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domingo, 14 de agosto de 2011

Domingo de Frío Tacto


El entierro prematuro, de Antoine Joseph Wiertz, 1854.

Me atormenta ese rostro transfigurado por el espanto, esa boca distorsionada por un grito de horror. Resulta espeluznante.

Yo no he hecho eso, no he hecho nada malo. El problema es que, mientras insisto en repetirlo, en mi interior sé que... Oh, Dios, me estoy volviendo loca.

Hoy es domingo, pero en estos días han pasado muchas cosas, demasiadas para una sola entrada. Iré contándolas lo mejor que pueda, quizá una justo a continuación de la otra o quizá lo deje con esto hoy y siga mañana. En todo caso, la historia sera una y única. Juzgad vosotros hasta qué punto soy o no culpable de algo...

El otro día oí un ruido, sí. Salí de la tienda y me encontré con una figura conocida: Volodia Popov. Iba envuelto en una especie de capa oscura que lo difuminaba en la negrura del mundo, en cuanto se separaba unos pocos metros. Al otro, no lo vi en un principio. También iba de oscuro, aunque su rostro era muy pálido. Alto y extremadamente delgado, con ojos como carbones encendidos.

Popov tenía una pistola. Me indicó que entrase en el Hummer. Ellos se sentaron atrás. Nos miramos a través del espejo retrovisor.

- Rebeca, los Sabios quieren tu muerte - me abstuve de preguntar quiénes eran los Sabios. El saboteador que detuvimos con el agua también los mencionó. Alguna panda de tarados. Me tienen harta - Debería matarte ahora mismo por tu sacrilegio, pero en realidad he venido a ofrecerte algo - adelantó la pistola y me acarició el cuello - Por los viejos tiempos, devushka.

- No vas a disparar. Alertarías a todos. Pero yo sí pienso gritar. Total, me da por culo todo lo que pueda pasarme - le dije, brutalmente - Rolando ha muerto. Ya no me importa nada...

- Pero qué mala madre has sido siempre - chasqueó los dientes. No pude evitar alarmarme. ¿Se refería a Beatriz? - No te conviene perder esta oportunidad. No es verdad, Rolando no está muerto.

Eso me sobresaltó.

- Qué tontería. Murió prácticamente en mis brazos. Le he visto muerto durante días. Le han hecho pruebas y de todo. Está muerto.

- No lo está. Está... atrapado. Pero puede ser liberado. El tiempo apremia. Pronto su cuerpo no servirá de nada. Le pasa como tu amigo Brau, la conexión se pierde, y el cuerpo abandonado detrás lo sufre. Pero mi amigo - señaló a su acompañante, que no se inmutó - puede restaurar las cosas.

- ¿Quién es?

- ¿A quién le importan ya los nombres? Puedes referirte a él por Loa. Es su alias.

Loa, pensé. El nombre de los espíritus del vudú. Estaba por asegurar que aquel tipejo siniestro era Damballa en persona. Y, por supuesto, aquello sembró la idea de la explicación de todo, pero me negué a creerlo.

- ¿Me puede devolver a Rolando? ¿Pero sería Rolando de verdad?

- ¿Qué otro iba a ser? Ya te digo que simplemente el cordón de plata se ha roto. No está muerto, esto no es una novela de terror, es la vida real. Loa ayudará a Rolando a regresar. Y tú estarás contenta.

- Y... ¿a cambio?

- A cambio, nos dejarás extraer una cosa del cuerpo de Rolando.

- ¿El qué?

- No te lo puedo decir. No te corresponde. Pero no será nada perjudicial para Rolando. Lo que pasa es que necesitamos que esté despierto y relajado, o no saldrá bien. Tú puedes ayudarnos en eso. Y apremia el tiempo. Si pasa de esta noche, no sé si será viable.

Supongo que me lo pensé un par de minutos, pero estaba decidido desde el mismo instante en que se me planteó la posibilidad. Ignoré mis aprensiones sobre el vudú, olvidé que estaba en presencia del asesino de mi padre, del hombre que amenazaba a mis hijos. ¡Recuperar a Rolando! Por cierto, eso justificaba cualquier cosa.

O eso creía.

Les llevé sigilosamente al camión donde esperaba el ataúd de Rolando. Lo abrieron, sin hacer ningún ruido. A la luz de la antorcha la piel de Rolando parecía plata azul. Me dio miedo. Loa empezó a murmurar algo, pasó las manos sobre el rostro de Rolando. Al tercer pase, el cuerpo que había parecido muerto, abrió los ojos. Estaban blancos. Muertos. Ahogué un grito.

- Tais-toi, femme! - ordenó Loa. Apoyó una mano en el corazón de Rolando - Bat, bat, les routes de fusionner,les frontières disparaissent...

El cuerpo se estremeció, como con una convulsión. Pero esta vez no grité. Estaba demasiado aterrada.

- Tócale, devushka- susurró Popov. Loa desenvainó un cuchillo, una pequeña daga de plata - Cógele una mano, dile algo tranquilizador.

Yo obedecí. Le cogí la mano y susurre "Amor mío, esto es necesario, volveremos a estar juntos. Nada más importará..." o alguna sandez semejante. Entonces, Loa clavó la daga y realizó una incisión no muy larga, pero sí profunda. El cuerpo no sangró. No sangró. Debí pensar en ello. Pero, la mano de Rolando apretó salvajemente la mía y pensé "los muertos no sufren dolor".

- ¡Estás vivo! - exclamé, y la voz se me ahogó entre lágrimas, mientras le besaba - ¡Vivo, vivo, vivo...!

- Cálmate - me ordenó Popov. Loa estaba cosiendo la herida, usando una aguja de tamaño considerable y un cordel grueso. Me maldije, por no haber estado atenta a ver qué era lo que querían extraerle. Pero qué ilusa soy... - Al final, vas a alertar a alguno de tus amigos y vamos a tener un disgusto.

- Nada me impide avisarles ahora - repliqué, encendida. Popov y Loa intercambiaron una mirada.

- Yo que tú, mantendría esto en secreto. Te recuerdo que todos le daban por muerto. Está en un ataúd, mañana lo enterrarán. Dime, ¿qué crees que harán Grecia, o Hidalgocinis, o qué hará Casas? ¿O peor, qué hará Rodrigo? Está loco, lo sabes. Perdió la cabeza hace mucho y, encima, su hija ha muerto. Cogerá esa espada que tanto le gusta y abrirá a Rolando por la mitad. Por simple precaución. Y, si tú te interpones... - me miró una mirada un tanto turbia - Bueno, a saber. Quizá empiece usando otra cosa antes que la espada. Pero terminará blandiendo a Espiga de Arroz. No lo dudes.

- No es cierto. Rodrigo... - bueno, no pude defender su cordura. No la tiene - Él no haría eso.

- ¿Lo primero, o lo segundo? - se echó a reír entre dientes - Ambas cosas, ya lo creo. Seguro que sí. En todo caso, te diré lo que haré yo - se inclinó hacia mí: - Te he devuelto a Rolando por cortesía, ya que nos ayudas, y por los viejos tiempos. Pero no voy a permitir de ningún modo que siga siendo un peligro para mi bando. Loa puede traerlo. Loa puede llevárselo.

El hombre espectro apretó su mano sobre el corazón de Rolando.

- Dors, dors,routes séparées, disntancias surgissent...

Rolando se estremeció. La mano que sujetaba la mía perdió fuerza. Tuve la sensación de que volvía a verle morir, y casi muero con él.

- ¡No! ¡Detente! - supliqué y lloré, aterrada. Estaba también confusa, aturdida. No podía pensar claramente - ¡Está bien, no diré nada! ¡Nada en absoluto!

Loa se detuvo. Tras terminar lo que estuviera haciendo (un ritual vudú, un zombi, me decía una vocecilla, la poca cordura que me quedaba a mí, y que se ahogaba en el remolino de dolor), ordenó a Rolando que se sentase. Rolando lo hizo. Miró al frente, como si nada importase. Pero, cuando me interpuse... juraría que sus pupilas titilaron. Quiero jurarlo. Quiero creerlo.

- Le mantendrás contigo, en secreto - me ordenó Popov. Asentí, repitiendo esas palabras como si fuesen un conjuro. Otra vez, ese leve titilar en los ojos de Rolando, esa sensación de que había alguien al otro lado, mirándome en respuesta. Popov y Loa se dispusieron a irse - Loa lo sabrá, si transgredes el pacto. Спокойной ночи, Ребекка.

Me quedé sola con Rolando. Tardé un poco en reaccionar. Me dio miedo que nos encontraran, así que le pedí que me ayudase. Llenamos de rocas su ataúd, para simular su peso, y lo aseguré con unos clavos y mi Nuiz de energía. El que él me había dejado en herencia.

Luego, me lo llevé a mi tienda. Intenté que cenase algo, pero no comía si no insistía, y no hablaba. Yo le necesitaba tanto, tanto, después de estos días tan terribles... Hicimos el amor. Estaba frío, y duro, y yo era cálida y moldeable como arcilla. Luego, por si acaso venía alguien por la mañana, le llevé al Hummer, puse unos toldos, le tapé bien y le ordené que no se moviera de allí.

A Enrique y a Jon les dije que fuesen en otro vehículo, que quería estar sola. Se lo dije a todo el mundo. A la mierda el mundo, pensaba.

Quería estar con él.

sábado, 6 de agosto de 2011

Viernes y Sábado Hacia el Sur

Napoleón cerca de Borodino, pintado en 1897 por Vasiliy Vasilyevich Vereshagin.

Hemos llegado por fin a Jerez y estamos montando un campamento considerable. Rolando, Grecia y Armando Casas se han reunido con Hidalgocinis y otros en un promontorio cercano, aprovechando los últimos minutos de luz, mientras les levantaban la tienda que van a usar para las reuniones. De ahí el gráfico, con los líderes, como dice mi amiga Blanca. A mí no me han invitado, no debo ser líder de nada. Que les den. Tampoco quería ir.

Rolando me ha dicho que el prisionero, el hombre que encontré saboteando el agua, se ha suicidado con una píldora de cianuro. Maldita sea, pensaba que esas cosas sólo pasaban en las películas. A ver cómo conseguimos ahora saber quién lo mandó, cuál era el plan completo, o dónde encontrar a los suyos... En fin.

Por lo demás, no tengo mucho que decir, ando de un humor extraño. Estoy cansada por el largo viaje, algo que siempre me pone de pésimo humor y, además, cuando llevábamos un par de horas aquí, ha aparecido un helicóptero en el que venían Sol, Radar y Jon. Me he llevado un enorme disgusto, no sólo por ver a mi hijo en este lugar, en plena primera línea de combate (eso se rumorea, aunque Rolando está más parco que nunca en palabras) sino porque ni siquiera ha querido mirarme.

Me he escondido en el Hummer y he podido llorar a gusto. Joder, qué difícil es esto. Prefiero mil veces pasar por una experiencia como fue mi enfrentamiento con el Edterran a tener que volver a ver esa distancia en la expresión de Jon.

Rolando me ha encontrado. Me ha dicho que sea paciente, que el chico reaccionará, que tengo que entenderlo... Bueno, claro. Para eso estamos las madres.

Luego, me he centrado en el trabajo, para no pensar. Ayudo un poco en el reparto de las comidas, a recoger y tal. No hago mucho caso ni lo hago demasiado bien, no me apetece, preferiría ser líder chuli y estar en la colina limándome las uñas y diciendo cosas como "De mañana no pasa que tomemos el castillo" y tal. Blanca me suele dar charla, pero hoy no era capaz de centrarme en ninguna conversación, ni siquiera en el tema de los saboteadores, a ver si lo estudiamos más en serio mañana y decidimos algo.

Rolando me había comentado lo de que Blanca puede controlar los Nagishi, que es el nombre de esos pájaros que vimos el jueves. En realidad, son una de las especies de demonios. Las hembras son como lamias o harpías o así, los machos más como pájaros prehistóricos, que adquieren un color cada vez más rojo para ponerse seductores con las hembras. Como en el ser humano, vaya: nosotras más al día y los hombres reteniendo el gen del cromañón. Mundo este.

Lo más interesante del asunto es que, por lo que parece, Blanca tiene un par de esferas de Monoi que le otorgan ciertas capacidades mágicas. Haría un chiste fácil con lo del buen par de bolas que tiene, pero ejem, mejor no. O supongo que ya lo hice.

Después, se nos unió Enrique, y Pablo, el ex-marido de Blanca, que no me cae bien por lo que hizo pero al menos ahí se mantiene ahora, no sé. Y Sol y Radar, y se fue formando un grupo bastante grande, mientras cenábamos. La gente estaba impresionada por la situación, pero también había cierta moral en el ambiente, algo en lo que Radar tuvo mucho que ver, porque irradiaba seguridad. Aprecio mucho a Radar, pero hubiese preferido que hoy no hiciera una de sus arengas. El buen humor general que provocó (sin pasarse, claro, pero digamos que eliminó parcialmente el miedo) derivó en una multitud de conversaciones que me martilleaban la cabeza. Me volví al coche, pero hasta allí se oía el murmullo como un runrún molesto.

Por suerte, voy dominando el Nuiz del Silencio que tenía el saboteador. No sé si sirve para mucho más, pero ahora mismo, mientras escribo esto, alivia mi dolor de cabeza, y anoche me permitió moverme entre la gente dormida, cuando improvisamos campamento junto a la carretera. Me di una vuelta de vigilancia por los vehículos de intendencia, por si pillaba algún otro saboteador, no sé qué esperaba, una especie de Neptuno con un gran tridente rojo, o algo así. Nadie me oyó, pero es un rollo, ya que yo tampoco oigo nada, si lo hago a mi alrededor.

He probado a enfocarlo en otros puntos. Creo que podría funcionar de forma aceptable, pero aún no he logrado nada que dure más allá de un par de segundos, y dudo que tenga tiempo suficiente para aprovecharlo realmente.

Al menos, hemos llegado a Jerez. Ahora, la cosa creo que va a ser sencilla. O vencemos, o no quedará de nosotros ni la decepción por no haber ganado.

lunes, 1 de agosto de 2011

Lunes de Cintas Blancas

St. Pankraz im Ultental, pintado en 1871 por Gottfried Seelos. Muy distinto a este que contemplo ahora, desde la azotea de una de las casas.

Estoy rodeada de una multitud. La gente se mueve en las calles y en los alrededores. Las imágenes se confunden con las visiones de los molinos.

Todo está encharcado de sangre. Siento náuseas. Vivir así es un tormento. Pobre Hidalgocinis.

Me cuesta, pero quiero escribir, contarte lo que veo, lo que está pasando. El campamento de Santa Elena es grande. Lo forman las propias casas del pueblo, que están en buen estado (tras lo que hemos visto de camino, se agradece este toque de normalidad) y las tiendas de campaña que han traído los militares que se nos han unido, cincuenta si no he entendido mal. Las casas más grandes se están usando como almacén de provisiones y armas. Creo que estamos bastante bien de suministros, al menos de momento. No me he preocupado mucho por preguntar, pero he oído hablar a Rolando con los otros.

El militar al mando de la organización y la intendencia en el pueblo se llama Armando Casas. Sin embargo, el campamento lo rige un triunvirato: Rolando, Hidalgocinis y Grecia. En otros momentos, sé que me hubiese sentido celosa de ella, porque Rolando y ella se entienden bien y es una mujer de belleza interesante. Pero, ahora tengo el Nuiz de Hidalgocinis. Sé, o creo saber. Quizá me equivoco, claro...

En todo caso, sería mezquino dedicar dos segundos de más a tales pensamientos. Grecia es una mujer que merece un respeto, aunque sólo sea por su valor. Dicen que no tiene ningún Nuiz, pero su sentido común y su capacidad de organización han salvado cientos de vidas. Me confesó Rolando, también, que Grecia había leído todos los blogs desde el principio, aunque nunca interactuaba, por precaucion. Qué vergüenza. Cada vez que me mira, me siento desnuda. Frágil y expuesta.

Yo la admiro. Hubiera querido ser como ella, hubiese querido ayudar, salvar vidas. Pero ni siquiera puedo ponerme esa cinta blanca en la cabeza.

- Nos distingue - me dijo Rolando, al dármela. Pero no es verdad. Sólo me identifica, indica en qué bando estoy. Nunca he podido soportar la uniformidad. En los tiempos en que el mundo era normal, si algo se ponía de moda, por mucho que me gustase esperaba a que pasase el furor para usarlo. No quiero llevar una cinta blanca cuando todos la llevan. Yo soy Rebeca. Soy única. Ni más, ni menos que otros, pero única. Que me teman esos demonios de mierda. No necesito cintas de ningún color para saber cuál es mi bando.

Me he puesto guantes blancos, para no tocar a nadie por error. Retendré el Nuiz de Hidalgocinis unos días más, si puedo. Si no me vuelvo definitivamente loca.

Con eso tendrá que bastar.

Ah, se me olvidaba, Rolando me ha dicho que recoja todo lo que necesite, mañana partimos para Tarifa. No sé para qué... Ni siquiera sé si seré capaz de empacar algo.

Molinos de viento...