miércoles, 29 de junio de 2011

Miércoles de Vuelo Bajo

He alterado con el photoshop la hermosa Fregata magnificens de John James Audubon para tener hoy una imagen adecuada. Hay cuadros muy hermosos con pájaros muertos, pero... esto es distinto. No hay nada hermoso en lo que está pasando.

Hoy ha sido un día relativamente tranquilo. Con los suministros de ayer nos sentimos seguros para bastante tiempo, aunque Enrique piensa que deberíamos intentar otro viaje a Bilbao, al menos, antes de que se ponga todo más difícil. Y la próxima vez iré yo y se quedará el doctor Contreras. He insistido porque quiero visitar la biblioteca de la Diputación, o quizá la de Bidebarrieta, a ver si encuentro información sobre los Edterran, Monoi, Nuiz, o lo que se me ocurra sobre la marcha.

Estábamos hablando cuando hemos oído los gritos de Beatriz. Menudo susto. No sé ni cómo he encontrado la puerta, tengo la impresión de que, de no verla, hubiese atravesado la pared. Qué curioso, ¿verdad? Hace un mes, hubiera dicho que esa niña terca y extraña me resultaba indiferente. Hubiese aceptado sin mayor problema que Javier se la llevase, era suya, nació para él, y no tenía prácticamente nada que ver conmigo.

Las cosas han cambiado mucho...

En el jardín, Rosa María se colgaba del brazo de Jon, asustada, y Beatriz chillaba como loca, mirando un pájaro caído en el suelo. Tenía las plumas sucias, con calvas sangrantes en algunas zonas, como si se hubiese picado a sí mismo de forma desesperada. El cuerpo al completo estaba cubierto de bultos y deformidades, las patas crispadas y llenas de úlceras. Mientras me acercaba vi que se movía, aunque era un temblor, apenas. Pensé que agonizaba, pero no, cuando me fijé mejor vi que era porque algo pugnaba desde el interior de su cabeza, empujando, haciéndola brincar, hasta que consiguió abrirse un camino.

No era nada. O nada físico, mejor dicho. Se abrió un agujero, mucoso y oscuro, y eso parecía ser todo, hasta que nos alcanzó un olor intenso, absolutamente repugnante.

- Oh, Dios - Rosa María se fue corriendo. La oí vomitar junto a la casa.

- ¿Qué pasa? - preguntó Jon - ¿Qué le ocurre a ese pájaro?

Enrique y yo intercambiamos una mirada. No teníamos ni idea. Ni siquiera queríamos saberlo. Aquel olor era... No sé cómo describirlo: esencia de podredumbre, de gusanos, de muerte. A saber. Miré hacia los árboles y casi me caí de espaldas, del puro susto. Había muchos otros pájaros en sus ramas, inmóviles, mirándonos fijamente. Su expresión parecía sabia y severa, hostil y a la vez meditabunda. Y todos compartían ese mismo aspecto enfermizo.

- Entrad en la casa - ordenó Enrique, inclinándose a coger la raqueta de tenis de Beatriz, que había estado tirada en la hierba. Con ella, levantó cuidadosamente al pájaro muerto del suelo. Yo tomé a la niña de la mano y empecé a retroceder. Los pájaros no se movieron, se limitaron a seguirnos con los ojos.

Aún siguen ahí fuera. El doctor Contreras le ha hecho la autopsia al muerto, pero no ha llegado a ninguna conclusión. Eso sí, aunque no sabe qué les pasa piensa que, si lo tienen todos, posiblemente no tarden mucho en morir. Enrique es partidario de que nos quedemos dentro de la casa hasta que eso ocurra. Mientras cenábamos, tanto él como yo hemos asegurado a los demás que, cuando todos los pájaros enfermos hayan muerto, habrá pasado el peligro.

Nos hemos mirado, discretamente. Ambos sabemos que no es cierto.

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