domingo, 17 de julio de 2011

Domingo del Falso Amanecer

Ninguna palabra humana puede describir el mundo, tal como lo vi anoche. Nada puede servir para explicaros cómo me sentía, cómo bullía la sangre en mis venas o qué energía susurraba en mi interior, pulsando con fuerza. Por eso, he hecho un compuesto con dos imágenes y muchos filtros.

Una ilustración del Paraíso Perdido de John Milton, elaborada por Gustave Doré en 1866 y el Germania, 1914, de Friedrich August von Kaulbach. He cambiado colores, filtrado, recortado y manipulado mucho. Aún así, sólo consigo que muestre lejanamente lo que quería decir.

El paisaje, en los alrededores del camposanto, estaba cubierto por esas criaturas aterradoras; el cielo, en el horizonte, relampagueaba furiosamente con colores imposibles, tonos llegados de algún lejano infierno y que sólo podía captar por completo gracias al Nuiz de demonio que poseía; y yo, una guerrera llena de ira y dispuesta a todo.

- Bien - aceptó Sol, hablando por el móvil, y le indicó a Enrique que detuviese el coche. Ninguno habíamos pronunciado palabra, en el trayecto - Radar dice que Popov está al otro lado de ese promontorio - yo también le sentía. Y a Rosa María. Pero, como no dominaba mi Nuiz no podía establecer distancias y posiciones con la misma habilidad que Radar. Yo simplemente avanzaba hasta darme de bruces, como había ocurrido con la tumba de mi padre. Claro, eso ahora mismo, no resultaba muy conveniente - Seguiremos a pie.

Fui tras ellos, un poco aturdida. Me sentía como borracha, totalmente embriagada por la atmósfera de la noche. Pensé que sería magia, esa magia en la que nunca había creído: magia por todos lados, magia libre y salvaje llegando por aquellas fisuras desde un abismo espantoso...

Mis huellas se marcaban firmemente en la tierra, quemaban la hierba. Steampunk vibraba entre mis manos.

- ¿Te encuentras bien? - me preguntó Enrique. Asentí, pensando que... Tenía delirios, espantosas visiones de sangre derramándose, cálida y densa, sobre piedras muy oscuras; de almas aullando eternamente en un umbral hecho de luz que no era luz, era... no sé. No lo sabía entonces y sigo sin saberlo. Era, simplemente, otra cosa. Algo pegajoso, que hacía que la piel se estremeciese ante la remota posibilidad de que pudiera tocarla - Si la cosa se complica, en el momento que lo digas, salimos corriendo.

Pobre Enrique, recuerdo haber pensado. ¿Hacia dónde pensará correr?

Desde el promontorio, vimos el cementerio, que quedaba al otro lado del valle. Estaba coronado por esa luz, ese torbellino de destellos y colores tan distintos de los que que conocíamos.

- La madre... - murmuró Sol.

- ¿Qué pasa allí? - preguntó Enrique, mirando asustado.

- El portal está prácticamente completo - contesté. No sé por qué lo sabía, pero no tenía ninguna duda; supongo que me lo decía mi naturaleza Edterran, cada vez más poderosa en mi interior - El Amo espera, en el otro lado. Casi puedo sentirle... - me estremecí - Casi percibo sus pensamientos.

- No - me dijo Sol - Ciérrate, Rebeca. No eres un Edterran. Si te percibe, no sabemos qué puede ocurrir.

Vi la construcción metálica, una plataforma en la que estaban Popov y sus acólitos. Pude oír una melodía: era un canto, lento, monótono, como el que describía mi padre de sus tiempos jóvenes, el que había oído durante la ceremonia en aquella casa. Tenía un claro efecto hipnótico, adormecedor. Al menos, para mí. No pareció afectar ni a Sol ni a Enrique, aunque no llegué a preguntarles.

Frente a la plataforma, atada a un árbol que se alzaba a pocos metros, estaba Rosa María, completamente desnuda, como la Andrómeda encadenada pintada en 1869 por Gustave Doré que acompaño. Pensé que se encontraba inconsciente, porque colgaba flojamente de las cadenas, pero entonces se movió para cambiar de postura, con un gesto de dolor.

Pobre muchacha, qué culpable me sentí por mis mezquindades.

Más allá, por todos lados, se movían las formas oscuras de los Edterrans. Dibujaban largos círculos alrededor del cementerio. Habían acudido muchos, montones, un verdadero ejército, para proteger la llegada de su Amo.

- Mierda... - susurró Enrique. Pensé que era por el número de demonios, absolutamente desalentador. Pero, entonces, vi a Jon, abajo, corriendo desenfrenado hacia Rosa María. O hacia Popov y su grupo de fanáticos, para el caso. A varios metros, le seguía Rolando, acelerando todo lo posible, acortando distancias a ojos vistas. Supongo que estaba usando su Nuiz, porque le alcanzó en un sprint asombroso de medalla olímpica. Se lanzó a por él y lo derribó. Pero ya les habían visto.

Desde la plataforma metálica, algunos sectarios dispararon con ametralladoras. Rolando rodó, arrastrando a Jon con él, hasta ocultarse tras unas rocas.

No me lo pensé dos veces. Seguro que, si alguna madre lee esto, me entiende perfectamente. Eché a correr hacia allí, bajando a saltos por la pendiente, casi rodando en ocasiones. Era poca altura, pero bastante escarpada. El Steampunk pesa lo suyo, pero casi ni me enteré. Jadeando, corrí cuanto pude y llegué junto a Rolando y Jon. Al menos, los puñeteros sectarios de Popov no me vieron.

- Estupendo, ya somos tres, los idiotas - dijo Rolando. Jon bufó. Recuerdo que pensé que era un milagro que no se hubiese clavado la espada que empuñaba, al rodar. También tenía una pistola, sujeta en el cinto, pero Rolando llevaba tiempo empeñado en enseñarle a usar la espada y parecía gustarle.

- ¡Tenemos que sacarla de ahí! - exclamó, desesperado. Rolando le dio un capón.

- Pues muertos no lo conseguiremos, eso seguro. Calla, ni una palabra más - le ordenó, enfadado, cuando fue a seguir protestando - Te hemos traído porque dijiste que harías caso a lo que dijéramos, no para comportarte como un crío histérico. No hagas que me arrepienta de haber confiado en ti, Jon. Nos estamos jugando mucho.

- ¿Y qué querías que hiciera? ¡Esto está lleno de Edterrans!

- Si hubieses prestado atención cuando te he enseñado algo de las bases de la magia, sabrías que Rosa María está protegida de los Edterran. Intenta verlo, no es difícil. Hay un círculo básico alrededor del árbol, pero tan potente como la plataforma metálica. Rosa María no está ahí para los Edterran, es una ofrenda de bienvenida al Amo. Sólo él podrá alcanzarla.

Jon contuvo un gemido. Sentí una profunda pena.

- Tenemos que sacarla de ahí... - insistió; pero ya no era más que un susurro.

- Bien - admitió Rolando, más amable - Te prometí que haríamos todo lo posible por salvarla. Hagámoslo con cabeza. A ti te digo lo mismo - añadió, dirigiéndose hacia mí. Me encogí de hombros. Si se piensa que voy a quedarme mirando de lejos mientras ametrallan a mi hijo, es que no me conoce - ¿Dónde está Sol?

- Arriba - hice un gesto hacia el promontorio. No se veía nada, en la oscuridad - ¿Qué hacemos?

- No sé - miró alrededor, estudiando la situación - El portal está casi completamente abierto. No nos va a servir de nada perder el tiempo con esos hombres, es una batalla que no nos conviene. Nosotros hemos de centrarnos en los Edterran - cogió el móvil, pulsó una tecla y dijo: - Ahora, Sol. Y ocúpate de la plataforma.

No sé si ella contestó algo, sospecho que no porque, un segundo después de que Rolando cortase la circulación, el cielo empezó a clarear. Volví la cabeza, siguiendo el origen de aquella hermosa luz, que llegaba desde el promontorio, y divisé la silueta de Sol, con los brazos en alto, provocando una especie de amanecer. Creo recordar que la línea que separa el día de la noche se llama terminador. Nunca me había parecido más real ni más importante que en ese momento. La luz avanzaba, imparable, sobre las rocas.

No quería que me tocase. Traía ventajas, quizá la salvación, pero... Mi corazón se aceleró, luchando contra el deseo de rehuirla, de hundirme de inmediato, fusionarme con la tierra, protegerme con ella...

- ¿Reb? - me llamó Jon, apoyando una mano en mi hombro. El contacto hizo que me estremeciera, lo sentí... extraño. Rolando me miró pensativo y sonrió. Supe que quería infundirme ánimos.

- Estate atenta, esto se va a poner movido - algo llamó su atención. Estrechó los ojos, así que también intenté localizarlo.
Los seguidores de Popov, individuos con una pinta semejante a la de los personajes que muestra Johann Heinrich Füssli en este Die drei Hexen pintado en 1783, acababan de arrojar algo desde la plataforma metálica. Cayó cerca de Rosa María y se movió, arrastrándose trabajosamente unos metros. Era un hombre. Se derrumbó un par de veces hasta conseguir ponerse torpemente en pie. Tenía el rostro manchado de sangre y posiblemente un fuerte shock. Oí a Rosa María gritarle que corriese, que se fuese de allí lo más rápido posible. Él la miró aterrado y empezó a caminar, a trompicones, cada vez más rápido.

Varias figuras surgieron de las sombras, deslizándose velozmente hacia él. No supe si Rolando y Jon las veían, quizá Rolando las percibía gracias a su Nuiz, porque a simple vista debía resultar difícil, en aquella zona todavía era de noche; pero, para mí, eran focos de luz intensa por sí mismas.

Edterran. Cuatro, cinco... Quizá seis.

El hombre debió percibirlos; quizá oyó la tierra, al modelarse como agua al paso de esas criaturas, o quizá captó el peligro con algún instinto de esos que creemos olvidados, no lo sé. El caso es que gritó y trató de acelerar, pero fue inútil.

Un Edterran lo atrapó por un pie y empezó a hundirse. Justo cuando lanzaba un nuevo alarido, Rolando disparó.

La bala le acertó en plena frente, empujándolo hacia atrás, sobre el demonio. Pude ver que, incluso antes de tocar el suelo, el brillo de sus puntos de energía empezaba a menguar, hasta apagarse por completo. Ya no era más que carne muerta, una carcasa vacía. El Edterran lo soltó. Oímos los gritos de frustración de los sectarios y el resonar de un par de ametralladoras, que levantaron un surtidor de tierra y piedra desmenuzada de las rocas que nos servían de parapeto.

Pero, entonces, una bola incandescente, del tamaño de un balón de baloncesto pasó por encima de nosotros, impactando de lleno en la plataforma.

- Voy a por Rosa María - dijo Rolando, haciéndose oír por encima del estruendo y de los gritos - No os mováis de aquí, Sol os cubrirá, cubridme vosotros a mí.

No nos dio tiempo a replicar. De un solo salto, elegante y fluido, pasó por encima de las rocas y corrió hacia el árbol. Rosa María gritaba, tirando desesperada de las cadenas. Algunas de las ramas habían sido alcanzadas por el fuego y estaban en llamas. En la plataforma, varios sectarios se movían convulsivamente, abrasándose, gritando... Todo era caos, reflejos de sombra y fuego en el avance de aquel amanecer, pero, de pronto, se oyó una especie de zumbido. Zssssummm... Los sectarios que ardían salieron despedidos, cayeron inmediatamente calcinados sobre las rocas, y el fuego se sofocó como si le faltara oxígeno y se ahogase.

A la luz de aquel día imposible, vimos a Popov, las manos a los lados del cuerpo, los puños apretados, los ojos cerrados. Del grupo de sectarios que había estado en lo alto de la plataforma, sólo quedaban él y otro, un hombre inmenso, casi esférico, que posiblemente sufría de obesidad mórbida.

Popov miraba a Rolando con expresión de odio. Adelantó una mano.

- ¡No! - grité. No sé, quizá fuera cosa del Nuiz del demonio, pero tengo la sensación de haber podido pensar en una multitud de cosas a la vez, tomando distintas decisiones. Lamentablemente, sólo tenía una boca. Eché de menos el canto desgarrado de los Edterran, que podían comunicar tantas cosas a la vez, incluso en la distancia... Cómo supe eso, todavía ahora me resulta un misterio. Supongo, como mencioné antes, que me estoy perdiendo cada vez más en su naturaleza - Corre hacia Rosa María, Jon - le ordené, recordando que Rolando había hablado de un círculo de protección. Al fondo, Popov hizo un gesto. Rolando se detuvo de golpe, como si hubiese chocado contra algo, y rebotó - Corre, corre, y quédate con ella.

- ¿Dónde vas? - le oí preguntar, pero no me detuve. Me sumergí en la tierra, bendita tierra que cubría y abrigaba, y nadé hacia la plataforma, intentando ser lo más veloz y sigilosa posible.

No puedo decir que tuviera un plan. Cuando estás en una situación como esa, eliges entre las posibilidades que se te ocurren sobre la marcha. Todo lo haces bajo presión, todo es cuestión de vida o muerte. No puedes prestar atención real a nada y, sin embargo, todo tiene un brillo especial, cada instante es único, y se desliza como a cámara lenta.

Se me hizo eterno el recorrido hasta la plataforma; y, sin embargo, llegué en apenas unos segundos, mucho más rápido de lo que hubiese conseguido hacerlo corriendo. Popov estaba levantando más la mano y Rolando ascendió en el aire, como si fuera un muñeco atado a su voluntad. Le vi condensar una bola de energía azulada y tratar de lanzarla contra Popov, pero se estrelló en el aire, diluyéndose en una multitud de diminutos relámpagos, revelando la especie de esfera en la que estaba encerrado.

Escalé por la parte trasera de la plataforma, fijándome en que Jon se encontraba todavía a medio camino, dirigiéndose al círculo. Ni Popov ni su sectario, ni Rolando, que se encontraba más en alto, me vieron, concentrados como estaban en lo que pasaba abajo. Además, la plataforma se sujetaba en varios árboles, y busqué cobertura en ellos mientras me planteaba qué hacer. No quería intentar un ataque y fracasar, podía ser nuestra única opción.

Entonces, oí a Popov.

- Eres patético, Rolando. Tanto poder y lo malgastas en una causa que no tiene ningún sentido. ¿Es que no te das cuenta? ¿Por qué no quieres entenderlo? Todo lo que has hecho, todo lo que haces, no sirve absolutamente de nada. Este mundo, el mundo que conocíamos, está condenado. Ha llegado el tiempo del frío oscuro, la era de la sombra y la pérdida, del cambio. Nuestra naturaleza es inferior, ellos son inmensos, no hay más que pensar. Sólo aquellos que les sirvan tendrán una oportunidad para seguir viviendo.

- Imbécil - replicó Rolando con desprecio, sin dejar de forcejear contra aquella especie de campo de fuerza en que estaba atrapado - ¡No puedes negociar con esas criaturas! Si consiguen cruzar serás de los primeros en ser aniquilado. No es que eso me importe, pero detrás irían otros que sí que no tienen la culpa de que estés loco.

- Tú qué sabrás. Jamás has intentado comunicarte, parlamentar, jamás has considerado ninguna alternativa. Tus amigos y tú, tan pagados de vosotros mismos, tan aferrados a vuestros miedos. Sois como viejas temiendo la llegada del progreso, rechazando el teléfono o la lavadora. Con eso, el mundo ya no será el mismo, decís, y os da miedo porque no podéis controlarlo. ¡Pues claro que no será el mismo! Será mejor - con la otra mano, hizo un movimiento de empuje, y el sectario gordo salió también despedido, como había ocurrido con los otros, pero este vivo y sin daño alguno, en dirección al campo sembrado de Edterran - Sólo una víctima más, una más, amigo mío, y el portal quedará completamente forjado...

- ¡Uchitelʹ! ¡Pozhaluĭsta, Uchitelʹ! - oí gritar al gordo. ¡Maestro! ¡Por favor, Maestro!, supe que decía. Me asomé por aquel lado de la plataforma. Dos Edterran iban a por él. No podían llevárselo vivo. Le apunté.

- ¡Mátalo, Jon! - gritó entonces Rolando, sobresaltándome - ¡Mátalo!

Oí una detonación, y otra, y otra más, antes de asomarme más todavía, lo bastante como para ver a mi hijo, abatiendo a tiros al sectario. Jon... Había estado lenta. Ojalá hubiese podido evitarle tener que tomar esa decisión... El gordo cayó convertido en una masa amorfa, la luz de la vida se apagó rápidamente. Los Edterran perdieron interés de inmediato.

- Proklyatyĭ malʹchik - masculló Popov. Maldito muchacho, entendí - Muy bien. Tú lo has querido - movió la mano en un largo barrido. Jon saltó por los aires y chocó violentamente con el tronco del árbol. Rosa María, por su parte, recibió un empujó aún mayor. La rama de la que colgaba se quebró y salió despedida, con un grito, volando a lo largo de varios metros. Luego, golpeó el suelo, pero aún llevaba demasiado impulso; rodó sin poder evitarlo hasta que, finalmente, se detuvo, al chocar contra el cadáver del gordo - Es una pena perder tal ofrenda, pero quiero que los dos lamentéis el haberos metido en esto.

- ¡Rosa! - oí el grito de Jon. Los Edterran apenas se habían alejado. Al percibir la repentina presencia de Rosa María, volvieron a cambiar de rumbo. Ella intentó levantarse, pero estaba demasiado aturdida por el fuerte golpe - ¡Rosa, corre! ¡Rosa!

Pero fue inútil. El Edterran más cercano la atrapó y empezó a hundirla. Rosa María gritó, mientras recorría varios metros como si estuviese haciendo sky acuático. Jon gritaba. Rolando insultaba a Popov, pateaba en el aire. Trató por dos veces de superar la resistencia del campo de fuerza pero, pese a que Popov trastabilló ligeramente, no lo consiguió.

- ¡Está perdida, Jon! - dijo entonces, viendo que no había más solución, optando por la desesperada - ¡Tienes que matarla!

De eso nada. El gordo, sería un mal recuerdo, pero no podía consentir que Jon cargase con algo como eso, matar a Rosa María y, por tanto, a su hijo. Antes me condenaba yo mil veces. Por el bien del mundo, pensé, intentando apartar de mi mente la imagen de un niño hermoso y alegre que ya jamás iba a tener una oportunidad de vivir. Por el puñetero bien del mundo.

Empuñé la pistola, alcé el brazo, apunté y disparé.

Ya he dicho alguna vez que tengo buena puntería. Rosa María era un blanco móvil, se deslizaba a buena velocidad hundiéndose progresivamente. Mi primer tiro la alcanzó en el cuello, el segundo en el pecho. Fue el que la mató, de forma instantánea.

Popov se volvió hacia mí y me vio, por fin. Apenas tuvo tiempo de levantar la mano, generando lo que parecía un escudo. Sin dilación, le apunté y disparé, una y otra vez, mientras avanzaba, hasta vaciar completamente el cargador. No sirvió de nada. Las balas estallaban en el aire, al chocar contra la barrera invisible. Frustrada, tiré la pistola a un lado y le apunté con Steampunk.

- Yo no haría tal tontería, devushka. También detendré esa bala y, si te empeñas en ser terca, te la devolveré - dudé, pero no por mi seguridad, sino porque recordé las palabras de Hidalgocinis, su petición de que gastase poca munición. Además, en ese momento, se oyó una especie de crujido poderoso y luego como aire saliendo a presión. Las luces sobre el cementerio enloquecieron más todavía y los Edterran se detuvieron y empezaron una especie de cántico que hacía daño a los oídos, estremecidos por la anticipación - Además, ya no tiene sentido. El paso, se ha completado. Llega el Amo.

- Pero... ¿cómo? - me pregunté, aturdida. Mi mirada se cruzó con la de Rolando y vi un profundo dolor en sus ojos. Corrí al borde y miré abajo, temiendo no encontrar a Jon, que lo hubiesen capturado y sacrificado, pero no, estaba allí. Y el cadáver del gordo. El que no estaba era el cuerpo de Rosa María.

Entonces lo comprendí.

El bebé. Había terminado de apuntalar su maldito portal con el alma de ese niño. Ni se me había ocurrido pensar en ello, estaba tan furiosa con Popov, tan obcecada con dispararle, que no comprobé la situación con Rosa María. Ella había muerto, pero el niño todavía no. Y los Edterran se habían llevado su cuerpo, porque todavía contenía vida.

Creo que nunca, jamás, en toda mi existencia, he sentido tanto odio por alguien como el que en esos momentos sentí por Popov. Había asesinado a mi padre y había condenado a mi nieto. No pude evitarlo, me lancé a por él. Por supuesto, no tardé en chocarme contra una de sus protecciones, pero le vi sudar y eso me animó a seguir empujando y más cuando me percaté de que, atrás, Rolando empezaba a perder altura. Con esa capacidad de mentes diversas, me percaté de cómo generaba un nuevo núcleo de energía, desgastando el campo de fuerza, y terminó por liberarse.

Popov se tambaleó, perdiendo momentáneamente la concentración.

No dejé escapar la oportunidad. Llegué hasta él y lo pateé con fuerza en el estómago. Como estaba al borde de la plataforma, cayó abajo, sin emitir un solo grito.

Me asomé. Rolando ya iba hacia él y Jon seguía junto al árbol, conmocionado.

- ¡Rebeca! - gritó Rolando - ¡El Amo, el Amo!

Vale, hasta yo, tan individualista siempre, comprendí qué era lo que más importaba en ese momento. Me lancé de cabeza desde la plataforma, me zambullí en la tierra y avancé veloz hacia el cementerio. Los Edterran me rodeaban, su música me envolvía, me llenaba de ritmo y de fuerza: estaban cantando por todas partes, seguían en su éxtasis.

Me alcé en la entrada del cementerio. No había vuelto a ver el interior desde hacía demasiado tiempo, desde antes de los tornados de ceniza. Estaba todo muy cambiado, prácticamente irreconocible. El suelo se había abierto con un enorme boquete que se había tragado varias tumbas. Las demás, rotas y destrozadas, se amontonaban unas sobre otras. En algunas partes, del muro sólo quedaban los cimientos.

Y de aquel agujero inmenso, inmenso, superponiéndose a los colores enloquecidos que vibraban, rebotando sin pausa entre las lápidas, empezó a surgir algo que pude ver claramente gracias a mi Nuiz de demonio, gracias a mis ojos rojos con pupilas verticales de gato, repugnantes de aspecto pero capaces de contemplar aquello sin estallar en llamas. Algo que no puedo describir tal como era realmente porque ni siquiera yo podría soportarlo una segunda vez. En mi memoria es como ese agujero del que surgía: oscuro, grande, aterrador, sin límite...
Algo así, para hacerse una idea. Es un montaje un poco torpe, pero es que me cansé de tanto filtro, artísticamente no doy para más.

Uno, dos, tres, cuatro... así hasta nueve. Nueve puntos luminosos, nueve chakras, como los llamaba Sol, distribuidos caoticamente en aquel cuerpo sin auténtica forma.

Siete, los humanos sin Nuiz, ocho, los que poseen alguna capacidad superior y los demonios menores, nueve, esa cosa horrible...

La oscuridad empezó a extenderse, como tentáculos, como largos hilos pegajosos, manchando con su roce nuestro falso amanecer. Aún siento náuseas al recordarlo. Parecían babas repugnantes corrompiendo todo cuanto tocaban. En pocos segundos habían cubierto casi por completo el cementerio. Las almas de los sacrificados gritaban, atrapadas en el umbral, y en las tumbas profanadas había un silencio aún más estremecedor. La tierra se volvía ceniza, la hierba se consumía con un sonido que me recordaba un escape de vapor...

Había llegado a pensar que nunca más podría moverme, pero no fue así. Alcé el Steampunk y disparé. Apunté al primer punto y apreté el gatillo. La gran bala surcó el aire y pareció estallar como fuego blanco y frío en aquella cosa. Sin pararme a ver sus consecuencias, apunté al siguiente punto, y luego a otro y a otro. Sintiéndose herido, el Amo gritó, aulló, lanzó un alarido que me sacudió violentamente. Empecé a sangrar de los oídos y comprendí que los Edterran ya sabían que yo estaba allí, pero seguí disparando.

Fallé el sexto punto luminoso. Puedo decir, en mi defensa, que Rolando me sobresaltó, al aparecer de repente a mi lado, combatiendo enfurecido. Claro que, también podría contarlo de otro modo: Rolando me sobresaltó apareciendo de repente para salvarme la vida. Un Edterran había estado a punto de capturarme y él se interpuso. Sus ojos emitían más luz azulada, la espada también refulgía. Estaba lleno de energía. Metió la mano directamente en la tierra y tiró, con fuerza, con rabia, arrancando el demonio, dejándolo sin ninguna protección. Lo sostuvo en alto mientras se secaba entre chillidos, mientras, a la vez, clavaba la espada en el suelo, justo a tiempo de decapitar otra de aquellas cosas. Algo más allá, Jon, Sol, Radar y Enrique, intentaban controlarlos también con armas de filo. Radar, usaba su bastón, que había contenido una larga hoja metálica, con más eficacia que muchos con visión.

- ¡Vamos, Rebeca! - oí a Rolando. El Amo parecía tambalearse, aunque quizá fuese simplemente un efecto óptico, por el modo en que se derramaba en un oleaje continuo la intensa negrura que surgía de él - ¡Puedes lograrlo!

Se intentará, pensé. Seis. Clavado. Siete, ocho...

Nueve.

Ahora sí, ahora no había duda alguna: el Amo se tambaleó, emitiendo algo que era sonido pero también un flujo acelerado de imágenes. Me vi a mí misma, desmembrada, empalada, despellejada, con los ojos arrancados, sin uñas, sin dientes, la cabeza en una pica... Destruida de una y mil formas que se sucedían a ritmo vertiginoso, suplicando siempre piedad. Atrapada eternamente en una especie de altar, en un umbral, en un estómago, sujeta a una eterna digestión. Muerta y descompuesta. Viva y torturada...

El grito del Amo se convirtió en algo semejante a un gorgoteo, mientras se hundía de vuelta en el paso hacia su Infierno. La oscuridad se replegó lentamente con él, y también los Edterran, aunque Rolando dijo que habría que vigilar el lugar en los próximos días para asegurarse de que ya no hay peligro.

Volvimos. Después de todo, sigo con el Nuiz del demonio. Nadie me dice nada, pero sé que discuten. La cosa está entre lo útil que resulta, por si se necesita para alguna otra escaramuza, y el infierno que supone para mí. De momento, y nuevamente, gana el bien del mundo sobre la paz de Rebeca.

Jon me odia. Me lo ha dicho. Lo que ha ocurrido, no va a olvidarlo.

Yo tampoco.

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