martes, 2 de agosto de 2011

Martes de Muertos Azules

Smierc Ellenai, pintado por Jacek Malczewski, no sé cuándo.

Tampoco sé dónde estamos. La comitiva se ha detenido, a saber por cuánto tiempo... aunque creo que alguien me lo dijo, pero se me ha olvidado. Todo se me olvida. Mi cerebro no puede retener tanta información. Ruidos, olores, la continua marea de gente agitándose a nuestro alrededor, aturdiéndome... Es un pueblo entero, una pequeña ciudad en movimiento. Y no sólo en un instante del tiempo, no.

Esto cada vez va a peor, es como ponerse gafas y distinguir cada vez más detalles. Me va a estallar la cabeza. A veces me duele tanto que creo que se me ha reventado una vena en el cerebro. Rolando me ha dado algo para el dolor.

No quería bajar del coche. Ojalá hubiese podido quedarme allí, encogida y tiritando en mi asiento, intentando no ver y no pensar; pero Rolando dijo que debía caminar un poco, darme el aire. Ir al baño, lavarme y cambiarme de ropa. Y dormir un poco, de paso, bien estirada. Qué cosas. Ni siquiera había pensado en ello...

El aire huele a sangre. Me giro, y las colinas están empapadas. El aspa de un único molino permanece inmóvil. Sólo uno. Uno que daña silenciosamente el mundo, clavándole un diente. Como un vampiro o algo así. Muerde las colinas cubiertas de sangre. Me llena de espanto.

Se lo digo una y otra vez a Rolando, pero se limita a agitar la cabeza.

Me ha llevado a un lugar grande, una especie de hospital improvisado. Nada más entrar se me ha escapado un grito espantoso, que ha extendido una oleada de pánico en todas direcciones, pero luego he podido controlarme. Poco a poco aprendo a dominar las respuestas, aunque creo que jamás conseguiré tener bien atado este Nuiz. Es demasiado... perturbador.

Uso gafas negras, eso mitiga un poco las visiones. Pero, aún así, veo la gente muerta, en las esteras que hacen de camillas, o caminando por los pasillos o por la calle. Los veo desmembrados, despedazados, sufriendo con los intestinos fuera, ahogándose en su propia sangre... Puedo decir quién va a sobrevivir, quién no, quién perderá una pierna o un brazo...

El tiempo es una línea sinuosa, que se extiende desde siempre y para siempre. Por lo general, solemos estar anclados en un punto, avanzamos a un ritmo concreto.

Ahora, yo voy a la deriva, libre de sujeciones, sin control de la dirección. Chocándome y volcando como en los rápidos de un río.

Nos hemos encontrado prácticamente todos los que hemos comentado estos últimos meses a través de los blogs y he podido ponerles rostro. Ha sido gracioso ver a Blanca justo mientras leía su entrada del día. La imaginaba mayor, quizá por los cuatro hijos, pero no, tendrá más o menos mi edad y parece frágil y decidida a la vez. Casi he reído, porque es verdad que su conjunto es muy Xena, parece una auténtica Princesa Guerrera. Dice en su blog que soy hermosa. Me ha gustado. Y eso que no estoy en mi mejor momento...

Pilar estaba con la gitana y sus moteros. Muchos, no eran más que cadáveres ardiendo mientras bebían cerveza y reían. A dos de ellos no he podido mirarlos directamente. Me daba miedo.

Puedo equivocarme, seguramente me equivoco mucho, porque no controlo las visiones. A veces me doy cuenta de que, simplemente, se han mezclado ideas propias, o recuerdos. Me ha pasado, en varias ocasiones, como cuando estuve dando de alaridos porque veía que nos atacaba el propio suelo, convertido en una masa móvil y hambrienta, hasta que comprendí que era una película que vi de niña, Cuando ruge la marabunta. Creo... No estoy segura, pero casi.

Muchos de los que me rodean morirán pronto, otros más tarde, pero todos morirán. Es lo terrible de la Precognición, el ver el futuro de las cosas te recuerda continuamente que somos mortales. Los vivos y los muertos se me entremezclan y muchos de los muertos son azules, no comprendo por qué. Quizá por alguna otra película, por algún ahogado, por alguna razón absurda, en mis visiones muchos de ellos tienen la piel congestionada y azul. ¡Es aterrador! No quiero mirar a Rolando, porque me destruiría ver lo que podría ver; no quiero pensar en lo que vi al encontrarme con Brau. No quiero volver a ver a los moteros.

La gitana, Rosario, se me ha acercado, con cara de susto. Me consta que ella también ve más allá, en la línea. Pero no se ve a sí misma. Me fui, bruscamente.

Sé que quería preguntarme, sé qué quería preguntarme; pero yo no quería darle una respuesta.

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