sábado, 12 de noviembre de 2011

El Sábado de la Herida Madre Tierra

Gráfico , combinado a partir de:
CG Jewelry Design,
http://www.alldzine.com
Athènes, Parthénon,
Joëlle Morin
ambas, CC 3.0
—REBECAAAA,  REBECAAAA, NO MATES A ROLANDO…. LA PROFECÍA ES FALSAAAA, NO DISPARESSSS.....

La voz retumbó en la gran sala de Pabrich, sobresaltándome de tal modo que casi presioné el gatillo por su culpa Era Rodrigo, y justo a tiempo. Me volví. Por la galería llegaban Blanca y Rodrigo, cubiertos de tierra, pólvora y sangre, armado él con Espiga de Arroz, que emitía un murmullo sordo, vibrando con hostilidad en la roca que nos rodeaba.

Rodrigo dio un salto asombroso, descolgándose desde la galería hasta la plataforma central, donde peleaban Rolando y Pabrich, observados por los dragones muertos y los sectarios vestidos con túnicas. Allí rugió el León, amenazando a todos los presentes, y lanzó la espada contra el suelo. Como en un remedo de Excalibur, el arma se clavó firmemente en la roca, y emitió un potente brillo que se extendió y se extendió por el lugar, y lo colapsó todo durante unos segundos.

La caverna entera se estremeció a nuestro alrededor. Aquella arquitectura insana y aterradora se quebró en algunos puntos; varias columnas se derrumbaron y arrastraron consigo decenas de formas convulsas. Tanto los vivos como los muertos fueron tragados por la negrura de ese abismo. Ninguno gritaba.

Pabrich soltó a Rolando, miró a Rodrigo y creo que intentó algo con sus dragones muertos, pero lo que fuera no funcionó. Entonces, buscó rápidamente con la mirada y localizó a Blanca. Ella le observaba de frente, pálida, elegante, casi regia. Tan distinta de la Blanca superficial que conocí, pensé. Aquella solo sabía hablar de los colores de la nueva temporada, o de las sandalias que venían para el verano. Pero los ojos de esta Blanca orgullosa y terrible que había regresado de las Tierras de los Muertos habían visto mucho, y se enfrentaba al abismo y a nuestro adversario sin miedo. 

Pero no en vano Pabrich era el Rey. No un demonio cualquiera, no una aterradora criatura de otro mundo, no. Era el Rey, y tenía nombre propio y más recursos que nadie. Sin dudar, alzó la mano hacia ella. Un segundo antes estaba vacía, excepto por la sangre de Rolando, sangre oscura que se deslizaba en gruesas gotas, pero casi sin transición vi un objeto... una pistola, o quizá un cetro extraño. Algo que lanzó un rayo de un blanco intenso, golpeó a Blanca y la dejó paralizada.

Pienso, ahora, que no quería matarla.Quizá seguía con sus planes de someterla y apropiarse de su poder...

Entonces, no me planteé nada, solo observé aterrada cómo Blanca quedaba convertida en una estatua en el tiempo, y cómo los dragones muertos y los hombres de túnica de las plataformas paralelas al escenario central  se lanzaban sobre Rodrigo, con lo que comenzó una lucha en la que no pude centrarme. Porque, Pabrich y Rolando habían vuelto a enfrentarse. Creo que Rolando, al oír también la advertencia, había recuperado algo de esperanza. Ya no se iba a dejar vencer, no se iba a dejar matar por conseguir el objetivo. Ahora quería vivir, y ganar... Y matar

Se enzarzaron en un combate muy cerrado, a mordiscos y golpes, algo brutal y sangriento. Si usaba a Steampunk, podía ocurrir una desgracia. Estaba pensando qué hacer cuando, deslizándose desde lo alto de la columna en la que me apoyaba, gateando hacia abajo de forma aterradora, vi aparecer uno de los dragones muertos. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, me golpeó con una garra, lanzándome al suelo y Steampunk se me escapó de entre las manos.

Sentí que iba a desmayarme. ¡Qué dolor! Y entonces algo se estampó contra mi boca, algo con sabor a hierbas podridas, con la textura áspera de cenizas sin tamizar y huesos pulverizados. Aquello se convirtió en una pasta repugnante en mi lengua, entró como polvo por mi nariz, sofocando mis pulmones:  su sabor me invadió, un sabor amargo, muy intenso, que me provocó arcadas y me descompuso el cuerpo. Intenté forcejear, pero me abofetearon otra vez. Al menos, eso sirvió para alejar aquella cosa de mí.

Cuando pude mirar, comprobé que el dragón se había quedado acuclillado en lo alto de la barandilla, oscilando lentamente sobre sus patas, clavados en mí sus ojos muertos. Yo retrocedí arrastrándome  sobre pies y manos como pude, escupiendo, intentando liberarme de aquel espantoso sabor. Y si eso fuera  todo... Noté que aquello que me habían obligado a tragar me robaba las fuerzas, aturdiendo mi mente, ardiendo en mis venas mientras consumía toda energía.

Loa se acercó lentamente. Todavía llevaba un puñado de aquel compuesto de hierbas y otras cosas en la mano. Miró a lo lejos, a Blanca, asegurándose de que seguía inmóvil, se inclinó y recogió a Steampunk.

—Está claro que, si quieres que las cosas salgan bien, tienes que hacerlas tú mismo —me dijo, y sonrió—. Vamos, Rebeca, suplica. Quiero oírte suplicar.

—Tú... Tú lo sabías...

No tuve que explicar más. Loa asintió.

—Claro que sí. Ese pobre tonto de Andy puso un mensaje en su blog. Intentó avisarte de que la profecía era falsa. Ahora está muerto. No podía permitirlo. Rolando tiene que morir. —Se recolocó las gafas—. Lo sabes tan bien como yo, mientras él viva, me tiene dominado y puede condenarme a una eternidad de dolor. —Ajustó Steampunk para un disparo—.  Pero, tú... —Sus pupilas parecieron reforzar su presión—. Si suplicas, si eres lo bastante lista como para arrastrarte hasta mí, quizá me lo piense. Te contaré un secreto: no me divertiría tanto la victoria si estuvieras muerta. No ahora, al menos. No hay prisa, no es necesario adelantar acontecimientos. —Me pateó, lanzándome hacia un lado—. Tienes un par de segundos para pensártelo. Antes tengo que matar a una criatura estúpida que realmente se ha creído lo bastante poderosa como para convertirme en su esclavo. —Hizo un gesto hacia el dragón muerto, para que me vigilase, y se dirigió a la balconada.

Iba a usar Steampunk con Rolando.

Y, yo, realmente, ni lo pensé. Actué, sin más. Levanté una mano y lancé una descarga de energía contra el dragón, para quitármelo de encima, y luego otra más fuerte hacia la espalda de Loa. Le golpeó de lleno, brutalmente, y lo impulsó hacia delante, hasta darse de bruces con la barandilla. Sus protecciones mágicas le salvaron la vida, pero no impidieron que Steampunk se le escapase de entre los dedos, y cayó al abismo.

Yo me quedé totalmente agotada. Aquellas hierbas me habían anulado y había gastado unas reservas con las que no sabía que contaba. Recuerdo ver el rostro de Loa, girando hacia mí con expresión asesina. Recuerdo que toda su cabeza estaba enmarcada en las explosiones de luz que provocaba el combate de Rolando y Pabrich, allá en su escenario de muerte.

Recuerdo que pensé que era el final...

Y, entonces...

No sé cómo explicarlo. Todo a nuestro alrededor vibró, como el anuncio de un terremoto, uno violento y salvaje. El temblor aumentó y aumentó, convirtiendo en ridículo el que provocó antes Espiga de Arroz. Más columnas cayeron, y toda una sección de la galería en la que nos encontrábamos se vino abajo. La zona en la que estábamos nosotros se inclinó peligrosamente.

Loa puso cara de sorpresa, pero solo duró un segundo. Luego, se derrumbó sobre sí mismo, disolviéndose en una miriada de puntitos oscuros, como si no hubiese sido más que una estatua de arena negra o alguna clase de polvo de huesos podridos como el que me había hecho tragar. Para cuando algunas de esas partículas cayeron al suelo, la mayor parte habían sido arrastradas por la fría brisa de la galería, hacia el abismo. El destino que correspondía a su negra alma.

Me levanté como pude y me asomé. Al otro lado de la oscuridad, la lucha proseguía. Tanto Rolando como Pabrich estaban agotados, pero no querían rendirse. Rodrigo había masacrado decenas de dragones muertos, y de hombres de túnicas blancas y rojas. Los giros de los cuerpos y las armas eran tan rápidos, había tanta sangre en el aire, que daba la impresión de formar todo parte de un bordado escarlata, frágil y exquisito. Me recordó el Patrón. Supe que aquel lugar se estaba cargando de magia.

Entonces, como en una nebulosa que cambiaba continuamente entre la oscuridad y la piedra pulverizada, vi el bucardo de los Pirineos, y la grieta, que rezumaba sangre a impulsos de un violento latido. Vi la mujer de los enigmas, que me dijo: "Es el dolor de la Madre Tierra". Y no sé qué me impulsó, pero me alcé sobre las puntas de los pies, cerré los ojos, abriéndome a la fuerza inmensa que me rodeaba, vaciándome hasta convertirme en un instrumento, un canal: y, entre mis dedos, surgió una esfera mágica, un punto luminoso, intenso.

No lo dudé, porque no era yo quien decidía: lo lancé hacia el abismo.

Allí estaba, Steampunk, apoyado de forma inestable en un trozo de columna que había caído con el primer temblor, el provocado por Espiga de Arroz. Y si algo podía acabar con Pabrich en esos momentos, era esa arma tan destructiva. Al menos, a mí no se me ocurría nada más, y lo que fuera que me había guiado hasta él me había abandonado de nuevo a mi suerte. Rápidamente, me descolgué por la barandilla, descendí agarrándome a las protuberancias de la pared de roca. Nunca he sido buena escalando, pero no era mucha la distancia. 

La negrura me tragó. No puedo explicar eso, no quiero hablar de ello, al menos no ahora... De no ser por el destello que me había regalado esa fuerza inmensa, me hubiese perdido en un espacio sin confines, sin un arriba o un abajo. Pero la luz me guió, titilando suavemente. Conseguí alcanzar el arma, me la colgué en bandolera y volví a subir.

Creo que fue justo a tiempo. Pabrich y Rolando podían ser seres eternos y, por tanto, capaces de combates eternos; pero Rodrigo no, ni Blanca, que se había unido también a la lucha y le estaba ayudando. Ambos estaban en medio de un caos de carnes rotas y miembros amputados, y sangraban y parecían cerca del agotamiento total.

Alcé a Steampunk. Apunté a Pabric, cuidadosamente.

Y, esta vez, disparé.

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