viernes, 24 de junio de 2011

Viernes de Familia Reunida

Hoy sólo pondré una entrada breve. Me siento demasiado cansada y deprimida con lo que está ocurriendo.

Jon ha estado cabizbajo todo el día. Ni siquiera quería hablar con Rosa María. Pensé en hacerlo yo, aunque no tenía claro qué decirle, pero he visto que Rolando se reunía con él y charlaban. No sé qué le habrá explicado, ni si ha tenido algún éxito. Al menos, era agradable verles juntos.

A media mañana se han presentado aquí mis padres. En otras épocas me hubiese apresurado a hacer mis propias maletas y pirarme lo más rápido posible, pero... no sé, parecían repentinamente ancianos. Ancianos y vulnerables, agarrados el uno al otro, más cercanos de lo que nunca les había visto.

Con las debidas distancias, me han recordado la comunión que existe entre los protagonistas de este cuadro, Älteres Paar im Kücheninterieur, de Friedrich Friedländer, pintado en 1901.

Mis padres han venido con lo puesto y una bolsa pequeña, llena de ropa sucia. Jamás hubiera pensado que mi madre, siempre tan puntillosa con el aspecto, pudiera ir tan desaliñada, con un vestido arrugado y el pelo sin teñir. Por eso me parecía mayor, me di cuenta entonces. Ella no tiene más que sesenta años, no es una anciana, pero como nunca la había visto con el pelo canoso y sin maquillar, me impresionó. Sentí que era como ver la realidad, tras toda la parafernalia...

Mi padre, es distinto. Tiene ya más de setenta años y sí podría ser considerado anciano aunque nunca me lo hubiese parecido realmente hasta ese momento. Cuando me acerqué, para saber qué demonios hacían allí, me dijo que Rolando les había llamado y les había pedido que fueran, que queríamos que toda la familia se reuniese, que les necesitábamos para atender a los niños. Me hubiese enfadado, sobre todo con Rolando, de no ser porque vi lo mucho que le costaba a mi padre expresarse, hablar, terminar las frases. Era un viejo luchando por decir algo coherente, luchando contra las brumas del tiempo.

- El Monoi está haciendo estragos en Bilbao - me dijo Rolando, en un aparte - Me avisaron de que ayer destruyó el edificio de tus padres, por eso les llamé.

- Podías habérmelo dicho. O haberles dicho a ellos que podían venir, pero sin historias absurdas de que les necesitamos. No les necesito para nada, ni siquiera les quiero cerca. Si les doy algo, aunque sea unas migajas, será por caridad - hice amago de ir hacia ellos, toda decidida - Y se lo voy a dejar bien claro.

- No seas cruel - replicó él, sujetándome por un brazo - ¿Qué pretendes? ¿Acaso vas a comportarte como tu padre? - eso hizo que me ruborizase - Ni se te ocurra decirles tal cosa, me voy a enfadar mucho si lo haces. Son los abuelos de Jon y Beatriz, y les quieren.

- Ja. Para ti es fácil decirlo. No te viste una noche en la calle, embarazada, sin dinero, sin saber adónde ir, sola, aterrada... - me estremecí al recordar aquella noche. Cuando eso sucede, vuelvo a oír una y otra vez el portazo a mi espalda, un sonido rotundo que me arrojaba al infierno - Yo no...

- Rebeca, todo eso forma parte de otra época, de otro mundo. Él lo hizo mal, muy mal ¿Y qué? ¿También tú vas a hacerlo así, dejándote llevar por el rencor? - no supe qué replicar a eso, porque tenía razón. Guardamos silencio, mientras se calmaban los ánimos - Sabes tan bien como yo que no hay alternativa. Vas a tener que hacer de tripas corazón y tenerlos aquí, Reb. Fuera, morirán, seguro.

Miré indecisa a la pareja de ancianos. Me resultaban tan extraños...

- ¿Tú no les odias?

- No - Rolando chasqueó los dientes - Odiaba al gran cabrón de otros tiempos, a ese le odiaré siempre, pero no está aquí. No está, Reb, fíjate bien - tenía razón. El anciano tembloroso que se agarraba a la mano de mi madre, no era el Gran Goyri, el Aterrador Goyri - Estos sólo son dos viejos asustados. Y han descubierto que, de todo lo que tenían, sólo conservan los remordimientos.

- Está bien - suspiré, sintiéndome derrotada, porque Rolando tenía razón. Renuente, me dirigí a ellos. Mi madre me abrazó, murmurando algo que no entendí. Me sorprendió ver que lloraba y, lo admito, me impresionó. Nunca la había visto llorar, no creí que fuese capaz de hacerlo. Para eso, se necesita tener un corazón, aunque sea uno pequeñito y muy escondido - Vamos, mamá, papá. Bienvenidos - dije. Me costó, pero lo dije - Os llevaré a vuestra habitación - hice un gesto a Beatriz, que se unió a nosotros encantada, agarrando la mano de mi padre - Menos mal que habéis venido. Con vosotros, será todo más fácil. Yo ya no sabía qué hacer.

- No te preocupes. Esta tarde, Beatriz y yo te arreglaremos el pelo... - musitó mi madre, más animada. Yo agité la cabeza interiormente. Cuando estaba entrando en la casa, Rolando apoyó una mano en mi hombro.

- Luego, si estás mejor, podemos hacer alguna prueba.

- ¿Prueba? ¿De qué?

- Para saber qué tipo de Nuiz tienes, claro está. Hay que determinarlo y saber qué importancia puede tener, de cuánto puede valernos en esta guerra.

- ¿Y Beatriz?

- No, no - rechazó de plano la idea - Es demasiado pequeña aún, ni siquiera estoy seguro de que pudiera determinarlo con seguridad en su caso. Además... no la llevaría a ninguna parte, es una cría - nos miramos, y me dio un vuelco el corazón - Pero me interesa el tuyo.

Dudé, pero asentí. Qué otra cosa podía hacer.

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