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sábado, 17 de septiembre de 2011

Aquel Miércoles Bailé con Huesos Muertos

Interiors of the New Hermitage.
The Gallery of the History of
Ancient Painting, 1859

Eduard Hau
Dónde estoy ahora, lo revelaré a su debido momento, quizá mañana, cuando quede explicado por qué razón no he podido escribir nada hasta ahora. Espero poder seguir en contacto el tiempo suficiente, al menos.

Solo diré que no escribo esto en mi portátil. Por primera vez, me estoy conectando desde otro punto. 

El miércoles nos infiltramos finalmente en el templo de los Sabios. Como ya comenté, es un lugar de arquitectura directamente inspirada en la cultura celta (lo dijo Loa y luego lo comentó también Javier, tras verlo), pero muy moderno, de piedra blanca y cristal oscuro, un edificio circular, formando a su vez por edificaciones en cúpula colocadas alrededor.

Su interior está muy decorado, con elementos celtas, como este búho, que es utilizado en filigrana en muchas paredes. Supongo que es un símbolo de sabiduría, muy apropiado en el sitio.

Búho celta, en el
Refugio de los Sabios
He buscado una foto que pueda dar una idea de eso en concreto, y es esta. Paredes y cúpulas pintados (aunque, en este caso, con los característicos motivos  celtas), estatuas, jarrones, todo elegantemente vacío y hermoso. Como un museo, vaya. Aunque a mí me parece más una especie de templo abandonado por su dios, por eso lo llamo así, templo. Loa y Radar se refieren habitualmente a él como Refugio de los Sabios, sin más, aunque a veces también lo mencionan como templo.

En parte me ha sorprendido porque todo el edificio me recuerda bastante a un rosario de anillo vasco. No sé si los conoces. He encontrado una imagen por ahí, dime si no tengo razón.

Anillo-Rosario vasco
El conjunto tiene un gran espacio interior, lo que sería en sí el hueco del anillo. Aunque, en este caso, no está hueco. Según me han contado, lo llena todo un gigantesco Patrón Mágico (lo pongo conscientemente con mayúsculas, para darle mayor relevancia, ya que cada vez que se habla del tema, se usa un tono de voz más bajo y respetuoso, por alguna razón).

Cuando he preguntado qué diantre podía ser eso (mis conocimientos de magia han aumentado notablemente en los últimos meses, desde que tuve que aceptar que existía pero, aún así, raras veces les entiendo, cuando se ponen a hablar del tema), se han limitado a decirme que piense en un entrelazado físico de distintos conjuros, formando todos una pauta o camino: se usa para ocultar algo, al otro lado.

Este Patrón en concreto es anterior al templo y a los Sabios que ahora lo custodian. Algunos dicen que lo crearon hechiceros muy lejanos en el tiempo, hombres de inmenso poder que recibieron una llamada o inspiración y se dirigieron hacia allí desde  los lugares más remotos. Una vez reunidos, lucharon entre ellos en esos bosques y se devoraron mutuamente, convertidos a la vez en dioses y bestias, ascendiendo en una espiral de muerte y vida, fortaleciéndose con aquel acto supremo de canibalismo.

Todos ellos se ganaron el derecho a formar parte del Patrón, cada cual a su manera: los más fuertes, los que habían sobrevivido apropiándose del poder de los demás, se reunieron en círculo. Sus vientres, demasiado llenos de magia, reventaron bruscamente, mezclándose poder y víscera, energía y sangre.

No sé si creer que algo tan... desagradable pudiese pasar. A saber qué sucedió realmente y por qué se ha transmitido de este modo la leyenda. En todo caso, cuando llegamos al templo, no sabíamos nada al respecto. Bueno, para ser exactos, no sabíamos apenas nada de nada. Ni siquiera su localización.

Fue Radar el que nos guió, el ciego mostrándonos el camino... 

Y es que, el templo no se ve a primera vista. Se levanta en las cercanías de un pequeño lago, en un paisaje idílico. Forma parte de nuestra realidad pero solo de forma parcial, relativamente. como suele ocurrir en estos casos de ocultación mágica. Para los que son ciegos a la magia, no existe, no hay nada allí. Pero para los que pueden "ver" o para quienes les es mostrado, su piedra blanca y su cristal negro son tan reales como cualquiera de los edificios de los pueblos de las cercanías.

El camino solo lo pueden abrir los Sabios o un mago poderoso en unas condiciones concretas. La noche del miércoles se daban. Me han ordenado que no mencione nada más al respecto.

Fuimos Javier, Radar, Loa y yo, tal como mencioné el otro día. Radar nos condujo y abrió el sendero. Fue... asombroso, de verdad. El claro, en el bosque, estaba vacío, ni siquiera cabía la idea de un edificio pequeño, el lugar no era lo suficientemente amplio. Yo casi llegué a pensar que Radar, pese a todo, se había equivocado, tan cegado estaba por el resplandor de aquella especie de magia estática de la Selva Negra. Pero, un segundo después de disiparse el eco de las palabras que pronunció Radar, tras un fluctuar de formas fantasmagóricas y de distancias repentinamente flexibles, allí estaba.

El Templo de los Sabios. El Refugio de los Sabios.

Nada más aparecer, según fue visible para todos, se abrieron las puertas situadas en lo alto de la escalinata de entrada, que estaban franqueadas por grandes columnas (puedes verla en el gráfico que he hecho, justo a su derecha, nosotros llegábamos por ese camino). Eran muy grandes: se movieron lentamente, con gran retumbar de mecanismos y manivelas.

Rápidamente, Loa se acuclilló, enterró los dedos en la tierra, y empezó a repetir una de sus salmodias. Era un sonido... no sé, inquietante. Las sílabas parecían extenderse a trompicones, chocando contra los árboles y las rocas, arrastrándose por la tierra como serpientes. Lo cierto es que los conjuros de Loa siempre me dejan una impresión parecida.

Entonces, vimos tres hombres salir del templo. Eran grandes, si me apuras diría que debían rondar los dos metros, en todas direcciones, qué barbaridad. Llevaban los rostros cubiertos por capuchas negras que ni siquiera tenían orificios para los ojos. Y estaban armados con ametralladoras y largos cuchillos que podrían ser considerados espadas cortas.

Venían en nuestra dirección. Y yo pensé que de ningún modo quería que me alcanzasen. Pero, ¿eran solo tres? Habíamos esperado un gran ejército, o al menos un grupo nutrido.

—Corred —ordenó Loa, entre dientes, la boca forzada en una mueca llena de tensión. Se le escapó una risa, mirándome—. Femme, commence à danser. Danse avec les os morts. (Mujer, empieza a bailar. Baila con los huesos muertos). —Entonces, como recordando algo, se volvió hacia Javier—. No lo olvides, Cazademonios: el Sabio de la runa azul en la frente. Es el más peligroso.

—¿Qué...? —empecé a preguntar. Eso me pasa por no haberles hecho demasiado caso mientras planeaban sus historias. Nadie me hizo caso a mí en ese momento: Javier y Radar echaron a correr, y fui detrás. 

Mientras nos acercábamos al edificio, de entre los árboles surgieron numerosas formas. 

Eran cuerpos, miles de cuerpos, miles de cadáveres. Eran todos los restos que dormían en el bosque, todos los que aún eran capaces de propulsarse por sí mismos. Y te puedo asegurar que, un bosque, es algo lleno de vida, pero guarda también mucha muerte.

Animales de todo tipo, de todos los tamaños, en todos los grados posibles de descomposición, surgieron de todas partes, estremeciendo el claro. Olía, olía a muerte por todas partes. Tuve que parar y empecé a vomitar, pero Javier me agarró del brazo y tiró de mí. Oh, dioses. Tienes que creerme: aquellos seres estaban por todos lados, sombra negra, hueso blanco, y Loa tenía razón, se movían como en una danza inmensa, una gigantesca coreografía. Avanzaban decididos, algunos veloces y peligrosos, otros en perezosa cadencia; el hedor a podredumbre, a descomposición y muerte eternamente lenta, se mezclaba con los mil crujidos de la espesura al ser pisoteada por criaturas que hubiesen debido descansar bajo ella, formando la música de la danza. .

Bailaban. Bailábamos...

Muchos de aquellos animales, esqueletos frágiles de lo que fueron cuerpos frágiles, no podían hacer daño alguno por sí mismos; pero eran tantos, tantos, que imponían. Los tres guardianes del templo, pese a todo, no hicieron ningún caso: estaban enfilados hacia nosotros, intentaron recibirnos con las ametralladoras, incluso empezaron a disparar, pero una bandada de pájaros muertos llegó por un lado, levantando una ráfaga de viento inmundo, y les golpeó de lleno. 

Dos perdieron las armas, otro siguió disparando, pero a las aves, absurdamente. Le habían arrancado la capucha y sangraba mucho de un ojo que estaba destrozado. Pero no parecía sentir ningún dolor. De hecho, la otra pupila estaba fija y él se movía con la determinación de quien no piensa en nada, realmente. Recordé lo que había dicho Loa de que les habían vaciado el cerebro.

Fueron interceptados por centenares de formas. Se agitaron con ellos, bailando también con ellos: un paso delante, un paso atrás, un giro, inclinación, media vuelta...

Terminaron cayendo, bajo el peso de tanto, tanto hueso muerto...

—¡Corre! ¡Corre! —me gritaba Javier. Como dije antes, íbamos por el camino que he dibujado a la derecha, en dirección a la escalinata que ascendía hacia la cúpula más grande, la entrada. Y por el rabillo del ojo vi más muertos que empezaban a surgir de la densa oscuridad que era el bosque. Los muertos humanos del cementerio del que había hablado Loa. Acudían a su llamada, para ayudarnos.

Oí los gritos de uno de los tres guardianes mientras entrábamos. Los otros, ni se quejaron. Tras caer bajo la aplastante mayoría de los animales, el forcejeo fue mínimo, y lo que fueron en épocas seres humanos los remataron.

Esos momentos los tengo clavados como ráfagas inconexas. Estaba muy nerviosa. Subimos las escaleras. Radar alzó una mano y dijo algo. Estaba rompiendo el Sello, sí, un Sello, habían hablado de una protección poderosa que nos impediría el paso. Todo se estremeció. Seguimos corriendo.

La gran sala circular de la entrada es más que una simple entrada, es como un lugar de recepción y encuentro. Solo los Sabios tienen derecho a adentrarse más en los círculos del Refugio; los que llegan, generalmente colaboradores, a veces enemigos, como nosotros, son recibidos nada más traspasar las puertas y despedidos o enterrados tras la conversación que sea.

Nosotros entramos en tromba, y aunque no estaba como para hacer turismo, no pude evitar admirarme. Como dije, los techos, las paredes, todo es elegante y cada detalle ha sido cuidado con gran esmero. El suelo es de baldosas de piedra pintadas, muy pulimentadas. Juntas, forman un gran dibujo, una espiral que gira sobre un punto central, donde pone: "Sapientium octavo". Más allá, bajo el gran arco que daba acceso al resto del edificio, pude leer "Proditori non crucis limine "

Cuatro hombres y tres mujeres se alineaban en la gran sala, protegiendo ese umbral. Todos llevaban las cabezas rapadas, cejas incluidas, y vestían túnicas blancas. No pretendo insinuar que tenían aspecto griego, en absoluto: eran túnicas de diseño moderno, y que acentuaban su curiosa apariencia andrógina. Supongo que eso quieren transmitir los Sabios, que no son ni hombres, ni mujeres, solo mentes. Un estadio superior a lo meramente físico.

Y mentes muy poderosas, por cierto. Según entramos, estaban concentrándose en el algún hechizo de gran potencia. Radar consiguió hacer algo para perturbarles, algo que hizo que los basamentos del templo gimiesen doloridos, pero no fue suficiente. La carga mágica del lugar era terrible, creí que me iba a estallar la cabeza. Las pinturas de las paredes empezaron a combarse, o quizá eran las paredes mismas, porque ningún ángulo podía mantenerse inmutable ante tanta presión, por muy aferrado a la realidad que estuviese. Yo alcé los brazos justo un segundo antes de que lanzasen algo, lo que parecían una multitud de diminutos proyectiles luminosos, contra nosotros. Estallaron en el aire, al chocar con la protección de energía que me había enseñado Rolando.

Me costó, ya lo creo, habían descargado mucho poder. Luego supe que, para ellos, apenas había sido nada.

Pero, el más rápido de todos, fue Javier. Según entró, alzó la pistola y disparó a uno de los siete, un hombre. Parecía el mayor en edad, aunque todos compartían también una curiosa apariencia atemporal. La bala impactó en su frente, justo en el centro del tatuaje azul que la había adornado.

No sé de qué era la bala. Entró dejando un agujero diminuto, pero salió por su cráneo abriendo un boquete del tamaño de un pomelo. El cuerpo se agitó locamente antes de desplomarse, la sangre salpicó por todos lados, manchando piedra impoluta, rostros fríos y túnicas blancas. Algunos Sabios gritaron. Javier movió la pistola en todas direcciones:

—El próximo que pronuncie una sola sílaba mágica, no va a tener tiempo para lamentarse. —Nadie dijo nada. Nos miraban confusos y espantados. Javier sonrió, relajándose ligeramente—. Pero, sí podéis hablar para darnos una explicación, lo más breve posible, de cómo, quienes se consideran tan listos y tan sabios como para llamarse por ese nombre, han cometido la estupidez de apoyar la invasión de unos demonios que sólo buscan arrasar por donde pasan.

El silencio se extendió todavía por otro largo segundo. Luego, empezaron a hablar todos a la vez.

—No tenéis derecho, no tenéis ningún derecho —protestaron unos—. ¡No sabemos nada! ¡No tenemos nada que decir!

—¡Pueden ayudarnos! ¡Tenemos que hacer algo! —dijeron otros, dirigiéndose a sus compañeros. La mejor prueba del enorme cisma que había en aquel grupo...

Entró Loa, dejando fuera su ejército de cadáveres. No sé qué palabras usar para explicarte lo aterrador que resultaba aquello. Eramos muy pocos los vivos allí reunidos; fuera, entre cosas que habían sido animales y cosas que habían sido hombres, esperaba silenciosamente una multitud. Los muertos nos miraron a través de las puertas abiertas, con rostros muy pálidos, cadavéricos.

El que sí entró con Loa fue Enrique. Esquivó mi mirada de reproche.
—El abogado nos había seguido y se ha empeñado en venir —dijo Loa. Javier sonrió.

—Se ha ganado el estar.

Enrique no contestó, aunque sé que agradeció el apoyo. Me gustaría hablar de todo eso, de la curiosa relación que está surgiendo entre nosotros, unos y otros, pero es que no hay tiempo... Tendrá que ser en otro momento.

Empezamos a interrogar a los Sabios. Para evitar extenderme demasiado, omitiré lo que fue más de una hora de conversación en la que supimos que había habido graves problemas entre ellos, por eso andaban descentrados y débiles. Habían sufrido una pérdida notable de poder y una deserción en masa de servidores, algunos de los cuales hasta habían huido con armamento y material mágico de importancia. Por eso sus guardianes solo eran tres, pobres diablos. Alguien había conseguido recuperar parcialmente sus mentes, pero esos tres no tenían remedio.

—Traidores, traidores... —rumiaban los Sabios. Una de las mujeres apretaba tanto los puños que se había clavado las uñas en las palmas. La sangre se deslizaba entre sus dedos y había manchado el vuelo de su túnica...

Popov sí estaba en el templo; de hecho, se le había dado permiso para acceder a una de las catacumbas, Jamás hasta entonces se le había permitido tal cosa. Al parecer andaba buscando algo o preparándose para algo, inmerso en una misión definitiva, cuya importancia superaba cualquier otra. Los Sabios ya no le controlaban, no podían hacerlo.

Estaban asustados, completamente aturdidos, porque habían esperado recoger los laureles de su obra, una empresa que les había llevado casi dos siglos (admitieron lo que nos había contado Loa, que extendían su vida más de lo normal por métodos sobrenaturales) y se habían estampado contra aquel enorme fracaso. No estaban seguros de que seguir al Rey fuese una buena idea. Ya no. Y no sabían si estaban en condiciones de poder cambiar de bando, estando tan avanzada el asunto.

Todo lo que contaron fue, sin duda, interesante. Pero, a mí, lo que más me importaba, era que todos ellos hablaron. Seguro que algunos dijeron la verdad y que otros mintieron.

Pero nadie calló, nadie guardó silencio, como me había avisado Ama Lur.

—¿No hay más Sabios? —pregunté, entonces, con la esperanza de que hubiese otros, en el edificio. Dijeron que no. Eran siete Sabios, solo siete. Como los famosos siete sabios de Grecia.

—En realidad, podría suponerse que hay uno más —adujo Javier, señalando el centro de la gran sala, el punto en el que convergía la línea de la espiral que dibujaban las baldosas—. "Sapientium octavo". "El octavo sabio". Me consta que se trata de una expresión irónica, por el aquel de quien se cree sabio sin serlo, pero... ¿es posible que tenga en realidad alguna otra explicación?

Ahí, tardaron bastante en contestar. Se miraron entre ellos.

—Relativamente —dijo uno, por fin. El mismo hombre de aire ligeramente mayor—. Sea quien sea, lleva mucho tiempo muerto. Según cuentan las crónicas, fue uno de los primeros, los que llegaron en tiempos remotos para elaborar el Patrón. —Entonces fue cuando nos contaron la leyenda sobre los magos llegados de todas partes y su acto de supremo canibalismo—. Según las crónicas era pretencioso y estúpido. Presumía de sabio sin serlo. Pero, además...

—Era un traidor —terminó una mujer por él. Javier asintió, mirando el arco de acceso al edificio.

—"Proditori non crucis limine ". "El traidor no cruza el umbral". ¿Cuál fue su traición?

No contestaron. Yo pensé que, en definitiva, aquel octavo monstruo no había estallado para formar parte del Patrón. Y me pregunté si, tanto tiempo después, seguiría digiriendo todas aquellas magias.

—No le habéis dejado entrar —dijo entonces Radar. Señaló el suelo, las letras del "Sapientium octavo", con el bastón—. ¿Está enterrado ahí mismo? Sí, ¿verdad?

Nadie dijo nada, y el silencio lo dijo todo.

Loa se adelantó hasta allí, hincó una rodilla en tierra y apoyó la mano, según su estilo, sobre la frase. 

Réveillez-vous (Despierta) —ordenó—. Il est temps. Il est temps. Ma volonté est votre force de vie. Venez à mon appel. (Es la hora. Es el momento. Mi voluntad es tu fuerza vital. Acude a mi llamada).

Y, entonces, ante nuestro asombro, ante nuestro absoluto terror, algo golpeó la piedra desde abajo. Todo el templo se estremeció y la Selva Negra guardó silencio. 

Aquello que dormía desde hacía tanto, golpeó una y otra vez, una y otra vez, abriéndose camino a través de tierra y piedra...

domingo, 28 de agosto de 2011

Sábado oscilando sobre Pueblo D

Otro de los grabados de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. También lo he coloreado yo. Me gusta así, dejando tramos grises. Es como veo el mundo, ahora mismo.

Ahora entiendo mejor a Brau. Volver al cuerpo es como... como ponerse un guante viejo, cedido y cómodo, pero que no deja de ser algo que constriñe la mano.

Vino a mí anteanoche, como ya habréis leído en su blog. Menudo susto me dio, hasta que le reconocí. Era una forma etérea, translúcida, reflejada en el espejo de mi tocador, donde estaba sentada cepillándome el pelo. Me volví, girando en la silla, y le pregunté qué hacía allí, pero no me contestó, sólo extendió los brazos en mi dirección. Creí que sería intangible también, pero no, pude tocarle... Y entonces desapareció.

Como supuse lo que había ocurrido, que acababa de arrebatarle el Nuiz y, por lo tanto, él había despertado repentinamente en el remoto lugar en que se encuentre su cuerpo físico, decidí tumbarme en la cama y traté de concentrarme. Fue más fácil de lo que pensaba. Un tirón seco a la altura del estómago y de pronto allí estaba, flotando suavemente en mi habitación, mi cuerpo tumbado en la cama, quieto... Casi no parecía respirar, pero no me importó.

La luz del cordón de plata que me unía a él era tan hermosa, tanto... No te puedes imaginar. Pensé que era el brillo de la vida, el alma hecha energía. Una belleza que me embriagó durante largos minutos; quizá fueron horas, no sé. El tiempo pasa muy distinto, en ese lado...

No sé qué me impulsó a moverme. Ni siquiera sé si salí por la ventana o traspasé paredes y techo; sólo consta que, de pronto, me encontraba fuera, bajo la noche estrellada, abrumada por todo lo inmenso. El mundo era negro y plata, y sombras móviles, a mi alrededor. El viento susurraba, pero no podía sentirlo. Nada me afectaba: ni el frío, ni la humedad... ni siquiera tenía miedo.

Y eso que, podía sentirlo, había algo rondando cerca, algo que habitaba o deseaba habitar ese extremo de la existencia. Algo peligroso...

Floté, me mecí sobre tejado y chimeneas, me dejé llevar. Me moví por el bosque al son del latido del universo, perezosamente. Recuerdo haber evitado el aura del Cementerio C, que en ese lado era como un agujero en el mundo negro y plata, un abismo siempre hambriento que estaba a punto de estallar, de puro ahíto.

No sé si fue casualidad o si era uno de esos momentos predestinados pero, de pronto, atisbé luces, la realidad que quedaba más allá de la bruma plateada volvió a interesarme, y me di cuenta de que había derivado hacia Pueblo D. Hubiera vuelto de inmediato, porque no quería alejarme tanto de mi cuerpo físico, pero entonces vi luces amortiguadas y capté susurros quedos.

No querían ser escuchados, ni detectados.

Oscilé silenciosamente sobre el pueblo, como colgada de aquel largo hilo plateado, examinando bien la situación...

Eran cuatro hombres, dos en una terraza, otros dos rondando el pueblo, haciendo guardia. Bien armados. Soldados, probablemente sin Nuiz. De las ventanas del edificio vigilado surgía una tenue luminosidad. Entonces, lo reconocí: era la casa del doctor Contreras. Había estado allí una vez... En otra vida, me dije con tristeza. Cuando tú estabas conmigo y yo todavía me sentía segura, confiada en que todo saldría bien y tendríamos un futuro juntos...

Es malo, llorar en ese otro lado de la existencia. Aunque las lágrimas parezcan de plata, siguen sabiendo a amargura y sal.

Me dirigí hacia allí y de pronto estaba dentro. Floté suavemente por la casa hasta llegar al despacho. Oí voces. Las reconocí, antes incluso de poder verlos a ellos. Apenas me asomé, dejando que mi rostro traspasase la madera de la pared.

Eran Popov y Loa.

- ... idea. No, es mejor no utilizar ningún otro método, yo me reuniré con los Sabios - estaba diciendo Popov. Los vi sentados a ambos lados del gran escritorio. Popov miró un mapa que tenían extendido - Iré lo más rápido posible - señaló dos puntos, saltando de uno a otro y clavando en el papel la punta del dedo - Aquí y aquí, hay dos Nódulos, los tomaré, si salgo ahora mismo podré llegar al primero antes del amanecer .

Recordé haber oído a Rolando mencionar los Nódulos. Eran como puntos mágicos, que unían dos localizaciones terrestres sin importar las distancias reales. Si sabías usarlos, podías moverte más rápido, como a saltos, de uno a otro. Algunas personas, estaban naturalmente capacitadas para ello por alguna clase de Nuiz, aunque no lo supieran, y por eso surgían de vez en cuando historias en las noticias sobre gente que viajaba por un sitio y ,de pronto, asombrosamente, estaba en otro continente. Generalmente, mencionaban una niebla extraña. Era un Nódulo. Si no tenías el Nuiz adecuado, siempre podías "abrirlos" por medio de la magia.

Así que Popov se marchaba, iba a reunirse con los famosos Sabios...

- Que dois-je faire? - preguntó Loa. Y, luego, repitiendo con un pronunciado acento francés - ¿Qué debo hacer?

- Matarlos - respondió Popov, brutalmente, provocándome un escalofrío - Matarlos a todos. Exterminarlos por completo. Costó mucho eliminar a Radar, espero que lo tengas en cuenta y aproveches la ventaja.

- Ah, oui. La femme est à la Villa A, j'ai vérifié la marque de magie. (La mujer está en Villa A, he comprobado la marca mágica) - se refería a mí, claro. Mi cuerpo seguía en la cama, en la casa - En l'honneur du Roi... En honor al Rey, levantaré los cadáveres del Cementerio C - hizo una pausa, como buscando las palabras - Ils causent la panique, dévorer, et si l'on survit, nos hommes se retrouveront avec lui.

(Causarán pánico, devorarán y, si alguno sobrevive, nuestros hombres terminarán con él)

- Ja, Loa - rió Popov - Vous savez que je parle un français parfait, non?

(Ja, Loa. ¿Sabes que hablo un francés perfecto, no?)

- Oui, pero yo también hablo perfectamente l'espagnol - dudó, sin inmutarse ante la sonrisa de suficiencia de Popov - Je voudrais pouvoir rester avec la fille, si seulement quelques heures.

(Me gustaría poder quedarme con la niña, aunque sólo sea unas horas.
)

Eso me dejó paralizada. ¿Beatriz? Lo que podría querer aquel engendro de mi hija... El miedo siseó sobre la bruma plateada que me envolvía. Popov le miró con atención.

- Eres un pervertido, Loa - el otro no replicó. No debió considerar importante, defenderse. Popov se encogió de hombros y asintió - Sea. Vous pouvez vous amuser avec Béatrice. Mais le tuer plus tard.

(Puedes divertirte con Beatriz. Pero mátala después.
)

- Très bien - Popov se puso en pie y cogió una bolsa, con algunos documentos. Loa siguió sentado, siguiéndole con la mirada - Je vais le faire demain soir.

(Lo haré mañana por la noche.)

- D'accord. Ne pas manquer. Tuez-les tous. Surtout Rebecca.

(De acuerdo. No falles. Mátalos a todos. Sobre todo a Rebeca.)

Loa asintió. Popov salió del despacho y yo me separé de la pared. Cruzó la puerta, a mi derecha y traté de apartarme; pero el pasillo era estrecho y las distancias se me confundían, porque en el mundo negro y plata no tienen mucho sentido. No me dio tiempo.

Me atravesó, limpiamente.

No puedo explicar correctamente lo que sentí, lo he intentado y es imposible: fue como una tormenta borrascosa barriendo repentinamente cada célula de mi cuerpo, un contacto más íntimo que cualquiera que hubiese tenido con un hombre.
Estuvo dentro, muy dentro, durante un instante que fueron siglos...

Popov sintió algo también. Se detuvo bruscamente, se volvió y miró lo que para él era la densa oscuridad de un pasillo vacio. Pero buscó, olió...

- ¿Rebeca? - susurró, alzando una mano, intentando tocarme. Yo contuve la respiración, aunque no respiraba. Creo que, a pesar de todo, supo que yo estaba allí, porque añadió: - Devushka...

(Pequeña...)

Pero terminó claudicando. Se dio la vuelta, y siguió pasillo adelante, la cartera oscilando como yo. Oscilando en su mano...

Y, entonces, tuve una idea.

Avancé hasta volver a alcanzarle, me incliné, ligeramente, y metí la mano en la cartera. Con mucho cuidado, jugué entre los dos mundos, entre los dos Nuiz que poseía. Concentrada, convertí cuantos papeles pude en pura energía, que retuve entre los dedos. Brilló en azul, un destello del tamaño de una moneda de dos euros, pero justo Popov daba la vuelta a la esquina y yo lo atraje rápidamente al lado de la existencia en que me encontraba. Creo que de verdad no se dio cuenta de nada...

Y yo le olvidé por completo porque, justo en ese momento, sentí... no sé. Había algo conmigo allí en el pasillo. Aunque no oía nada podía percibir el gruñido profundo, bajo, como un perro que amenaza dispuesto a atacar. Aunque no podía ver nada, estaba segura de que, a diferencia de Popov, si yo extendía mi mano, sí iba a sentir algo.

Olía a demonio. A ser doblemente ajeno, extraño al mundo real y al mundo de plata. A infierno de llama eterna...

Recordé lo que me había dicho Radar sobre la marca mágica. ¿Sería eso? ¿Habré atraído alguna criatura?

Creo que saltó hacia mí, pero di un potente tirón y regresé, combando las distancias reales. Un segundo, y estaba flotando suavemente sobre mi cuerpo. Volví a introducirme en él, con la sensación del guante viejo que he mencionado antes. No sé cuánto tardé en abrir los ojos pero, al despertar, tenía unos papeles en la mano.

Los he revisado con Enrique y con Javier.

Tenemos una especie de mapa europeo de Nódulos. No son tantos, hay exactamente siete. Y, tras leer algunos textos en alemán, Javier cree que Popov se dirige, en dos saltos, hacia la Schwarzwald, la Selva Negra. Alemania.

- Va a ver a los Sabios - les dije. Ambos intercambiaron una mirada. Tenemos que ir, está claro...

Pero, mañana por la noche, Loa piensa desatar un infierno sobre nosotros...

domingo, 17 de julio de 2011

Domingo del Falso Amanecer

Ninguna palabra humana puede describir el mundo, tal como lo vi anoche. Nada puede servir para explicaros cómo me sentía, cómo bullía la sangre en mis venas o qué energía susurraba en mi interior, pulsando con fuerza. Por eso, he hecho un compuesto con dos imágenes y muchos filtros.

Una ilustración del Paraíso Perdido de John Milton, elaborada por Gustave Doré en 1866 y el Germania, 1914, de Friedrich August von Kaulbach. He cambiado colores, filtrado, recortado y manipulado mucho. Aún así, sólo consigo que muestre lejanamente lo que quería decir.

El paisaje, en los alrededores del camposanto, estaba cubierto por esas criaturas aterradoras; el cielo, en el horizonte, relampagueaba furiosamente con colores imposibles, tonos llegados de algún lejano infierno y que sólo podía captar por completo gracias al Nuiz de demonio que poseía; y yo, una guerrera llena de ira y dispuesta a todo.

- Bien - aceptó Sol, hablando por el móvil, y le indicó a Enrique que detuviese el coche. Ninguno habíamos pronunciado palabra, en el trayecto - Radar dice que Popov está al otro lado de ese promontorio - yo también le sentía. Y a Rosa María. Pero, como no dominaba mi Nuiz no podía establecer distancias y posiciones con la misma habilidad que Radar. Yo simplemente avanzaba hasta darme de bruces, como había ocurrido con la tumba de mi padre. Claro, eso ahora mismo, no resultaba muy conveniente - Seguiremos a pie.

Fui tras ellos, un poco aturdida. Me sentía como borracha, totalmente embriagada por la atmósfera de la noche. Pensé que sería magia, esa magia en la que nunca había creído: magia por todos lados, magia libre y salvaje llegando por aquellas fisuras desde un abismo espantoso...

Mis huellas se marcaban firmemente en la tierra, quemaban la hierba. Steampunk vibraba entre mis manos.

- ¿Te encuentras bien? - me preguntó Enrique. Asentí, pensando que... Tenía delirios, espantosas visiones de sangre derramándose, cálida y densa, sobre piedras muy oscuras; de almas aullando eternamente en un umbral hecho de luz que no era luz, era... no sé. No lo sabía entonces y sigo sin saberlo. Era, simplemente, otra cosa. Algo pegajoso, que hacía que la piel se estremeciese ante la remota posibilidad de que pudiera tocarla - Si la cosa se complica, en el momento que lo digas, salimos corriendo.

Pobre Enrique, recuerdo haber pensado. ¿Hacia dónde pensará correr?

Desde el promontorio, vimos el cementerio, que quedaba al otro lado del valle. Estaba coronado por esa luz, ese torbellino de destellos y colores tan distintos de los que que conocíamos.

- La madre... - murmuró Sol.

- ¿Qué pasa allí? - preguntó Enrique, mirando asustado.

- El portal está prácticamente completo - contesté. No sé por qué lo sabía, pero no tenía ninguna duda; supongo que me lo decía mi naturaleza Edterran, cada vez más poderosa en mi interior - El Amo espera, en el otro lado. Casi puedo sentirle... - me estremecí - Casi percibo sus pensamientos.

- No - me dijo Sol - Ciérrate, Rebeca. No eres un Edterran. Si te percibe, no sabemos qué puede ocurrir.

Vi la construcción metálica, una plataforma en la que estaban Popov y sus acólitos. Pude oír una melodía: era un canto, lento, monótono, como el que describía mi padre de sus tiempos jóvenes, el que había oído durante la ceremonia en aquella casa. Tenía un claro efecto hipnótico, adormecedor. Al menos, para mí. No pareció afectar ni a Sol ni a Enrique, aunque no llegué a preguntarles.

Frente a la plataforma, atada a un árbol que se alzaba a pocos metros, estaba Rosa María, completamente desnuda, como la Andrómeda encadenada pintada en 1869 por Gustave Doré que acompaño. Pensé que se encontraba inconsciente, porque colgaba flojamente de las cadenas, pero entonces se movió para cambiar de postura, con un gesto de dolor.

Pobre muchacha, qué culpable me sentí por mis mezquindades.

Más allá, por todos lados, se movían las formas oscuras de los Edterrans. Dibujaban largos círculos alrededor del cementerio. Habían acudido muchos, montones, un verdadero ejército, para proteger la llegada de su Amo.

- Mierda... - susurró Enrique. Pensé que era por el número de demonios, absolutamente desalentador. Pero, entonces, vi a Jon, abajo, corriendo desenfrenado hacia Rosa María. O hacia Popov y su grupo de fanáticos, para el caso. A varios metros, le seguía Rolando, acelerando todo lo posible, acortando distancias a ojos vistas. Supongo que estaba usando su Nuiz, porque le alcanzó en un sprint asombroso de medalla olímpica. Se lanzó a por él y lo derribó. Pero ya les habían visto.

Desde la plataforma metálica, algunos sectarios dispararon con ametralladoras. Rolando rodó, arrastrando a Jon con él, hasta ocultarse tras unas rocas.

No me lo pensé dos veces. Seguro que, si alguna madre lee esto, me entiende perfectamente. Eché a correr hacia allí, bajando a saltos por la pendiente, casi rodando en ocasiones. Era poca altura, pero bastante escarpada. El Steampunk pesa lo suyo, pero casi ni me enteré. Jadeando, corrí cuanto pude y llegué junto a Rolando y Jon. Al menos, los puñeteros sectarios de Popov no me vieron.

- Estupendo, ya somos tres, los idiotas - dijo Rolando. Jon bufó. Recuerdo que pensé que era un milagro que no se hubiese clavado la espada que empuñaba, al rodar. También tenía una pistola, sujeta en el cinto, pero Rolando llevaba tiempo empeñado en enseñarle a usar la espada y parecía gustarle.

- ¡Tenemos que sacarla de ahí! - exclamó, desesperado. Rolando le dio un capón.

- Pues muertos no lo conseguiremos, eso seguro. Calla, ni una palabra más - le ordenó, enfadado, cuando fue a seguir protestando - Te hemos traído porque dijiste que harías caso a lo que dijéramos, no para comportarte como un crío histérico. No hagas que me arrepienta de haber confiado en ti, Jon. Nos estamos jugando mucho.

- ¿Y qué querías que hiciera? ¡Esto está lleno de Edterrans!

- Si hubieses prestado atención cuando te he enseñado algo de las bases de la magia, sabrías que Rosa María está protegida de los Edterran. Intenta verlo, no es difícil. Hay un círculo básico alrededor del árbol, pero tan potente como la plataforma metálica. Rosa María no está ahí para los Edterran, es una ofrenda de bienvenida al Amo. Sólo él podrá alcanzarla.

Jon contuvo un gemido. Sentí una profunda pena.

- Tenemos que sacarla de ahí... - insistió; pero ya no era más que un susurro.

- Bien - admitió Rolando, más amable - Te prometí que haríamos todo lo posible por salvarla. Hagámoslo con cabeza. A ti te digo lo mismo - añadió, dirigiéndose hacia mí. Me encogí de hombros. Si se piensa que voy a quedarme mirando de lejos mientras ametrallan a mi hijo, es que no me conoce - ¿Dónde está Sol?

- Arriba - hice un gesto hacia el promontorio. No se veía nada, en la oscuridad - ¿Qué hacemos?

- No sé - miró alrededor, estudiando la situación - El portal está casi completamente abierto. No nos va a servir de nada perder el tiempo con esos hombres, es una batalla que no nos conviene. Nosotros hemos de centrarnos en los Edterran - cogió el móvil, pulsó una tecla y dijo: - Ahora, Sol. Y ocúpate de la plataforma.

No sé si ella contestó algo, sospecho que no porque, un segundo después de que Rolando cortase la circulación, el cielo empezó a clarear. Volví la cabeza, siguiendo el origen de aquella hermosa luz, que llegaba desde el promontorio, y divisé la silueta de Sol, con los brazos en alto, provocando una especie de amanecer. Creo recordar que la línea que separa el día de la noche se llama terminador. Nunca me había parecido más real ni más importante que en ese momento. La luz avanzaba, imparable, sobre las rocas.

No quería que me tocase. Traía ventajas, quizá la salvación, pero... Mi corazón se aceleró, luchando contra el deseo de rehuirla, de hundirme de inmediato, fusionarme con la tierra, protegerme con ella...

- ¿Reb? - me llamó Jon, apoyando una mano en mi hombro. El contacto hizo que me estremeciera, lo sentí... extraño. Rolando me miró pensativo y sonrió. Supe que quería infundirme ánimos.

- Estate atenta, esto se va a poner movido - algo llamó su atención. Estrechó los ojos, así que también intenté localizarlo.
Los seguidores de Popov, individuos con una pinta semejante a la de los personajes que muestra Johann Heinrich Füssli en este Die drei Hexen pintado en 1783, acababan de arrojar algo desde la plataforma metálica. Cayó cerca de Rosa María y se movió, arrastrándose trabajosamente unos metros. Era un hombre. Se derrumbó un par de veces hasta conseguir ponerse torpemente en pie. Tenía el rostro manchado de sangre y posiblemente un fuerte shock. Oí a Rosa María gritarle que corriese, que se fuese de allí lo más rápido posible. Él la miró aterrado y empezó a caminar, a trompicones, cada vez más rápido.

Varias figuras surgieron de las sombras, deslizándose velozmente hacia él. No supe si Rolando y Jon las veían, quizá Rolando las percibía gracias a su Nuiz, porque a simple vista debía resultar difícil, en aquella zona todavía era de noche; pero, para mí, eran focos de luz intensa por sí mismas.

Edterran. Cuatro, cinco... Quizá seis.

El hombre debió percibirlos; quizá oyó la tierra, al modelarse como agua al paso de esas criaturas, o quizá captó el peligro con algún instinto de esos que creemos olvidados, no lo sé. El caso es que gritó y trató de acelerar, pero fue inútil.

Un Edterran lo atrapó por un pie y empezó a hundirse. Justo cuando lanzaba un nuevo alarido, Rolando disparó.

La bala le acertó en plena frente, empujándolo hacia atrás, sobre el demonio. Pude ver que, incluso antes de tocar el suelo, el brillo de sus puntos de energía empezaba a menguar, hasta apagarse por completo. Ya no era más que carne muerta, una carcasa vacía. El Edterran lo soltó. Oímos los gritos de frustración de los sectarios y el resonar de un par de ametralladoras, que levantaron un surtidor de tierra y piedra desmenuzada de las rocas que nos servían de parapeto.

Pero, entonces, una bola incandescente, del tamaño de un balón de baloncesto pasó por encima de nosotros, impactando de lleno en la plataforma.

- Voy a por Rosa María - dijo Rolando, haciéndose oír por encima del estruendo y de los gritos - No os mováis de aquí, Sol os cubrirá, cubridme vosotros a mí.

No nos dio tiempo a replicar. De un solo salto, elegante y fluido, pasó por encima de las rocas y corrió hacia el árbol. Rosa María gritaba, tirando desesperada de las cadenas. Algunas de las ramas habían sido alcanzadas por el fuego y estaban en llamas. En la plataforma, varios sectarios se movían convulsivamente, abrasándose, gritando... Todo era caos, reflejos de sombra y fuego en el avance de aquel amanecer, pero, de pronto, se oyó una especie de zumbido. Zssssummm... Los sectarios que ardían salieron despedidos, cayeron inmediatamente calcinados sobre las rocas, y el fuego se sofocó como si le faltara oxígeno y se ahogase.

A la luz de aquel día imposible, vimos a Popov, las manos a los lados del cuerpo, los puños apretados, los ojos cerrados. Del grupo de sectarios que había estado en lo alto de la plataforma, sólo quedaban él y otro, un hombre inmenso, casi esférico, que posiblemente sufría de obesidad mórbida.

Popov miraba a Rolando con expresión de odio. Adelantó una mano.

- ¡No! - grité. No sé, quizá fuera cosa del Nuiz del demonio, pero tengo la sensación de haber podido pensar en una multitud de cosas a la vez, tomando distintas decisiones. Lamentablemente, sólo tenía una boca. Eché de menos el canto desgarrado de los Edterran, que podían comunicar tantas cosas a la vez, incluso en la distancia... Cómo supe eso, todavía ahora me resulta un misterio. Supongo, como mencioné antes, que me estoy perdiendo cada vez más en su naturaleza - Corre hacia Rosa María, Jon - le ordené, recordando que Rolando había hablado de un círculo de protección. Al fondo, Popov hizo un gesto. Rolando se detuvo de golpe, como si hubiese chocado contra algo, y rebotó - Corre, corre, y quédate con ella.

- ¿Dónde vas? - le oí preguntar, pero no me detuve. Me sumergí en la tierra, bendita tierra que cubría y abrigaba, y nadé hacia la plataforma, intentando ser lo más veloz y sigilosa posible.

No puedo decir que tuviera un plan. Cuando estás en una situación como esa, eliges entre las posibilidades que se te ocurren sobre la marcha. Todo lo haces bajo presión, todo es cuestión de vida o muerte. No puedes prestar atención real a nada y, sin embargo, todo tiene un brillo especial, cada instante es único, y se desliza como a cámara lenta.

Se me hizo eterno el recorrido hasta la plataforma; y, sin embargo, llegué en apenas unos segundos, mucho más rápido de lo que hubiese conseguido hacerlo corriendo. Popov estaba levantando más la mano y Rolando ascendió en el aire, como si fuera un muñeco atado a su voluntad. Le vi condensar una bola de energía azulada y tratar de lanzarla contra Popov, pero se estrelló en el aire, diluyéndose en una multitud de diminutos relámpagos, revelando la especie de esfera en la que estaba encerrado.

Escalé por la parte trasera de la plataforma, fijándome en que Jon se encontraba todavía a medio camino, dirigiéndose al círculo. Ni Popov ni su sectario, ni Rolando, que se encontraba más en alto, me vieron, concentrados como estaban en lo que pasaba abajo. Además, la plataforma se sujetaba en varios árboles, y busqué cobertura en ellos mientras me planteaba qué hacer. No quería intentar un ataque y fracasar, podía ser nuestra única opción.

Entonces, oí a Popov.

- Eres patético, Rolando. Tanto poder y lo malgastas en una causa que no tiene ningún sentido. ¿Es que no te das cuenta? ¿Por qué no quieres entenderlo? Todo lo que has hecho, todo lo que haces, no sirve absolutamente de nada. Este mundo, el mundo que conocíamos, está condenado. Ha llegado el tiempo del frío oscuro, la era de la sombra y la pérdida, del cambio. Nuestra naturaleza es inferior, ellos son inmensos, no hay más que pensar. Sólo aquellos que les sirvan tendrán una oportunidad para seguir viviendo.

- Imbécil - replicó Rolando con desprecio, sin dejar de forcejear contra aquella especie de campo de fuerza en que estaba atrapado - ¡No puedes negociar con esas criaturas! Si consiguen cruzar serás de los primeros en ser aniquilado. No es que eso me importe, pero detrás irían otros que sí que no tienen la culpa de que estés loco.

- Tú qué sabrás. Jamás has intentado comunicarte, parlamentar, jamás has considerado ninguna alternativa. Tus amigos y tú, tan pagados de vosotros mismos, tan aferrados a vuestros miedos. Sois como viejas temiendo la llegada del progreso, rechazando el teléfono o la lavadora. Con eso, el mundo ya no será el mismo, decís, y os da miedo porque no podéis controlarlo. ¡Pues claro que no será el mismo! Será mejor - con la otra mano, hizo un movimiento de empuje, y el sectario gordo salió también despedido, como había ocurrido con los otros, pero este vivo y sin daño alguno, en dirección al campo sembrado de Edterran - Sólo una víctima más, una más, amigo mío, y el portal quedará completamente forjado...

- ¡Uchitelʹ! ¡Pozhaluĭsta, Uchitelʹ! - oí gritar al gordo. ¡Maestro! ¡Por favor, Maestro!, supe que decía. Me asomé por aquel lado de la plataforma. Dos Edterran iban a por él. No podían llevárselo vivo. Le apunté.

- ¡Mátalo, Jon! - gritó entonces Rolando, sobresaltándome - ¡Mátalo!

Oí una detonación, y otra, y otra más, antes de asomarme más todavía, lo bastante como para ver a mi hijo, abatiendo a tiros al sectario. Jon... Había estado lenta. Ojalá hubiese podido evitarle tener que tomar esa decisión... El gordo cayó convertido en una masa amorfa, la luz de la vida se apagó rápidamente. Los Edterran perdieron interés de inmediato.

- Proklyatyĭ malʹchik - masculló Popov. Maldito muchacho, entendí - Muy bien. Tú lo has querido - movió la mano en un largo barrido. Jon saltó por los aires y chocó violentamente con el tronco del árbol. Rosa María, por su parte, recibió un empujó aún mayor. La rama de la que colgaba se quebró y salió despedida, con un grito, volando a lo largo de varios metros. Luego, golpeó el suelo, pero aún llevaba demasiado impulso; rodó sin poder evitarlo hasta que, finalmente, se detuvo, al chocar contra el cadáver del gordo - Es una pena perder tal ofrenda, pero quiero que los dos lamentéis el haberos metido en esto.

- ¡Rosa! - oí el grito de Jon. Los Edterran apenas se habían alejado. Al percibir la repentina presencia de Rosa María, volvieron a cambiar de rumbo. Ella intentó levantarse, pero estaba demasiado aturdida por el fuerte golpe - ¡Rosa, corre! ¡Rosa!

Pero fue inútil. El Edterran más cercano la atrapó y empezó a hundirla. Rosa María gritó, mientras recorría varios metros como si estuviese haciendo sky acuático. Jon gritaba. Rolando insultaba a Popov, pateaba en el aire. Trató por dos veces de superar la resistencia del campo de fuerza pero, pese a que Popov trastabilló ligeramente, no lo consiguió.

- ¡Está perdida, Jon! - dijo entonces, viendo que no había más solución, optando por la desesperada - ¡Tienes que matarla!

De eso nada. El gordo, sería un mal recuerdo, pero no podía consentir que Jon cargase con algo como eso, matar a Rosa María y, por tanto, a su hijo. Antes me condenaba yo mil veces. Por el bien del mundo, pensé, intentando apartar de mi mente la imagen de un niño hermoso y alegre que ya jamás iba a tener una oportunidad de vivir. Por el puñetero bien del mundo.

Empuñé la pistola, alcé el brazo, apunté y disparé.

Ya he dicho alguna vez que tengo buena puntería. Rosa María era un blanco móvil, se deslizaba a buena velocidad hundiéndose progresivamente. Mi primer tiro la alcanzó en el cuello, el segundo en el pecho. Fue el que la mató, de forma instantánea.

Popov se volvió hacia mí y me vio, por fin. Apenas tuvo tiempo de levantar la mano, generando lo que parecía un escudo. Sin dilación, le apunté y disparé, una y otra vez, mientras avanzaba, hasta vaciar completamente el cargador. No sirvió de nada. Las balas estallaban en el aire, al chocar contra la barrera invisible. Frustrada, tiré la pistola a un lado y le apunté con Steampunk.

- Yo no haría tal tontería, devushka. También detendré esa bala y, si te empeñas en ser terca, te la devolveré - dudé, pero no por mi seguridad, sino porque recordé las palabras de Hidalgocinis, su petición de que gastase poca munición. Además, en ese momento, se oyó una especie de crujido poderoso y luego como aire saliendo a presión. Las luces sobre el cementerio enloquecieron más todavía y los Edterran se detuvieron y empezaron una especie de cántico que hacía daño a los oídos, estremecidos por la anticipación - Además, ya no tiene sentido. El paso, se ha completado. Llega el Amo.

- Pero... ¿cómo? - me pregunté, aturdida. Mi mirada se cruzó con la de Rolando y vi un profundo dolor en sus ojos. Corrí al borde y miré abajo, temiendo no encontrar a Jon, que lo hubiesen capturado y sacrificado, pero no, estaba allí. Y el cadáver del gordo. El que no estaba era el cuerpo de Rosa María.

Entonces lo comprendí.

El bebé. Había terminado de apuntalar su maldito portal con el alma de ese niño. Ni se me había ocurrido pensar en ello, estaba tan furiosa con Popov, tan obcecada con dispararle, que no comprobé la situación con Rosa María. Ella había muerto, pero el niño todavía no. Y los Edterran se habían llevado su cuerpo, porque todavía contenía vida.

Creo que nunca, jamás, en toda mi existencia, he sentido tanto odio por alguien como el que en esos momentos sentí por Popov. Había asesinado a mi padre y había condenado a mi nieto. No pude evitarlo, me lancé a por él. Por supuesto, no tardé en chocarme contra una de sus protecciones, pero le vi sudar y eso me animó a seguir empujando y más cuando me percaté de que, atrás, Rolando empezaba a perder altura. Con esa capacidad de mentes diversas, me percaté de cómo generaba un nuevo núcleo de energía, desgastando el campo de fuerza, y terminó por liberarse.

Popov se tambaleó, perdiendo momentáneamente la concentración.

No dejé escapar la oportunidad. Llegué hasta él y lo pateé con fuerza en el estómago. Como estaba al borde de la plataforma, cayó abajo, sin emitir un solo grito.

Me asomé. Rolando ya iba hacia él y Jon seguía junto al árbol, conmocionado.

- ¡Rebeca! - gritó Rolando - ¡El Amo, el Amo!

Vale, hasta yo, tan individualista siempre, comprendí qué era lo que más importaba en ese momento. Me lancé de cabeza desde la plataforma, me zambullí en la tierra y avancé veloz hacia el cementerio. Los Edterran me rodeaban, su música me envolvía, me llenaba de ritmo y de fuerza: estaban cantando por todas partes, seguían en su éxtasis.

Me alcé en la entrada del cementerio. No había vuelto a ver el interior desde hacía demasiado tiempo, desde antes de los tornados de ceniza. Estaba todo muy cambiado, prácticamente irreconocible. El suelo se había abierto con un enorme boquete que se había tragado varias tumbas. Las demás, rotas y destrozadas, se amontonaban unas sobre otras. En algunas partes, del muro sólo quedaban los cimientos.

Y de aquel agujero inmenso, inmenso, superponiéndose a los colores enloquecidos que vibraban, rebotando sin pausa entre las lápidas, empezó a surgir algo que pude ver claramente gracias a mi Nuiz de demonio, gracias a mis ojos rojos con pupilas verticales de gato, repugnantes de aspecto pero capaces de contemplar aquello sin estallar en llamas. Algo que no puedo describir tal como era realmente porque ni siquiera yo podría soportarlo una segunda vez. En mi memoria es como ese agujero del que surgía: oscuro, grande, aterrador, sin límite...
Algo así, para hacerse una idea. Es un montaje un poco torpe, pero es que me cansé de tanto filtro, artísticamente no doy para más.

Uno, dos, tres, cuatro... así hasta nueve. Nueve puntos luminosos, nueve chakras, como los llamaba Sol, distribuidos caoticamente en aquel cuerpo sin auténtica forma.

Siete, los humanos sin Nuiz, ocho, los que poseen alguna capacidad superior y los demonios menores, nueve, esa cosa horrible...

La oscuridad empezó a extenderse, como tentáculos, como largos hilos pegajosos, manchando con su roce nuestro falso amanecer. Aún siento náuseas al recordarlo. Parecían babas repugnantes corrompiendo todo cuanto tocaban. En pocos segundos habían cubierto casi por completo el cementerio. Las almas de los sacrificados gritaban, atrapadas en el umbral, y en las tumbas profanadas había un silencio aún más estremecedor. La tierra se volvía ceniza, la hierba se consumía con un sonido que me recordaba un escape de vapor...

Había llegado a pensar que nunca más podría moverme, pero no fue así. Alcé el Steampunk y disparé. Apunté al primer punto y apreté el gatillo. La gran bala surcó el aire y pareció estallar como fuego blanco y frío en aquella cosa. Sin pararme a ver sus consecuencias, apunté al siguiente punto, y luego a otro y a otro. Sintiéndose herido, el Amo gritó, aulló, lanzó un alarido que me sacudió violentamente. Empecé a sangrar de los oídos y comprendí que los Edterran ya sabían que yo estaba allí, pero seguí disparando.

Fallé el sexto punto luminoso. Puedo decir, en mi defensa, que Rolando me sobresaltó, al aparecer de repente a mi lado, combatiendo enfurecido. Claro que, también podría contarlo de otro modo: Rolando me sobresaltó apareciendo de repente para salvarme la vida. Un Edterran había estado a punto de capturarme y él se interpuso. Sus ojos emitían más luz azulada, la espada también refulgía. Estaba lleno de energía. Metió la mano directamente en la tierra y tiró, con fuerza, con rabia, arrancando el demonio, dejándolo sin ninguna protección. Lo sostuvo en alto mientras se secaba entre chillidos, mientras, a la vez, clavaba la espada en el suelo, justo a tiempo de decapitar otra de aquellas cosas. Algo más allá, Jon, Sol, Radar y Enrique, intentaban controlarlos también con armas de filo. Radar, usaba su bastón, que había contenido una larga hoja metálica, con más eficacia que muchos con visión.

- ¡Vamos, Rebeca! - oí a Rolando. El Amo parecía tambalearse, aunque quizá fuese simplemente un efecto óptico, por el modo en que se derramaba en un oleaje continuo la intensa negrura que surgía de él - ¡Puedes lograrlo!

Se intentará, pensé. Seis. Clavado. Siete, ocho...

Nueve.

Ahora sí, ahora no había duda alguna: el Amo se tambaleó, emitiendo algo que era sonido pero también un flujo acelerado de imágenes. Me vi a mí misma, desmembrada, empalada, despellejada, con los ojos arrancados, sin uñas, sin dientes, la cabeza en una pica... Destruida de una y mil formas que se sucedían a ritmo vertiginoso, suplicando siempre piedad. Atrapada eternamente en una especie de altar, en un umbral, en un estómago, sujeta a una eterna digestión. Muerta y descompuesta. Viva y torturada...

El grito del Amo se convirtió en algo semejante a un gorgoteo, mientras se hundía de vuelta en el paso hacia su Infierno. La oscuridad se replegó lentamente con él, y también los Edterran, aunque Rolando dijo que habría que vigilar el lugar en los próximos días para asegurarse de que ya no hay peligro.

Volvimos. Después de todo, sigo con el Nuiz del demonio. Nadie me dice nada, pero sé que discuten. La cosa está entre lo útil que resulta, por si se necesita para alguna otra escaramuza, y el infierno que supone para mí. De momento, y nuevamente, gana el bien del mundo sobre la paz de Rebeca.

Jon me odia. Me lo ha dicho. Lo que ha ocurrido, no va a olvidarlo.

Yo tampoco.

sábado, 16 de julio de 2011

Sábado de Noche y Batalla

Ave, Caesar, Morituri te salutant (Saludos, Cesar, los que van a morir te saludan, aunque seguro que ya lo sabías), pintado en 1859 por Jean Leon Gerome. Me ha parecido apropiado. Ave, amigos míos, por si no me volvéis a leer. Ya pensaba yo que nadie lo hacía pero un par de comentarios esta mañana me han dado esperanzas. Quizá mi historia no haya pasado totalmente desapercibida, después de todo.

Tengo poco tiempo, apenas lo justo para poner unas líneas mientras los demás terminan de reunir su equipo y lo cargan en el coche. Hizo una buena mañana, pero ahora llueve, está muy nublado. Un día tristón, como si se despidiera...

Salimos a intentar detener a Popov. Yo no le capto, al parecer se protege de la "visión" de los Edterran y por lo tanto también de mí, pero Radar dice que se ha establecido en un punto concreto, cercano al cementerio. Eso sólo puede significar que va a ser una larga noche, que en las próximas horas se decidirá en qué termina esto.

O volvemos victoriosos o no seremos nada. Deseadnos suerte.

Vamos a ir Rolando y sus compañeros de grupo (Sol y Radar), Enrique, Jon y yo, en dos coches (coche A: Rolando, Radar, Jon; coche B: Enrique, Sol y yo, para que veas que he hecho los deberes, vaya día hemos pasado discutiendo estrategias y movidas).

No quería que viniese Jon pero, claro, estando por ahí perdida Rosa María, en manos de Popov, no me he visto capaz de insistir. Además, Rolando ha sido de poca ayuda en ese asunto: cuando le he pedido que interviniese, con la idea de que le hiciese entrar en razón, ha dicho que era algo que debía decidir Jon, que era ya lo suficientemente adulto y que, además, tenía poderosas razones para  arriesgarse, si  era lo que deseaba. Qué bien.

Si le pasa algo a mi hijo, lo mato.

Llevo un cuchillo, mi pistola y a Steampunk. He pasado la jornada entrenando mi puntería. Dicen que soy muy buena en eso, menos mal, al fin hago algo en condiciones, porque lo de ser ama de casa se me ha dado siempre fatal y dejando aparte mi gusto tangencial por la Historia Antigua, jamás se me ha atribuido ninguna capacidad específica. Mira por donde, al menos justo antes de pifiarla, quedará claro que servía para algo.

Se supone que con este Nuiz seré capaz de ver los puntos de energía de los demonios que haya y, de ir todo peor que mal, los del Amo. Y allá que deberé apuntar, con el mayor cuidado y tratando de evitar gastar más munición de la necesaria.

Me encantan los planes que se entienden a la primera; según dicen, suelen funcionar.

Ya veremos.

Me llaman, debo irme. Quizá regrese, no lo sé. Pero conste que ha sido un placer poder contarte mi vida.

jueves, 14 de julio de 2011

Jueves de Sol y Radar

Ha sido un tiempo tranquilo. Como sigo con este aspecto de niña del Exorcista, al principio no me dejaban salir del dormitorio, pero conseguí llegar a un acuerdo: voy con gafas de sol negras de continuo, para que no se vean estas pupilas tan extrañas, y me pongo también manga larga y pantalones, pese al calor que hace.


Ah, y guantes, me los ha dejado Sol.

Así, aunque manteniendo las distancias, he podido hablar con mi madre y con Beatriz, bien escoltada por Sol, que se ha convertido en una especie de guardaespaldas.

Anda entusiasmada con mi Nuiz, la mujer. Yo lo odio. Me gusta lo que veo y a veces lo que siento, pero mantener la concentración para no hundirme es agotador. Hace un momento, en el cuarto de baño, he metido mi pie derecho en las baldosas hasta el puñetero tobillo, y he tardado un rato en conseguir sacarlo y recuperar el control. Qué infierno.

Al menos, lo de dormir está asegurado, que me tenía histérica. Rolando me ha recordado que el colchón tiene una estructura metálica con muelles y tal, y los Edterran no pueden atravesar el metal con su Nuiz. No me hundiré hasta el centro de la tierra. Es un consuelo.

En fin, pues eso, he tenido charlas de lo más difíciles hoy. Lo de mi padre, no he podido ocultarlo, no hubiese estado bien. Mi madre ha llorado mucho y me ha hecho prometer que encontraría el lugar donde está enterrado. Le he pedido a Rolando ir mañana, a primera hora, los dos solos. Con este Nuiz, podré localizarlo fácilmente, casi huelo las direcciones, sé lo que hay arriba y abajo. No quiero arriesgarme a que se quede perdido en el bosque. Cuando lo asesinaron era de noche y yo estaba muy alterada, no podría encontrarlo sin esta capacidad extra.

Jon... bueno, puedes imaginarte cómo se encuentra. Desesperado. Se dedica a preguntarle a Rolando si conseguirán rescatar a Rosa María. Le ha hecho prometer mil veces que la salvará, sea como sea. Rolando lo entiende, y tiene paciencia, pero no puede dedicarle mucho tiempo. Tengo que reconocer que Enrique se ha comportado ahí, porque no se separa de Jon y le tranquiliza en los peores momentos.

Popov cambia de sitio, pero Radar le presiente. En todo caso, sabemos que acudirá al cementerio, en el momento indicado, si no conseguimos pararle antes. Pero, claro, a saber en qué punto de la creación del portal se encuentra. Eso intenta deducir Rolando. Jon, Enrique, Radar y él, vigilan la zona, hacen mediciones rarísimas, y estudian los signos. Los demás, esperamos.

Como ves, nada del otro jueves, ya que estamos en ídem. Pero, para evitar que luego me salgan historias demasiado largas, he pensado contar cómo son los dos amigos de Rolando, Sol y Radar. Se trata de nombres clave, algo que resultaba evidente, al menos con el segundo. Les conoce desde hace tiempo, forman parte del mismo equipo en el que Rolando es el... no sé, jefe, por decirlo de algún modo.

Sirvan estas imágenes para hacer una idea de su aspecto. La Venus Anadyomene (Venus del mar), pintada en 1838 por Théodore Chasseriau, para Sol, y el Negro in hat, fotografía de Fred Holland Day, tomada en 1897, para Radar.

Obviamente, es para que te hagas una idea general. No puedo poner sus fotografías aquí. 

Sol es inglesa, aunque habla perfectamente el castellano, sin ningún acento, porque su madre era andaluza y era el idioma que usaban en casa. Parece más joven, pero tiene ya 25 años.

Rubia, con el pelo muy largo, suele llevarlo suelto, y viste de negro absoluto, con un estilo lejanamente gótico. Sonríe mucho. Segura de sí misma, lo que hace que, aunque es guapa, lo parezca más todavía. Pisa fuerte al caminar, actuando siempre sin preocupaciones y sin arrepentimientos.

Es descarada y divertida. Esta mañana le pregunté directamente si se había acostado con Rolando. No lo dudó un segundo: me contestó que sí y que también le gustaría acostarse conmigo. Al verme la cara, rió y me dijo que había muchas opciones en la vida y procuraba probarlas siempre todas.

Su Nuiz es generar luz de día, luz idéntica a la solar. También puede concentrar esa luz hasta convertirla en rayos más que mortíferos o generar auténticas bolas de fuego.

- Estuvieron a punto de ponerme "Amanecer" de nombre clave - rió - Ya ves, qué ñoñería. Me negué en redondo. Les dije que, para el caso, prefería "Bolas Incandescentes" y es igual de apropiado. Rolando lanzó una carcajada y dijo: Te llamarás Sol. Así, en castellano. Y me gustó - se recostó en la tumbona, casi seductora. Bueno, sin el casi - ¿Qué nombre usarás tú?

- ¿Yo? No creo que permanezca con vosotros el tiempo suficiente como para que nos tomemos la molestia de buscarme un alias.

- Bueno, supongo que eso ya se verá - replicó ella, tras mirarme pensativa un momento - Y buscar un buen alias en tu caso, uno más que apropiado, es sencillo. ¿Qué tal, "Vampira"?

- No me fastidies, anda. Además, "Vampira" no existe en el diccionario. En todo caso sería también "Vampiro" o "Mujer Vampiro" o, como mucho, "Vampiresa".

- No, no. Te equivocas. "Vampiresa" es una mujer fatal y todo eso, su sentido es otro... - dudó - Aunque su origen esté relacionado, seguramente... Pero, no me gusta. El ser de ultratumba es "Vampiro" y su femenino debería ser "Vampira". Para distinguir a los espectros decentes de las zorronas, más que nada.

- Joder - me eché a reír, no pude evitarlo - Dudo que exista "zorrona" en el diccionario. 

Radar tendrá unos cincuenta años, a él no le he preguntado todavía. Es de EEUU, concretamente de Nueva Orleans, que siempre viste mucho. Sonrió cuando le dije que, entonces, prácticamente compatriotas, no en vano fue española, francesa, española otra vez y luego se la vendimos a alguien, ya me pierdo.

Lo más llamativo de Radar es que, es ciego, por lo que parece siempre lo ha sido. Tiene los ojos totalmente blancos, al menos eso me han dicho; para mí (al menos hoy por hoy) tienen un brillo tornasolado que parece extenderse en miles de hilos, en todas direcciones, formando un entramado de líneas de energía. Por lo general, usa gafas, negras, también. De hecho, las que tengo yo ahora mismo, son suyas, las que suele llevar de repuesto, por si las moscas. Parecemos de la ONCE, vaya dos.

Por lo demás, es un hombre grande, siempre impecable con traje y corbata, el bastón a mano y a veces incluso sombrero. Es culto y tranquilo, siempre sensato. Sé que Rolando valora mucho su opinión. Anoche me dijo que espera que Radar se quede luego, para poder ayudarme a controlar y desarrollar mi Nuiz. No le dije nada, pero imagino que lo ha organizado así para poderse ir él con Sol. Y, ahora, no sé qué pensar de todo eso.

Su Nuiz consiste en localizar a otros estén donde estén, ya sean hombres o demonios, ya tengan Nuiz o no, mientras estén vivos. Se le dice un nombre, o algún tipo de referencia, y lo "ve" en la distancia. Así fue como me encontraron a mí, la mañana del martes, menos mal. Pero, por ejemplo, no podría localizar el cadáver de mi padre. Yo sí. Lo percibo. Y me siento extraña, lamentando tanto su ausencia, tras tantos años de odiarle...

Pero, bueno, mañana se verá. El caso es que no podemos quejarnos. Me gustan los amigos de Rolando. Ojalá con ellos tengamos una oportunidad.

viernes, 8 de julio de 2011

Viernes de Más Recuerdos Lejanos

Psyche Opening the Door into Cupid's Garden, pintado en 1905 por el gran John William Waterhouse. Así me imagino a Carmen, asomándose a aquel jardín. Incluso se vislumbra, al fondo, una glorieta blanca.

Este relato continúa desde la entrada del miércoles, MIÉRCOLES DE RECUERDO LEJANO.

Lo primero que hizo mi padre, cuando inició su investigación sobre lo que le había contado Carmen, fue pedir toda clase de información sobre la casa, pero poco pudo conseguirse. Todo parecía muy normal: sus últimos propietarios vivieron allí durante los años veinte, pero se habían marchado sin dejar ningún rastro.

Como no quiero, ni debo, dar datos que pudieran perjudicar a otros, los llamaremos los Garmendia.

Anton Garmendia había estudiado Derecho en la Universidad de Deusto, como mi padre, y tenía un despacho en la Gran Vía. Vivía con su esposa, Olivia, y con sus tres hijos, todos menores de quince años, en esa casa del Campo Volantín. Eran reconocidos anfitriones de fiestas, habituales de la Sociedad Bilbaína, objeto de más de un artículo de los periódicos de la época. Mi padre dijo que los vio, en muchas fotos. Una pareja joven, atractiva. En alguna, salía también los niños y en muchas también un primo de Olivia, sacerdote, que debía pasar largas temporadas con ellos. Podemos llamarlo padre Iñigo.

De pronto, silencio.

Mi padre no encontró nada más, ni sobre Anton Garmendia ni sobre su familia, a excepción del padre Iñigo, que murió años después en un convento. Llegó a la conclusión de que, quizá por culpa de la guerra civil, huyeron a otro país cortando totalmente amarras o, en el peor de los casos, terminaron encarcelados y posiblemente fusilados contra el muro de algún cementerio. A saber.

Sea como fuere, la casa quedó vacía, pasó a propiedad publica y había quedado relegada al olvido. Ahí estaba, a la espera de que algún funcionario decidiera qué hacer con ella.

Fue durante los primeros días de aquella investigación que se le acercó un hombre del que mi padre no quiso darnos el nombre. Me referiré a él por Adán, el primero, puesto que sin duda era la cabeza visible de una organización importante. Lo que le dijo a mi padre le hubiese parecido puro delirio de no ser por lo que le había contado Carmen. Según Adán, se habían detectado los signos de un Edterran en Bilbao y se sabía que estaba avanzando muy rápidamente hacia la definitiva apertura del portal, para permitir el paso de su Amo. Él formaba parte de un equipo de hombres decididos a pararlo, y luchaban contra otro grupo, fanáticos, sectarios, que pretendían facilitar la entrada del Amo. Su jefe era un ruso llamado Vladimir Popov. Volodia, para los amigos.

Mi padre le conocía, claro. Era el jefe de la delegación rusa que se encontraba en Bilbao simulando estar interesada en distintos negocios, la mencioné ya el otro día.

Visto lo visto, a mi padre no le quedaban muchas alternativas. Además, sentía que se lo debía a Carmen. Por eso, durante algún tiempo, colaboró en secreto con Adán y su grupo, recabando datos de la gente de Popov y hasta participando en algún que otro ritual mágico. Frente a Popov y los demás, disimuló todo lo que pudo y descubrió que se le daba bien el espionaje. Yo misma hubiera podido asegurárselo, sin problema. Siempre tuvo horchata helada por sangre, cómo no iba a poder mantener el tipo ante los sectarios...

Mientras contaba esas cosas, recordé un momento, una de esas noches que bajé la escalera de mi casa y no se escuchaba ópera en el despacho. Oí hablar a mi padre con alguien, un hombre. La puerta se abrió repentinamente. Tanto, que no me dio tiempo a ocultarme. Un desconocido alto y moreno, que me pareció guapísimo, salió del despacho y me vio.

- ¿Qué haces ahí, маленькая фея? -preguntó, pronunciando "malenʹkaya fyeya", "pequeña hada". En lo sucesivo pondré la transcripción únicamente, lo del cirílico me parece un exceso. Pienso que son las palabras que utilizó, yo no lo recuerdo, claro, pero le pregunté a mi padre, y dijo que era algo así. Creo que es la primera vez que me ruboricé ante un hombre y eso que tenía siete años. Pero es que tienes que entender que Volodia Popov era guapísimo y sentí que el corazón me daba un brinco cuando, revolviéndome el pelo, añadió - Eres preciosa, devushka.

Yo retrocedí ante su contacto. Odié que me considerase una niña (y así me había llamado, "niña"), ya quería ser mayor, odiaba todo lo infantil y más viéndole a él, que me parecía un príncipe llegado para rescatarme.

- Es mi hija - la voz de mi padre tronó en la penumbra del vestíbulo. Popov y yo le miramos y él me hizo un gesto, señalando hacia las escaleras - Vuelve a la cama. Ahora.

Había usado el tono Goyri que no admitía réplica, así que obedecí de inmediato. Mientras corría hacia mi habitación, oí a Popov reír suavemente.

- Creo que nunca he tenido mano para los niños - dijo. ¡Claro, de ahí la sensación de déjà vu que me embargó cuando hizo eso mismo con Beatriz! Qué curiosa es la vida...

Nunca más volví a verle y terminé olvidándole. Es obvio que ni siquiera tengo una imagen clara de su rostro, hoy en día; en mi mente sólo es una figura borrosa que camina por el vestíbulo y me sonríe. Si es que recuerdo bien lo sucedido, claro.

Pero será mejor que retome otra vez la línea general de mi relato:

- Y, finalmente, llegó el momento - dijo mi padre, hoy, ya convertido en un anciano y con la mirada perdida en otro tiempo - Una noche, fui a la casa con Adán y el resto del grupo, y nos ocultamos por el jardín...

Dije antes que así me imaginaba a Carmen, viendo la imagen que he elegido para esta entrada, pero también puede servir para visualizar a mi padre, en aquel momento. Encontraron la cadena sujeta con un candado de aspecto amedrentador, pero uno de los hombres lo abrió sin mayor problema. Empujó la reja y entró.

El grupo de Adán empezó de inmediato uno de esos rituales mágicos que él apenas entendía. Mientras, mi padre, caminó por el lugar, iluminándose con una linterna, estudiando la glorieta de piedra blanca, la entrada con su señorial escalera, la impresionante fachada... Reconoció todo por las descripciones de Carmen y también se sintió sobrecogido por la sensación de tiempo, de ruina y pérdida. El jardín era pura espesura desbocada. Había restos de algunas estatuas rotas y la hierba estaba tan alta en algunos puntos que le llegaba a las rodillas.

En la glorieta encontró señales recientes, donde debía haber estado la plataforma metálica.

- Vamos, Salvador - le dijo Adán - Es hora de tomar posiciones. No tardarán en llegar.

- Sí, un momento. Sólo un momento... - pidió él. Con curiosidad, buscó el rincón del sauce y los rosales y se dirigió hacia allí. La vegetación hacía difícil ver algo, pero con ayuda de la linterna y tanteando con el pie descubrió que el suelo formaba algunos montículos bajo los rosales, y que había una grieta, como si el suelo se hubiese abierto por un terremoto. Del agujero surgía apenas una voluta de niebla y algo... Lentamente, se inclinó a olfatear el aire. Jamás había olido algo así. Se apartó con repugnancia.

- Es la brecha - dijo Adán, a su lado.

- Pero, ¿cómo puede estar aquí? - preguntó mi padre. Los Edterran se abren paso a través de brechas, pasos que unen los cementerios con su propio infierno, por decirlo de un modo comprensible. ¿Por qué estaba el paso allí, en aquel inofensivo jardín? Adán abrió la boca para contestar, pero se oyó el ruido de la cadena, en la puerta. Los sectarios llegaban antes de lo esperado. Mi padre apagó la linterna y los dos se movieron rápidamente, para ocultarse en las sombras del jardín.

Supongo que Adán tenía más experiencia en ello. O más magia. Mi padre, no.

Entraron varios hombres y empezaron a montar una plataforma metálica apoyada en la glorieta. Trabajan de forma organizada y eficiente, dando la impresión de que estaban acostumbrados a esa tarea. A saber cuántas veces la habían llevado a cabo. Arrastraron una figura, una mujer que iba tapada con un saco desde la cabeza a la cintura y que debía estar amordazada, porque sólo se oyeron gimoteos sin sentido.

Mi padre iba armado, pero no se atrevió a desenfundar.

- ¿Qué diferencia hay entre una tumba solitaria y un cementerio? - preguntó una voz, a su lado, con fuerte acento extranjero. Mi padre casi dio un brinco sobre sí mismo cuando el haz de una linterna le enfocó. No podía ver al hombre, no era más que una silueta muy negra más allá de un resplandor intenso, pero supo que era Popov - ¿Importa el número de cuerpos enterrados o es suficiente con ser el lugar de descanso de unos restos? ¿Qué opinas, Salvador?

- No sé de qué me hablas - replicó, intentando ganar tiempo. Popov se echó a reír. Además de con la linterna, le apuntaba con un arma.

- Claro que sí. A mí también me sorprendió que el paso se abriera precisamente aquí. Indagué, así que te resolveré el misterio: la familia Garmendia, con su servicio incluido, está enterrada ahí, bajo el rosal. El padre, la madre, los tres niños, varios criados... ¿Qué crees tú? ¿Es suficiente para ser un cementerio?

- Pero... ¿cómo? - balbuceó mi padre, espantado - ¿Qué pasó?

- Buena pregunta. Me costó encontrar las respuestas, tuve que recurrir a medios poco agradables, como la necromancia. ¿Qué pasó? - repitió, con un suspiro teatral - Amor, supongo. O locura. O ambos. El padre Iñigo no tenía mucha vocación, por lo que parece su entrada en el seminario respondió a presiones familiares. Él hubiera preferido otro camino y, para ser exactos, amaba desde siempre a su prima Olivia. Una noche... bueno, se le fue la mano. Matar, es algo curioso, ¿sabes?. Cuesta. Cuesta mucho. Pero una vez has matado al primero, sueles verte obligado a matar a otros y la tarea se hace más rutinaria. Criados, había varios. De ellos, no se supo más, tampoco, pero no le importaron a nadie - contempló pensativo los rosales - Lo más terrible fue tener que ocuparse también de los niños. Le querían y los quería - se encogió de hombros - Supongo que para entonces ya se había vuelto totalmente loco.

- Es... espantoso.

- Sin duda. El padre Iñigo los enterró a todos ahí y luego se fue. Cuando le preguntaron, siempre dijo que se había ido dejándoles bien, que habían mencionado algo de marcharse de viaje, que no sabía nada... Era sacerdote. En las épocas en que eso no estuvo mal visto, tuvo mucha fuerza, nadie se hubiese atrevido a acusarle de nada. Tampoco te creas, en cierta manera hubo justicia poética en ese asunto. Se recluyó y murió en una celda, atormentado por sus demonios.

- Ya - se miraron, en silencio - Y, ahora, ¿qué?

- Vas a tener que elegir, Salvador. No me importaría contar contigo, que te convirtieras en uno de los nuestros. Eres un hombre muy capaz y creo que podrías llegar a entender la magnitud de nuestra empresa. Además, eres listo. Mira lo lejos que has llegado.

- ¿Cómo me descubriste?

- Ah, eso. Lamento decirte que fue prácticamente de inmediato. Rastreamos a esa mujer y tuvimos que eliminarla. Entonces, descubrí quién le había comprado el piso - sonrió con sorna - Qué vergüenza, Salvador Goyri, ponerle un piso a una querida, teniendo una esposa tan elegante y delicada como Arrate, y una hija tan encantadora.

- No metas en esto a mi familia, Volodia - le advirtió, enojado.

- Yo no fui quien lo hizo. Fuiste tú, al meter las narices donde no te importaba - se le acercaron un par de sus hombres, para decirle que no habían encontrado a nadie más en el jardín. Estuviera donde estuviese Adán y el resto del grupo, se habían escondido bien - ¿Dónde están tus amigos? - le indicó que caminase hacia la plataforma metálica, con un gesto - Muévete, vamos. Y procura no hacer tonterías. No te serviría de nada.

Subieron a la estructura. Un hombre vigiló a mi padre mientras Popov dirigía el inicio del ritual, con su cántico y sus fórmulas mágicas. Él piensa que el Edterran estaba fuera, de hecho, ocupado en su propia cacería, pero acudió a la llamada. Lo vio de pronto, deslizándose por la fachada de la casa, una sombra negra sumergida en la piedra blanca, moviéndose muy rápido, con una cadencia elegante, como un nadador en una piscina.

Descendió, hasta perderse de vista.

El cántico aumentó en intensidad y Popov hizo un gesto a los hombres que custodiaban a la prisionera. Al retirar el saco, pudo ver que se trataba de mi madre.

- ¡Arrate! - gritó y trató de dar un paso hacia ella, pero Popov le puso la pistola directamente en la cara.

- Es el momento de decidir, Salvador, y asegúrate de optar por la respuesta correcta. Si te equivocas, todos lo vamos a lamentar. Ahora será ella, pero luego puedes ser tú y, luego, tu hija. Porque no puedes pararlo, porque es inevitable - afirmó con entusiasmo febril - Porque no entiendes el poder inmenso al que te enfrentas, la oportunidad única que nos ofrece el destino - hizo un gesto. Los hombres empujaron a mi madre hasta el borde de la plataforma metálica. El Edterran no estaba a la vista, pero podían deducir su posición por el modo en que se mecía la hierba.

- ¡No! - gritó mi padre - ¡Por favor, no lo hagas! ¡Ella no tiene ninguna culpa!

- Esto no es un castigo, es un sacrificio necesario. Culpa, sólo tienes tú, pero aún no tengo claro si deseas de verdad redimirte - se inclinó hacia él - ¿Dónde está Adán? ¿Y qué ha hecho, exactamente? Tienes que saberlo, tienes que haber participado. Apestas a magia. Te han protegido.

- ¡No lo sé! - otro gesto de Popov y uno de los hombres empujó a mi madre, que cayó hacia la hierba... pero la sujetó en el último momento. Quedó apoyada precariamente en el borde, gritando como loca - ¡Para! ¡Te digo la verdad, no lo sé, no he conseguido entender nada de magia!

- No me extraña - Popov se lo pensó - Está bien. Pongamos que es cierto y has cometido la locura de venir aquí solo esta noche. ¿Qué buscabas? ¿Vengar a esa mujer?

- No - mi padre dijo que no supo de dónde le vino la inspiración - Quería... saber, comprender. Si protegéis al Edterran, debe haber una buena razón.

- Claro que la hay: porque es una batalla con un final evidente - dijo Popov - La cuestión es en qué bando quieres estar: ganadores o perdedores. Lo que va a llegar es algo tan... inmenso que apenas podemos imaginarlo, Salvador. Adán se deja arrastrar por el miedo y elige la postura del cobarde, intentar evitar lo inevitable, intentar esconderse. Nosotros buscamos la ventaja, le mostramos cuán útiles podemos serle, ahora que nos necesita. Nos dará mucho. Nos dará más. Y, cuando llegue, arrancará la carne de los huesos de sus enemigos.

Mi padre se estremeció, embargado por una sensación extraña. Quizá, era la magia del aire, quizá la voz de Popov, dulce como la de una serpiente.

- Quiero estar con vosotros - murmuró. ¿Realmente lo sentía? Por momentos, creía que sí - A mí me gusta el poder. Tengo mucho. Y quiero más.

- Demuéstralo - hizo un gesto hacia mi madre - Arrójala tú mismo al Edterran. Ofrece su alma, para que sea sacrificada en el infierno del Edterran, para apuntalar con mayor fuerza el paso, para el Amo. Vamos. No te costará demasiado: no la quieres, ni siquiera la deseas, jamás lo has hecho. Fue un matrimonio conveniente que se convirtió en trampa. Es un lastre en tu vida. Aprovecha este momento para conseguir una ventaja.

Mi padre dudó, pero fue hacia allí. Reconoció haber pensado que era la primera vez que veía de verdad a mi madre, sin luces civilizadas, sin maquillajes que ocultan, y le parecía una absoluta extraña. Veía el terror en sus ojos, oía el grito que surgía de su boca, pero se sentía como si él estuviese muy lejos, o en otro tiempo, contemplando algo que no le atañía.

La sujetó por un brazo y el hombre que la había retenido la soltó. Su destino quedó por completo en sus manos.

- ¡No me sueltes, Salvador, no me sueltes! - gritó ella. Mi padre apretó los labios.

- Maldita seas... - susurró, porque Popov tenía razón, aquella mujer no era más que lastre. Sin ella, podría volver a casarse, tener una multitud de hijos varones y una nueva oportunidad para su propia felicidad - Maldita...

Incluso ahora, mi padre no sabe qué hubiera hecho, ni si estaba mentalmente alterado, por tanta magia o eran sus propios rencores los que hablaban. Por suerte para todos, en ese momento se oyó el retumbar de un disparo y cayó el hombre que había estado a su lado. Eso, fue el inicio de una auténtica guerra en la que se entrecruzaron disparos por todas partes. Mi padre subió a mi madre a la plataforma y se tumbaron juntos en el suelo, esperando a que pasara.

Se oyó un sonido extraño, como un gorgoteo profundo. En respuesta, la voz de Popov volvió a entonar el cántico, dirigiéndolo con fuerza, aunque algo más precipitado, como si tuviera miedo de perder el turno. Desde la espesura surgió otra voz, forzando las notas en otro sentido, muy distinto. El enfrentamiento con armas de fuego pasó a un segundo nivel de importancia, mientras los hechizos de ambos bandos adquirían fuerza y chocaban, provocando pequeños relámpagos en el aire, siseando hacia arriba.

Hubo un siseo profundo y un grito frustrado de Popov. Más hombres cayeron al suelo, otros corrieron en retirada. Adán y los suyos se hicieron con el jardín.

- Conseguimos expulsar al Edterran - afirmó mi padre, terminando su relato - Fue difícil, pero lo conseguimos. Lamentablemente, Popov consiguió escapar.

Y, con un retumbar de trueno, empezó a llover y siguió haciéndolo sin para durante muchas horas, limpiando el mundo de aquella inmundicia, pero también provocando las graves inundaciones de Bilbao del año 1983.