son? - le pregunté. Ella rió entre dientes, divertida.

- Hermosos. Terribles. Rojos. Con las pupilas verticales de un gato - Enrique se acercó y adelantó una mano para agarrarme, pero ella le detuvo - No la toques. Tiene el Nuiz del demonio - se volvió hacia Rolando, como si necesitase su aprobación. Posiblemente fuera cierto, tanto profesional como personalmente. Entre ellos había algo, seguro, sus colores vibraban armoniosamente y lo supe - Puede ser muy útil, si no conseguimos impedir la apertura.

- Se está hundiendo - protestó Enrique. Como la mujer insistió, se volvió hacia Rolando - ¿De qué va esto? Hay que sacarla de ahí. Lo demás es secundario.

- No te creas - Rolando se lo pensó unos segundos y miró a la mujer - ¿Por qué no dejas que la ayude, Sol? Él no tiene Nuiz.

- Pero no sabemos cómo funciona su poder, todavía. Ni si es estable o si cualquier contacto la descarga, o si lo hace siempre o sólo a veces. No me arriesgaría, Rolando. Es importante.

- Está bien. Ve al coche - ordenó a Enrique. Le lanzó las llaves - En el capó hay una manta, traela. Intentaremos sacarla con la mayor precaución. Sobre todo, que nadie la toque directamente.

- Niña, mírame - me dijo el otro hombre. Se acuclilló también, junto a la mujer llamada Sol. Llevaba bastón y lo clavó con fuerza en el suelo, inclinado hacia mí. Pude agarrarme a él, y tomarme un descanso. Suspiré, de puro alivio - Debes controlarlo. El mundo debe moldearse a tu voluntad, nunca lo contrario. Te hundes, si lo deseas. No permitas otra cosa. Vamos. Hazlo sólido. Hazlo líquido. Haz como gustes.

Enrique volvió con la manta. Entre todos me sacaron y conseguí concentrarme lo suficiente como para no volver a hundirme. Luego, ya ha sido más fácil, con la ayuda de ese hombre. Rolando me ha dicho que se llaman Sol y Radar y que han venido a ayudarnos con el Amo de los Edterran pero, también, para entrenarme, ayudarme a controlar el Nuiz.

Durante el regreso, les conté todo lo que había ocurrido, así podrían explicarlo ellos a los demás. Con Jon y Beatriz, y con mi madre, sí quiero hablar, pero no ahora, ahora no puedo., y no sólo por mi aspecto, que da miedo, o por mi necesidad de mantener la concentración. Además, estoy deslumbrada por el mundo, saturada, tan llena de impresiones que no puedo fijarme en una sola emoción. Es todo tan... salvajemente hermoso. Colores, formas, sonidos... A veces siento que me disipo.... Esta mañana, estaba sentada en la cama y de pronto todo perdió solidez y me caí hasta el piso bajo. También he atravesado varias paredes sin querer.

Ojalá termine pronto todo esto. Me aterra la idea de quedarme dormida y despertarme en el centro del planeta.

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