martes, 10 de mayo de 2011

Martes entre Rejas Doradas

Siempre me he visto reflejada en este cuadro de Waterhouse. Se llama Miranda, de La Tempestad. La mujer que aparece, mirando a lo lejos, se parece mucho a mí, incluso físicamente. En épocas, cuando llevaba el pelo muy largo, tenía una melena así.

Y, como ella, parezco detenida en un instante del tiempo, esperando...

Hoy no me han dejado salir en todo el día. Con la cosa del susto por el incendio, mis padres y Javier se han empeñado en que guarde cama y lo han logrado por las bravas, porque no he encontrado mi ropa por ningún sitio y no era la cosa salir a la calle en camisón. He protestado un poco, pero en realidad me sentía... débil, no sé, desgastada. Quizá sí tenían razón en que necesitaba un descanso. Desde luego, han hecho lo imposible por simular normalidad, incluso por crear buen ambiente.

Por ejemplo, mi madre hasta ha venido con Beatriz a traerme el desayuno (algo que jamás hubiera imaginado que hiciese, de niña si estaba enferma me llevaba el desayuno la Tata), llenas de sonrisas y bromas. Han hecho planes para cuando pueda levantarme, como si estuviera convaleciente de alguna enfermedad que me ha alterado el sentido en los últimos años. Según ellas, iremos las tres de compras, luego merendaremos en algún lugar chic con mi padre, Jon y Javier, y todos seremos muy felices.

Esto es un infierno.

Cuando me dejaron sola, tenía muy claro que la situación no podía seguir así. Me lo pensé bien y, para cuando vi en el portátil el segundo vídeo de Rolando (he puesto aquí los dos, en la columna de la derecha) estaba decidida.

Mi matrimonio se ha terminado, por completo.

Se me ocurrió llamar a Enrique Ugalde, para que inicie los trámites del divorcio. Total, no conozco más abogados. No es que me importe mucho estar divorciada o no, haré lo que quiera en todo caso, pero prefiero cortar ese vínculo, por simple respeto a Javier, que se ha comportado bien conmigo todos estos años. Ya me imaginaba que Enrique empezaría a poner condiciones, pero quién sabe, me dije que igual podía seguir manteniendo la situación. Por desgracia, no estaba, me salió su contestador. Un "Soy Enrique Ugalde, pero supongo que ya lo sabes, porque me estás llamando. Ahora no estoy en casa. Espera a oír la señal y me cuentas" muy en su línea.

Y justo estaba en ello cuando entró Javier en el dormitorio. Claro, se ha mosqueado y me ha quitado el móvil, ha pulsado la última llamada, ha escuchado el mensaje de Enrique, y ya para qué contar.

- ¿Qué vas a contarle a Ugalde de lo que pasó anoche, Rebeca? ¿O qué vas a contarle a Julián de Ugalde? Tiene gracia que yo, que soy tu marido, sea el único al que no piensas darle mayores explicaciones - farfullé algo sobre que me dejará en paz, que quería quedarme sola, pero no me hizo caso - No pensaba hablar del tema todavía, pero está claro que no me das ninguna opción. Anoche... era Julián, ¿verdad? No lo soñé, ni fue una alucinación por la descarga o el humo - dudé un momento, pero asentí. No tenía sentido negarlo - Ya veo - dio un par de vueltas por la habitación, de un lado a otro, como cavilando sobre los hechos. Cuando volvió a detenerse, para hablarme, me miró muy serio: - Te abandonó, Reb. Te dejó. Se marchó. Cogió el dinero y se fue sin mirar atrás. Seguro que eso tiene que contar algo.

- ¡Le forzaron a irse! - repliqué, exaltada, recordando los mensajes de Hidalgocinis - Seguro que fue mi padre. ¡Y seguro que tú lo sabías!

- Eso da igual. ¿Es que no lo entiendes? No te pueden obligar a algo así y menos durante tanto tiempo - me señaló con un dedo - Yo jamás, jamás, hubiese permitido que me alejasen de ti de ese modo - sentí que se me comprimía el corazón en un puño - Existe el teléfono, existen las cartas, existe... joder, existe el tam-tam o las señales de humo. Si Julián te hubiese querido de verdad, si te hubiese amado siquiera la mitad de lo que yo te amo, hubiese encontrado el modo de hacerte saber que estaba bien. Al menos, eso. Una nota entregada en mano por un crío en la calle, un telegrama, un ramo de flores de procedencia anónima, algo... ¿Piensas que tu padre es cruel, que lo soy yo? Por Dios, Reb, Julián fue el más cruel de todos. No ha habido ninguna noticia, ninguna, en dieciocho años, y tú has sufrido un infierno viviendo en la incertidumbre de qué pudo ocurrirle y llorando su ausencia...

- ¡Y tú lo sabías! - insistí, porque dolía demasiado y necesitaba llenarme de ira.

- Sí, yo lo sabía. Y hubiera podido decírtelo. Seguramente, hubiese sido lo más adecuado y, sin duda, lo más fácil. Pero pensé que era mejor verte llorar por esa incertidumbre que verte destrozada por su abandono - ese golpe fue muy duro. Javier me observó mientras trataba de luchar contra las lágrimas y agitó la cabeza. Dejó caer el móvil sobre la cama, ante mí - Adelante. Llama a tu amigo el abogado. En realidad, me da pena. Si de verdad está interesado en ti, no tardará en descubrir que eres una tarada emocional que se ha quedado varada en la adolescencia.

Salió y me dejó sola. He llorado hasta hartarme. Y he reflexionado, también, mucho. En realidad, Javier tiene razón, ¿sabes? Si hubieses querido, me hubieses podido avisar de que seguías vivo, hubieses podido venir a por mí, escaparnos juntos... Pero no lo hiciste. Me dejaste abandonada a mi suerte. Desde aquel lejano "Te llamaré mañana" hasta el beso de anoche... nada. Silencio.

Me duele la cabeza. Me duele el corazón. No soporto más mi vida. Dios, o me marcho, o me corto las venas.

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