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viernes, 28 de octubre de 2011

Ese Jueves se Escuchó la Profecía

An Appeal for Mercy,  Marcus Stone, 1793
Este cuadro me recuerda lo que ha sido mi relación con Rolando. Él a lo suyo, atento a los detalles importantes, la salvación del mundo, la protección de tantas cosas vitales... y yo detrás, centrada en él, sin importarme nada, a veces ni siquiera mi propia dignidad.

Así ha sido siempre, desde que ocurrió aquello y algo se rompió en mi interior. Así ha sido hasta ahora.

No voy a poder hacerlo...

Hemos pasado días muy duros atrapados en la cueva, temiendo que esos malditos consiguiesen entrar y nos capturasen. Al menos, Loa ha podido controlar parcialmente los muertos vivientes que habían puesto a desescombrar, dando tiempo a los nuestros a llegar al rescate.

He estado a punto de morir. Yo lo sé y Loa también lo sabe. Me curó la bala pero mi cuerpo había perdido mucha sangre y aquí no teníamos agua. Quizá Rolando hubiese podido hacer algo, pero se ha mantenido apartado mucho tiempo, en una especie de oquedad que formaba la propia caverna. Allí, clavó profundamente los puños en la roca, cerró los ojos y se concentró. No sé si ha estado en comunión con el mundo, o si le ha estado arrancando poder por la fuerza. He supuesto que era su forma de nutrirse, de mantenerse fuerte. No se ha movido hasta que han entrado Rodrigo y Adela...

Loa y yo no hemos tenido tanta suerte. La comida no era realmente un problema, aunque hemos pasado hambre. Pero, el agua... Ahí sí que hemos sufrido. Hemos tenido que racionar lo que quedaba hasta convertirlo en mínimos sorbos que más que saciar atormentaban. Y yo, con la pérdida de sangre, he pasado más tiempo entre delirios que despierta.

Una vez, creí haber muerto. Quizá ocurrió, o estuve en la línea, justo en el trance. Abrí como pude los ojos y vi a Loa, inclinado sobre mí. Mi cuerpo se alzó hacia él, anhelando su toque. Me sentí ingrávida, etérea. Sonrió:

—Vamos, Rebeca, no puedes morirte —me dijo—. No ahora. ¿No lo ves? Piénsalo: si dejas de luchar, si mueres, reanimaré tu cuerpo, te convertiré en una zorra complaciente que se desvivirá por dejarme satisfecho y, además, me alimentaré de ti. Tengo mucha hambre y pocos escrúpulos, y hay partes de tu cuerpo que no son imprescindibles para pasar un buen rato —sentí una mano en mi pierna, ascendiendo por el muslo.  Conseguí reunir fuerzas suficientes y lo aparté de un golpe. Se rio—. Así, ma putain, sigue luchando. Vive.

 No sé si era su intención, no sé por qué lo ha hecho, pero aquello sin duda me dio fuerzas. Quizá hasta le debo el haber salido con vida de la cueva.

Pero, por todo esto, hasta ayer no pude leer las entradas de Blanca, lo ocurrido con Hidalgo Cinis, lo que le está pasando a Adela y Brau. Qué semana más tormentosa... Siento que vamos hacia un desenlace, una catarsis en la que quizá el mundo pueda limpiarse de tanta oscuridad y miedo... Pero no lo creo.

Yo, desde luego, tengo la sensación de estar rodando sin control hacia la más completa oscuridad.

Estas son las Últimas Profecías de Hidalgo Cinis. Las he tomado del Blog de Andy. Hidalgo murió tras pronunciarlas, tras clavarse en el estómago la espada de Rodrigo, esa que tiene nombre, como todas las armas realmente infames. Espiga de Arroz...

Primera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL AZUL QUE HA VENIDO DEL INFIERNO DEBE MORIR 
PARA SER LA PUERTA Y QUE EL ROJO VUELVE AL INFIERNO".
 
 Segunda Profecía de Hidalgo Cinis:
"LOS DIFUNTOS LUCHARÁN Y GANARÁN, 
PERO TENDRÁN QUE IRSE. 
LOS MUERTOS LUCHARÁN Y PERDERÁN, 
PERO SE QUEDARÁN PARA SIEMPRE".

Tercera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL LEÓN IRACUNDO TOMARÁ EL PODER 
PARA QUE EL CORDERO ENLOQUECIDO NO LO PIERDA NUNCA MÁS".


—¿Entiendes lo que implica la Primera Profecía, Rebeca? —me preguntó Rolando, esta madrugada. Yo negué con la cabeza, aterida de frío. Es que me ha despertado poco antes del amanecer y me ha llevado sin más que una camiseta a una zona apartada del campamento, en un recodo en la ladera de la montaña. Los vigías nos han visto pero nos han dejado pasar. Todo el mundo conoce al Demonio Rolando. A mí, no sé. 

—No. Solo son bobadas, los delirios de un loco —aduje, testaruda. Él frunció el ceño y me la volvió a recitar: 

Primera Profecía de Hidalgo Cinis:
"EL AZUL QUE HA VENIDO DEL INFIERNO DEBE MORIR 
PARA SER LA PUERTA Y QUE EL ROJO VUELVE AL INFIERNO".
 
No sé, no sé, repetía mi mente. Pero claro que lo entendía. Esa Primera Profecía me partía por la mitad, como un rayo caído del cielo. Quemando, cortando, destruyendo...

—¿Recuerdas mi alias? —siguió entonces—. Rolando Azul. Yo soy el Azul que se menciona en esas palabras, y tú sabes bien qué debe ocurrir. —Intenté irme, pero me sujetó contra la pared de la montaña—. No. Ni hablar. Esta vez no puedes esconderte. Escucha: te necesito, Rebeca, no puedes fallarme en esto. No me fío de nadie más.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que me cubras. Que te asegures de que la profecía se cumple.

—No es necesario. Puedes matarlo, mátalo.

—No. ¿No te das cuenta? Si debo morir para ser una puerta, y hacer así que él vuelva al infierno, entonces es que no puedo vencerlo. ¿No lo entiendes, Rebeca? No se dice "El Azul matará al Rojo", no, se dice "El Azul morirá y así y solo así, el Rojo volverá al infierno".

—Nada está escrito. Cambia el destino.

—Bonita teoría, mi amor. Pena que no sea momento de entrar en cuestiones filosóficas. Está dicho y es así: yo lo creo, por completo. Y seguro que el Rojo también. Seguro que lo sabe, que lo tiene en mente. ¿Qué crees que hará? —titubeé—. ¿Por qué crees que me está buscando? ¿Crees que me matará? ¿Crees que permitirá que muera? ¿Que me permitirá vivir?

—Quizá esa sea nuestra oportunidad. Quizá te deje...

—¡Reb! —se contuvo casi a continuación, lamentando el arrebato de furia—. Me atará. Podía habernos matado ahí, haber hundido la maldita montaña sobre nosotros. Pero me necesita vivo. No quiere matarme: me atará. ¿Recuerdas a Popov? Agonizó durante lo que le parecieron milenios y crees que eso fue todo, pero no es cierto, aún sigue agonizando. Lo tengo atado con un nudo de dolor y jamás lo liberaré. Loa lo sabe, por eso vive aterrado, teme que le haga lo mismo. Por eso ahora tengo tanto miedo por mí. ¿Quieres que El Rey haga eso conmigo? Si no puedo ganarle,  y está claro que no puedo, me sujetará y me atará a una agonía eterna. Conquistará el mundo y os destruirá y seguirá torturándome, porque puede hacerlo y porque no hacerlo sería su condenación.

—Podríamos irnos...

—No seas niña. Sabes que no es cierto - me cogió por la barbilla—. Reb, sé que te fallé, hace mucho. Dejé que el tiempo pasara, no pensé en las consecuencias, no pensé que me esperarías. No pensé tantas cosas, y luego ya fue tan tarde... Pero ahora, te pido que tú no me falles a mí. Voy a enfrentarme a esa criatura y voy a morir. Te pido un poco de misericordia. Tienes a Steampunk. Házmelo fácil.

Luego me besó y lo que allí sucedió no es cosa que quiera comentar. Solo diré que arrasó mi cuerpo y mi alma, y que me dejó el sabor de una despedida.

Debería... no sé, supongo que debería sentir la muerte de Hidalgo Cinis. Sé bien cuánto sufrió en vida, sé bien el inmenso sacrificio que ha hecho. Pero, en mi fuero interior, ese rincón egoísta y extraño que ocupa el sitio donde debería tener un corazón, no puedo por menos de maldecirlo de continuo. ¿Qué lamento? Que no muriera antes, que no se ahogase en su propia sangre, antes de pronunciar esas palabras. Maldito sea. 

Pronto partiremos para la fortaleza del Rey.

Ya sé que tengo que hacerlo, ya sé que debo aceptarlo.

Pero no sé si voy a poder.

jueves, 4 de agosto de 2011

Jueves del Tridente Rojo

Como los datos de la imagen estaban en chino o algo así, puse enlace a su página en wikimedia. Así, de paso, se ve el original. Yo lo he coloreado en parte.

Pensé escribir antes, pero estaba tremendamente cansada. Tras la noche que he pasado, me apetecía dormir. Y más, sin estar agobiada por el Nuiz de Hidalgocinis. Lo siento por él, pero todos sabíamos que era temporal. Y ha supuesto un tremendo infierno. No tengo muchas ganas de dar un respiro a Brau, al menos no ahora mismo.

Pero anoche, todavía vivía como flotando en un delirio. Las visiones y la realidad se confundían. De hecho, cada vez tenía menos sentido todo.

Los molinos blancos, los muertos azules, las manos verdes... y de pronto veía también una especie de tridente, de color muy rojo, que cortaba el aire dejando una estela con forma de runa. Me resultaba... espeluznante, temía que terminase la runa, que se completase el dibujo, como el pentáculo de un conjuro aterrador que terminaría con todo. Y, había algo más. Olor a pólvora, a metal y a carne quemada...

Entre esos delirios se tambaleaba mi mente cuando fui hacia los camiones, me deslicé sigilosamente entre los toldos. Había gente de guardia por todo el campamento, siempre la hay, militares y guardia civil, que ya no es lo que entendíamos antes, o quizá es que el nombre ha vuelto a sus orígenes, no lo sé: son civiles que colaboran con los militares en el mantenimiento del orden.

He aprendido muchas cosas en los últimos meses. Por ejemplo, a deslizarme sin que se me oiga mucho. Así pude llegar hasta los camiones. No había nadie, pero no tardaron en cambiar las cosas. Sentí a mi lado una presencia, casi grito, pero una mano me tapó la boca. Era Enrique, que me llamó de todo, por irme de esa manera. No repliqué. Aparte de que tenía razón, todavía no hemos superado lo ocurrido en tierras de La Madre. Necesitamos tiempo.

Estaba riñéndome cuando oímos un ruido. Nos quedamos quietos, esperando, y en pocos segundos apareció el individuo ese, el supuesto hijo de la mujer. Subió al primer camión del agua y le perdimos de vista, así que hice un gesto a Enrique para que me siguiera, pero él me agarró y se coló delante. Se asomó al camión...

Le vi salir despedido, por una violenta patada en plena cara.

Enrique cayó hacia atrás y el hombre volvió a salir del camión, esgrimiendo una jeringuilla bastante grande, llena con un líquido amarillo. Tardó un momento en verme, lo suficiente como para que me diese tiempo a propinarle un par de golpes. El tercero, lo bloqueó sin mayor problema. Me manejo ya bastante bien en combate cuerpo a cuerpo, pero no tardé en percatarme de que no era rival para él. Me arreó un par de guantazos considerables.

La noticia mala llegó al darme cuenta de que no oía nada, absolutamente nada. El individuo ese debía tener un Nuiz que provocaba silencio, por lo cual, nadie se alertaría de lo que estaba pasando. A menos que Enrique recuperase el conocimiento, andaba fina. Desesperada, busqué quitarme disimuladamente un guante. Que pareciera accidental, no fuese a ponerse suspicaz y se liase más la cosa.

Y, por eso, la noticia buena llegó un segundo después, cuando, tras una potente patada, le di yo un puñetazo en pleno rostro.

Sentí algo como de electricidad estática hormigueando por mi cuerpo y, de pronto, el peso de las visiones se disipó. Como hielo al sol en una playa tropical. Sssshhh... y luego nada.

El hombre me empujó, caí contra un toldo y me agarré, arrastrando parte de la estructura conmigo. El estruendo fue notable y tuvo respuesta, voces de los soldados que estaban de guardia en las cercanías. El hombre me miró perplejo, dudó un momento y echó a correr; pero se detuvo un segundo para volver a mirarme, a pocos metros.

- Puta - masculló. Nunca me había alegrado tanto de oír a alguien insultarme - Juro que llevaremos tu cabeza a los Sabios.

Un disparo lo sacudió todo. El individuo cayó hacia atrás, gritando. Enrique se levantó, la pistola todavía en la mano.

- No lo mates - le advertí. Él agitó la cabeza.

- No pensaba hacerlo. Hay que interrogarlo - nos acercamos. El hombre parecía inconsciente, pero aún así extremamos la cautela, al menos hasta que comprobamos que su aspecto había cambiado, por completo. Su rostro no era el mismo, este era más ancho, con las cejas más gruesas.

Ahogué una exclamación. Así que tenía razón aquella visión, el hijo de esa mujer ya no estaba entre los vivos. A saber cuándo lo intercambiaron. Supuse que conseguirían el aspecto idéntico por medio de magia, que se había disipado con el shock y el desmayo.

Los soldados se llevaron al saboteador. Todavía no sé si ha dicho algo útil, algo que explique su acción. Rolando se unió a Enrique en la tanda de broncas. Intenté usar el nuevo Nuiz, para no tener que aguantarlo, pero no funcionó.

Tampoco ha importado mucho. Estaba demasiado feliz viéndome libre del Nuiz de Hidalgocinis. Luego, he pasado casi todo el día durmiendo, acurrucada en mi asiento del Hummer, excepto cuando he ayudado a Blanca a trabajar en el comedor, en el reparto para la comida. Es una chica muy agradable, incluso con los tiempos que corren, en que la gente tiene poca paciencia y es poco dada a la amabilidad. Creo que podremos ser amigas.

A eso de las cuatro y media me han despertado las voces y he visto que nos sobrevolaba un verdadero ejército de bichejos voladores (de ahí el gráfico que he puesto, son harpías, se parecen mucho, quizá la figura mitológica deriva de ahí). Rolando ha jurado en arameo, pero ha sido Enrique el que ha expresado en voz alta lo que los tres pensábamos:

- Si la hidra está descabezada - ha dicho - ¿Qué hacen esos uniéndose a la fiesta?

Una buena pregunta. Rolando ha apretado los labios y no ha contestado.

sábado, 30 de julio de 2011

Este Sábado Compramos Almas

Łokietek pod Ojcowem, pintado en 1890 por Wojciech Gerson. Si tienes paciencia, no tardaré en explicarte por qué lo he elegido para esta entrada.

Pero me temo que me cuesta centrarme, mucho. Ahora entiendo a Hidalgocinis. No controlo bien mi poder y el suyo me es tan extraño... Da pánico, auténtico terror, vislumbrar estas imágenes que se deslizan como con voluntad propia, a veces atrapándome por completo. Son de otro lugar y de otro tiempo, aunque eso lo sé más que nada por lo que me han contado de las capacidades de Hidalgocinis. Yo no soy capaz de distinguir si es algo del futuro o del pasado, o si quizá está ocurriendo ahora mismo.

Ayer, según llegamos, Rolando iba a bajar para ayudar en la búsqueda, pero vimos que Hidalgocinis estaba allí, cerca de la ranchera. Me miró de un modo extraño. Sé que hemos tenido nuestros encontronazos, pero es que... me ha costado mucho recorrer el camino que me ha llevado hasta aquí, hasta esta tierra agreste, cálida y perturbadora, hasta este momento terrible. Ahora no soy más crédula, pero sí más cauta, y sé que los monstruos que viven en el fondo del armario te pueden matar.

Hidalgocinis estaba allí, a caballo, sujeto en el armazón que usa como silla de montar. Es más joven de lo que pensaba y mucho más guapo, con unos ojos amables que daban la impresión de verte, de verte realmente, más allá de toda posible escapatoria. Recuerdo haber pensado que su vida era una tragedia y también un milagro. Gracias a él, muchos han podido tener una oportunidad de seguir viviendo, de defenderse y luchar. Quizá pronto estemos muertos, pero vamos a poder combatir para recuperar nuestro mundo, podremos intentar patearle el culo a esos demonios de mierda, joder, y eso es mucho más de lo que otros han tenido.

Pero, nada es gratis en esta vida. Su poder le estaba consumiendo. Nadie puede estar totalmente cuerdo, con un Nuiz como el suyo. Una vez, durante el viaje, lo comenté con Rolando. Precognición, lo llamó él, y me explicó un poco cómo funcionaba. Visiones del futuro. Sé que puede parecer tentador.

Pocas cosas resultan tan aterradoras, pocas producen tal sensación de ansiedad y de impotencia.

Me dio tanta pena que hice algo que, no sé, quizá fuese una locura, porque ahora las visiones se mueven por mi mente como una sustancia lenta y pegajosa, filtrándose por cada resquicio de consciencia. La cuestión es que lo hice: me acerqué a él, cogí su mano, y me la llevé a la mejilla.

- No estás loco - le dije, intentando consolarle, intentando aliviarle. No sé si se dio cuenta de lo que estaba haciendo realmente: tomar su Nuiz. Asumirlo. Liberarlo, al menos durante un tiempo, nunca he sabido cuál es el límite de mi capacidad.

En aquel primer momento, yo no me sentí distinta.

Entonces, Rodrigo (vale, así llamaré a No-Faustino desde ahora) regresó, con Andy y con el resto de los que buscaban entre las peñas. No sé, en otras circunstancias quizá no le hubiese reconocido a Andy, pero Rodrigo... Le vi y supe que era él y eso que no estaba en su mejor momento, precisamente. Tenía los ojos muy rojos, el gesto seco, rígido; nos miraba sin vernos. Es comprensible, se hallaba bajo un fuerte shock, su ex esposa y su hija habían muerto. Un hombre se acercó a abrazarle pero no reaccionó. Había tanto dolor tras aquella barrera que levantaba para mantenerse cuerdo... Pensé en el tiempo en el que encontré su blog, cuando hablaba de su hija de aquel modo tan especial, con tanto cariño. Me daba tanta envidia, deseaba tanto haber tenido una relación así con mi padre y, ahora, con mi hija...

Cuando Rodrigo se enteró de que los causantes de todo aquello habían sido un grupo de hombres, no demonios sino hombres mortales, normales y corrientes, fue... terrible. Gritó de un modo espeluznante y salió corriendo tras ellos. Rolando se fue con él, y otros. Hubo un momento de desconcierto, nadie sabía muy bien qué debían hacer.

Entonces, Hidalgocinis ordenó que se siguiese camino hasta Santa Elena, hacia el punto de reunión, pero yo no quería irme sin Rolando, así que decidí ir tras él.

Nadie me vio alejarme, cuidé de aprovechar un momento en que Enrique intentaba comprobar el estado de Brau. Cometí una locura, me han dicho luego, podía haberme perdido por ahí, por el monte, y no están las cosas como para quedarse solo o hacer que todos te busquen, cuando hay tanto que hacer. Bueno, quizá... Reconozco que tuve suerte, porque no se habían alejado mucho, pude seguir los ruidos del grupo. Había ya poca luz aunque, la verdad, tampoco hubiese cambiado mucho la cosa de ser mediodía. No soy precisamente una experta en seguir rastros. Al contrario, soy mujer de ciudad: aunque me guste el campo me he criado pisando asfalto.

El caso es que les seguí aunque, si les alcancé, fue porque se habían detenido. Vi algo semejante al cuadro que he elegido para hoy: un hombre arrodillado ante Rodrigo que, espada en ristre, le escuchaba atentamente, con Rolando y Andy a su lado. Cerca se abría una entrada de cueva. En ese momento, varios hombres de Hidalgocinis sacaban a rastras a más gente, y arrojaban algunos trastos miserables. Sus pertenencias, supuse.

Eran ocho bandoleros en total. Varios estaban heridos y su jefe pedía por sus vidas. Decía una y otra vez que no habían pretendido causar tanto daño, que sólo querían conseguir algo de comer. Que se sentían desesperados y asustados, de otro modo jamás hubiesen obrado así. No estaban acostumbrados a la vida en el monte, no sabían sobrevivir allí, no sabían cómo conseguir alimentos... Los otros también suplicaban, atrás, y gemían de dolor.

Sé que habían matado a varias personas, con su torpe trampa. Pero me dieron pena.

Rodrigo estaba muy quieto, la mirada muy fija. Sólo la mano que sujetaba la empuñadura de su espada temblaba ligeramente, lo único que permitía saber que se trataba de un hombre y no de una estatua. Temí que, en cualquier momento, descargara un golpe fatal sobre aquel individuo, que lo decapitase o algo así.

- No lo hagas - murmuré, no sé por qué. Rodrigo me oyó y me miró. Yo pensé en aquella vez que me había llamado "su futura ex-amante". Seguro que él no lo recordó, para nada. Quizá ni sabía que era yo, Rebeca, que por fin nos habíamos encontrado - Por favor, Rodrigo, no lo hagas. Mírales. Están al borde de la inanición y más asustados que otra cosa.

- ¡No queríamos matar a nadie! - repitió el hombre, con un gemido. Qué imagen patética daba... Pero, no sé, creo que Rodrigo no iba a hacer caso de ninguna de nuestras súplicas. Se veía que estaba lleno de ira, que ansiaba sangre, mucha sangre, la suficiente para ahogar todo aquel dolor...

Entonces, Rolando se acercó y le susurró algo al oído. Rodrigo se estremeció.

- No te perdono la vida - dijo por fin, al cabo de un momento - Ni a ti, ni a ninguno de los tuyos. No lo hago, no lo haré, jamás. Por lo que habéis hecho, me las quedo. Las reclamo. Me pertenecen - las frases, cortas, caían una tras otra como losas; casi daban la impresión de constreñir el aire. El hombre le miró sin comprender - Debería arrancaros el corazón del cuerpo ahora mismo, pero estamos en tiempos difíciles. Vendréis y serviréis al ejército humano y os entregareis a mí para que haga con vosotros lo que quiera. Que os quede muy claro que ahora sois mis esclavos. Vuestras almas son mías - acercó la punta de la espada al cuello del hombre - Repítelo. Vamos, dilo. Entrégame tu alma a cambio de que te deje seguir respirando.

- Rodrigo... - susurré. No sé, me pareció espantoso plantearlo así, como un intercambio, como si fuese una compraventa. Pero él me miró de un modo terrible, silenciándome por completo. Luego, volvió a centrarse en el bandido. El hombre temblaba violentamente.

- Lo prometo, lo prometo... - sollozó. Rodrigo le pinchó apenas con la punta de la espada, ayudándole a recordar su exigencia - Te entrego mi alma, es tuya, te pertenezco.

- Bien. Repite: morirás por mí, cuando te lo ordene.

El bandido tragó saliva.

- Lo haré. Moriré por ti, cuando lo ordenes - aceptó, rindiéndose. Los demás, también lo hicieron. Cómo no. Los pobres diablos, arrepentidos, débiles, sin dios ni esperanza, le entregaron su alma a Rodrigo para que haga con ellos lo que quiera. Los usará de kamikazes o algo así, imagino...

Pero no pude ocuparme más de ellos porque, de pronto, las imágenes aparecieron, ocupándolo todo.

Molinos de viento.

Apreté los puños fuerte, fuerte, para asirme a la realidad, pero fue inútil. Me clavé las uñas en las palmas de las manos, sangré, dolió, pero fue inútil. Ahora ya lo sé, nada puede controlarlo; al menos, yo no soy capaz de hacerlo. Esas visiones van y vienen, fluctúan, se deslizan lentamente ante mis ojos...

- ¿Qué le ocurre? - oí que preguntaba Rodrigo.

- Tiene el Nuiz de Hidalgocinis - respondió Rolando. Así que lo sabe, pensé. Supongo que imaginó mis razones, cuando le toqué, y no lo impidió. Quizá, como yo, opina que Hidalgocinis necesita un poco de descanso en su tormento.

Da igual. Todo da igual. Lo único que importa, son las imágenes.

Molinos altos y blancos, sobre colinas de sangre. Casi puedo olerla, casi puedo sentir en el rostro el viento caliente, sofocante, cargado de podredumbre. Las aspas giran, giran y me marean...

Pero uno de esos molinos no se mueve y clava un diente profundo en la tierra.