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sábado, 30 de julio de 2011

Este Sábado Compramos Almas

Łokietek pod Ojcowem, pintado en 1890 por Wojciech Gerson. Si tienes paciencia, no tardaré en explicarte por qué lo he elegido para esta entrada.

Pero me temo que me cuesta centrarme, mucho. Ahora entiendo a Hidalgocinis. No controlo bien mi poder y el suyo me es tan extraño... Da pánico, auténtico terror, vislumbrar estas imágenes que se deslizan como con voluntad propia, a veces atrapándome por completo. Son de otro lugar y de otro tiempo, aunque eso lo sé más que nada por lo que me han contado de las capacidades de Hidalgocinis. Yo no soy capaz de distinguir si es algo del futuro o del pasado, o si quizá está ocurriendo ahora mismo.

Ayer, según llegamos, Rolando iba a bajar para ayudar en la búsqueda, pero vimos que Hidalgocinis estaba allí, cerca de la ranchera. Me miró de un modo extraño. Sé que hemos tenido nuestros encontronazos, pero es que... me ha costado mucho recorrer el camino que me ha llevado hasta aquí, hasta esta tierra agreste, cálida y perturbadora, hasta este momento terrible. Ahora no soy más crédula, pero sí más cauta, y sé que los monstruos que viven en el fondo del armario te pueden matar.

Hidalgocinis estaba allí, a caballo, sujeto en el armazón que usa como silla de montar. Es más joven de lo que pensaba y mucho más guapo, con unos ojos amables que daban la impresión de verte, de verte realmente, más allá de toda posible escapatoria. Recuerdo haber pensado que su vida era una tragedia y también un milagro. Gracias a él, muchos han podido tener una oportunidad de seguir viviendo, de defenderse y luchar. Quizá pronto estemos muertos, pero vamos a poder combatir para recuperar nuestro mundo, podremos intentar patearle el culo a esos demonios de mierda, joder, y eso es mucho más de lo que otros han tenido.

Pero, nada es gratis en esta vida. Su poder le estaba consumiendo. Nadie puede estar totalmente cuerdo, con un Nuiz como el suyo. Una vez, durante el viaje, lo comenté con Rolando. Precognición, lo llamó él, y me explicó un poco cómo funcionaba. Visiones del futuro. Sé que puede parecer tentador.

Pocas cosas resultan tan aterradoras, pocas producen tal sensación de ansiedad y de impotencia.

Me dio tanta pena que hice algo que, no sé, quizá fuese una locura, porque ahora las visiones se mueven por mi mente como una sustancia lenta y pegajosa, filtrándose por cada resquicio de consciencia. La cuestión es que lo hice: me acerqué a él, cogí su mano, y me la llevé a la mejilla.

- No estás loco - le dije, intentando consolarle, intentando aliviarle. No sé si se dio cuenta de lo que estaba haciendo realmente: tomar su Nuiz. Asumirlo. Liberarlo, al menos durante un tiempo, nunca he sabido cuál es el límite de mi capacidad.

En aquel primer momento, yo no me sentí distinta.

Entonces, Rodrigo (vale, así llamaré a No-Faustino desde ahora) regresó, con Andy y con el resto de los que buscaban entre las peñas. No sé, en otras circunstancias quizá no le hubiese reconocido a Andy, pero Rodrigo... Le vi y supe que era él y eso que no estaba en su mejor momento, precisamente. Tenía los ojos muy rojos, el gesto seco, rígido; nos miraba sin vernos. Es comprensible, se hallaba bajo un fuerte shock, su ex esposa y su hija habían muerto. Un hombre se acercó a abrazarle pero no reaccionó. Había tanto dolor tras aquella barrera que levantaba para mantenerse cuerdo... Pensé en el tiempo en el que encontré su blog, cuando hablaba de su hija de aquel modo tan especial, con tanto cariño. Me daba tanta envidia, deseaba tanto haber tenido una relación así con mi padre y, ahora, con mi hija...

Cuando Rodrigo se enteró de que los causantes de todo aquello habían sido un grupo de hombres, no demonios sino hombres mortales, normales y corrientes, fue... terrible. Gritó de un modo espeluznante y salió corriendo tras ellos. Rolando se fue con él, y otros. Hubo un momento de desconcierto, nadie sabía muy bien qué debían hacer.

Entonces, Hidalgocinis ordenó que se siguiese camino hasta Santa Elena, hacia el punto de reunión, pero yo no quería irme sin Rolando, así que decidí ir tras él.

Nadie me vio alejarme, cuidé de aprovechar un momento en que Enrique intentaba comprobar el estado de Brau. Cometí una locura, me han dicho luego, podía haberme perdido por ahí, por el monte, y no están las cosas como para quedarse solo o hacer que todos te busquen, cuando hay tanto que hacer. Bueno, quizá... Reconozco que tuve suerte, porque no se habían alejado mucho, pude seguir los ruidos del grupo. Había ya poca luz aunque, la verdad, tampoco hubiese cambiado mucho la cosa de ser mediodía. No soy precisamente una experta en seguir rastros. Al contrario, soy mujer de ciudad: aunque me guste el campo me he criado pisando asfalto.

El caso es que les seguí aunque, si les alcancé, fue porque se habían detenido. Vi algo semejante al cuadro que he elegido para hoy: un hombre arrodillado ante Rodrigo que, espada en ristre, le escuchaba atentamente, con Rolando y Andy a su lado. Cerca se abría una entrada de cueva. En ese momento, varios hombres de Hidalgocinis sacaban a rastras a más gente, y arrojaban algunos trastos miserables. Sus pertenencias, supuse.

Eran ocho bandoleros en total. Varios estaban heridos y su jefe pedía por sus vidas. Decía una y otra vez que no habían pretendido causar tanto daño, que sólo querían conseguir algo de comer. Que se sentían desesperados y asustados, de otro modo jamás hubiesen obrado así. No estaban acostumbrados a la vida en el monte, no sabían sobrevivir allí, no sabían cómo conseguir alimentos... Los otros también suplicaban, atrás, y gemían de dolor.

Sé que habían matado a varias personas, con su torpe trampa. Pero me dieron pena.

Rodrigo estaba muy quieto, la mirada muy fija. Sólo la mano que sujetaba la empuñadura de su espada temblaba ligeramente, lo único que permitía saber que se trataba de un hombre y no de una estatua. Temí que, en cualquier momento, descargara un golpe fatal sobre aquel individuo, que lo decapitase o algo así.

- No lo hagas - murmuré, no sé por qué. Rodrigo me oyó y me miró. Yo pensé en aquella vez que me había llamado "su futura ex-amante". Seguro que él no lo recordó, para nada. Quizá ni sabía que era yo, Rebeca, que por fin nos habíamos encontrado - Por favor, Rodrigo, no lo hagas. Mírales. Están al borde de la inanición y más asustados que otra cosa.

- ¡No queríamos matar a nadie! - repitió el hombre, con un gemido. Qué imagen patética daba... Pero, no sé, creo que Rodrigo no iba a hacer caso de ninguna de nuestras súplicas. Se veía que estaba lleno de ira, que ansiaba sangre, mucha sangre, la suficiente para ahogar todo aquel dolor...

Entonces, Rolando se acercó y le susurró algo al oído. Rodrigo se estremeció.

- No te perdono la vida - dijo por fin, al cabo de un momento - Ni a ti, ni a ninguno de los tuyos. No lo hago, no lo haré, jamás. Por lo que habéis hecho, me las quedo. Las reclamo. Me pertenecen - las frases, cortas, caían una tras otra como losas; casi daban la impresión de constreñir el aire. El hombre le miró sin comprender - Debería arrancaros el corazón del cuerpo ahora mismo, pero estamos en tiempos difíciles. Vendréis y serviréis al ejército humano y os entregareis a mí para que haga con vosotros lo que quiera. Que os quede muy claro que ahora sois mis esclavos. Vuestras almas son mías - acercó la punta de la espada al cuello del hombre - Repítelo. Vamos, dilo. Entrégame tu alma a cambio de que te deje seguir respirando.

- Rodrigo... - susurré. No sé, me pareció espantoso plantearlo así, como un intercambio, como si fuese una compraventa. Pero él me miró de un modo terrible, silenciándome por completo. Luego, volvió a centrarse en el bandido. El hombre temblaba violentamente.

- Lo prometo, lo prometo... - sollozó. Rodrigo le pinchó apenas con la punta de la espada, ayudándole a recordar su exigencia - Te entrego mi alma, es tuya, te pertenezco.

- Bien. Repite: morirás por mí, cuando te lo ordene.

El bandido tragó saliva.

- Lo haré. Moriré por ti, cuando lo ordenes - aceptó, rindiéndose. Los demás, también lo hicieron. Cómo no. Los pobres diablos, arrepentidos, débiles, sin dios ni esperanza, le entregaron su alma a Rodrigo para que haga con ellos lo que quiera. Los usará de kamikazes o algo así, imagino...

Pero no pude ocuparme más de ellos porque, de pronto, las imágenes aparecieron, ocupándolo todo.

Molinos de viento.

Apreté los puños fuerte, fuerte, para asirme a la realidad, pero fue inútil. Me clavé las uñas en las palmas de las manos, sangré, dolió, pero fue inútil. Ahora ya lo sé, nada puede controlarlo; al menos, yo no soy capaz de hacerlo. Esas visiones van y vienen, fluctúan, se deslizan lentamente ante mis ojos...

- ¿Qué le ocurre? - oí que preguntaba Rodrigo.

- Tiene el Nuiz de Hidalgocinis - respondió Rolando. Así que lo sabe, pensé. Supongo que imaginó mis razones, cuando le toqué, y no lo impidió. Quizá, como yo, opina que Hidalgocinis necesita un poco de descanso en su tormento.

Da igual. Todo da igual. Lo único que importa, son las imágenes.

Molinos altos y blancos, sobre colinas de sangre. Casi puedo olerla, casi puedo sentir en el rostro el viento caliente, sofocante, cargado de podredumbre. Las aspas giran, giran y me marean...

Pero uno de esos molinos no se mueve y clava un diente profundo en la tierra.

viernes, 29 de julio de 2011

Viernes Llegando del Norte

Pfarrer mit gelbem Sonnenschirm in felsiger Landschaft stehend, de Johann Georg Grim. No sé la fecha en que fue pintado, pero tuvo que ser entre 1867 y 1887.

Avanzamos hacia el Parque de Santa Elena y hace un calor de muerte, no puedo tener mucho rato encendido el portátil. Estamos ya muy cerca, pero vamos muy lentos porque nos hemos topado con más peregrinos y hemos tenido que reducir velocidad y a veces cuesta mucho adelantar los diversos grupos. La gente va en toda clase de vehículos: camionetas, motos, coches, bicis... y a pie, claro. Muchísima gente va a pie, porque ya no tienen gasolina, ni otro modo de avanzar, pero quieren llegar al punto de encuentro.

Hay grupos descansando, a ambos lados de la carretera. Entre ellos, vi un sacerdote protegiéndose del sol con un paraguas, en una estampa semejante a la de este cuadro.

Estaba buscando en Google maps a ver si todavía funcionaba algo de eso y podía visualizar el punto en el que se está reuniendo toda esta gente, cuando he leído el mensaje de Andy. Eso me ha llevado a mirar también en el blog de Hidalgocinis y el de Brau, y he avisado a Rolando, que ha empezado a pegar bocinazos como loco y a adelantar vehículos y gente, saliéndose cuando le era posible de la carretera. Y eso que, por aquí es peligroso arriesgarse a algo así. Te pongo una foto que había encontrado antes de todo este lío, para que te hagas una idea clara del lugar, el Parque Natural de Santa Elena, en Despeñaperros. Y eso que no es de los tramos más complicados:
Ni te imaginas cómo me he tirado de los pelos. ¡Mira que suelo revisar otros blogs siempre, lo primero que hago, nada más encender el portátil! Y suelo encenderlo bastante pronto, la verdad. Pero hoy hacía demasiado calor, y luego quería acabar rápido y dar una cabezada y... Bah, no tiene sentido lamentarse.

"10 km al Norte por la carretera dirección Madrid", decía Andy en su blog, el más específico de todos. Al parecer, Lucrecia y Lorena (la ex esposa y la hija de No-Faustino) se han despeñado con el coche, normal en este sitio terrible, aunque Hidalgocinis sugiere que no ha sido un simple accidente. Andy y No-Faustino (me cuesta pensar en él como Rodrigo, tiene tela que se llame como el Cid Campeador) estaban bajando por las peñas, a rescatarlas, Brau se ha quedado en un coche y habla de monjes tibetanos avanzando por el mundo del Nuiz y de algo que le ha seguido o no sé...

En todo caso, Rolando ha hecho prodigios para avanzar el trecho que nos separaba, usando su poder para apartar obstáculos de vez en cuando e, incluso, para salvar la vida de unas mujeres, en una ocasión. Por suerte, no estábamos lejos, ya. Hemos visto un vehículo aparcado a un lado, una ranchera, así que he supuesto que era la de Brau. Los otros debían estar cerca, buscando entre las peñas, si no entendí mal. Rolando frenó en seco y saltó del Hummer.

Al ver que iba a seguirle me dijo que me quedase aquí, con Enrique, que le esperásemos. Que no saliésemos siquiera del coche.

Pero creo que voy a ir tras él.

miércoles, 27 de julio de 2011

Un Miércoles con Sabor a Hinojo

Pan's slumber, pintado en 1870 por Emile Jean Baptiste Philippe Bin.

Me recuerda a Rolando, dormido...

Avanzamos a buena velocidad, pese a que es noche completa. Llegaremos pronto a Despeñaperros, al menos eso dicen. Mientras conduce Rolando y Enrique descansa, voy a contar lo que ha ocurrido, lo que nos ha demorado estos días, aunque quizá ya no haya nadie ahí fuera, leyendo esto. De los que mayor contacto mantenía, cada vez menos, leí que Blanca estaba enferma y preocupada por algún encuentro. Es la leche, no se dio ni cuenta de que yo estaba en problemas.

Y Pilar, a saber, está desaparecida incluso desde antes. Igual se ha liado con el motorista ese, el Choni, y ya no se acuerda más del mundo.

El único que ha mostrado un poco de preocupación por mí, de asombro por lo que me ocurría, ha sido Andy. Ya ves, alguien con el que apenas había intercambiado un mensaje, hace ya mucho tiempo. Tiene tela. Me siento tremendamente sola. El mundo cada vez está más vacío; casi puedo sentir los ecos, por llanuras y bosques.

El mundo, tal y como estaba antes de la llegada del ser humano.

Pero, bueno, debo entrar ya en la historia, en lo que pasó durante el terrible día de ayer y esta larga noche.

Atardecía cuando fuimos todos a la Cueva Sagrada de la Madre, cantando y bailando en una procesión llena de colorido. Éramos alrededor de un centenar, quizá algo más, todo el pueblo. Ahora recuerdo con nostalgia la alegría intensa que sentía en aquel momento. Sé que es absurdo, que era todo falso y peligroso... Pero, de verdad os juro que era también perfecto. No tenía miedo, no quedaba rastro de rencores, no había sombras en mi alma, esas sombras que se van acumulando con la vida, y que tanto pesan.

Creía, de verdad, que había nacido en el pueblo, que allí había vivido siempre. De hecho, tengo todavía recuerdos de aquel pasado. Ya sabemos cómo es la memoria, blanda y manipulable como plastilina. Me veo jugando entre los manzanos, ayudando a mi madre a tender las grandes sábanas blancas, conversando con la Madre en el prado. Y siento en los labios un tenue sabor a hinojo, algo anisado, del licor que hacía mi abuela. y que bebíamos mis amigas y yo, a escondidas.. Todo eso es irreal, jamás ha ocurrido, pero todavía lo recuerdo nítidamente.

Entré en la Caverna Sagrada bullendo de felicidad, me tendí en la piedra anhelando la Transición. Porque, de entre los que formaban el pueblo, no todos estaban vivos ni todos estaban muertos. Estar muerto significaba un estadio superior, una mayor cercanía con la Madre. Todo eso sonaba tan lógico... aunque la verdad es que tampoco me paraba mucho a pensar en nada. Cuando ocurría, se filtraban retazos de la realidad. Me venía el nombre de Rolando, me preguntaba por qué no había mirado las muchas pistas que hay aquí mismo, en este blog que es una caja negra de Rebeca Goyri. Incluso recuerdo haber mirado los vídeos de Rolando y haberme espantado ante lo que estaba sucediendo, atrapados en ese lugar, mentalmente manipulados.

Pero, todo eso lo olvidaba al momento.

Me despedí de Enrique con un beso: en realidad, íbamos a estar otra vez juntos enseguida, ambos lo sabíamos, pero nos dijeron que era la costumbre. Luego, la Madre dirigió las oraciones. Su voz, rica y aterciopelada, se movía por la Caverna como algo con vida propia. Tomás le tendió la reluciente daga y ella se colocó a mi lado. Yo temblaba de ansiedad...

Entonces, la Madre, acarició mi mejilla.

Fue como apagar repentinamente la luz, en una habitación. No hubo oscuridad, pero sí menos brillo. Las antorchas no resplandecían con la intensidad que había creído. En la Caverna, que no era más que una triste cueva con olor a humedad, no habría más allá de veinte personas. Buena parte del centenar largo que había formado parte de la procesión, había desaparecido también con el roce. No existían, realmente. Yo había hablado con ellos, había vivido con ellos desde siempre, pero no existían...

Y la Madre... La Madre era una anciana enormemente gruesa, de clase de obesidad mórbida que crea la imagen de una esfera blanda y pesada. No quedaba en ella nada de la elegancia que asumía en el trance, nada de su belleza esbelta y serena y su aura de bondad. Parpadeó, con unos ojillos malvados hundidos entre carnes grasientas, dándose cuenta de lo que había pasado, que con el contacto le había arrebatado el Nuiz, y trató de apuñalarme, pero conseguí sujetarle el brazo.

El forcejeo fue breve, no en vano llevaba ya un tiempo entrenándome para luchar con seres más peligrosos que ella. Conseguí que soltara la daga, la tumbé de un puñetazo y salté del altar de sacrificios al suelo.

Los demás, unos se quedaron quietos, otros se derrumbaron, algunos salieron corriendo y sólo unos pocos me miraron con desconcierto. Tomás se tambaleó, y si no llegó a caer fue porque quedó apoyado en el altar; recordé lo que había ocurrido el día anterior, el modo en que me había violado sabiendo que iba a ser sacrificada, y juro que estuve a punto de apuñalarle, por cerdo. Pero supongo que también él era presa del embrujo. En ese momento tenía un aspecto lamentable: los ojos vacíos de toda expresión, la boca torcida, dejando escapar un hilillo de saliva pastosa por una comisura...

Luego me explicó Rolando que el control de la Madre había sido tan intenso y tan prolongado en algunos que realmente habían quedado como lobotomizados. No se recuperarían jamás.

- ¡Rebeca! - me llamó Enrique, que también había despertado. Tomé su mano, intentando rehuir su mirada, tras un primer contacto. No sé si algún día podremos superar lo que ha ocurrido. Antes, éramos amigos y jugábamos a flirtear, pero en este pueblo hemos sido amantes y más que amantes: hemos hecho tantos planes de futuro en las largas noches que pasamos charlando, que se me hace imposible imaginar que ya no vamos a intentar llevarlos a la práctica... Ya sé que muchas de ellas no existen, pero las recuerdo, como recuerdo haberle conocido durante toda mi vida, haber anhelado que se fijara en mí, que me pidiese baile en la verbena, que hablase con mis padres para solicitar mi mano...

Él también lo recordaba, seguro. Me lo dijeron sus ojos, antes de apartarse.

Los pocos lugareños que seguían conscientes no intentaron detenernos; algunos, de hecho, vinieron con nosotros. Regresamos al pueblo y nos dirigimos directamente al Santuario de la Madre, que ahora pudimos ver que en otros tiempos había sido la casa del Alcalde. Allí, en la dormitorio principal, estaba Rolando, desnudo y atado a la cama, dormido. Drogado.

Entre comentarios de unos y otros, y diversas pruebas, pudimos sacar en conclusión que la Madre había poseído un poderoso Nuiz de control mental. No estamos seguros que fuera del pueblo, quizá llegara de algún lado, huyendo de los demonios, como todos. A saber. Lo que importa es que se había establecido allí y tenía el pueblo sumido en su trance de fascinación.

Pero, las cosas habían empezado a ir mal, como en todas partes. Los demonios no podían entrar, no podían traspasar la barrera de control que había establecido la Madre, pero rondaban el lugar y habían acabado con muchos y con la totalidad de los animales de granja.

A la Madre le gustaba la carne.

Pude ver los restos de las cenas, las sobras de los deliciosos asados, acumulando huesos claramente humanos. Eso habíamos estado comiendo allí, así iba sacrificando a unos y otros. Aquel hombre, no se quedó dormido, comprendí. Murió de agotamiento y se lo llevaron a la cocina. Sentí un vuelco en el estómago pero al menos pude contenerme. Enrique, salió corriendo fuera, para vomitar en el pasillo. Normal. Era todo tan horrible...

Rolando suponía un gran peligro para la Madre. Tiene un Nuiz tan poderoso que lo captó ya en la distancia, lo bloqueó en un primer ataque mental. Luego lo mantuvo inconsciente, drogado. Quería utilizarlo en la lucha contra los demonios, hubiese sido un arma definitiva para poder asegurar la zona, pero cada vez que lo despertaban se mostraba agresivo, así que estaba casi decidida a eliminarlo. Y como yo no dejaba de recordarle, pese a las pautas insertadas en mi cerebro, también asumió que tendría que acabar con nosotros, en vez de usarnos como al resto de los supervivientes: como animales de granja que le dieran más esclavos y más comida.

Conseguimos llevar a Rolando al Hummer, recoger nuestras cosas y salir corriendo. Enrique condujo primero, luego nos turnamos. Rolando ha conseguido despertarse y le hemos contado todo. Ha puesto mala cara, pero lo único que ha dicho, con voz reseca, ha sido:

- A Despeñaperros. Rápido.