domingo, 28 de agosto de 2011

El Domingo del Perdón de Loa

Un grabado más de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. También lo he coloreado yo. Me ha parecido oportuno utilizar otro, como si el conjunto de los utilizados indicasen más claramente que se cuenta una historia concreta, en el blog.

Decidimos no esperar el ataque de Loa. Javier y Sol estuvieron de acuerdo en que era demasiado peligroso jugárselo todo a que fuésemos capaces de contenerlo, si enviaba hordas y hordas de zombis que no a saber si podríamos matar, así que, aunque había división de opiniones (Enrique no quería ni considerarlo, Jon dudaba, Javier estaba de acuerdo con el plan), decidí salir de nuevo en viaje de exploración, usando el poder de Brau.

Ahora le entiendo, cuando dice que cada vez tiene menos ganas de regresar al mundo real. Volar es algo único, soberbio., se siente uno ligero y feliz Y eso que yo no controlo ese Nuiz tan bien como él. Al margen de ir adelante o atrás, o flotar en una dirección u otra, poco más consigo hacer la mayor parte de las veces.

Hoy salí dos veces de mi cuerpo. La primera, a mediodía, bajo un sol de justicia que envolvía en un resplandor dorado el mundo de plata. Gracias a ese viaje, supe que el Pueblo D estaba vacío. Loa y sus hombres habían abandonado la casa del doctor Contreras. Sorprendida, busqué por los alrededores, alejándome en una espiral que se abría poco a poco, intentando localizar alguna pista.

Creí que estaría por el Cementerio C, porque divisé varias marcas rúnicas en las cercanías, seguramente parte del conjuro que tenía preparado para alzar masivamente a los muertos, pero no estaban por allí. Supuse que el aura a magia corrupta que envuelve ahora aquel sitio como el hongo de una bomba atómica también les afectaba a ellos y se mantenían a distancia. Lo supe cuando capté algo, voces que llegaban de la ermita perdida en el bosque. Estaban allí.

Volví a mi cuerpo y se lo conté a los demás. Decidimos que se fueran de Villa A todos los "civiles" (mi madre, Beatriz, la mujer y el adolescente, Pablo, que rescatamos de Pueblo B, además de Radar, que todavía no había recuperado el sentido) en el coche más grande, el Hummer, conducido por el doctor Contreras, protegido por Vito y Diego.

Como no era mala que se alejasen un buen trecho y se alojasen en otro lado, decidimos que fueran hasta Bakio, donde debían esperar nuestras noticias. Allí podrían quedarse en la que fue la casa de veraneo del doctor. Nos aseguraron que estaba organizada y disponible, ya que, poco después de irnos nosotros hacia el sur, el doctor Contreras, Vito y Diego, fueron allí, para comprobar si había posibilidades de suministro de provisiones. Al parecer, queda poca gente en Bakio, pero queda, algunos amigos del doctor, y lo bueno de todo es que, al ser un pueblo costero, se puede pescar. Por eso, entre lo que se consigue del huerto, las gallinas, las tres vacas y algunas ovejas que han recolectado, y lo que se trae semanalmente de Bakio, hay que reconocer que la dieta de Villa A es de lo más completa.

Enrique, Javier, Jon, Sol y yo nos quedamos aquí, con intención de dirigirnos a última hora de la tarde hacia el campamento de Marea, en el bosque. Desde allí, todos continuarían camino hacia la ermita, pero yo permanecería con uno de los soldados de Marea, y enviaría mi cuerpo astral por delante, para tener una visión adelantada de lo que iban a encontrarse los demás. Así, de haber algo de peligro, o algo importante en el momento, podría regresar y avisarles por el móvil.

Parecía un plan tan sencillo...

El problema fue que, Loa, había matado a sus propios hombres.

Los cuatro soldados estaban muertos en el interior ruinoso de la ermita. Yo me deslicé hacia allí tentativamente, atravesando la pared, asomándome ligeramente, como hice en casa del doctor Contreras el otro día. Me costó distinguir algo; aunque se había hundido parcialmente una zona del techo, el bosque era tan denso allí que la ermita estaba en penumbra. Por eso, al principio, no me di cuenta... Pensé que, simplemente, estaban esperando órdenes, rígidos como estacas. Pero, no; estaban muertos. Tenían los cuellos desgarrados y las pecheras de las camisas empapadas de sangre, que dibujaba grandes charcos a sus pies. Los habían degollado, pero permanecían de pie, tensos, con los ojos muy blancos. Seguían portando sus armas, uno de ellos con la pistola flojamente colgando de su mano.

Loa estaba ante ellos, en el centro de un círculo lleno de símbolos inscritos con sangre, además de un dibujo que luego he sabido que podía ser un Veve de Damballah. Todo estaba iluminado por las velas de lo que parecía un altar de santería, cargado de trastos diversos.

- Vous savez. Vous devez savoir (Lo sabéis. Tenéis que saberlo) - decía Loa. Se dirigió a uno - Vous, répétez, allez! Dites-moi ce que tu dit. (Tú, repite, ¡vamos! Dime qué te han contado).

- El Rey desató el terror sobre los impíos, amo - replicó el zombi con voz terrible. Supongo que, para ser alguien con la garganta desgarrada, no sonaba del todo mal - Levantó un ejército inmenso de muertos... Devastó una ciudad...

- Mais les morts sont morts à nouveau (Pero los muertos han vuelto a morir) - terminó Loa, interrumpiéndole - Ils sont morts à nouveau! Comment peut-il être? (¡Han vuelto a morir! ¿Cómo puede ser?) - agitó la cabeza, moviéndose de un lado a otro - Pas un loa ... Non nzambi. C'est la seule explication possible ... Mais cette ...(No es un loa... No es nzambi. Es la única explicación posible... Pero esto...)

No sé qué más iba a decir. Yo había ido derivando sin darme cuenta y acabé entrando del todo en la ermita. Nada más salir de la piedra, los tres zombis giraron los rostros muertos hacia mí, clavándome sus ojos blancos, como si me vieran. Brau puede mostrarse a otros incluso en este estado, pero yo no. Ni siquiera cuando he querido, he podido hacerlo, supongo que requiere más control del Nuiz. En cualquier caso, Loa frunció el ceño, susurró algo y se inclinó, pasando rápidamente un dedo por la piedra del suelo, extendiendo una línea de sangre. Luego, se pintó con ella los párpados. Cuando volvió abrir los ojos, tampoco tenía pupilas.

Y me vio. Supe exactamente en qué momento me vio...

- Le Putain Femme, putain son âme, sa chair et sa moelle damnées... (Maldita sea la mujer, maldita sea su alma, su carne y su maldita columna vertebral ...) - dijo y me dio la impresión de que iba a saltar hacia mí. Asustada, retrocedí, girando en el espacio sin tiempos, dirigiéndome de vuelta a mi cuerpo. Recuerdo haber visto que se estremecía el Cementerio C, abajo, muy abajo, resquebrajándose su tierra condenada mientras manos blancas y muertas apartaban los grumos oscuros, abriéndose paso. Loa había convocado a sus muertos, pobres seres patéticos, obligados a seguir arrastrándose por el mundo de un modo terrible. Pero, no podía ocuparme de ellos, ni siquiera aunque hubiese sabido qué hacer, no tenía tiempo.

Algo vibraba a mi lado, en el mundo de plata.

Me sentí zarandeada por una fuerza bestial, como si no estuviese sola, sino con alguien, alguien brutal que intentaba terminar conmigo o, al menos, debilitarme en lo posible.

Pero, ¿quién podía ser? ¿Quizá el demonio que había captado la noche anterior?

Volví al bosque, la campamento; contemplé con enorme alivio mi cuerpo, mientras me precipitaba sobre él, llegando de lejanas distancias... y choqué, reboté como si me hubiese golpeado contra un muro, saliendo otra vez despedida.

Aturdida, dolorida, oscilé al otro extremo de mi cordón de plata. ¿Qué había pasado? ¿Qué ocurría? Mi cuerpo estaba tumbado en el suelo, como muerto o dormido, igual que siempre. Yo estaba conectada con él por el cordón de plata, no había habido desgarro... Pero no podía volver.

Ante mi espanto, el cuerpo de Rebeca Goyri abrió los ojos y se sentó, aturdida. Y lo comprendí.

Estaba ocupado.

- ¿Se encuentra bien? - le preguntó el soldado. Ella titubeó, asintiendo, sujetándose las sienes - ¿Que ha descubierto? ¿Cuántos objetivos hay en la ermita? ¿Tenemos que avisar de algo especial al grupo de asalto?

Rebeca Dos se lo pensó un momento. Juro que creo que sonreía con las pupilas cuando le dijo:

- C'est vide, vous pouvez aller sans crainte. Laissez-les rester là. Nous allons les rencontrer. (Está vacío, se puede ir sin miedo. Que se queden allí. Vamos a su encuentro.)

- ¿Qué? - preguntó atónito el soldado. Rebeca Dos se quedó muy quieta. Luego, volvió a intentarlo.

- Lo lamento, supongo que es un efecto de este Nuiz. Digo que está vacía, que avancen sin miedo. Que se queden allí y vamos.

Ni una sola r en su nueva frase. Había que reconocerle el intento. Seguía teniendo acento, pero muy leve, casi pasaba desapercibido.

- Sí, señora - el soldado marcó un par de teclas en su móvil y comenzó a informar, mientras Rebeca Dos se ponía en pie y recogía sus cosas, entre ellas su/mi móvil, y la pistola, que comprobó con todo cuidado - El objetivo está vacío, ningún peligro. Repito, ningún peligro. Pero la señorita Goyri me pide que les diga que esperen allí. Nos reuniremos con ustedes. Sí, está bien. De acuerdo - colgó - Hecho. Nos esperarán allí.

- Merci - dijo Rebeca Dos. Sin un solo titubeo, alzó la pistola y le pegó un tiro en la cabeza. Al pobre tipo ni tiempo le dio a entender qué pasaba. Un chorro de sangre y trozos de cerebro salpicó el árbol que había estado a su espalda. También me hubiera manchado a mí, de ser corpórea. Rebeca Dos se inclinó, recogió el móvil del soldado, murmuró la misma palabra, que dijo en la ermita, manchó un dedo en la sangre, y se pintó los párpados. Cuando volvió a mirar, fijó en mí sus pupilas blancas.

Éramos dos seres idénticos unidos por cordón de plata. Ella era material, yo, todo espíritu.

- Je pourrais vous tuer dès maintenant (Podría matarte ahora mismo) - susurró Loa, a través de mi boca. Enredó la mano en el cordón de plata y dio un tirón seco, fuerte, y luego me agitó a ambos lados. Sentí un dolor terrible mientras me balanceaba como una cometa rota. Él permaneció impasible, mirándome de ese modo terrible con mi rostro sin alma. Siguió en castellano, mezclando ocasionalmente idiomas, siempre con un acento muy fuerte - Podría destruirte, mujer, por completo, borrando todo atisbo de tu existencia. Dites-moi, donne-moi une raison pour ne pas le faire? (Dime, ¿me das una razón para no hacerlo?).

- Oui, vous voulez quelque chose de moi (Sí, quieres algo de mí) - dije, tras pensarlo un momento. Y me oyó, ya lo creo. Inclinó la cabeza a un lado - Si no quisieras algo de mí, ya me habrías matado.

- Vraiment (Cierto) - dudó - Digamos que puedes ayudarme a conseguir una cobertura, en un momento en que cada minuto cuenta. Porque no voy a seguir con los que había elegido para ser mi bando y no quiero tener que enfrentarme a una persecución difícil - hizo una ligera pausa - Quiero que digas que me has matado.

- ¿Que diga que...?

- No es buena idea fiarse de ti, lo sé incluso mientras hago este trato contigo. Si pudiera quedarme en este cuerpo, quizá me lo plantease en serio - Rebeca Dos se cubrió los pechos con las manos. Al ver mi expresión rió - Podría hacer mucho con él, acercarme al Cazademonios, o a Hidalgo, a Rodrigo... Podría destruirlos a todos, poco a poco, sin que llegasen a saber qué estaba ocurriendo. Pero, un verdadero cambio de cuerpo requiere un ritual muy largo y difícil, ni siquiera sé si sobreviviríamos a ello; esto sólo puede ser temporal. Debo regresar a mi cuerpo y ponerlo a salvo - hizo una mueca - Además, como te digo, ya no tengo un sitio claro en esta guerra. Ese Rey no es Damballah, no es un Loa auténtico... No sé qué es, pero no es lo que yo pensaba.

- Es un demonio. Uno de sus líderes. Y tú, cabrón, has ayudado para que venta a este mundo y nos destruya a todos.

Rebeca Dos hizo una mueca. Arrojó los dos móviles, el del soldado y el mío, al suelo y los pisó con saña, destrozándolos.

- Por lo que sé, vuestro sistema de seguridad funciona muy bien ahora mismo, Popov y su gente no puede acceder a tu blog, ni a los de los otros. Habla con los tuyos, busca el modo de que Popov crea que me has matado y te devolveré la ayuda en el futuro. Volveré a ponerme en contacto.

Nada más decir eso, sus ojos giraron en las órbitas y cayó redonda, como si la hubiese fulminado un rayo. Estaba tan debilitada que no pude volver a salir, para avisar, y allí no había más móviles, de modo que eché a correr.

Para cuando llegué a los alrededores de la ermita, el combate había terminado. Loa no estaba por ningún sitio, había huido, y los zombis habían sido abatidos, pero las ruinas ardían, y parte del bosque... Y Sol y el soldado de Marea estaban muertos. Jon había resultado malherido, por el rebote de una bala, pero creemos que lo superará. Más le vale o yo...

Esto empieza a superarme. Por completo.

Pobre Sol, pobre niña. No consigo aceptar que ya no va a iluminar más nuestras vidas.

No sé qué haremos ahora. No he tenido ganas de preguntarlo.

Cuando tu enemigo te perdona la vida, es un día amargo.

Sábado oscilando sobre Pueblo D

Otro de los grabados de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. También lo he coloreado yo. Me gusta así, dejando tramos grises. Es como veo el mundo, ahora mismo.

Ahora entiendo mejor a Brau. Volver al cuerpo es como... como ponerse un guante viejo, cedido y cómodo, pero que no deja de ser algo que constriñe la mano.

Vino a mí anteanoche, como ya habréis leído en su blog. Menudo susto me dio, hasta que le reconocí. Era una forma etérea, translúcida, reflejada en el espejo de mi tocador, donde estaba sentada cepillándome el pelo. Me volví, girando en la silla, y le pregunté qué hacía allí, pero no me contestó, sólo extendió los brazos en mi dirección. Creí que sería intangible también, pero no, pude tocarle... Y entonces desapareció.

Como supuse lo que había ocurrido, que acababa de arrebatarle el Nuiz y, por lo tanto, él había despertado repentinamente en el remoto lugar en que se encuentre su cuerpo físico, decidí tumbarme en la cama y traté de concentrarme. Fue más fácil de lo que pensaba. Un tirón seco a la altura del estómago y de pronto allí estaba, flotando suavemente en mi habitación, mi cuerpo tumbado en la cama, quieto... Casi no parecía respirar, pero no me importó.

La luz del cordón de plata que me unía a él era tan hermosa, tanto... No te puedes imaginar. Pensé que era el brillo de la vida, el alma hecha energía. Una belleza que me embriagó durante largos minutos; quizá fueron horas, no sé. El tiempo pasa muy distinto, en ese lado...

No sé qué me impulsó a moverme. Ni siquiera sé si salí por la ventana o traspasé paredes y techo; sólo consta que, de pronto, me encontraba fuera, bajo la noche estrellada, abrumada por todo lo inmenso. El mundo era negro y plata, y sombras móviles, a mi alrededor. El viento susurraba, pero no podía sentirlo. Nada me afectaba: ni el frío, ni la humedad... ni siquiera tenía miedo.

Y eso que, podía sentirlo, había algo rondando cerca, algo que habitaba o deseaba habitar ese extremo de la existencia. Algo peligroso...

Floté, me mecí sobre tejado y chimeneas, me dejé llevar. Me moví por el bosque al son del latido del universo, perezosamente. Recuerdo haber evitado el aura del Cementerio C, que en ese lado era como un agujero en el mundo negro y plata, un abismo siempre hambriento que estaba a punto de estallar, de puro ahíto.

No sé si fue casualidad o si era uno de esos momentos predestinados pero, de pronto, atisbé luces, la realidad que quedaba más allá de la bruma plateada volvió a interesarme, y me di cuenta de que había derivado hacia Pueblo D. Hubiera vuelto de inmediato, porque no quería alejarme tanto de mi cuerpo físico, pero entonces vi luces amortiguadas y capté susurros quedos.

No querían ser escuchados, ni detectados.

Oscilé silenciosamente sobre el pueblo, como colgada de aquel largo hilo plateado, examinando bien la situación...

Eran cuatro hombres, dos en una terraza, otros dos rondando el pueblo, haciendo guardia. Bien armados. Soldados, probablemente sin Nuiz. De las ventanas del edificio vigilado surgía una tenue luminosidad. Entonces, lo reconocí: era la casa del doctor Contreras. Había estado allí una vez... En otra vida, me dije con tristeza. Cuando tú estabas conmigo y yo todavía me sentía segura, confiada en que todo saldría bien y tendríamos un futuro juntos...

Es malo, llorar en ese otro lado de la existencia. Aunque las lágrimas parezcan de plata, siguen sabiendo a amargura y sal.

Me dirigí hacia allí y de pronto estaba dentro. Floté suavemente por la casa hasta llegar al despacho. Oí voces. Las reconocí, antes incluso de poder verlos a ellos. Apenas me asomé, dejando que mi rostro traspasase la madera de la pared.

Eran Popov y Loa.

- ... idea. No, es mejor no utilizar ningún otro método, yo me reuniré con los Sabios - estaba diciendo Popov. Los vi sentados a ambos lados del gran escritorio. Popov miró un mapa que tenían extendido - Iré lo más rápido posible - señaló dos puntos, saltando de uno a otro y clavando en el papel la punta del dedo - Aquí y aquí, hay dos Nódulos, los tomaré, si salgo ahora mismo podré llegar al primero antes del amanecer .

Recordé haber oído a Rolando mencionar los Nódulos. Eran como puntos mágicos, que unían dos localizaciones terrestres sin importar las distancias reales. Si sabías usarlos, podías moverte más rápido, como a saltos, de uno a otro. Algunas personas, estaban naturalmente capacitadas para ello por alguna clase de Nuiz, aunque no lo supieran, y por eso surgían de vez en cuando historias en las noticias sobre gente que viajaba por un sitio y ,de pronto, asombrosamente, estaba en otro continente. Generalmente, mencionaban una niebla extraña. Era un Nódulo. Si no tenías el Nuiz adecuado, siempre podías "abrirlos" por medio de la magia.

Así que Popov se marchaba, iba a reunirse con los famosos Sabios...

- Que dois-je faire? - preguntó Loa. Y, luego, repitiendo con un pronunciado acento francés - ¿Qué debo hacer?

- Matarlos - respondió Popov, brutalmente, provocándome un escalofrío - Matarlos a todos. Exterminarlos por completo. Costó mucho eliminar a Radar, espero que lo tengas en cuenta y aproveches la ventaja.

- Ah, oui. La femme est à la Villa A, j'ai vérifié la marque de magie. (La mujer está en Villa A, he comprobado la marca mágica) - se refería a mí, claro. Mi cuerpo seguía en la cama, en la casa - En l'honneur du Roi... En honor al Rey, levantaré los cadáveres del Cementerio C - hizo una pausa, como buscando las palabras - Ils causent la panique, dévorer, et si l'on survit, nos hommes se retrouveront avec lui.

(Causarán pánico, devorarán y, si alguno sobrevive, nuestros hombres terminarán con él)

- Ja, Loa - rió Popov - Vous savez que je parle un français parfait, non?

(Ja, Loa. ¿Sabes que hablo un francés perfecto, no?)

- Oui, pero yo también hablo perfectamente l'espagnol - dudó, sin inmutarse ante la sonrisa de suficiencia de Popov - Je voudrais pouvoir rester avec la fille, si seulement quelques heures.

(Me gustaría poder quedarme con la niña, aunque sólo sea unas horas.
)

Eso me dejó paralizada. ¿Beatriz? Lo que podría querer aquel engendro de mi hija... El miedo siseó sobre la bruma plateada que me envolvía. Popov le miró con atención.

- Eres un pervertido, Loa - el otro no replicó. No debió considerar importante, defenderse. Popov se encogió de hombros y asintió - Sea. Vous pouvez vous amuser avec Béatrice. Mais le tuer plus tard.

(Puedes divertirte con Beatriz. Pero mátala después.
)

- Très bien - Popov se puso en pie y cogió una bolsa, con algunos documentos. Loa siguió sentado, siguiéndole con la mirada - Je vais le faire demain soir.

(Lo haré mañana por la noche.)

- D'accord. Ne pas manquer. Tuez-les tous. Surtout Rebecca.

(De acuerdo. No falles. Mátalos a todos. Sobre todo a Rebeca.)

Loa asintió. Popov salió del despacho y yo me separé de la pared. Cruzó la puerta, a mi derecha y traté de apartarme; pero el pasillo era estrecho y las distancias se me confundían, porque en el mundo negro y plata no tienen mucho sentido. No me dio tiempo.

Me atravesó, limpiamente.

No puedo explicar correctamente lo que sentí, lo he intentado y es imposible: fue como una tormenta borrascosa barriendo repentinamente cada célula de mi cuerpo, un contacto más íntimo que cualquiera que hubiese tenido con un hombre.
Estuvo dentro, muy dentro, durante un instante que fueron siglos...

Popov sintió algo también. Se detuvo bruscamente, se volvió y miró lo que para él era la densa oscuridad de un pasillo vacio. Pero buscó, olió...

- ¿Rebeca? - susurró, alzando una mano, intentando tocarme. Yo contuve la respiración, aunque no respiraba. Creo que, a pesar de todo, supo que yo estaba allí, porque añadió: - Devushka...

(Pequeña...)

Pero terminó claudicando. Se dio la vuelta, y siguió pasillo adelante, la cartera oscilando como yo. Oscilando en su mano...

Y, entonces, tuve una idea.

Avancé hasta volver a alcanzarle, me incliné, ligeramente, y metí la mano en la cartera. Con mucho cuidado, jugué entre los dos mundos, entre los dos Nuiz que poseía. Concentrada, convertí cuantos papeles pude en pura energía, que retuve entre los dedos. Brilló en azul, un destello del tamaño de una moneda de dos euros, pero justo Popov daba la vuelta a la esquina y yo lo atraje rápidamente al lado de la existencia en que me encontraba. Creo que de verdad no se dio cuenta de nada...

Y yo le olvidé por completo porque, justo en ese momento, sentí... no sé. Había algo conmigo allí en el pasillo. Aunque no oía nada podía percibir el gruñido profundo, bajo, como un perro que amenaza dispuesto a atacar. Aunque no podía ver nada, estaba segura de que, a diferencia de Popov, si yo extendía mi mano, sí iba a sentir algo.

Olía a demonio. A ser doblemente ajeno, extraño al mundo real y al mundo de plata. A infierno de llama eterna...

Recordé lo que me había dicho Radar sobre la marca mágica. ¿Sería eso? ¿Habré atraído alguna criatura?

Creo que saltó hacia mí, pero di un potente tirón y regresé, combando las distancias reales. Un segundo, y estaba flotando suavemente sobre mi cuerpo. Volví a introducirme en él, con la sensación del guante viejo que he mencionado antes. No sé cuánto tardé en abrir los ojos pero, al despertar, tenía unos papeles en la mano.

Los he revisado con Enrique y con Javier.

Tenemos una especie de mapa europeo de Nódulos. No son tantos, hay exactamente siete. Y, tras leer algunos textos en alemán, Javier cree que Popov se dirige, en dos saltos, hacia la Schwarzwald, la Selva Negra. Alemania.

- Va a ver a los Sabios - les dije. Ambos intercambiaron una mirada. Tenemos que ir, está claro...

Pero, mañana por la noche, Loa piensa desatar un infierno sobre nosotros...

miércoles, 24 de agosto de 2011

Miércoles Pasando Algo en Pueblo B

Uno de los grabados de la serie The homes of Ober-Ammergau, pintados por Eliza Pratt Greatorex en 1872. Lo he coloreado yo, conste, y creo que no ha quedado nada mal.

Total, no puedo dormir. Me apetecía entretenerme con algo.

Esta tarde hemos sufrido un golpe terrible. Habíamos ido al Pueblo B, porque Radar captó repentinamente algo. Lo llamó "un destello", una impresión de un Nuiz, como alguien quitándose una capa y volviéndosela a poner rápidamente. Supusimos que se trataba de Popov y su gente, aunque no podía estar seguro porque, no tuvo ninguna duda, usaban alguna clase de magia de camuflaje.

Decidimos ir, Enrique, Javier y yo, con Radar para poder guiarnos, si captaba algo más estando cerca.

Rondamos un par de horas hasta decidir que, definitivamente, el pueblo parecía vacío. Y triste. Es inaudito lo que es capaz de hacer el tiempo. Mi madre decía siempre que una casa vacía envejece más rápido, y es cierto. Aunque han pasado pocos meses, ya empieza a notarse el abandono del Pueblo B, la completa falta de atenciones en todo. La vegetación está creciendo sin control, con malas hierbas resquebrajando la piedra de la plaza y las paredes, y los montones de tierra casi han cubierto por completo el pequeño aparcamiento asfaltado que había junto a la puerta del bar. La fuente de caño se ha secado en algún momento, o quizá es que está obstruida, no sé.

Radar estaba preocupado. Dijo que algo captaba de vez en cuando, pero de un modo muy extraño, como la luz parpadeante de una vela.

- Creo que intenta ocultarse - murmuró - Aunque igual lo que pasa es que intenta mostrarse...

- Puede ser una trampa - Enrique miró el exterior del Hummer con aprensión, mientras comprobaba su pistola - Seguramente lo será.

- No está de más que asumamos que lo es. Precaución. Echemos un vistazo - Javier me hizo un gesto - Quedaos aquí Radar y tú. Si veis algo, cualquier cosa rara, toca el claxon.

Yo iba a protestar, cómo no, pero no me dieron opciones. Enrique y Javier bajaron del coche y empezaron a registrar el pueblo. Nos quedamos solos Radar y yo, en absoluto silencio. Ninguno de los dos teníamos muchas ganas de hablar y ya nos hemos hecho lo suficientemente amigos como para no tener que rellenarlo todo con cháchara inútil. Sonó mi teléfono móvil. Contesté de inmediato.

- ¿Reb? - era Jon. De fondo, oí la voz de mi hija, diciendo: "Diez... Nueve... Ocho..." - Escucha, Beatriz dice que va a pasar algo...

- ¿Algo? - pregunté, sorprendida - ¿El qué?

- Va a pasar algo... - repitió entonces Radar, a mi lado, inquieto. Miró el cielo, que estaba encapotado, se volvió hacia atrás, para divisar la plaza de piedra. Hace tiempo que ya sé que ve, de otra manera, sí, pero ve, con sus ojos blancos - Oh, mierda...

- No sabe - dijo Jon. "Cinco... Cuatro... Tres..." - Sólo dice que...

No le hice más caso, porque en ese momento, al mirar por el cristal retrovisor intentando ver lo que había visto Radar, descubrí al individuo grande, negro, armado con una ametralladora, que se nos había colocado detrás. Ni siquiera lo pensé, solté el teléfono, engrané la reductora, metí marcha atrás y pisé a fondo el acelerador. El Hummer quemó llanta retrocediendo violentamente, mientras el hombre disparaba, provocando un gran estruendo y destrozando los cristales. Radar y yo nos encogimos como pudimos en los asientos. Casi al momento, por delante, vi aparecer otro individuo que también empezó a disparar, pero no paré. En esos momentos no tenía tiempo para ocuparme de él.

Atropellé al de atrás y lo aplasté violentamente contra la fuente de caño. Con cualquier coche, le hubiese reventado. Un Hummer hace más daño, un daño bestial, bien puedes imaginarlo. La sangre salpicó por todos lados.

- ¡A cubierto! - me gritó Radar. Desenfundó el arma, abrió la puerta de su lado y salió rodando. Yo no le hice caso; tampoco es que me lo pensara mucho más. Puse primera y pisé a fondo el acelerador, mientras intentaba recordar los consejos de Radar sobre mi Nuiz, visualizando una película protectora donde antes había estado el parabrisas. No sé si eso sirvió de algo, si las balas se estrellaron contra esa protección o si, simplemente, sólo disparaba para hacer espectáculo, sin apuntarme a mí realmente; en cualquier caso, ninguna llegó a alcanzarme. El hombre intentó apartarse en el último momento, pero era demasiado tarde. Me lo llevé por delante.

Cuando paré, me dio la sensación de que nunca había escuchado un silencio tan profundo. Al menos, así fue durante unos minutos.

- ¿Reb? ¿Reb? - oí, amortiguado. El teléfono estaba en el suelo del coche - ¿Mamá?

Lo recogí, jadeando.

- Así me gusta. Soy tu madre, no un ligue. Tranquilo, todo va bien - abrí la puerta y salí a medias. Radar estaba levantándose del suelo. Por el fondo, llegaban corriendo Javier y Enrique - Estamos todos...

Y, entonces, el desastre.

Zaf, zaf... Algo así oí, como zumbidos, o silbidos. Radar pareció sobresaltarse una vez, dos, y luego cayó redondo al suelo. Javier gritó, tardé en entender que me decía que me metiera en el coche. Enrique había empezado a disparar hacia un tejado, una de las casas que rodeaban la plaza. Segundos después, se oyó un motor, al otro lado del edificio. Javier y Enrique corrieron hacia allí, yo fui a por Radar.

Todavía estaba vivo, pero inconsciente, con dos balazos en el pecho. Me quité la chaqueta y traté de parar la hemorragia como pude. En cuanto regresaron Javier y Enrique, lo metimos en el coche y volvimos a Villa A, conduciendo como locos.

El doctor Contreras ha hecho lo que ha podido, pero... no sabemos todavía si conseguirá sobrevivir, está muy grave. Y eso que hemos contado con la ayuda de Marea, alguien que ha demostrado ser muy útil para impedir las hemorragias. En cuanto supo qué había ocurrido, Sol fue a buscarla. El poder de Marea es controlar el flujo de líquidos. Un Nuiz que puede parecer absurdo, o útil para una camarera, pero que, si lo piensas bien, resulta impresionante. No en vano somos, sobre todo, agua.

Javier ha organizado los turnos de vigilancia, dejando claro que los hermanos López Val habían nacido para esta vida de peligros. Incluso Sol ha asumido que es él quien da las órdenes. Me he enterado de que, durante estos meses, han empezado a llamarle Cazademonios. Vives veinte años con alguien y siempre te sorprende...

Justo después de cenar he salido fuera, al porche, para fumarme un cigarro (lo sé, lo sé, lamentable haber vuelto a caer, no por las posibles enfermedades que, en estos tiempos, nadie tiene grandes expectativas de vida, si no por lo difícil que es a veces conseguir tabaco y quizá ya nadie lo fabrique), y me ha ordenado que entre. Iba a mandarle al infierno, pero como estaba cerca Jon me he callado.

- ¿Qué más da? Ya han intentado su jugada del día - he dicho, intentando quitarle importancia. Me asfixiaba dentro, es la verdad. Javier ha inspirado profundamente, me ha cogido el cigarro con toda delicadeza, lo ha tirado al suelo y lo ha pisado - ¡Eh!

- Eres una mujer lista, Reb. Fíjate bien en lo que ha pasado. Llevamos tiempo esperando la llegada de Popov y su gente, para tender una trampa, y nos la han tendido a nosotros. Y, si tengo que apostar, diría que su objetivo era Radar: querían disimularlo, pero claramente han ido a por él porque, de haberlo querido, nos hubiesen podido matar a todos - ha hecho una mueca, mientras yo empezaba a sentir auténtico miedo - Nos han dejado ciegos.

lunes, 22 de agosto de 2011

Domingo y Lunes Tranquilos en Villa A

Campfire Site, Yosemite, de Albert Bierstadt, pintado sobre 1873. Así vemos la luz reflejada en los árboles y las rocas, por las noches, al acercarnos al campamento de Marea, la líder del grupo que nos ha seguido en secreto, para ayudarnos a tenderle una trampa a Popov...

Pero, de momento, son días tranquilos, como dice el título. de la entrada, por eso tampoco es que haya tenido gran cosa que contar. He de reconocer que, los que estamos en la casa, somos un grupo bien avenido y organizado. Nos repartimos las tareas caseras, trabajamos en el huerto, nos entrenamos, organizamos turnos de vigilancia en la casa y por los alrededores...

Hemos retomado el cursillo de primeros auxilios del doctor Contreras, mi madre intenta cocinar para todos sin envenenarnos, Javier ha empezado a practicar esgrima con Enrique, Jon y Beatriz, y Radar y Sol están empeñados en enseñarme a controlar mi Nuiz, o mis Nuiz, que el de Rolando sigue estable (es el que controlo mejor, de hecho). Si ellos, que son los expertos, no entienden qué ha podido pasar, yo qué puedo decir...

Hoy me han tenido haciendo pruebas durante seis largas horas, concentrándonos, quitándole a uno el Nuiz para, a continuación, intentar devolverlo, probando a intercambiar con el otro... He tenido la mayor hemorragia nasal de mi vida, no sé si me queda sangre dentro, aunque supongo que no debo quejarme porque ellos se arriesgaban tanto o más que yo. Desde lo que ocurrió con el Nuiz de Hidalgocinis, que no lo devolví realmente si no que se ha personificado en algún lado o así, cabe la posibilidad de que mi habilidad sea un arma que retire esas capacidades para siempre. O las altere. No me hace ninguna gracia, cada vez estoy más harta de todo esto. Prefería cuando no tenía ni idea de que tenía esta cosa... Pero, bueno, supongo que no tiene mayor sentido quejarse.

Espero que todo se trate de que, sencillamente, el poder de Hidalgocinis era muy peculiar, con fuerza propia. Allá se convierta en Oráculo...

Al menos, creo que estoy avanzando. Hoy he conseguido devolver tres veces el Nuiz a su propietario (Sol), aunque una vez casi se me revienta el cerebro y, la segunda, casi se lo reviento a ella. Pero a la tercera, la cosa ha ido perfecta. Radar estaba muy contento. Me alegro.

En cuanto al tema de Popov, seguimos esperando. Radar todavía no les capta, pero piensa que no debe andar lejos. El grupo secreto que nos respalda ha acampado en el bosque y les llevamos algo de comida caliente de noche. Son dos mujeres y un hombre; una de ellas tiene Nuiz y la llaman Marea, como dejé caer al principio. Los otros dos son agentes entrenados, de esos vestidos de negro y armados hasta los dientes. No sé yo si sentirme más tranquila con ellos. Mantenemos un contacto continuo y saben que si encendemos una luz en la azotea, es que hay peligro.

Creo que Sol anda tras Javier. Es la nota-cotilleo del día. Lo digo porque me ha sondeado para ver si me importa que se tire a mi marido (lo ha dicho más finamente) y luego, cuando ha visto que tenía mis bendiciones, ha ido a corretear a su alrededor, haciendo como que no sabe usar una espada, ella, que la maneja como si fuese un tercer brazo...

Y, el caso, es que me he sentido celosa. Supongo que soy como el perro del hortelano.

sábado, 20 de agosto de 2011

Sábado Descubriendo a Javier

El Greco pintó este San Francisco rezando ante la cruz entre 1585 y 1590. No sé si se basó en alguien en concreto para los rasgos y el aspecto, supongo que sí. Resulta asombroso cómo los rostros pueden llegar a repetirse a lo largo de la Historia, las expresiones, el aire...

Aquel lejano modelo no imaginaba cuánto iba a parecerse a un hombre del futuro.

El otro día llamé a Javier. Bueno, la verdad es que le he llamado varias veces, pero no me contestaba. Finalmente, le dejé un mensaje en el buzón, con pocas esperanzas de que se pusiera en contacto conmigo. Casi llegué a pensar que estaba muerto, que le habrían matado en cualquier trifulca, o quizá se había encontrado con un demonio.

El mundo está terrible. Lo sé porque me he recorrido España hacia el sur y luego he vuelto hacia el norte, y he visto las ciudades ardiendo, los grupos de gentes armadas y hemos oído de vez en cuando alguna pequeña emisora de radio que intentaba conseguir ayuda. A la altura de Segovia tuvimos que huir de un grupo motorizado que nos disparaba de todo, incluso una mierda que parecían cohetes de algún tipo (Sol dijo el nombre pero, la verdad, no lo recuerdo), intentando detener el Hummer. Conducía Enrique, diantre, nunca le he visto arriesgarse tanto, a toda velocidad.

Bueno, fue gracias a él que conseguimos salir de esa. Y gracias a Sol, claro, que no tenía cohetes pero con su poder pudo hacer estallar los vehículos. Recuerdo un coche en llamas, con un tipo atrapado dentro, chillando, abrasándose lentamente hasta que saltó por los aires. Un espectáculo aterrador.

Ahora estamos de vuelta en Villa A. Mi madre, Beatriz, el doctor Contreras, estaban bien, aunque algo asustados. Hay dos hombres, Radar les conoce, asignados a la protección de la casa. Me han hecho pensar en Vito y Diego. Creo que les llamaré aquí igual. Hagamos como que son los mismos, como que no ha habido tanta muerte.

Sería maravilloso poder imaginar también que Javier es Rolando. Cuando llegamos, eso pensé, porque le vi en la azotea y, de lejos, se parece tanto... Va vestido de una forma extraña: algo parecido a lo del gráfico de San Francisco, con una túnica amplia, un gran capote, sombrero a lo Salomon Kane, botas, y una espada al cinto. No sé, he tenido la impresión de que era un hombre nuevo, distinto, o que nunca le había visto realmente hasta ahora. De lejos, me sonrió, cuando ya estuvimos frente a frente me besó en al mejilla, con amabilidad, y me dio el pésame. Me sentí absurda, devolviéndoselo. Ambos quisimos a Rolando. Quizá por eso me siento más cerca de él que nunca.

Su encuentro con Jon también fue muy emotivo. Sobra describir el modo en que le miró Enrique, aunque Javier se echó a reír.

Todavía no hemos podido hablar, más que cuando me dijo que había oído mi llamada y había acudido para ver cómo estábamos y pasar un tiempo con nosotros. No sé en qué anda, pero parece ir por su cuenta, aunque colabora con Sol y Radar, seguro. Hoy hemos estado ocupados organizando bien las existencias de la casa y haciendo un recorrido, para vigilar. El Cementerio C parece que ha sufrido un cataclismo. No nos podemos acercar, es como... no sé, algo parece fluctuar en el aire, según te acercas. Radar ha dicho que todavía hay un fuerte campo mágico, que nos mantengamos apartados en lo posible.

Hacía un sol de justicia, y ahora empieza una tormenta.

Mañana será otro día.

jueves, 18 de agosto de 2011

Jueves sólo para Rolando

Esta es Sofonisba, princesa cartaginesa, hermana de Aníbal, llorando ante la copa de veneno que ha conseguido enviarle su amado, el príncipe númida Massinisa. Antes de permitir ser exhibida como trofeo en Roma, Sofonisba prefirió la muerte. Historias que me contaba Javier, tragedias. Me impresionan mucho las lágrimas pintadas por Malarz Antoni Gruszecki en este cuadro, en 1793.

Tengo que llamar a Javier. Espero poder localizarle. Tengo que decirle que su hermano ha muerto...

Por lo demás, no sabía si escribir, ahora que me han devuelto el portátil. Han tardado un par de días, organizando el nuevo sistema, porque la brecha en la seguridad ha sido enorme. Brau tiene razón, hay que quitarse el sombrero, Popov es un enemigo astuto y terriblemente peligroso.

Ahora, las comunicaciones son seguras. Ya puedo volver a escribir. Y sé que me lees, Rodrigo, mi futuro ex-amante. Sé que me lees, Andy, Grecia. Brau, Hidalgo, Blanca, Pilar... Pero, espero que lo entendáis: da igual. Da exactamente igual.

Lo que escriba a partir de ahora, en todos los días que me queden en esta tierra, será sólo para Rolando.

Eso sí me anima a seguir con el blog, ¿sabes?. He pensado que, si como dice Brau, puedes verme de algún modo, desde algún sitio donde estás haciendo algo (aunque creo que en parte lo dijo para consolarme), quizá puedas leer estas cosas que te cuento. Por eso, este blog nunca ha tenido más sentido que ahora.

Recuerdo aquella vez que me dijiste que estabas intentando volver a enamorarte de mí, pero que no lo conseguías. Me atormenta preguntarme si al final lo lograste... o si lo logré yo, vaya. Al fin y al cabo, debería ser logro mío, el amor es algo que debe merecerse. Y sé que hay muchas cosas que he hecho, y otras que haré, que no te gustan nada, pero intentaré mejorar.

Y voy a conseguirlo. A partir de ahora, voy a actuar en esta guerra del modo en que tú deseabas que lo hiciese.

Me han pedido que les ayude a tenderle una trampa a Volodia Popov. Enrique y Jon no querían, dicen que no estoy en condiciones, pero... es que no había nada que discutir. Ni siquiera era necesario que me lo pidiesen, hubiese suplicado yo "por favor" que me dejaran hacerlo. Quiero que cojamos a ese hijo de la gran puta y quiero ejecutarlo yo misma por lo que le ha hecho a mi familia, a todos los que quiero, y por lo que le está haciendo a este mundo.

La primera parte del plan pasa por hacerles creer que he caído en desgracia, por eso me mandan para el norte otra vez, supuestamente a quedar enclaustrada con mi hija. Como si me hubiesen perdonado la vida por ser algo así como la "viuda" de Rolando, pero intentando apartarme lo más posible, por indeseable. Por traidora y necrófila, como dijo Pilar...

No, no quiero pensar en eso...

Voy convenientemente escoltada por Sol y Radar, que se comportan públicamente como si fueran Agentes Especiales del FBI con inicio de úlcera de estómago. Y mira que son un encanto, la verdad es que no han podido ser más amables conmigo. De hecho, menos mal que están. Vamos en el Hummer nosotros tres, además de Jon y Enrique, pero estos últimos apenas me dirigen la palabra.

A prudente distancia nos sigue otro grupo, no sé quiénes lo forman. Su misión será ayudar a atrapar a Popov cuando éste vuelva a intentar contactar conmigo. Porque saben que volverá a hacerlo.

Radar dice que llevo encima un marcador mágico.

Es algo que me han colocado esos cabrones. Personalmente, no sé si es que quieren algo de mí o simplemente saber dónde ando, para poder eliminarme en cuanto lo deseen. Capaces. Recuerdo lo que dijo de Los Sabios. ¿Quiénes serán? ¿Y dónde estarán? Muy sabios no pueden ser, porque están en el bando equivocado.

Da igual, sea como sea, espero que realmente vengan a por mí. Lo único que me molesta de todo esto es que me siento muy incómoda sabiendo que soy una diana ambulante. Por si eso no fuese suficiente, Radar dice que es posible que brille, a ciertos niveles, y no sólo para Popov y Loa. O sea, que otros también podrían detectarme.

Maldeciría mi suerte de no ser porque me alegro: todo lo que pueda servir para atrapar a ese asesino, a ese traidor a la raza humana, merece la pena. No le perdoné lo de mi padre pero, por lo que te ha hecho a ti, juro que le mataré yo misma.

Y, total, si muero, me reuniré contigo. Si existe ese lugar que mencionó Brau, lo encontraré.

lunes, 15 de agosto de 2011

Lunes de Grito Áspero


Detalle del Le char de la mort, de Théophile Schuler, pintado en 1848 y que ya utilicé en cierta ocasión.

He cambiado el nombre que venía (el pintor puso el suyo) por el que puedes ver...

Dos día he podido retener a Rolando a mi lado, más allá de la muerte. Me esperaba oculto en el Hummer mientras yo hacía la pantomima de su funeral, simulando un gran dolor pero soñando secretamente con volver cuanto antes a sus brazos. Me mostré evasiva con Jon y con Enrique, que intentaba darme un consuelo que no necesitaba.

Y, sobre todo, traté de engañarme cuanto pude. Le llevé comida, de distintos tipos, incluso me recorrí el campamento entero en busca de su fruta preferida. Pero nada, Rolando no comía. No bebía. No, no lo estoy explicando bien. Comía y bebía si yo se lo ordenaba, como cualquier otra cosa. En caso contrario, permanecía quieto y pasivo.

Lo que estaba claro, era que no necesitaba comer.

Me ha dicho Enrique si no siento vergüenza. Me ha dicho si no siento horror, por lo sucedido. Por haber estado revolcándome con esa masa de carne muerta animada, carente de toda voluntad. Yo es que... era Rolando.

Me ha dicho que estoy enferma...

No me importó. Durante dos días lo arranqué de las garras de la muerte y estuve con él, y pude despedirme. Le llevé en el Hummer hasta Santa Elena. Estaba pensando cómo esconderle, buscar algún sitio. Quizá, incluso, ni siquiera hubiese sido necesario. Creo que vamos a separarnos, he oído rumores aunque no he prestado mucha atención, quizá sean bulos. Esa hubiera sido una buena solución. Pensaba pedirle a Enrique que cuidase de Jon, afirmar que iba a reunirme con Beatriz, pero marcharme con Rolando y vivir felices durante el tiempo que nos fuera posible.

Pero, no ha habido opción.

Anoche, me desperté de pronto. Me había quedado dormida en el Hummer, pero Rolando no estaba conmigo. Era él quien forcejeaba con la puerta. Entró con su calma de siempre, pero supe que algo había pasado. Se sentó y se quedó mirando al frente. Yo me vestí, empezando a sentir la angustia...

- ¿Dónde has estado? - un absurdo. He dicho que Rolando no comía ni bebía. Tampoco hablaba. Se limitó a mirarme un segundo, luego volvió a fijar la vista en ese punto perdido que siempre parecía tener delante. Si había salido, era porque obedecía alguna orden. Y si era así, eso significaba que alguien lo manejaba.

Le miré también, largo rato, mientras las piezas del rompecabezas giraban en mi mente hasta encontrar su lugar. Y, de pronto, lo vi claro.

Popov me había engañado.

No me sorprendió. Qué cuitada. Como si ese hombre pudiera hacer algo, lo que fuera, sin dar mil rodeos. No habían querido sacar nada del cuerpo de Rolando, eso había sido el montaje, el movimiento de mano del prestidigitador, que busca atraer la atención del público. La verdad, la auténtica realidad, era que querían tener a alguien en el campamento, para hacer algo. Y yo deseaba desesperadamente retener a Rolando...

- ¿Qué has cogido? - pregunté. Era la opción fácil. No hablaba, no razonaba, por lo que supuse que no esperaban de él una información verbal. Tenía que ser algún documento, o hacer alguna cosa. Tuve suerte. Sacó del bolsillo una libreta y me la tendió. Yo la reconocí, habían apuntado allí mi nombre, cuando nos unimos al campamento, Rolando me llevó ante Grecia y ella lo anotó. Anotaba allí a todos los que tenían Nuiz.

- Yo no lo tengo. Ni tengo ordenador - añadió, con una sonrisa. Grecia es una mujer impresionante, de verdad. Posee una de esas personalidades magnéticas que hacen que quieras formar parte de su equipo, más que nada en el mundo - Soy la opción más segura. Nadie pensará que lo tengo yo, ni que lo tengo en una libreta vieja.

Qué lejos me pareció que quedaba aquello y no han sido más que unos días. Pero es que, en la batalla, siento que pasamos años. Y, luego, con el dolor...

Popov me había engañado. Aún así, empecé a darle vueltas cómo podría conseguir que Rolando dejase de espiar para él y que permaneciera a mi lado. Pero, entonces, llamaron a una de las ventanillas delanteras. Me asomé. Era Blanca, con una ceja rota. Un hilillo de sangre recorría su mejilla. Oh, no, pensé, suponiendo qué era lo que había pasado. Maldición.

- Tenemos que hablar, Rebeca - me dijo. Asentí, sentándome tras el volante, como si fuese a abrirle la puerta. En su lugar, arranqué violentamente - ¡Reb! - gritó Blanca, y se agarró al Hummer. Aceleré y giré, pero estaba bien aferrada, la maldita. No conseguí quitármela de encima.

Las luces me mostraron el campamento, lleno de obstáculos, pero conduje a toda velocidad. Casi atropello a Enrique, que salió de alguna parte y apenas tuvo tiempo de arrojarse a un lado. Me llevé por delante una de las tiendas de intendencia, creo que reventé algunos sacos de harina, porque todo se puso repentinamente blanco. Por suerte, gracias a algún dios olvidado, no atropellé a nadie. Y eso que había mucha gente con petates, por todas partes.

Y, de pronto, ya no estábamos en el campamento, si no en algún lugar, por ahí. No me sonaba, aunque luego supe que estábamos cerca de la tumba de Rolando. Qué apropiado.

Me quedé muy quieta. El Hummer parecía contener dos muertos, uno delante, otro detrás.

Fuera, Blanca se soltó, pálida y despeinada. Golpeó la ventanilla con una mano.

- ¿Qué te crees que estás haciendo, Reb? ¿Eh? ¡Abre la puñetera puerta! ¡Abre, te digo! - los muertos no tenemos voluntad. Obedecemos a los vivos. Me moví lentamente y quité el seguro. Blanca abrió de inmediato desde fuera. Hizo ademán de entrar pero se tapó las narices y reculó, entre arcadas. Cayó de rodillas y vomitó entre unos matorrales. La estaba mirando, sin emoción alguna, cuando llegó Enrique, corriendo - ¡No! - le gritó Blanca, alzando una mano. Pero Enrique ya había llegado a mi sitio y actuó igual. Lanzó una maldición, tapándose las narices.

- ¿Qué cojones...? - empezó - ¡Huele a muerto! ¡A podrido!

- ¡Es Rolando! - le explicó Blanca - ¡Lo ha revivido, no sé cómo! ¡Está en el coche!

Me perturbaban, me confundían. Juro que yo no sentía olor alguno. O, a lo más, el olor de Rolando, ese olor amado que quería percibir por siempre. Pero Enrique me cogió por un brazo y me arrastró fuera del vehículo, apartándome varios metros.

- ¿Qué hacemos? - le preguntó a Blanca. Ella miraba el coche, con expresión... indescriptible. Se limpió la boca, poniéndose en pie, y avanzó un par de pasos.

- Rolando... - llamó - Rolando, ven a mí.

- ¡No! - grité, forcejeando con Enrique - ¡Déjale! ¡No te atrevas! ¡No disimules, le buscas desde aquella vez que te salvó! ¡Has estado todo el tiempo como una perra en celo, tras él!

Sé que dije cosas así, y peores todavía, pero Blanca no me hizo más caso. Siguió llamando a Rolando, en los mismos términos, y yo me detuve bruscamente cuando se abrió la puerta del Hummer. En realidad, fue un proceso lento. Primero se oyó el click del seguro de la puerta trasera. Luego, silencio. Nada se movió durante largos segundos. Pero, el planeta seguía girando, no se había detenido todo para siempre.

La puerta se abrió. Salió una pierna, el pie calzado con botas militares se apoyó firmemente en el suelo; luego el otro pie, y Rolando salió al exterior, oscuro y pálido. Como Loa, pensé, sorprendida, aterrada. Como su creador.

- Madre del amor hermoso... - susurró Enrique, haciéndome daño - Rebeca, qué has hecho...

- Dejadle, dejadnos... - sollocé. Hasta yo sentí entonces el profundo hedor que desprendía el cuerpo de Rolando. Ese cuerpo que, ni una hora antes, había estado besando y abrazando. Con el que me había acostado cada segundo libre, en los últimos dos días.

Olía a cadáver. Olía a muerte...

Me incliné a un lado y vomité. Apenas fui consciente de cómo Blanca extendía las manos a los lados, con un gesto suave y elegante. Miró a Rolando con pena y con cariño, sé que le apreciaba mucho, más allá del hecho de que realmente pienso que la atraía. Y luego, cerró los ojos.

No sé qué pasó, porque me sobrevino una nueva arcada. Enrique me sujetó mientras vaciaba mi casi vacío estómago entre los matorrales.

Cuando volví a mirar, Rolando estaba caído en el suelo. Era un cadáver en pleno proceso de putrefacción. Y yo grité, y grite, un grito áspero que no creí que mi garganta pudiera lanzar sin romperse como cartón; pero no sirvió de nada, la realidad no se transformaba en otra cosa.

Enterramos a Rolando en su propia tumba. Donde siempre debió estar, dijo Enrique. Le odié por ello.

Sé que él y Blanca están estudiando si denunciarme o no. No creo que lo hagan. Él me quiere, ella me compadece.

La verdad, no me importa.

No consigo quitarme de encima el olor a muerte...

domingo, 14 de agosto de 2011

Domingo de Frío Tacto


El entierro prematuro, de Antoine Joseph Wiertz, 1854.

Me atormenta ese rostro transfigurado por el espanto, esa boca distorsionada por un grito de horror. Resulta espeluznante.

Yo no he hecho eso, no he hecho nada malo. El problema es que, mientras insisto en repetirlo, en mi interior sé que... Oh, Dios, me estoy volviendo loca.

Hoy es domingo, pero en estos días han pasado muchas cosas, demasiadas para una sola entrada. Iré contándolas lo mejor que pueda, quizá una justo a continuación de la otra o quizá lo deje con esto hoy y siga mañana. En todo caso, la historia sera una y única. Juzgad vosotros hasta qué punto soy o no culpable de algo...

El otro día oí un ruido, sí. Salí de la tienda y me encontré con una figura conocida: Volodia Popov. Iba envuelto en una especie de capa oscura que lo difuminaba en la negrura del mundo, en cuanto se separaba unos pocos metros. Al otro, no lo vi en un principio. También iba de oscuro, aunque su rostro era muy pálido. Alto y extremadamente delgado, con ojos como carbones encendidos.

Popov tenía una pistola. Me indicó que entrase en el Hummer. Ellos se sentaron atrás. Nos miramos a través del espejo retrovisor.

- Rebeca, los Sabios quieren tu muerte - me abstuve de preguntar quiénes eran los Sabios. El saboteador que detuvimos con el agua también los mencionó. Alguna panda de tarados. Me tienen harta - Debería matarte ahora mismo por tu sacrilegio, pero en realidad he venido a ofrecerte algo - adelantó la pistola y me acarició el cuello - Por los viejos tiempos, devushka.

- No vas a disparar. Alertarías a todos. Pero yo sí pienso gritar. Total, me da por culo todo lo que pueda pasarme - le dije, brutalmente - Rolando ha muerto. Ya no me importa nada...

- Pero qué mala madre has sido siempre - chasqueó los dientes. No pude evitar alarmarme. ¿Se refería a Beatriz? - No te conviene perder esta oportunidad. No es verdad, Rolando no está muerto.

Eso me sobresaltó.

- Qué tontería. Murió prácticamente en mis brazos. Le he visto muerto durante días. Le han hecho pruebas y de todo. Está muerto.

- No lo está. Está... atrapado. Pero puede ser liberado. El tiempo apremia. Pronto su cuerpo no servirá de nada. Le pasa como tu amigo Brau, la conexión se pierde, y el cuerpo abandonado detrás lo sufre. Pero mi amigo - señaló a su acompañante, que no se inmutó - puede restaurar las cosas.

- ¿Quién es?

- ¿A quién le importan ya los nombres? Puedes referirte a él por Loa. Es su alias.

Loa, pensé. El nombre de los espíritus del vudú. Estaba por asegurar que aquel tipejo siniestro era Damballa en persona. Y, por supuesto, aquello sembró la idea de la explicación de todo, pero me negué a creerlo.

- ¿Me puede devolver a Rolando? ¿Pero sería Rolando de verdad?

- ¿Qué otro iba a ser? Ya te digo que simplemente el cordón de plata se ha roto. No está muerto, esto no es una novela de terror, es la vida real. Loa ayudará a Rolando a regresar. Y tú estarás contenta.

- Y... ¿a cambio?

- A cambio, nos dejarás extraer una cosa del cuerpo de Rolando.

- ¿El qué?

- No te lo puedo decir. No te corresponde. Pero no será nada perjudicial para Rolando. Lo que pasa es que necesitamos que esté despierto y relajado, o no saldrá bien. Tú puedes ayudarnos en eso. Y apremia el tiempo. Si pasa de esta noche, no sé si será viable.

Supongo que me lo pensé un par de minutos, pero estaba decidido desde el mismo instante en que se me planteó la posibilidad. Ignoré mis aprensiones sobre el vudú, olvidé que estaba en presencia del asesino de mi padre, del hombre que amenazaba a mis hijos. ¡Recuperar a Rolando! Por cierto, eso justificaba cualquier cosa.

O eso creía.

Les llevé sigilosamente al camión donde esperaba el ataúd de Rolando. Lo abrieron, sin hacer ningún ruido. A la luz de la antorcha la piel de Rolando parecía plata azul. Me dio miedo. Loa empezó a murmurar algo, pasó las manos sobre el rostro de Rolando. Al tercer pase, el cuerpo que había parecido muerto, abrió los ojos. Estaban blancos. Muertos. Ahogué un grito.

- Tais-toi, femme! - ordenó Loa. Apoyó una mano en el corazón de Rolando - Bat, bat, les routes de fusionner,les frontières disparaissent...

El cuerpo se estremeció, como con una convulsión. Pero esta vez no grité. Estaba demasiado aterrada.

- Tócale, devushka- susurró Popov. Loa desenvainó un cuchillo, una pequeña daga de plata - Cógele una mano, dile algo tranquilizador.

Yo obedecí. Le cogí la mano y susurre "Amor mío, esto es necesario, volveremos a estar juntos. Nada más importará..." o alguna sandez semejante. Entonces, Loa clavó la daga y realizó una incisión no muy larga, pero sí profunda. El cuerpo no sangró. No sangró. Debí pensar en ello. Pero, la mano de Rolando apretó salvajemente la mía y pensé "los muertos no sufren dolor".

- ¡Estás vivo! - exclamé, y la voz se me ahogó entre lágrimas, mientras le besaba - ¡Vivo, vivo, vivo...!

- Cálmate - me ordenó Popov. Loa estaba cosiendo la herida, usando una aguja de tamaño considerable y un cordel grueso. Me maldije, por no haber estado atenta a ver qué era lo que querían extraerle. Pero qué ilusa soy... - Al final, vas a alertar a alguno de tus amigos y vamos a tener un disgusto.

- Nada me impide avisarles ahora - repliqué, encendida. Popov y Loa intercambiaron una mirada.

- Yo que tú, mantendría esto en secreto. Te recuerdo que todos le daban por muerto. Está en un ataúd, mañana lo enterrarán. Dime, ¿qué crees que harán Grecia, o Hidalgocinis, o qué hará Casas? ¿O peor, qué hará Rodrigo? Está loco, lo sabes. Perdió la cabeza hace mucho y, encima, su hija ha muerto. Cogerá esa espada que tanto le gusta y abrirá a Rolando por la mitad. Por simple precaución. Y, si tú te interpones... - me miró una mirada un tanto turbia - Bueno, a saber. Quizá empiece usando otra cosa antes que la espada. Pero terminará blandiendo a Espiga de Arroz. No lo dudes.

- No es cierto. Rodrigo... - bueno, no pude defender su cordura. No la tiene - Él no haría eso.

- ¿Lo primero, o lo segundo? - se echó a reír entre dientes - Ambas cosas, ya lo creo. Seguro que sí. En todo caso, te diré lo que haré yo - se inclinó hacia mí: - Te he devuelto a Rolando por cortesía, ya que nos ayudas, y por los viejos tiempos. Pero no voy a permitir de ningún modo que siga siendo un peligro para mi bando. Loa puede traerlo. Loa puede llevárselo.

El hombre espectro apretó su mano sobre el corazón de Rolando.

- Dors, dors,routes séparées, disntancias surgissent...

Rolando se estremeció. La mano que sujetaba la mía perdió fuerza. Tuve la sensación de que volvía a verle morir, y casi muero con él.

- ¡No! ¡Detente! - supliqué y lloré, aterrada. Estaba también confusa, aturdida. No podía pensar claramente - ¡Está bien, no diré nada! ¡Nada en absoluto!

Loa se detuvo. Tras terminar lo que estuviera haciendo (un ritual vudú, un zombi, me decía una vocecilla, la poca cordura que me quedaba a mí, y que se ahogaba en el remolino de dolor), ordenó a Rolando que se sentase. Rolando lo hizo. Miró al frente, como si nada importase. Pero, cuando me interpuse... juraría que sus pupilas titilaron. Quiero jurarlo. Quiero creerlo.

- Le mantendrás contigo, en secreto - me ordenó Popov. Asentí, repitiendo esas palabras como si fuesen un conjuro. Otra vez, ese leve titilar en los ojos de Rolando, esa sensación de que había alguien al otro lado, mirándome en respuesta. Popov y Loa se dispusieron a irse - Loa lo sabrá, si transgredes el pacto. Спокойной ночи, Ребекка.

Me quedé sola con Rolando. Tardé un poco en reaccionar. Me dio miedo que nos encontraran, así que le pedí que me ayudase. Llenamos de rocas su ataúd, para simular su peso, y lo aseguré con unos clavos y mi Nuiz de energía. El que él me había dejado en herencia.

Luego, me lo llevé a mi tienda. Intenté que cenase algo, pero no comía si no insistía, y no hablaba. Yo le necesitaba tanto, tanto, después de estos días tan terribles... Hicimos el amor. Estaba frío, y duro, y yo era cálida y moldeable como arcilla. Luego, por si acaso venía alguien por la mañana, le llevé al Hummer, puse unos toldos, le tapé bien y le ordené que no se moviera de allí.

A Enrique y a Jon les dije que fuesen en otro vehículo, que quería estar sola. Se lo dije a todo el mundo. A la mierda el mundo, pensaba.

Quería estar con él.

jueves, 11 de agosto de 2011

Viernes de Desolación

Así me siento. Como esta Magdalena destrozada del Entierro, pintado en 1883 por Antonio Ciseri.

Avanzamos. Tras días enterrando a nuestros muertos, o quemándolos, hemos salido. Sé que me han dicho hacia dónde vamos, pero no me acuerdo. A ratos conduce Enrique, a ratos Jon. Se me ocurrió decir que no tiene carnet, que aún no ha cumplido los dieciocho pero, claro, era una tontería. Creo que, de no ser por lo trágico del momento, ambos se hubiesen echado a reír.

- Papá me enseñó a conducir - me soltó entonces Jon. Eso me sorprendió y se lo dije. Que no sabía que Javier le había dejado coger su coche. Es que, no acababa de creérmelo. Con lo que lo cuidaba... - No, no me refiero a Javier, aunque también fue mi padre, o lo es, donde quiera que esté ahora mismo. Me refiero a Rolando. Me enseñó a conducir, en el Hummer, cuando salíamos de vigilancia, en los alrededores de Villa A.

Qué lejos me suena ahora todo eso. Hasta siento nostalgia de aquellos días, no fueron tan... bueno sí, pero siento nostalgia. Y tengo allí una hija, Beatriz... y una madre, claro.

- ¿Por qué no me lo dijisteis? - pregunté, con la sensación de que me habían robado un trocito de sus vidas. Momentos irrecuperables, ahora que Rolando ya no está . Y Jon... Jon me ha perdonado a duras penas, porque sabe cómo me siento. Pero, cuando nos miramos a los ojos, creo que jamás va a olvidar que yo maté a Rosa María. Y a su hijo - Me hubiese gustado acompañaros.

- Rolando decía que te preocuparías. Que siempre te preocupabas por las cosas que no tenían importancia y no te fijabas en las que sí la tenían - el tono, ligero, le quitó hierro al asunto. Me besó en la mejilla, intuyendo seguramente que volvía a estar a punto de llorar - Y mucha.

Así, que ha conducido el Hummer de su padre. Ahora es suyo, supongo. Enrique iba con él. Aunque es un coche amplio y a veces hemos ido los tres delante, prefiero quedarme atrás. Así, puedo llorar si quiero.

Llevamos a Rolando. Me han entregado ya sus restos y mañana me han prometido un entierro adecuado. Será, eso sí, junto al camino. No podemos parar demasiado ni ir a ninguna parte que no nos pille de paso. Bueno, a él le parecería bien. Descansará bajo la tierra, él, que no tuvo descanso mientras caminaba sobre ella.

Oh, Señor. Sé que no soy de ninguna ayuda, sé que Rolando me lo reprocharía y con razón, que me diría que no es momento de mesarse los cabellos, que es momentos de luchar y de seguir luchando. Pero me siento tan, tan rota...

He tardado un poco en seguir porque ha venido Enrique, que veía luz en mi tienda. Está preocupado, lo sé. No puedo hacer nada al respecto. Le he dicho que ahora me acostaré y se ha ido, aunque creo que hubiera preferido quedarse a dormir, sólo dormir, conmigo. Pero, desde lo de la Madre, nada, que no conseguimos encontrar el modo de volver a ser amigos...

Bueno, intentaré dormir, ya que lo he dicho. Y eso que, la verdad es que últimamente apenas duermo. Mira que me gustaría, para no tener que pensar, pero así son las cosas.

He oído un ruido fuera. Quizá sea Enrique. Voy a ver...

martes, 9 de agosto de 2011

Martes de Dolor Eterno

Dolor inconsolable, de Ivan Nikolaevich Kramskoi, pintado en 1884.

Así me siento yo. Inconsolable. La verdad es que no tengo ganas de escribir. Pasan y pasan los días y no consigo ver más allá en mi futuro, me siento siempre envuelta en un intenso color negro.

Sé que los demás han relatado lo que sucedió en la batalla, cuando nos enfrentamos a un paisaje poblado de molinos blancos, entre los que se movían seres muy oscuros. Sé que describieron cómo eran ellos y quiénes éramos nosotros. Seguro que a nadie le sorprenderá saber que ni siquiera entonces me importaba si había gente en moto o en ala delta, o si llevaban espadas o lanzallamas. Y, ahora, no dejo de pensar que, quizá, si hubiese estado más atenta, si hubiese prestado más atención...

La guerra no me interesa ni me gusta. Pero las guerras raramente se eligen. Te caen encima.

De todo lo que allí pasó, en el fragor del combate, la conclusión que me queda es que soy idiota.

Idiota, lenta, estúpida...

Si hubiese actuado antes, si hubiese estado vigilando, respaldando a Rolando... Pero se me escapó, se me perdió entre la multitud que formaba el ejército humano. Estaba aturdida. Demasiada gente por todas partes, demasiadas voces, demasiadas emociones. Y además yo tenía la mente fija en Jon, me aterraba lo que pudiera pasarle. Amé mucho a Rolando, muchísimo, bien lo sabes a estas alturas, si has seguido leyéndome, pero nada se parece a lo que siento por mi hijo. La verdad, estando él allí, no creí que yo, precisamente yo, fuese a sobrevivir. Mientras contemplaba el campo de batalla, sintiendo en las mejillas esa brisa que olía a demonio y a mundo extraño, pensé que daría la vida por él, por Jon.

Sí que vi un rostro que me sobresaltó: un individuo de piel cetrina y ojos muy claros, que identifiqué como uno de los ayudantes más cercanos de Popov. ¿Otro saboteador?, me pregunté. Tras el que localicé yo, y el que interceptó Blanca, no me extrañó: esos fanáticos tienen gente actuando en todos los frentes. Además, recuerdo que veía un tridente rojo. Tres. Pese a no tener ya el Nuiz de Hidalgocinis, de pronto supe con toda seguridad que el grupo se componía de tres saboteadores.

Abrí la boca para avisar a Enrique, que estaba a mi lado, armado con una pistola y una espada, pero no me dio tiempo. Justo en ese momento, empezó la batalla.

Y luego, todo fue explosión y llama, sangre y gritos. Y muerte, mucha muerte. No sé cuándo se me acabaron las balas de la pistola, o cuándo perdí el apoyo, a mi espalda, de Enrique. Tengo recuerdos fugaces, inconexos: Rodrigo, gritando espada en ristre; Brau, temblando, respirando profundo; Hidalgocinis, sobre el caballo encabritado; Blanca, pálida y hermosa, dándonos ella sola esa oportunidad única que nos ha salvado...

El olor a pólvora, el sabor a pólvora...

Me recuerdo helada por dentro, furiosa por fuera, enfrentándome al monstruo intentaba acercarse al cráter en el que había caído Rolando. Es curioso, por más que lo intento, no consigo saber qué pasó antes. Dicen que Rolando fue luz y poder, que combatió bravamente y que la criatura lo lanzó lejos, a más de cien metros. Pero sólo recuerdo el boquete, y su cuerpo destrozado entre mis brazos. Me miró, juro que me miró, y sentí el intenso calor que emitía. Fue... como un sacudida. Debí seguir con él, debí besarle, pero el demonio ya estaba casi encima. Alcé a Steampunk y le disparé, una, dos, tres veces...

Quería matar al puto bicho. Joder, sigo queriendo matarlo, reventarlo, hacerlo saltar por los aires. Pero Steampunk se encasquilló. Maldita sea.

Me atormento pensando que fue justo en ese momento, justo en el instante en que falló el arma que me había regalado, cuando Rolando murió.

No puedo soportarlo. No podía entonces, no puedo ahora, aunque no hable apenas y me mantenga con los ojos secos. He aprendido, me contengo. Pero, entonces, gritaba y gritaba, llorando, y Jon quería sacarme de allí pero yo me aferraba al cuerpo roto de Rolando, a la tierra convulsionada, no podía permitirlo. Aún tenía esperanzas, aún me costaba creer que hubiese ocurrido lo inconcebible. Durante años, viví con la esperanza que me daba ese sentimiento que surgía de mi corazón, esa seguridad de que Rolando vivía. Seguía vivo en algún sitio, lo sabía, nos volveríamos a encontrar.

Ahora sé que ha muerto. Todo es vacío...

Jon me dejó inconsciente de un puñetazo. Luego me dijo que no sabía qué otra cosa hacer, para controlarme en mi histeria y alejarme del campo de batalla. Supongo que hizo bien. Yo ya no podía combatir, no servía para nada, estaba rota.

Estoy sentada en el Hummer, en un desesperado intento de sentirle cerca. Qué tontería. Sólo espero que me dejen enterrarlo. Algunos querían hacer unas pruebas o algo así, no sé, no me he negado porque sé que le tratarán con respeto. Quiero que descanse pero soy adulta y sé que, lo que era, ya no está. Tampoco importa, no van a encontrar nada. Aquel calor, cuando le abracé...

Tengo su Nuiz. Y sé que, a partir de ahora, me acompañará siempre, siempre, que convivirá con mi propio poder único. Es su regalo, es su legado. Espero ser digna de él. Espero haber aprendido mucho con la lección recibida, porque ha sido tremendamente dura.

Anochece. Intento simular calma, mientras contemplo las colinas cubiertas de sangre.

Dicen que hemos vencido.

sábado, 6 de agosto de 2011

Viernes y Sábado Hacia el Sur

Napoleón cerca de Borodino, pintado en 1897 por Vasiliy Vasilyevich Vereshagin.

Hemos llegado por fin a Jerez y estamos montando un campamento considerable. Rolando, Grecia y Armando Casas se han reunido con Hidalgocinis y otros en un promontorio cercano, aprovechando los últimos minutos de luz, mientras les levantaban la tienda que van a usar para las reuniones. De ahí el gráfico, con los líderes, como dice mi amiga Blanca. A mí no me han invitado, no debo ser líder de nada. Que les den. Tampoco quería ir.

Rolando me ha dicho que el prisionero, el hombre que encontré saboteando el agua, se ha suicidado con una píldora de cianuro. Maldita sea, pensaba que esas cosas sólo pasaban en las películas. A ver cómo conseguimos ahora saber quién lo mandó, cuál era el plan completo, o dónde encontrar a los suyos... En fin.

Por lo demás, no tengo mucho que decir, ando de un humor extraño. Estoy cansada por el largo viaje, algo que siempre me pone de pésimo humor y, además, cuando llevábamos un par de horas aquí, ha aparecido un helicóptero en el que venían Sol, Radar y Jon. Me he llevado un enorme disgusto, no sólo por ver a mi hijo en este lugar, en plena primera línea de combate (eso se rumorea, aunque Rolando está más parco que nunca en palabras) sino porque ni siquiera ha querido mirarme.

Me he escondido en el Hummer y he podido llorar a gusto. Joder, qué difícil es esto. Prefiero mil veces pasar por una experiencia como fue mi enfrentamiento con el Edterran a tener que volver a ver esa distancia en la expresión de Jon.

Rolando me ha encontrado. Me ha dicho que sea paciente, que el chico reaccionará, que tengo que entenderlo... Bueno, claro. Para eso estamos las madres.

Luego, me he centrado en el trabajo, para no pensar. Ayudo un poco en el reparto de las comidas, a recoger y tal. No hago mucho caso ni lo hago demasiado bien, no me apetece, preferiría ser líder chuli y estar en la colina limándome las uñas y diciendo cosas como "De mañana no pasa que tomemos el castillo" y tal. Blanca me suele dar charla, pero hoy no era capaz de centrarme en ninguna conversación, ni siquiera en el tema de los saboteadores, a ver si lo estudiamos más en serio mañana y decidimos algo.

Rolando me había comentado lo de que Blanca puede controlar los Nagishi, que es el nombre de esos pájaros que vimos el jueves. En realidad, son una de las especies de demonios. Las hembras son como lamias o harpías o así, los machos más como pájaros prehistóricos, que adquieren un color cada vez más rojo para ponerse seductores con las hembras. Como en el ser humano, vaya: nosotras más al día y los hombres reteniendo el gen del cromañón. Mundo este.

Lo más interesante del asunto es que, por lo que parece, Blanca tiene un par de esferas de Monoi que le otorgan ciertas capacidades mágicas. Haría un chiste fácil con lo del buen par de bolas que tiene, pero ejem, mejor no. O supongo que ya lo hice.

Después, se nos unió Enrique, y Pablo, el ex-marido de Blanca, que no me cae bien por lo que hizo pero al menos ahí se mantiene ahora, no sé. Y Sol y Radar, y se fue formando un grupo bastante grande, mientras cenábamos. La gente estaba impresionada por la situación, pero también había cierta moral en el ambiente, algo en lo que Radar tuvo mucho que ver, porque irradiaba seguridad. Aprecio mucho a Radar, pero hubiese preferido que hoy no hiciera una de sus arengas. El buen humor general que provocó (sin pasarse, claro, pero digamos que eliminó parcialmente el miedo) derivó en una multitud de conversaciones que me martilleaban la cabeza. Me volví al coche, pero hasta allí se oía el murmullo como un runrún molesto.

Por suerte, voy dominando el Nuiz del Silencio que tenía el saboteador. No sé si sirve para mucho más, pero ahora mismo, mientras escribo esto, alivia mi dolor de cabeza, y anoche me permitió moverme entre la gente dormida, cuando improvisamos campamento junto a la carretera. Me di una vuelta de vigilancia por los vehículos de intendencia, por si pillaba algún otro saboteador, no sé qué esperaba, una especie de Neptuno con un gran tridente rojo, o algo así. Nadie me oyó, pero es un rollo, ya que yo tampoco oigo nada, si lo hago a mi alrededor.

He probado a enfocarlo en otros puntos. Creo que podría funcionar de forma aceptable, pero aún no he logrado nada que dure más allá de un par de segundos, y dudo que tenga tiempo suficiente para aprovecharlo realmente.

Al menos, hemos llegado a Jerez. Ahora, la cosa creo que va a ser sencilla. O vencemos, o no quedará de nosotros ni la decepción por no haber ganado.

jueves, 4 de agosto de 2011

Jueves del Tridente Rojo

Como los datos de la imagen estaban en chino o algo así, puse enlace a su página en wikimedia. Así, de paso, se ve el original. Yo lo he coloreado en parte.

Pensé escribir antes, pero estaba tremendamente cansada. Tras la noche que he pasado, me apetecía dormir. Y más, sin estar agobiada por el Nuiz de Hidalgocinis. Lo siento por él, pero todos sabíamos que era temporal. Y ha supuesto un tremendo infierno. No tengo muchas ganas de dar un respiro a Brau, al menos no ahora mismo.

Pero anoche, todavía vivía como flotando en un delirio. Las visiones y la realidad se confundían. De hecho, cada vez tenía menos sentido todo.

Los molinos blancos, los muertos azules, las manos verdes... y de pronto veía también una especie de tridente, de color muy rojo, que cortaba el aire dejando una estela con forma de runa. Me resultaba... espeluznante, temía que terminase la runa, que se completase el dibujo, como el pentáculo de un conjuro aterrador que terminaría con todo. Y, había algo más. Olor a pólvora, a metal y a carne quemada...

Entre esos delirios se tambaleaba mi mente cuando fui hacia los camiones, me deslicé sigilosamente entre los toldos. Había gente de guardia por todo el campamento, siempre la hay, militares y guardia civil, que ya no es lo que entendíamos antes, o quizá es que el nombre ha vuelto a sus orígenes, no lo sé: son civiles que colaboran con los militares en el mantenimiento del orden.

He aprendido muchas cosas en los últimos meses. Por ejemplo, a deslizarme sin que se me oiga mucho. Así pude llegar hasta los camiones. No había nadie, pero no tardaron en cambiar las cosas. Sentí a mi lado una presencia, casi grito, pero una mano me tapó la boca. Era Enrique, que me llamó de todo, por irme de esa manera. No repliqué. Aparte de que tenía razón, todavía no hemos superado lo ocurrido en tierras de La Madre. Necesitamos tiempo.

Estaba riñéndome cuando oímos un ruido. Nos quedamos quietos, esperando, y en pocos segundos apareció el individuo ese, el supuesto hijo de la mujer. Subió al primer camión del agua y le perdimos de vista, así que hice un gesto a Enrique para que me siguiera, pero él me agarró y se coló delante. Se asomó al camión...

Le vi salir despedido, por una violenta patada en plena cara.

Enrique cayó hacia atrás y el hombre volvió a salir del camión, esgrimiendo una jeringuilla bastante grande, llena con un líquido amarillo. Tardó un momento en verme, lo suficiente como para que me diese tiempo a propinarle un par de golpes. El tercero, lo bloqueó sin mayor problema. Me manejo ya bastante bien en combate cuerpo a cuerpo, pero no tardé en percatarme de que no era rival para él. Me arreó un par de guantazos considerables.

La noticia mala llegó al darme cuenta de que no oía nada, absolutamente nada. El individuo ese debía tener un Nuiz que provocaba silencio, por lo cual, nadie se alertaría de lo que estaba pasando. A menos que Enrique recuperase el conocimiento, andaba fina. Desesperada, busqué quitarme disimuladamente un guante. Que pareciera accidental, no fuese a ponerse suspicaz y se liase más la cosa.

Y, por eso, la noticia buena llegó un segundo después, cuando, tras una potente patada, le di yo un puñetazo en pleno rostro.

Sentí algo como de electricidad estática hormigueando por mi cuerpo y, de pronto, el peso de las visiones se disipó. Como hielo al sol en una playa tropical. Sssshhh... y luego nada.

El hombre me empujó, caí contra un toldo y me agarré, arrastrando parte de la estructura conmigo. El estruendo fue notable y tuvo respuesta, voces de los soldados que estaban de guardia en las cercanías. El hombre me miró perplejo, dudó un momento y echó a correr; pero se detuvo un segundo para volver a mirarme, a pocos metros.

- Puta - masculló. Nunca me había alegrado tanto de oír a alguien insultarme - Juro que llevaremos tu cabeza a los Sabios.

Un disparo lo sacudió todo. El individuo cayó hacia atrás, gritando. Enrique se levantó, la pistola todavía en la mano.

- No lo mates - le advertí. Él agitó la cabeza.

- No pensaba hacerlo. Hay que interrogarlo - nos acercamos. El hombre parecía inconsciente, pero aún así extremamos la cautela, al menos hasta que comprobamos que su aspecto había cambiado, por completo. Su rostro no era el mismo, este era más ancho, con las cejas más gruesas.

Ahogué una exclamación. Así que tenía razón aquella visión, el hijo de esa mujer ya no estaba entre los vivos. A saber cuándo lo intercambiaron. Supuse que conseguirían el aspecto idéntico por medio de magia, que se había disipado con el shock y el desmayo.

Los soldados se llevaron al saboteador. Todavía no sé si ha dicho algo útil, algo que explique su acción. Rolando se unió a Enrique en la tanda de broncas. Intenté usar el nuevo Nuiz, para no tener que aguantarlo, pero no funcionó.

Tampoco ha importado mucho. Estaba demasiado feliz viéndome libre del Nuiz de Hidalgocinis. Luego, he pasado casi todo el día durmiendo, acurrucada en mi asiento del Hummer, excepto cuando he ayudado a Blanca a trabajar en el comedor, en el reparto para la comida. Es una chica muy agradable, incluso con los tiempos que corren, en que la gente tiene poca paciencia y es poco dada a la amabilidad. Creo que podremos ser amigas.

A eso de las cuatro y media me han despertado las voces y he visto que nos sobrevolaba un verdadero ejército de bichejos voladores (de ahí el gráfico que he puesto, son harpías, se parecen mucho, quizá la figura mitológica deriva de ahí). Rolando ha jurado en arameo, pero ha sido Enrique el que ha expresado en voz alta lo que los tres pensábamos:

- Si la hidra está descabezada - ha dicho - ¿Qué hacen esos uniéndose a la fiesta?

Una buena pregunta. Rolando ha apretado los labios y no ha contestado.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Miércoles de Manos Verdes

Alimony, pintado por John Stapleton, de StapletonArt.com, en el 2006. Lo pongo respetando las condiciones Creative Commons. A pesar de todo, me siguen importando estos detalles...

Yo buscaba unas manos verdes, algo semejante a las que he visto en mis visiones. Surgieron esta mañana, como una explosión repentina sobre los molinos blancos, cuando una mujer me preguntó si su hijo sobrevivirá a lo que nos espera. Es un luchador más, según me dijo, un hombre que fue abogado y que ahora sólo es superviviente, como todos. Forma parte de los grupos de trabajo que están a las órdenes de intendencia, del militar Armando Casas: son los que vemos distribuyendo materiales o trasladando cosas de un lado a otro, siempre ocupados en que el campamento funcione como un reloj.

La mujer quería saber qué futuro le espera a su hijo. Pobre. Muchos me han preguntado esa clase de cosas acerca de amigos o familiares o, muchas veces, sobre sí mismos. Supongo que se ha extendido la noticia de que tengo el Nuiz de Hidalgocinis y tratan de sonsacarme pedacitos de futuro.

Me pregunto si le hacen lo mismo a él, a Hidalgocinis, si le abordan con las pequeñas angustias de sus vidas. O quizá es que yo no tengo pinta de Caballero Místico. Supongo que me ven más asequible, más en el estilo de la bruja leyendo la bola de cristal.

No suelo responder, ni siquiera escuchar, porque las preguntas generan imágenes y se convierten en visiones que me perturban, pero la mujer me dio pena. Parecía tan... triste. Y yo, que soy madre también y llevo mi propia pena en mi interior, puedo comprenderla. Así que dejé que mi mente volase sobre los molinos blancos, sobre las colinas de sangre y más allá, buscando las huellas en el futuro de ese chico que jamás he conocido...

Y, de pronto, allí surgieron. Zas.

Unas manos verdes.

No sé, es posible que esa visión sólo se deba a mi falta de control de este Nuiz, pero creo que me avisan de una amenaza urgente.

Peligro, peligro, peligro y muerte...

Las manos se agitaron en el aire como pájaros, casi pájaros durante un instante, levantando un suave rumor de seda y plumas alborotadas. Ese sonido me perturbó el resto de la mañana y me ha despertado del pegajoso sopor en el que me atrapó el calor del mediodía. Había estado viendo esas manos en mis delirios, trabajando, moviéndose, abriendo, cerrando, haciendo cosas con toda diligencia, pero no se quedaron en simples sueños, me persiguieron más allá y no pude volver a dormir. Tampoco he querido comer.

Esas manos verdes, muy verdes, tan verdes, se movían envenenándolo todo con ese tono extraño, que implica vida en la naturaleza pero significaba muerte en mis visiones. No veía los brazos, pero sí un rostro, del que sólo captaba detalles. Unos ojos saltones, enormes, desquiciados. Una sonrisa llena de dientes. Sombras.

Tras varios intentos, cuando la cabeza me estallaba de puro dolor por el esfuerzo, pude distinguir detalles de dónde se encontraban: dos grandes camiones en los que se transporta el agua.

- ¿Llevamos agua en camiones? - pregunté a Rolando, sorprendida. No lo había pensado. Comida sí, pero no agua, quizá porque imagino más difícil su transporte. Rolando asintió, a mi lado; acabábamos de levantarnos de la mesa y estábamos sentados en el borde de la azotea de la casa que nos han asignado, con los pies colgados sobre el mundo. Él cortaba un melón, le apetecía de postre.

No le miré, sigo sin mirarle.

- Claro - respondió - Casas es un hombre precavido - hizo un gesto con la mano que empuñaba el cuchillo, como intentando abarcar la multitud que se movía por todas partes; el ejército humano, la esperanza de nuestro mundo - Fíjate cuántos somos y piensa en lo necesario que es ese recurso. Podríamos pasar un tiempo sin comida pero, sin agua, moriríamos en pocos días. Necesitamos asegurar reservas. Si llegáramos a un lugar en el que el suministro hubiese sido envenenado, por ejemplo, o comprometido de cualquier modo, nos veríamos en un grave problema. ¿Por qué?

- Pero aquí hay agua - dije por toda respuesta. Él se lo pensó un momento, me dio por imposible y me tendió una rodaja de melón. Dudé, pero lo cogí. Rolando y yo sabemos entendernos. No había dicho nada cuando no quise comer, pero yo supe que no me libraría de esa rodaja de fruta. Además, encajaba en mis visiones: estaba dulce y rezumaba agua. Recuerdo haber pensado que mis guantes blancos ya están muy sucios. No importa.

- Y la usamos. Y la de los camiones. Mira - volvió a señalar, esta vez hacia el polideportivo que hacía de hospital; la mano me dirigió algo más allá, en dirección a una zona cubierta con grandes toldos, entre los que podían verse algunos vehículos grandes, como camiones - Los han puesto entre el hospital y el comedor. Los hombres que mandamos por delante comprobaron la situación del suministro de agua del pueblo, entre otras condiciones básicas para el campamento. Estaba todo bien, así que, cuando nos vayamos a ir, se rellenarán todos los contenedores con agua fresca.

- Ya veo - susurré, intentando resolver el enigma que se ocultaba tras las piezas sueltas. Cuando se fue Rolando, hice llamar a la mujer y fui con ella, caminando entre los toldos, hacia el puesto de intendencia. Al pasar junto a los camiones, me señaló quién era su hijo. Un hombre fuerte, que cargaba con un bidón. Nos miró desde la distancia, serio; tardó unos segundos en saludar a su madre.

Dimos algunas vueltas más por allí, pero no sucedió nada. A ratos, las visiones se van. No me sorprendió, ya he aprendido que no soy su dueña, son ellas las que me poseen.

Nos despedimos. Vine. Me acosté.

Me he despertado con un nuevo revolotear de manos verdes, manos como pájaros, manos que ahora son pájaros y ahora no lo son.

Ahora sé que el hijo de esa mujer ya está muerto. Que quien vestía su piel, no era el mismo de siempre. No sé qué o quién era, pero debo impedir que haga lo que tiene pensado hacer. Aunque... me ha visto esta mañana. Quizá me esté esperando.

Rolando no está en casa, habrá tenido alguna de sus reuniones o cualquier otra urgencia, y se ha dejado el móvil aquí. No quiero llamar a otros, si están cerca puedo mirarles, o simplemente sentirles, y las visiones se desatan. No quiero.

Pero me ahoga la urgencia, debo ir a los camiones, cuanto antes. No puedo esperar.

Las manos verdes se mueven en ondas pesadas y densas. Ondas que parecen de agua, pero que no lo son, en las que se extiende algo amarillento. Y en mi visión de esta noche, algunas gotas amarillas caían desde esas manos verdes sobre un rostro de perfil.

Y se volvía azul.