jueves, 11 de agosto de 2011

Viernes de Desolación

Así me siento. Como esta Magdalena destrozada del Entierro, pintado en 1883 por Antonio Ciseri.

Avanzamos. Tras días enterrando a nuestros muertos, o quemándolos, hemos salido. Sé que me han dicho hacia dónde vamos, pero no me acuerdo. A ratos conduce Enrique, a ratos Jon. Se me ocurrió decir que no tiene carnet, que aún no ha cumplido los dieciocho pero, claro, era una tontería. Creo que, de no ser por lo trágico del momento, ambos se hubiesen echado a reír.

- Papá me enseñó a conducir - me soltó entonces Jon. Eso me sorprendió y se lo dije. Que no sabía que Javier le había dejado coger su coche. Es que, no acababa de creérmelo. Con lo que lo cuidaba... - No, no me refiero a Javier, aunque también fue mi padre, o lo es, donde quiera que esté ahora mismo. Me refiero a Rolando. Me enseñó a conducir, en el Hummer, cuando salíamos de vigilancia, en los alrededores de Villa A.

Qué lejos me suena ahora todo eso. Hasta siento nostalgia de aquellos días, no fueron tan... bueno sí, pero siento nostalgia. Y tengo allí una hija, Beatriz... y una madre, claro.

- ¿Por qué no me lo dijisteis? - pregunté, con la sensación de que me habían robado un trocito de sus vidas. Momentos irrecuperables, ahora que Rolando ya no está . Y Jon... Jon me ha perdonado a duras penas, porque sabe cómo me siento. Pero, cuando nos miramos a los ojos, creo que jamás va a olvidar que yo maté a Rosa María. Y a su hijo - Me hubiese gustado acompañaros.

- Rolando decía que te preocuparías. Que siempre te preocupabas por las cosas que no tenían importancia y no te fijabas en las que sí la tenían - el tono, ligero, le quitó hierro al asunto. Me besó en la mejilla, intuyendo seguramente que volvía a estar a punto de llorar - Y mucha.

Así, que ha conducido el Hummer de su padre. Ahora es suyo, supongo. Enrique iba con él. Aunque es un coche amplio y a veces hemos ido los tres delante, prefiero quedarme atrás. Así, puedo llorar si quiero.

Llevamos a Rolando. Me han entregado ya sus restos y mañana me han prometido un entierro adecuado. Será, eso sí, junto al camino. No podemos parar demasiado ni ir a ninguna parte que no nos pille de paso. Bueno, a él le parecería bien. Descansará bajo la tierra, él, que no tuvo descanso mientras caminaba sobre ella.

Oh, Señor. Sé que no soy de ninguna ayuda, sé que Rolando me lo reprocharía y con razón, que me diría que no es momento de mesarse los cabellos, que es momentos de luchar y de seguir luchando. Pero me siento tan, tan rota...

He tardado un poco en seguir porque ha venido Enrique, que veía luz en mi tienda. Está preocupado, lo sé. No puedo hacer nada al respecto. Le he dicho que ahora me acostaré y se ha ido, aunque creo que hubiera preferido quedarse a dormir, sólo dormir, conmigo. Pero, desde lo de la Madre, nada, que no conseguimos encontrar el modo de volver a ser amigos...

Bueno, intentaré dormir, ya que lo he dicho. Y eso que, la verdad es que últimamente apenas duermo. Mira que me gustaría, para no tener que pensar, pero así son las cosas.

He oído un ruido fuera. Quizá sea Enrique. Voy a ver...

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