miércoles, 1 de junio de 2011

Miércoles de Sexo y Pólvora

El Tormento de San Antonio, de Michelangelo Buonarroti, comúnmente conocido como Miguel Ángel, hombre de gran talento y posiblemente al tanto de verdades que quedaban más allá de la comprensión de los seres humanos de su época. Como ocurre hoy en día, con tantos.

Qué puedo decir. Mi vida ha cambiado tanto... Ya venía de antes, claro, de tantos detalles que me llamaban la atención pero que intentaba ignorar. Como seguramente te pasa a ti, lector, que vives inmerso en la rutina y apartas los ojos de lo que no encaja con la lógica, intentando inconscientemente no hacerlo real.

No funciona así, espero que lo descubras antes de que sea demasiado tarde. Hay cosas que existen sí o sí. No dependen de nuestra voluntad, ni de nuestra lógica, ni de nuestra conveniencia.

No te lo reprocho. También yo intentaba negarlos hasta hace poco, mantenerlos a distancia. Ya no puedo. A estas alturas, me es imposible. Tengo la impresión de que, desde el domingo por la mañana, cuando me despertó un roce suave en la mejilla y me encontré con los ojos y los labios de Rolando, me arrastra una tormenta devastadora, un auténtico huracán... Entonces, él me hizo el amor, de una forma intensa y apasionada que borró casi veinte años de mi vida. Por un momento, enredados en las sábanas, volvimos a ser los niños de entonces, disfrutando del sexo en una cama anónima, sin miedos, sin temores, sin expectativas. Sin más pensamiento que el placer inmediato.

Pero supongo que no somos ya aquellos niños y Rolando tenía razón: los sucesos del mundo son lo suficientemente graves como para que todo lo demás quede eclipsado por completo.

Por eso, ahora mismo ya no estamos en la pensión. Rolando y mi padre hablaron en la tarde del domingo y buscaron una alternativa, un lugar más adecuado para convertirlo en una fortaleza en la que proteger a los niños. Estamos en una casa de mi padre y Rolando me ha advertido muy seriamente que no diga aquí nada en absoluto sobre su localización, excepto, a lo más, que se encuentra "en las afueras" de Bilbao. Es un edificio amplio, de dos plantas y sótano, y terreno, con arboleda y un pequeño riachuelo. No hay vecinos cercanos, aunque en cinco minutos estamos en el centro de un pueblo, claro. De ser otras las circunstancias, me hubiese encantado. Es un lugar en el que me gustaría vivir y por fin tengo mi familia.

Así que, aquí estamos, mis hijos, Rosa María, Rolando y yo, y dos hombres que ha traído Rolando, llamados Diego y Vito, que se ocupan de tareas de la casa y de su vigilancia. Son tremendamente reservados, apenas hablan y no comen con nosotros, se quedan siempre en la cocina, pero hay que admitir que son muy educados y serviciales. Cuando les he tenido que pedir algo han obedecido de inmediato, tratándome de "señora" con deferencia. Supongo que son ventajas de ser la amante del jefe.

De momento, puedo ir a Bilbao en el coche, aunque con uno de esos hombres, pero Rolando no tiene ni idea de cuánto tiempo podrá seguir resultando medianamente seguro. No sé qué pensar. En la tele y la radio no se dice nada, en Internet apenas se menciona... El Apocalipsis ha llegado y la gente sigue más atenta a las tonterías del próximo estreno en televisión o si la crisis bestial de un sistema económico que ya poco importa permitirá que este año alguien pueda cambiar de coche o salir de vacaciones. Si tuviera amigos, les avisaría... Pero está claro que no puedo irle con esta historia a desconocidos, me tacharán de loca, incluso aunque sientan en su interior que realmente algo está pasando, aunque lo perciban.

Nosotros aquí estamos, acumulando víveres y suministros varios en el sótano, reforzando puertas, tapando ventanas con tela metálica, y entrenando de la mañana a la noche. Rolando se ha empeñado en darnos unas clases de autodefensa básicas (aunque empiezo a sospechar que por el puro placer de derribarme una y otra vez sobre la colchoneta, para gran diversión de Beatriz), y también quiere que aprendamos a usar una especie de espada corta y una pistola. Cuando está él, da las clases por sí mismo, creo que le divierte; cuando sale, se ocupan Diego y Vito.

Por fortuna, en estos pocos días he descubierto que tengo una puntería bastante buena. Incluso con las manos de Rolando en mis caderas, sintiéndole a mi espalda, su aliento en mi cuello...

- Concéntrate, Reb - tuvo el valor de decirme. Y lo peor es que lo decía en serio. Estoy convencida de que él sería capaz de disparar y acertar de lleno aunque yo le estuviera... En fin, no me voy a poner grosera. Pero me indigna que sea capaz de cerrarse de ese modo a todo, de mantenerse totalmente frío, mientras que yo soy una herida abierta al mundo.

- No me dejas.

Se echó a reír y me alegré. Ríe muy poco, Rolando. Normal. Como para tener ganas.

- Claro que no te dejo, amor mío, ahí está la cuestión - movió las manos, haciéndome mover las caderas, estorbando más todavía el tiro - Piensa que soy eso que te perturbará, llegado el momento: miedo, nervios, incertidumbre... Pero tienes que hacerlo. Algún día, no lo dudes, acertar ese tiro pese a todo, pese a cualquier cosa, supondrá la diferencia entre seguir vivo o ser devorado por un Bankeet.

Fallé, claro. Y las siguientes diez veces. Pero acerté la número once. Mejor ni hablamos de la doce.

Bankeet... Ese, creo que se le escapó. Por lo general, se escaquea ante mis preguntas, controlando siempre cuidadosamente la cantidad de información que nos suministra. Sabemos, ciertamente, que hay muchos seres (de ahí el cuadro que he elegido para esta entrada, todos esos seres atormentando al ser humano...) y llevan distintos nombres. Que unos vuelan y otros se arrastran; y que son seres que se filtran por las fisuras del mundo, llegando solos o en enjambres. Dice que todavía no estamos preparados para saber más. Que es demasiado espantoso como para asumirlo todo de golpe.

Me pregunto si tendré Nuiz. Y si lo tendrá Jon. Él quizá, es hijo de Rolando. Igual eso se hereda...

Cuando disparo el arma, una pistola pesada y contundente, pienso en esos seres, entrando por grietas, contorsionándose para pasar por huecos entre mundos, en una especie de nacimiento aberrante y espantoso. Pienso en oscuridad sólida, en hambre personificada, en frío consciente. Pienso en "algo" que quiere hacernos daño a mí y a mi familia, y me maldigo si fallo el objetivo.

Y cuando, en las noches en que se queda conmigo, estoy con Rolando jugando a ser felices, en realidad le miento. Intento hacerle creer que al menos en esos momentos me olvido del mundo y de todo lo horrible que sucede más allá del refugio de esta casa, pero no es verdad.

Estoy segura de que él hace exactamente lo mismo.

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