martes, 27 de septiembre de 2011

El Viernes mis Pasos siguen un Patrón Ensangrentado

Polyptyque de la Vanité
terrestre et de la
Rédemption céleste

Hans Memling, c.1485
Filtrado y compuesto
con un patrón laberíntico
En el templo de los Sabios, los días trascurren diferente, de otro modo... Pero luego pesan igual. Lo mismo que la desesperación,  el odio y la pena...

Debí haber supuesto que algo malo estaba sucediendo desde el momento en que Loa empezó a rondar a Javier. Avanzó poco a poco, como una serpiente, primero de forma ligera, luego, cada  vez con mayor insistencia.

Algo le dijo, algún argumento debió usar en un momento dado, porque terminó interesándole en su asunto: se retiraban juntos a cuchichear por salas y rincones, debatían durante horas, compartían textos que ni Enrique ni yo entendíamos y nos decían que no era necesario que lo hiciésemos. 

Han compartido mucho tiempo estos días. No sabíamos qué pasaba. Radar sí, seguro. Pero se hacía el ciego, maldita sea su alma. Creo que también piensa que unos males son mayores que otros y que salvar el mundo es el fin último en el que debe sacrificarse todo lo que somos. Lo que justifica cualquier medida.

El Patrón... Teníamos prohibido internarnos, porque según los Sabios, alejarse de las puertas sin tener claro el modo de avanzar, era condena segura a perderse en su trazado. Muchos habían desaparecido así y yo no estaba dispuesta a arriesgarme. Pero lo he contemplado muchas veces, desde todas las puertas. Huele a sangre hasta el punto de revolvernos el estómago a nosotros, que estamos ya tan acostumbrados a ella. En el Patrón, lo es todo, lo forma todo: se mueve en líneas por el suelo, traza las paredes, pátinas temblorosas agitadas por una brisa continua, unidas con colgajos de lo que parecen órganos todavía frescos. Están por todas partes, creando pasillos. Gotean...


—El Patrón es la cerradura de seguridad de un Umbral —nos explicó Loa, no sé, creo que fue el miércoles o el jueves. Tampoco es que importe mucho. No he tenido tiempo de escribir, ni ganas. El templo consume nuestras energías: la magia del Patrón, me dijeron los Sabios, es muy exigente—. ¿Lo entendéis ahora? ¿Comprendéis la importancia tremenda que tiene? Se trata de un paso, una entrada múltiple a muchos otros mundos, a todos esos infiernos de los que vienen estas criaturas. —Clavó un dedo en un viejo volumen que transcribía unos pergaminos egipcios. Javier los había traducido— Y, según este ritual, si lo abrimos de una forma concreta, nos llegará algún tipo de ayuda del otro lado. Ayuda. Algo necesario, vital.

—¿Qué otro lado? —preguntó Enrique—. ¿Qué hay ahí?

—Ya lo he dicho. Un infierno. Mil infiernos. —Se encogió de hombros— Limítate a las preguntas importantes, picapleitos, porque las incógnitas son muchas. 

—Es una pregunta importante —insistió Enrique, sin dejarse amilanar— Me gustaría saber por qué, de ese infierno en concreto, esperas una ayuda tan importante.

—Está bien. —Loa cerró el libro con enojo—. Lo admito. Vine porque sabía que el Patrón conducía a ese Portal multiplano y conocía sus leyendas. Fue creado con las magias de todos los que, en tiempos tremendamente remotos, acudieron aquí y se sacrificaron para ello. Era la única manera, el único modo, de asegurar  un obstáculo a lo que preveían en sus sueños: la llegada del Rey. Según las tradiciones, gracias a este paso, en un momento dado, los seres humanos podrían conseguir ayuda, una ayuda imprescindible para poder hacer frente a la amenaza. Para poder salvar el mundo que conocemos. El mundo humano.

—Pues perdona si no me fío de ti ni una mierda. —Enrique miró a Javier—. ¿Tú te lo crees?

—No he podido evitarlo. —Asintió Javier— He leído los textos de los antiguos. Los testimonios que hay al respecto son escasos pero claros: hay que abrir ese Portal, ese Umbral, y nos llegará ayuda del otro lado.

—¿Y cómo vamos a abrirlo? ¿Cómo? Si ni siquiera sabemos cómo cruzar el Patrón...

Fue Javier el que cogió un libro de aspecto decrépito y empezó a leer, traduciendo directamente de jeroglíficos egipcios:

Puerta y sendero,
Sangre muerta, sangre viva,
sangre hermana y enemiga,
te lo muestra el antimonio,
que la espiral siempre gira.
Sendero y Paso,
Patrón de sangre tejida,
Umbral de la piedra inscrita, 
Hombre, fantasma y demonio
que en la batalla decida.

—He hecho una traducción libre, pero es su sentido. —dijo entonces Javier—. Faltan frases, el pergamino estaba dañado, y varias, en otros puntos, me recuerdan sorprendentemente a los Textos de las Pirámides, concretamente al llamado Himno Caníbal, de la Pirámide de Unas... —Siguió con un dedo—: es el que comió sus entrañas cuando Aquéllos vinieron, llenos sus vientres de magia... —se interrumpió, al ver que le mirábamos algo bizcos—. Pero, bueno, que es su sentido. Creo que está claro.

—Si tú lo dices —repuso Enrique, con poco convencimiento. Loa hizo una mueca de impaciencia—.¿Qué es eso del antimonio?

—Ah, el sulfuro de antimonio, un mineral con el que los egipcios fabricaban un polvo finísimo llamado kohol, o alcohol, en su posterior versión árabe. Se usaba para curar las infecciones de los párpados, pero terminó aplicándose masivamente por puro interés cosmético. Sabéis lo famoso que es, lo de los ojos pintados. —Me señaló. Siempre me pinto los ojos con un lápiz negro. Aunque no haga más, sin eso no me veo arreglada—. Ha llegado hasta nuestros días.

—¿Y tenemos de eso?

—Sí. Los Sabios nos lo van a suministrar. Tienen un buen laboratorio.

—Perfecto. Entonces, nos tenemos que pintar los ojos para ver... ¿qué?

—Te lo diré cuando lo vea —le cortó Loa. Siguieron con mil temas diversos. Me aburrí mortalmente.

Y llegó el viernes, el día que Loa dijo que era el más propicio para atravesar el Patrón. Habían decidido que debíamos abordarlo desde dos extremos, o sea, desde dos pasillos contrarios, entrando justo a la vez. Elegimos la medianoche...

—Tú irás con Enrique y con Radar —me informó Loa. Y él con Javier, con el que tanto conspiraba por las esquinas—. Si ocurre algo, tienes que defenderles. Radar no tiene un poder de combate y Enrique... bueno, solo es un humano.

—También lo es Javier.

—Pero irá conmigo. Además, él es el Cazademonios.  —Sonrió, de forma muy desagradable—. El día en que tu Enrique se gane un sobrenombre semejante, se ganará también el respeto de los que importan.

No entré a discutir la tontería de si era mi Enrique o el de su puñetera madre. Tampoco le dije nada a Enrique de esas bobadas, pero me dieron vueltas en la cabeza, confundiéndome, haciendo que olvidase lo realmente importante: mis sospechas. Ni siquiera me di cuenta cuando, poco antes de la hora convenida, vino Javier y me abrazó. Estaba muy guapo, con los ojos pintados. Casi tanto como Enrique, recuerdo que pensé. Es que a Enrique le quedaba muy bien.

—Gracias, Reb —dijo Javier. Sí, a mí también me dejó sorprendida. ¿Gracias, por qué? Yo nunca le di una buena vida, precisamente. Este mismo diario-blog es una buena prueba de ello, recuerda mis primeras entradas de este blog, cuando estaba consumida por las ganas de romper nuestro matrimonio. Precisamente hasta estos últimos días, ni siquiera le había dejado acercarse lo suficiente. Pero, sabiendo que ya no estabas, Rolando... Era distinto a cuando desapareciste en aquel bosque. Ahora, había visto tu cuerpo muerto. Por los dioses, ¡había follado con tu cuerpo muerto! No me quedaba duda ni esperanza. Sólo me quedaba Javier que, en la penumbra era idéntico a ti, y en la luz, muchas veces tenía tu modo de mirar—. Por cierto ¿podrías guardarme algo? —me dijo entonces Javier—. No me atrevo a dejarlo por ahí, y tú tienes esa bolsa tan útil... —Llevo una bolsa en bandolera, muy cómoda. No es grande, pero me caben las cosas suficientes y, cuando vives como yo ahora, siempre es bueno llevar a mano en todo momento lo que no quieras dejar atrás. Javier me dio un librillo, su diario. Yo ya lo conocía, lo usaba mucho. Me había dicho que lo redactaba para Beatriz para que algún día supiera todo lo que está ocurriendo—. Ten mucho cuidado.

—Tú también —le pedí, y nos volvimos a besar. Pensé que le quería, le quería de verdad. Le amaba. Quizá no tanto como a Rolando, pero le amaba. Cuando Loa le llamó, gruñendo por el almíbar, se fue riendo. Me miró... No sé.

Para lo de la sangre muerta, sangre viva, dijeron que Javier debía llevar un cuervo vivo y uno de nosotros un cuervo muerto. Le tocó a Enrique, yo no pensaba tocar un pajarraco muerto.

Y seguí sin darme cuenta.

El Camino de la Vida, pensé. Y el Camino de la Muerte...

—Quedan un par de minutos —nos informó Enrique, consultando su reloj de pulsera. Radar comentó algo de que el Patrón empezaba a brillar más. Miré el cuerpo del cuervo, colgado desde el cinturón de Enrique. Me vi reflejada en un ojo muy negro.

Y entonces, fue cuando me di cuenta. Busqué en mi bolsa, alarmada, y saqué el diario de Javier. Como me temía, dentro había una nota:

Querida, queridísima Reb:
No lo lamentes por mí, amor mío. Hace tiempo que supe que, si me quedaba algo que hacer en este mundo, era precisamente intentar salvarlo. Y sé que lo pensarás, pero no es culpa de Loa. Ambos hemos descubierto, cada cual por su lado, que por los senderos del Patrón deben caminar un vivo y un muerto que haya renunciado a la vida., buscando encontrarse en un camino único, la línea difusa que conduce a todos los mundos.
Y, dime ¿quién mejor que yo? Loa quería sacrificar a Enrique, pero no lo veo justo. Yo quiero hacerlo, de verdad, me parece una buena oportunidad de enmendar muchas cosas. Y quiero que, al menos al final, mi existencia haya tenido algún sentido. Piénsalo bien, Reb, porque si alguien puede entenderme, esa eres tú: siempre he deseado parecerme a Rolando, siempre he querido ser él, porque era la manera, la única manera, de llegar a ti.
Ambos sabemos lo que hubiese hecho Rolando. Perdóname por hacerlo yo.
Y siempre te he amado, jamás lo dudes. Cuida de nuestros hijos. De los dos.

—¡No! —grité, y salí corriendo sin hacer caso de las voces de Enrique y Radar.

Cuervos vivos o muertos... ¡Y una mierda! Todo parafernalia, para ocultar el auténtico sacrificio.

Atravesé a toda velocidad los pasillos del templo, recorriendo todo su perímetro hasta avistar aquel que terminaba en la entrada contraria. Allí estaban Loa y Javier.

Javier, con la pistola en su sien...

Grité. Él me miró. Hubo un titubeo, pero Loa le dijo algo y Javier me dio la espalda. Afirmó la mano con el arma.

—¡Noooo!

Nunca lo había hecho antes. Sabía que era posible, pero no lo había intentado siquiera, porque imaginaba que sería algo terriblemente difícil, exigiendo una gran concentración. Pero, mientras corría por el pasillo hacia Javier, sentí cómo el poder se despertaba, se extendía por todo mi cuerpo, y me transformé en pura energía. Todo lo que tenía en mente, todo lo que quería era alcanzar a Javier, derribarlo, desarmarlo...

Fui destello azul, relámpago cegador, fuego incandescente. Crucé el largo pasillo a una velocidad vertiginosa, impensable para un cerebro humano, y les alcancé.

Pero era tarde.

Oí el estruendo en mi mundo perfecto de luces. Choqué con la nada cuando hubiese debido llegar a mi objetivo. Sólida otra vez, rabiosa como nunca, golpeé a Loa, una y otra vez. Usé el Nuiz, usé la poca magia que sabía, usé mi propia desesperación.

Creo que le hubiese matado. Quería matarlo. Sigo queriendo hacerlo, para qué engañarse. Cada vez que pienso en esos momentos, mis dedos se tensan con la necesidad de rasgar, con el deseo de violencia bruta, de ansia por destrozarle... Cuando me separaron de él, sujeta entre Enrique, Radar y tres Sabios, Loa estaba tirado en el suelo, con el rostro totalmente ensangrentado. Había sangre por todas partes.

La sangre de Loa. La sangre de Javier.

Grité durante mucho rato, seguro, aunque todo lo recuerdo en un profundo silencio. Sólo mucho después llegaron las voces, que decían que debíamos seguir con el ritual, que era imprescindible abrir aquel paso, recibir aquella ayuda.

Yo estaba demasiado agotada. Tenía la cabeza cargada y una presión horrible en el pecho. No dije nada cuando Loa realizó sus magias, y el cuerpo de Javier se puso lentamente en pie. Me recordó a Rolando, cuando me lo devolvieron burlonamente de la muerte. Frío. Muerto. Mío.

Progresse, le Chasseur de démons (Avanza, Cazademonios) —ordenó Loa— Suivre le Modèle (Sigue el Patrón)

Javier empezó a caminar por las líneas del suelo, que le empapaban los pies. Se movían como sangre, se sentían como sangre. Loa y yo le seguimos, internándonos en el Patrón. Cuando el umbral del pasillo quedó atrás, tuvimos la sensación de avanzar por una nada luminosa, en la que sólo la sangre tenía importancia. Conducía. Orientaba... En el aire se deslizaban gotas rojas, temblorosas. Algunas nos caían encima. Nos rozaban los trozos de entraña. Casi vomité a un lado. Loa no me lo permitió.

—¡Non! ¡No! ¡No enturbies el Patrón! Vuelve a tragártelo —me gritó, poniéndome una mano en la boca, casi ahogándome. Qué irónico, pensé. En el mismo bando y nos odiábamos a muerte. Con gusto se lo hubiera arrojado a un Edterran—. Putain...

No sé el tiempo que tardamos en recorrerlo. El pobre cuervo vivo ni se movía, miraba a todas partes sobrecogido. Iba en una jaula, colgando de la túnica de Javier. Un muerto con un cuervo, sangre, sangre...

Al final, nos encontramos con Enrique y Radar, y seguimos un último tramo juntos. Frente a un umbral decorado con un millón de espirales sin fin, había una especie de altar.

—Sangre —pidió Loa, siguiendo el ritual, según lo acordado. Voy a odiar esa palabra el resto de mi vida. Sacó un puñal y cortó la mano de Enrique, obligándole a derramar varias gotas. La mano de Javier la tuvo que restregar sobre la piedra. Ningún corazón bombeaba en sus venas.

Las espirales empezaron fluctuar, girando, girando, buscándose unas a otras, estableciendo pautas.

Entonces, de pronto, algo vino desde el fondo, de atrás, devorando furiosamente las líneas del Patrón, destruyéndolo. Un remolino de nieblas densas, vertiginosas, de masas blandas, cintas húmedas y repugnantes, que nos impactó con fuerza, como el puñetazo de un gigante. Loa fue lanzado hacia atrás, y Radar, que se golpeó la cabeza con el altar y quedó inconsciente. Enrique salió despedido a un lado y Javier quedó de rodillas,  convertido en un ser si voluntad. Yo apenas me tuve en pie, pero una mano surgió del viento oscuro y me agarró del cuello. Me levantó en volandas y me estampó sobre el altar. El golpe me  arrebató todo el aire de los pulmones y dejó aturdida. Para cuando quise reaccionar, mi atacante dijo:

—Vremya prishlo.YA tvoĭ sluga, Uchitelʹ! (El momento ha llegado. ¡Soy tu siervo, Amo!)

Y me clavó un estilete largo, largo, largo y terrible, en el estómago.

Qué decir. Dolor es una palabra demasiado breve para algo tan inmenso... Grité enloquecida, mientras mi sangre desbordaba por todos lados, salpicaba, y se mezclaba con las otras que habían empapado ya el altar.

Con un atisbo de lucidez, pude fijar la vista. Quería saber quién era nuestro atacante, el hechicero inmenso que se había abierto paso desgarrando de tal modo ese tejido mágico.

Era Volodia Popov.

Las espirales giraron, estableciendo otros caminos distintos, otras posibilidades. Una fuerte ráfaga de viento helado con olor a tumba surgió del umbral de piedra, me congeló los huesos.

—Al fin, devushka —dijo Popov, entusiasmado—. ¡Al fin!

Y la forma oscura del Amo, la densa negrura que se expandía como tentáculos por todas partes, empezó a surgir del Umbral. Se deslizó, con la violencia de una inundación, como las aguas negras e impetuosas de un pantano roto y desbordado, recorriendo las espirales, las curvas y giros infinitos, recorriendo el largo camino que nos había separado. La monstruosa silueta chapoteó, cubrió el altar, me cubrió a mí...

—¡No te resistas, devushka! —oí gritar a Popov—. El Amo está hambriento y sus apetitos son infinitos. Acepta el honor de ser su alimento y el recipiente de su placer...

Y el viejo loco empezó a cantar. Cantaba mientras la negrura desgarraba mi ropa, la consumía, la convertía en nada. Se pegó a mi cuerpo desnudo, me tensó, me alzó en el aire y me arqueó, entró por mi boca y mis ojos, por oídos y nariz, por mis esfínteres, por cada poro, por la herida abierta de mi vientre, aún atravesado por el estilete, clavándome en un tormento oscuro que supe sería eterno.

Estaba furioso conmigo, por lo ocurrido en el Cementerio C. Estaba hambriento.

Estaba preparándose para un combate mayor.

Entonces, el Umbral chasqueó otra vez con fuerza. No lo supe entonces, pero las espirales volvieron a girar. Empujando desde alguna parte, una figura se abrió paso con voluntad, una voluntad mayor que cualquier distancia mágica. Irrumpió en nuestra realidad con la forma de un destello capaz de disolver cualquier oscuridad. Se estampó contra el Amo, entró en él, hasta el fondo de su negra forma, desgarrando, cortando y destruyendo.

Y entonces se oyó un grito aterrador, una explosión, un chirrido. El Amo se agitó, forcejeando, intentó luchar, intentó magias impensables, pero no tenía nada que hacer ya, porque estaba herido de muerte. Se transformó en guedejas sucias, que fueron arrastradas por un viento nuevo, de vuelta hacia el Umbral, quizá a su mundo o a cualquier otro. Lejos de este, en todo caso.

Caí, jadeando, sobre la piedra del altar, cubierta de sangre y lodo negro, impregnada por el sabor y el olor de aquella cosa. Y, entonces, le vi.

Era Rolando.

Lo era, y a la vez, era alguien muy distinto. No sé, realmente, dónde estaba la diferencia. En el modo en que se movía, quizá; en el aura que emanaba de él... En sus ojos, oscuros con reflejos rojizos, como tizones en llamas.

Jadeé, sin saber qué hacer o qué pensar.

—Ha hecho lo que tenía que hacer, como su hermano —susurró Loa, de pronto. Le vi junto a mí, al otro lado del altar. Había admiración en su voz, por primera vez desde que le conocí—. Fue humano, fue fantasma, y se ha transformado en demonio para, en el momento más oscuro, luchar en la última batalla.

Estaba desnuda. Intenté taparme. Me miró con desprecio y no se lo pude reprochar, tontería la mía del recato cuando me estaba muriendo. Loa arrancó el estilete que me atravesaba el estómago y casi me desmayé por el dolor, pero no, hubiese sido demasiada suerte.

Afortunadamente, Loa había llegado a la conclusión de que le beneficiaba ayudarme. Puso en la herida la otra mano. Dijo algo, no sé qué; pero la herida se curó, y el dolor se desvaneció.

Más allá, Popov temblaba, mientras Rolando se acercaba a él, clavando firmemente huellas con olor a azufre en el Patrón desgarrado. Cuando le tuvo delante, Popov cayó de rodillas, humillándose, admitiendo su derrota. No hablaron. Estaba todo dicho.

Loa se acercó, le tendió el estilete a Rolando. Lo cogió.

Popov inclinó la cabeza, como ganado sometiéndose al sacrificio. Rolando alzó la mano libre y, con un dedo, buscó un punto concreto en la base de su cráneo,. Entonces, empezó a clavar el arma, lentamente., lentamente, cada vez más profundo, pero cada vez más lentamente... Supongo que fue por su voluntad que Popov tardara tanto en morir, porque yo hubiese dicho que era una zona muy vulnerable, idónea para una muerte inmediata. Pero no, no moría, no conseguía morir.

También es verdad que, en el Patrón el tiempo es otro, sé que es otro, la distorsión afecta al templo pero en el Patrón está el núcleo y todo es más intenso. En sus largos minutos, en sus inmensas horas, el viejo Volodia Popov tuvo tiempo de pensar y arrepentirse de lo hecho, de todos sus crímenes, mientras el estilete de Rolando desgarraba físicamente, poco a poco, cuanto había sido.

Temblaba por completo, oh, ya lo creo, y se lo hizo todo encima, incapaz de controlarse en medio de tanto dolor. Ahí ya sí que suplicaba, gritaba, berreaba desaforadamente pidiendo una clemencia que jamás llegó, ahogado en su propia sangre.

Rolando no tuvo ninguna prisa.

Desde el principio, Loa había colocado un cáliz bajo el rostro de Popov, recogiendo cuanta sangre pudo. Cuando el ruso cayó  finalmente muerto, derrumbándose a un lado como algo inservible y sin ningún interés, Loa alzó los ojos hacia Rolando. Le ofreció el cáliz con ambas manos. Rolando lo tomó.

—También estás muerto, Loa —declaró. Loa se puso mortalmente pálido. Inclinó la cabeza del mismo modo en que la había inclinado Popov y sé que se hubiese dejado sacrificar del mismo modo, pero Rolando tenía otros planes para él. Vertió lentamente la sangre del cáliz sobre su cabeza y su frente, en un remedo espantoso del bautismo. Su voz también era otra. La misma, pero distinta. Profunda, cavernosa, como llegada desde ese otro mundo en el que había renacido—. Seguirás ahora, respirarás mientras me seas útil, pero ni un segundo más. Estás tan muerto como los hombres muertos de Rodrigo. —Hizo una ligera pausa. Bebió un sorbo de lo que quedaba en el cáliz y se lo devolvió. La sangre de Popov manchaba sus labios. Los lamió—. Como mi hermano.

Entonces me miró. Yo estaba sentada en el altar, desnuda, empapada de sangre y oscuridad de la cabeza a los pies. Me tendió una mano.

—Nos vamos a Berlín —me dijo.

martes, 20 de septiembre de 2011

En Jueves nos Rima Versos la Voz Remota

Ilustración de un
fantasma de pirata
"Cap'n Goldsack".
Harper's Magazine, 1902.
There Cap'n Goldsack goes, creeping, creeping, creeping, Looking for his reasure down below! (si no me equivoco: "Ahí va el capitán Goldsack, arrastrándose, arrastrándose, arrastrándose. Buscando su descanso en el fondo!".) Yo lo he coloreado. Me ha quedado algo rosa. Qué más da. Además, es un color que me gusta. 

La piedra se agrietó, ante el ímpetu de los golpes que llegaban desde abajo. Las letras se resquebrajaron, se expandieron diminutas brechas en todas direcciones, a toda velocidad, como una estrella tejida repentinamente por una araña loca, y los Sabios que seguían con vida retrocedieron, asustados, intentando evitar que les tocara. Yo me agarré a la manga de la túnica de Javier. Él apenas me miró de reojo.

—Quédate atrás, Reb —me susurró. Y lo hice, ya lo creo, sobre todo cuando saltaron por los aires trozos de baldosa. Un puño formado por huesos oscuros y sucios surgió del agujero, y un sonido gemebundo, espantoso, como llegado de alguna tumba remota.

—Joder —se me escapó. Por suerte, apenas se me oyó en medio del estruendo.

Nadie dijo nada más, al menos ningún vivo. Pero sí se empezó a escuchar algo, en respuesta a ese gemido. Era como un coro, un conjunto de voces guturales, cantando de una forma un tanto caótica pero, en todo caso, hermosa. Miré hacia las grandes puertas entreabiertas, sintiendo que reptaba por mi espalda un lento escalofrío.

Los muertos. El ejército de muertos de Loa estaba cantando.

Él no les hizo mayor caso. Tenía el rostro tenso, los ojos totalmente blancos, sin pupilas. Sacó una vela negra del bolsillo, del tamaño de un meñique, y la encendió, asegurándola sobre el suelo, susurrando sus magias, cada vez más acelerado...

Entonces, de pronto, como llegando a un repentino clímax, se hizo un silencio denso y profundo, y del agujero negro, absolutamente negro, que se había abierto en la piedra, surgió poco a poco una forma vagamente humana. Cómo seguían sosteniéndose en su sitio la mayor parte de los huesos, era un auténtico misterio. La calavera, cubierta por alguna pasta oscura que quizá fuera restos de carne convertida ya en barro, mostraba el cráneo tatuado con distintas formas lejanamente rúnicas.

Radar lanzó una exclamación y apartó la vista, tratando de cubrirse, como si le estuviesen enfocando con un potente foco. Loa entrecerró los ojos, pero se mantuvo firme.

Koute, nou menm ki gen reve pou syèk, ki posede konesans nan zansèt. Lang ou boule avèk òneman ki pi ansyen, zòrèy ou yo ap boule ak son yo nan òneman yo an premye. Pale, ou. Pale lang la a jodi a - recitó. Luego supe que era algún lenguaje raro, tipo criollo haitiano o algo así, que debe tener más fuerza en temas mágicos que cualquier otro, por lo que he entendido. Y que significaba algo como: "Escucha, tú, que has soñado durante largos siglos, que posees el Conocimiento ancestral. Tu lengua ardió con los más viejos hechizos, tus oídos se quemaron con los sonidos de los primeros conjuros. Habla, tú. Habla con la lengua del ahora".

El cuerpo oscilaba lentamente sobre sí mismo, como intentando seguir el ritmo de la llama de la vela  oscura de Loa. El cráneo rúnico giró, estudiándonos uno a uno. No creo equivocarme mucho si afirmo que sus cuencas vacías se fijaron más en los que tenían Nuiz, aunque susurró algo al centrarse en Javier.

Ki moun ki pou?preguntó finalmente. Qué voz, te juro. Qué voz... Estremecía el alma, nada podía quedarse impasible ante aquel sonido. Una voz remota, remota, remota, que debió dejarse de oír hace demasiados siglos—. Ki moun ki rele? (¿Quién busca? ¿Quién llama?).

Nan lang nan an kounye a la, nan lang la a jodi a. Repons. (En la lengua del ahora, en la lengua del hoy. Contesta.) Ki jan yo pase Modèl la? ¿Cómo pasar el Patrón? ¿Qué hay más allá? 

No se puede pasar el Patrón dijo un Sabio. 

No se debe pasar el Patrón corrigió otro, dando un paso al frente—. No seas loco, Loa. El precio es demasiado alto. 

¿Ah, sí? ¿Y cuál es el precio? preguntó Loa. Los Sabios dudaron. Algunos, intercambiaron miradas. Quedó claro que no lo sabían. Loa los descartó con un gesto de desprecio y volvió a centrarse en el muerto—. Ki jan yo pase Modèl la? Ki sa ki bay manti pi lwen pase? Ki sa ki gad? (¿Cómo pasar el Patrón? ¿Qué hay más allá? ¿Qué custodia?) 

Una pregunta, mortal —dijo entonces la criatura. Respiró con dificultad, pese a carecer de pulmones—. Una noche oscura, una vela negra. Una misma eternidad. Contestaré una única pregunta. 

¿Cómo te atreves? —Loa alzó una mano hacia él, los dedos encogidos, forzados, como si intentara apretar alguna víscera, o el cuello, a distancia. A saber. Lo único seguro, era que quería mantener el control gracias al dolor. Es un hijo de puta sin límites—. Yo soy quien da las órdenes. 

No —replicó Cráneo Rúnico—. Solo eres el que cree darlas. Pero las condiciones para este encuentro se establecieron hace mucho, mortal, y tu voluntad no puede cambiarlas. No eres lo bastante fuerte , no lo eres.—Un momento de silencio, en el que ambos mantuvieron un duelo de voluntades. Finalmente, Loa se relajó, agotado—. Una única pregunta, mortal. De pronto, Loa movió una mano, en un último intento, traicionero como siempre. El cuerpo se irguió, con aire irritado. Las runas tatuadas lanzaron brillos—. No hagas que pierda la paciencia. 

Ki jan yo pase Modèl la? Repons repitió Loa, aunque menos exigente— Según los textos, hay que entrar al Patrón desde dos puntos distintos, y seguir el camino de la Vida y el camino de la Muerte. Sólo juntos, bien combinados, bien entrelazados, dan lugar al camino que cruza entre los mundos, el que permite avanzar sin importar las distancias. Pero en este templo hay diez posibles entradas al Patrón. Y nadie sabe a qué se refieren los antiguos con eso de los caminos.  

Cráneo Rúnico asintió. 

Los extremos se tocan, los extremos se atraen. Busca los extremos. Uno, es el camino de la Vida, el otro, el camino de la Muerte. Cada paso debe tener su contrapaso y, luego, una retahíla en ese idioma incomprensible, demasiado larga para transcribirla. Además, Loa se negó a traducirla. 

No he entendido nada replicó cuando le preguntamos, después. No le creí. Creo que nadie lo hizo.

En aquel momento, tras escuchar aquellas palabras, se limitó a mirarle con ojos brillantes. El cadáver inclinó la cabeza. Sus runas refulgían ominosamente. Dijo algo más, en ese idioma, algo que sonó poético, hermoso y terrible a la vez. Luego, él mismo lo tradujo: 

¡Demonio!
Cabalgas engaños sobre nuestras tierras.
Susurras mentiras, ocultas herencias...
En el fin del mundo, las Puertas abiertas,
sangre y miedo tejen falsas apariencias... 

—¿Qué significa eso? - preguntó Javier. Cabeza Rúnica se volvió hacia él.

—Es una vieja advertencia, mortal. Y un enigma, el más importante de todos. Intenta resolverlo, porque de ello depende el destino de nuestro mundo. Recuérdalo. —La vela crepitó en el suelo, consumiéndose. A medida que su luz se iba apagando, la forma descendió, regresando a su tumba. 

Todos nos miramos. Fue Loa, una vez más, quien tomó el control. Recuerdo que dio un paso al frente, señalando a los Sabios con un dedo: 

—Este es el acuerdo: nos dejáis entrar y...

—Recuerda que dentro se encuentra Popov—le interrumpió una mujer—. Ha venido para consultar... No sé, seguro que nos ha mentido al respecto, pero algo quería saber. Ha bajado a las Salas del Conocimiento. Y es muy poderoso. Más que nunca, Loa. No te fíes.

Loa la miró desdeñoso.

—Nosotros mataremos a Popov. Sabéis tan bien como yo que está demasiado implicado, jamás abandonará el proyecto. Destruirá este mundo antes de admitir que  ha estado tan equivocado y durante tanto tiempo. Quizá hasta tenga en mente mataros a vosotros antes de irse, ya no puede fiarse. Vuestro poder mengua, todos lo percibimos. Os habéis desgastado inútilmente y ya no sois más que cabos sueltos en esta gran madeja. —Los Sabios se removieron, nerviosos—. Por eso, ahora os apartaréis y nosotros pasaremos. Yo también quiero bajar a las Salas del Conocimiento, por muchas razones. Luego, nos permitiréis el paso hasta el Patrón, y colaboráis en detener al Rey.

—Estás loco, eres un temerario —dijo un Sabio, con expresión de miedo—. Nadie se ha internado en el Patrón, nunca. Ni siquiera sabemos qué custodia.

—La victoria, por supuesto —repuso Loa con voz firme—. Lo que nos ayudará a derrotar al Rey.

Aquello pareció infundirles una cierta seguridad. Los Sabios intercambiaron más miradas y se apartaron, cediéndonos el paso. Pero, cuando intenté avanzar, para seguir a Loa y atravesar el umbral hacia el resto del templo, Javier me sujetó por un brazo.

—Un momento. —Se volvió hacia los Sabios, con actitud crítica—. Veamos, un último asunto, ya más personal. Tengo entendido que, juntos o por separado, ordenasteis la muerte de Rebeca.

—Javier... —intenté, aunque demasiado sorprendida como para servir realmente de algo. Nadie me gana a rencorosa, pero sé esperar la ocasión. No quería más enfrentamientos, sobre todo cuando aún nos esperaba Popov y el dichoso Patrón. En ese momento, me sentía enormemente cansada, supongo que por la hora y por la situación tan tensa que estábamos viviendo. Pero Javier siempre ha sido testarudo en algunos temas: sobre todo, en el de proteger a su familia.

 —Sólo será un minuto, Reb. Me gustaría de verdad, saber de quién fue la idea. —Volvió a recorrerlos con los ojos. Seguro que todo el mundo fue tan consciente como yo de la pistola que seguía sosteniendo en su mano derecha—. O si fue de todos.

—Ahora no, Cazademonios. Ahora no —le dijo Loa. Para una vez que estamos de acuerdo en algo... Pero Javier le hizo todavía menos caso que a mí.

—¡Expulsó al Amo, tras tanto tiempo preparando su llegada! —exclamó entonces una mujer—. ¿Qué querías que hiciésemos? ¡Se decidió en Cónclave! ¡Era necesario!

Javier hizo una mueca.

—Está bien. Sólo diré que, si vuelve a ocurrir algo así, si uno de vosotros vuelve a atentar de cualquier modo contra alguien de mi familia, me ocuparé de abriros un hueco semejante en la cabeza. —Señaló  con un gesto al Sabio que había matado—. A todos y cada uno. No bromeo, ni exagero. —El hecho de que no usase la pistola para amenazar resultaba todavía más amedrentador. Allí estaba, el humano normal, el carente de Nuiz y de una magia profunda, avisando de destruirlos a todos. Y nadie dudó de que sería capaz de hacerlo—. Quizá así os entre de verdad algo de sabiduría.

Sin más, se dirigió hacia el interior del templo. Loa agitó la cabeza y me miró con reproche. Como si yo tuviese la culpa, por estorbar en los asuntos importantes, o algo así. Valiente cretino, pensé, aunque tuviese razón.

No hubo mucha suerte respecto a Popov. Tal como nos habían indicado los Sabios, le encontramos en una de esas Salas del Conocimiento, que son enormes habitaciones subterráneas abovedadas, una especie de cuartos de estudio anexos a la enorme biblioteca. Popov estaba sentado a una de las mesas, rodeado de montones de libros y rollos de pergamino.

Según le vimos, Javier y Enrique dispararon y Loa inició un conjuro. Yo me limité a mirarle, demasiado llena de odio, pensando si el poder de Rolando podría convertirlo en una simple silueta pulposa en la pared. Seguramente. Pero Popov nos vio, cogió un par de libros bajo un brazo mientras paraba las balas en el aire, con el sencillo sistema de alzar la otra mano y, tras un ligero parpadeo, desapareció.

—Debe haber establecido una contigencia —maldijo Loa.

—¿Qué es eso? —preguntó Enrique.

—Establecer mágicamente una consecuencia para una posible causa. Por ejemplo, que le disparasen —ahora, la mirada de reproche fue para ellos. Enrique lanzó una risa ronca.

—O que le hiciesen un conjuro, no te jode.

—Bueno, sí, también. —Loa se encogió de hombros—. Vamos, intentemos buscar toda la información posible sobre el Patrón.

Se pusieron a buscar datos. Yo estaba cansada: era muy tarde, ya de madrugada de jueves, pero sabía que no podría dormir a pesar de todo.

Encontré una terminal, ya he dicho que el sitio era sumamente moderno, tenía de todo. Javier lo comprobó, para que no tuviese problemas con el sistema de seguridad de nuestro ejército y empecé a escribir en el blog.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Aquel Miércoles Bailé con Huesos Muertos

Interiors of the New Hermitage.
The Gallery of the History of
Ancient Painting, 1859

Eduard Hau
Dónde estoy ahora, lo revelaré a su debido momento, quizá mañana, cuando quede explicado por qué razón no he podido escribir nada hasta ahora. Espero poder seguir en contacto el tiempo suficiente, al menos.

Solo diré que no escribo esto en mi portátil. Por primera vez, me estoy conectando desde otro punto. 

El miércoles nos infiltramos finalmente en el templo de los Sabios. Como ya comenté, es un lugar de arquitectura directamente inspirada en la cultura celta (lo dijo Loa y luego lo comentó también Javier, tras verlo), pero muy moderno, de piedra blanca y cristal oscuro, un edificio circular, formando a su vez por edificaciones en cúpula colocadas alrededor.

Su interior está muy decorado, con elementos celtas, como este búho, que es utilizado en filigrana en muchas paredes. Supongo que es un símbolo de sabiduría, muy apropiado en el sitio.

Búho celta, en el
Refugio de los Sabios
He buscado una foto que pueda dar una idea de eso en concreto, y es esta. Paredes y cúpulas pintados (aunque, en este caso, con los característicos motivos  celtas), estatuas, jarrones, todo elegantemente vacío y hermoso. Como un museo, vaya. Aunque a mí me parece más una especie de templo abandonado por su dios, por eso lo llamo así, templo. Loa y Radar se refieren habitualmente a él como Refugio de los Sabios, sin más, aunque a veces también lo mencionan como templo.

En parte me ha sorprendido porque todo el edificio me recuerda bastante a un rosario de anillo vasco. No sé si los conoces. He encontrado una imagen por ahí, dime si no tengo razón.

Anillo-Rosario vasco
El conjunto tiene un gran espacio interior, lo que sería en sí el hueco del anillo. Aunque, en este caso, no está hueco. Según me han contado, lo llena todo un gigantesco Patrón Mágico (lo pongo conscientemente con mayúsculas, para darle mayor relevancia, ya que cada vez que se habla del tema, se usa un tono de voz más bajo y respetuoso, por alguna razón).

Cuando he preguntado qué diantre podía ser eso (mis conocimientos de magia han aumentado notablemente en los últimos meses, desde que tuve que aceptar que existía pero, aún así, raras veces les entiendo, cuando se ponen a hablar del tema), se han limitado a decirme que piense en un entrelazado físico de distintos conjuros, formando todos una pauta o camino: se usa para ocultar algo, al otro lado.

Este Patrón en concreto es anterior al templo y a los Sabios que ahora lo custodian. Algunos dicen que lo crearon hechiceros muy lejanos en el tiempo, hombres de inmenso poder que recibieron una llamada o inspiración y se dirigieron hacia allí desde  los lugares más remotos. Una vez reunidos, lucharon entre ellos en esos bosques y se devoraron mutuamente, convertidos a la vez en dioses y bestias, ascendiendo en una espiral de muerte y vida, fortaleciéndose con aquel acto supremo de canibalismo.

Todos ellos se ganaron el derecho a formar parte del Patrón, cada cual a su manera: los más fuertes, los que habían sobrevivido apropiándose del poder de los demás, se reunieron en círculo. Sus vientres, demasiado llenos de magia, reventaron bruscamente, mezclándose poder y víscera, energía y sangre.

No sé si creer que algo tan... desagradable pudiese pasar. A saber qué sucedió realmente y por qué se ha transmitido de este modo la leyenda. En todo caso, cuando llegamos al templo, no sabíamos nada al respecto. Bueno, para ser exactos, no sabíamos apenas nada de nada. Ni siquiera su localización.

Fue Radar el que nos guió, el ciego mostrándonos el camino... 

Y es que, el templo no se ve a primera vista. Se levanta en las cercanías de un pequeño lago, en un paisaje idílico. Forma parte de nuestra realidad pero solo de forma parcial, relativamente. como suele ocurrir en estos casos de ocultación mágica. Para los que son ciegos a la magia, no existe, no hay nada allí. Pero para los que pueden "ver" o para quienes les es mostrado, su piedra blanca y su cristal negro son tan reales como cualquiera de los edificios de los pueblos de las cercanías.

El camino solo lo pueden abrir los Sabios o un mago poderoso en unas condiciones concretas. La noche del miércoles se daban. Me han ordenado que no mencione nada más al respecto.

Fuimos Javier, Radar, Loa y yo, tal como mencioné el otro día. Radar nos condujo y abrió el sendero. Fue... asombroso, de verdad. El claro, en el bosque, estaba vacío, ni siquiera cabía la idea de un edificio pequeño, el lugar no era lo suficientemente amplio. Yo casi llegué a pensar que Radar, pese a todo, se había equivocado, tan cegado estaba por el resplandor de aquella especie de magia estática de la Selva Negra. Pero, un segundo después de disiparse el eco de las palabras que pronunció Radar, tras un fluctuar de formas fantasmagóricas y de distancias repentinamente flexibles, allí estaba.

El Templo de los Sabios. El Refugio de los Sabios.

Nada más aparecer, según fue visible para todos, se abrieron las puertas situadas en lo alto de la escalinata de entrada, que estaban franqueadas por grandes columnas (puedes verla en el gráfico que he hecho, justo a su derecha, nosotros llegábamos por ese camino). Eran muy grandes: se movieron lentamente, con gran retumbar de mecanismos y manivelas.

Rápidamente, Loa se acuclilló, enterró los dedos en la tierra, y empezó a repetir una de sus salmodias. Era un sonido... no sé, inquietante. Las sílabas parecían extenderse a trompicones, chocando contra los árboles y las rocas, arrastrándose por la tierra como serpientes. Lo cierto es que los conjuros de Loa siempre me dejan una impresión parecida.

Entonces, vimos tres hombres salir del templo. Eran grandes, si me apuras diría que debían rondar los dos metros, en todas direcciones, qué barbaridad. Llevaban los rostros cubiertos por capuchas negras que ni siquiera tenían orificios para los ojos. Y estaban armados con ametralladoras y largos cuchillos que podrían ser considerados espadas cortas.

Venían en nuestra dirección. Y yo pensé que de ningún modo quería que me alcanzasen. Pero, ¿eran solo tres? Habíamos esperado un gran ejército, o al menos un grupo nutrido.

—Corred —ordenó Loa, entre dientes, la boca forzada en una mueca llena de tensión. Se le escapó una risa, mirándome—. Femme, commence à danser. Danse avec les os morts. (Mujer, empieza a bailar. Baila con los huesos muertos). —Entonces, como recordando algo, se volvió hacia Javier—. No lo olvides, Cazademonios: el Sabio de la runa azul en la frente. Es el más peligroso.

—¿Qué...? —empecé a preguntar. Eso me pasa por no haberles hecho demasiado caso mientras planeaban sus historias. Nadie me hizo caso a mí en ese momento: Javier y Radar echaron a correr, y fui detrás. 

Mientras nos acercábamos al edificio, de entre los árboles surgieron numerosas formas. 

Eran cuerpos, miles de cuerpos, miles de cadáveres. Eran todos los restos que dormían en el bosque, todos los que aún eran capaces de propulsarse por sí mismos. Y te puedo asegurar que, un bosque, es algo lleno de vida, pero guarda también mucha muerte.

Animales de todo tipo, de todos los tamaños, en todos los grados posibles de descomposición, surgieron de todas partes, estremeciendo el claro. Olía, olía a muerte por todas partes. Tuve que parar y empecé a vomitar, pero Javier me agarró del brazo y tiró de mí. Oh, dioses. Tienes que creerme: aquellos seres estaban por todos lados, sombra negra, hueso blanco, y Loa tenía razón, se movían como en una danza inmensa, una gigantesca coreografía. Avanzaban decididos, algunos veloces y peligrosos, otros en perezosa cadencia; el hedor a podredumbre, a descomposición y muerte eternamente lenta, se mezclaba con los mil crujidos de la espesura al ser pisoteada por criaturas que hubiesen debido descansar bajo ella, formando la música de la danza. .

Bailaban. Bailábamos...

Muchos de aquellos animales, esqueletos frágiles de lo que fueron cuerpos frágiles, no podían hacer daño alguno por sí mismos; pero eran tantos, tantos, que imponían. Los tres guardianes del templo, pese a todo, no hicieron ningún caso: estaban enfilados hacia nosotros, intentaron recibirnos con las ametralladoras, incluso empezaron a disparar, pero una bandada de pájaros muertos llegó por un lado, levantando una ráfaga de viento inmundo, y les golpeó de lleno. 

Dos perdieron las armas, otro siguió disparando, pero a las aves, absurdamente. Le habían arrancado la capucha y sangraba mucho de un ojo que estaba destrozado. Pero no parecía sentir ningún dolor. De hecho, la otra pupila estaba fija y él se movía con la determinación de quien no piensa en nada, realmente. Recordé lo que había dicho Loa de que les habían vaciado el cerebro.

Fueron interceptados por centenares de formas. Se agitaron con ellos, bailando también con ellos: un paso delante, un paso atrás, un giro, inclinación, media vuelta...

Terminaron cayendo, bajo el peso de tanto, tanto hueso muerto...

—¡Corre! ¡Corre! —me gritaba Javier. Como dije antes, íbamos por el camino que he dibujado a la derecha, en dirección a la escalinata que ascendía hacia la cúpula más grande, la entrada. Y por el rabillo del ojo vi más muertos que empezaban a surgir de la densa oscuridad que era el bosque. Los muertos humanos del cementerio del que había hablado Loa. Acudían a su llamada, para ayudarnos.

Oí los gritos de uno de los tres guardianes mientras entrábamos. Los otros, ni se quejaron. Tras caer bajo la aplastante mayoría de los animales, el forcejeo fue mínimo, y lo que fueron en épocas seres humanos los remataron.

Esos momentos los tengo clavados como ráfagas inconexas. Estaba muy nerviosa. Subimos las escaleras. Radar alzó una mano y dijo algo. Estaba rompiendo el Sello, sí, un Sello, habían hablado de una protección poderosa que nos impediría el paso. Todo se estremeció. Seguimos corriendo.

La gran sala circular de la entrada es más que una simple entrada, es como un lugar de recepción y encuentro. Solo los Sabios tienen derecho a adentrarse más en los círculos del Refugio; los que llegan, generalmente colaboradores, a veces enemigos, como nosotros, son recibidos nada más traspasar las puertas y despedidos o enterrados tras la conversación que sea.

Nosotros entramos en tromba, y aunque no estaba como para hacer turismo, no pude evitar admirarme. Como dije, los techos, las paredes, todo es elegante y cada detalle ha sido cuidado con gran esmero. El suelo es de baldosas de piedra pintadas, muy pulimentadas. Juntas, forman un gran dibujo, una espiral que gira sobre un punto central, donde pone: "Sapientium octavo". Más allá, bajo el gran arco que daba acceso al resto del edificio, pude leer "Proditori non crucis limine "

Cuatro hombres y tres mujeres se alineaban en la gran sala, protegiendo ese umbral. Todos llevaban las cabezas rapadas, cejas incluidas, y vestían túnicas blancas. No pretendo insinuar que tenían aspecto griego, en absoluto: eran túnicas de diseño moderno, y que acentuaban su curiosa apariencia andrógina. Supongo que eso quieren transmitir los Sabios, que no son ni hombres, ni mujeres, solo mentes. Un estadio superior a lo meramente físico.

Y mentes muy poderosas, por cierto. Según entramos, estaban concentrándose en el algún hechizo de gran potencia. Radar consiguió hacer algo para perturbarles, algo que hizo que los basamentos del templo gimiesen doloridos, pero no fue suficiente. La carga mágica del lugar era terrible, creí que me iba a estallar la cabeza. Las pinturas de las paredes empezaron a combarse, o quizá eran las paredes mismas, porque ningún ángulo podía mantenerse inmutable ante tanta presión, por muy aferrado a la realidad que estuviese. Yo alcé los brazos justo un segundo antes de que lanzasen algo, lo que parecían una multitud de diminutos proyectiles luminosos, contra nosotros. Estallaron en el aire, al chocar con la protección de energía que me había enseñado Rolando.

Me costó, ya lo creo, habían descargado mucho poder. Luego supe que, para ellos, apenas había sido nada.

Pero, el más rápido de todos, fue Javier. Según entró, alzó la pistola y disparó a uno de los siete, un hombre. Parecía el mayor en edad, aunque todos compartían también una curiosa apariencia atemporal. La bala impactó en su frente, justo en el centro del tatuaje azul que la había adornado.

No sé de qué era la bala. Entró dejando un agujero diminuto, pero salió por su cráneo abriendo un boquete del tamaño de un pomelo. El cuerpo se agitó locamente antes de desplomarse, la sangre salpicó por todos lados, manchando piedra impoluta, rostros fríos y túnicas blancas. Algunos Sabios gritaron. Javier movió la pistola en todas direcciones:

—El próximo que pronuncie una sola sílaba mágica, no va a tener tiempo para lamentarse. —Nadie dijo nada. Nos miraban confusos y espantados. Javier sonrió, relajándose ligeramente—. Pero, sí podéis hablar para darnos una explicación, lo más breve posible, de cómo, quienes se consideran tan listos y tan sabios como para llamarse por ese nombre, han cometido la estupidez de apoyar la invasión de unos demonios que sólo buscan arrasar por donde pasan.

El silencio se extendió todavía por otro largo segundo. Luego, empezaron a hablar todos a la vez.

—No tenéis derecho, no tenéis ningún derecho —protestaron unos—. ¡No sabemos nada! ¡No tenemos nada que decir!

—¡Pueden ayudarnos! ¡Tenemos que hacer algo! —dijeron otros, dirigiéndose a sus compañeros. La mejor prueba del enorme cisma que había en aquel grupo...

Entró Loa, dejando fuera su ejército de cadáveres. No sé qué palabras usar para explicarte lo aterrador que resultaba aquello. Eramos muy pocos los vivos allí reunidos; fuera, entre cosas que habían sido animales y cosas que habían sido hombres, esperaba silenciosamente una multitud. Los muertos nos miraron a través de las puertas abiertas, con rostros muy pálidos, cadavéricos.

El que sí entró con Loa fue Enrique. Esquivó mi mirada de reproche.
—El abogado nos había seguido y se ha empeñado en venir —dijo Loa. Javier sonrió.

—Se ha ganado el estar.

Enrique no contestó, aunque sé que agradeció el apoyo. Me gustaría hablar de todo eso, de la curiosa relación que está surgiendo entre nosotros, unos y otros, pero es que no hay tiempo... Tendrá que ser en otro momento.

Empezamos a interrogar a los Sabios. Para evitar extenderme demasiado, omitiré lo que fue más de una hora de conversación en la que supimos que había habido graves problemas entre ellos, por eso andaban descentrados y débiles. Habían sufrido una pérdida notable de poder y una deserción en masa de servidores, algunos de los cuales hasta habían huido con armamento y material mágico de importancia. Por eso sus guardianes solo eran tres, pobres diablos. Alguien había conseguido recuperar parcialmente sus mentes, pero esos tres no tenían remedio.

—Traidores, traidores... —rumiaban los Sabios. Una de las mujeres apretaba tanto los puños que se había clavado las uñas en las palmas. La sangre se deslizaba entre sus dedos y había manchado el vuelo de su túnica...

Popov sí estaba en el templo; de hecho, se le había dado permiso para acceder a una de las catacumbas, Jamás hasta entonces se le había permitido tal cosa. Al parecer andaba buscando algo o preparándose para algo, inmerso en una misión definitiva, cuya importancia superaba cualquier otra. Los Sabios ya no le controlaban, no podían hacerlo.

Estaban asustados, completamente aturdidos, porque habían esperado recoger los laureles de su obra, una empresa que les había llevado casi dos siglos (admitieron lo que nos había contado Loa, que extendían su vida más de lo normal por métodos sobrenaturales) y se habían estampado contra aquel enorme fracaso. No estaban seguros de que seguir al Rey fuese una buena idea. Ya no. Y no sabían si estaban en condiciones de poder cambiar de bando, estando tan avanzada el asunto.

Todo lo que contaron fue, sin duda, interesante. Pero, a mí, lo que más me importaba, era que todos ellos hablaron. Seguro que algunos dijeron la verdad y que otros mintieron.

Pero nadie calló, nadie guardó silencio, como me había avisado Ama Lur.

—¿No hay más Sabios? —pregunté, entonces, con la esperanza de que hubiese otros, en el edificio. Dijeron que no. Eran siete Sabios, solo siete. Como los famosos siete sabios de Grecia.

—En realidad, podría suponerse que hay uno más —adujo Javier, señalando el centro de la gran sala, el punto en el que convergía la línea de la espiral que dibujaban las baldosas—. "Sapientium octavo". "El octavo sabio". Me consta que se trata de una expresión irónica, por el aquel de quien se cree sabio sin serlo, pero... ¿es posible que tenga en realidad alguna otra explicación?

Ahí, tardaron bastante en contestar. Se miraron entre ellos.

—Relativamente —dijo uno, por fin. El mismo hombre de aire ligeramente mayor—. Sea quien sea, lleva mucho tiempo muerto. Según cuentan las crónicas, fue uno de los primeros, los que llegaron en tiempos remotos para elaborar el Patrón. —Entonces fue cuando nos contaron la leyenda sobre los magos llegados de todas partes y su acto de supremo canibalismo—. Según las crónicas era pretencioso y estúpido. Presumía de sabio sin serlo. Pero, además...

—Era un traidor —terminó una mujer por él. Javier asintió, mirando el arco de acceso al edificio.

—"Proditori non crucis limine ". "El traidor no cruza el umbral". ¿Cuál fue su traición?

No contestaron. Yo pensé que, en definitiva, aquel octavo monstruo no había estallado para formar parte del Patrón. Y me pregunté si, tanto tiempo después, seguiría digiriendo todas aquellas magias.

—No le habéis dejado entrar —dijo entonces Radar. Señaló el suelo, las letras del "Sapientium octavo", con el bastón—. ¿Está enterrado ahí mismo? Sí, ¿verdad?

Nadie dijo nada, y el silencio lo dijo todo.

Loa se adelantó hasta allí, hincó una rodilla en tierra y apoyó la mano, según su estilo, sobre la frase. 

Réveillez-vous (Despierta) —ordenó—. Il est temps. Il est temps. Ma volonté est votre force de vie. Venez à mon appel. (Es la hora. Es el momento. Mi voluntad es tu fuerza vital. Acude a mi llamada).

Y, entonces, ante nuestro asombro, ante nuestro absoluto terror, algo golpeó la piedra desde abajo. Todo el templo se estremeció y la Selva Negra guardó silencio. 

Aquello que dormía desde hacía tanto, golpeó una y otra vez, una y otra vez, abriéndose camino a través de tierra y piedra...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ese Lunes Pacté con el Diablo

Retrato de  Rembrandt Peale
Thomas Sully
Voy a ser breve, porque me están esperando para una... excursión nocturna.

Este hombre del retrato se parece mucho a Loa. Sirva, pues, para hacernos todos una idea de la imagen que vi anoche, cuando nos movíamos ya por la Selva Negra alemana. Yo conducía el Hummer, los demás estaban adormilados. Radar tenía localizado el Lugar de los Sabios, como hemos dado en llamarlo, y tratábamos de esquivarlo. No era momento. Pensábamos acampar en las cercanías, descansar, y luego establecer un plan. En lo único en lo que estábamos de acuerdo era en que no podíamos ir por las bravas, porque no tendríamos ninguna oportunidad.

De hecho, es tan intenso el poder que emiten los Sabios,  hay tanta distorsión mágica en el lugar, que Radar no "vio" a Loa. Y yo tampoco. Di un curva, en un camino muy oscuro entre árboles  oscuros y, de pronto, allí estaba, de pie, quieto. Como si hubiese surgido repentinamente de la nada.

Casi lo atropello. Luego lamenté no haberlo hecho. Hubiera podido pasarle varias veces por encima con el Hummer y hubiese disfrutado con la sensación de sus huesos aplastándose...

Pero, no. Pisé a fondo el freno y me quedé allí, pasmada, con las manos en el volante, mirándole sin saber qué hacer. Con el brusco frenazo, todos se habían despertado, incluso Jon, que había conducido durante buena parte del día y había caído rendido cosa de una hora antes.

Iluminado furiosamente por los faros del coche, Loa sonrió, con esa sonrisa que no inspira simpatía alguna. No parecía tener prisa. De hecho, esperó a que actuásemos nosotros, supongo que porque también sentía que, el primero en actuar, estaría en alguna clase de desventaja. Enrique fue el que perdió esa confrontación, al abrir la puerta y salir. Javier agitó la cabeza y fue detrás.

—Hijo de puta... —empezó Enrique. Rodeó el coche y se fue a por Loa, para darle un puñetazo. Pero Loa se apartó en el último momento, con un movimiento fluido y elegante, le agarró por la muñeca y le estrelló el puño sobre el capó, aprovechando su propio impulso. Un Hummer es un coche recio, y aquello resonó perturbadoramente. Enrique gritó.

Je n'ai pas de questions en suspens avec toi, Ugalde (No tengo asuntos pendientes contigo, Ugalde) —le dijo Loa, sujetándole sin mayor esfuerzo. Me pregunté de dónde vendría su fuerza. A saber. Miró a Javier - L'chasseur de démons, nous devons parler (Cazademonios, tenemos que hablar).

—¿En serio? —contestó Javier, con calma. Nunca se había parecido tanto a Rolando. Y nunca me había... motivado tanto como me motivó en ese momento. Sé que soy horrible, tras todo lo ocurrido y lo que está ocurriendo, pero verle manejar la situación de ese modo hizo que me sintiera orgullosa de él y... bueno, me puso a cien. Supongo que  a él ni se le pasó por la cabeza algo así. Se cruzó tranquilamente de brazos, haciendo un ligero gesto hacia Enrique—. Suéltalo, anda.

Loa lo hizo, apartándolo de un empujón. Luego supimos que le había roto un dedo pero, entonces, hay que reconocérselo, Enrique no se quejó más. Se limitó a sacar la pistola, con la mano sana, y apuntarle de tal modo que pensé que iba a meterle un tiro allí mismo. Loa puso expresión de hastío.

Je ne suis pas venu pour combattre, la malédiction (No he venido a pelear, maldición) —hizo una pausa, obligándose a seguir en nuestro idioma. Tenemos que pactar, tenemos que colaborar juntos., oui? —Miró hacia el coche, pensé que a mí, pero no. Era más allá—. Radar puede confirmaros que no tenéis ninguna oportunidad, seguro que percibe la carga mágica del sitio. Es muy intensa y empeorará a medida que os acerquéis a su base. —Nadie dijo nada.  Ça va, Radar? (¿Qué tal, Radar?)

Ça va bien, et toi? (Bien, ¿y tú?)

Tres bien, merci. (Muy bien, gracias) Solos contra los Sabios, estáis muertos —prosiguió, tras lo que había parecido un cordial reencuentro entre viejos enemigos—. Son demasiado poderosos.Y yo tampoco tengo nada que hacer, por mi cuenta, por mucho que me pese admitirlo. Pero tenemos que impedir que actúen. El Rey llega. El Rey está llegando... —remarcó. Me estremecí—. Y esos hombres, van a ayudarle.

—No nos fiamos de ti —masculló Enrique.

—Obviamente. Ni lo pediría. Pero tenemos un objetivo común, ahora mismo. Ugalde, tú eres abogado, y uno de éxito, que te he investigado. Sé muchas de las cosas que has hecho. Eres alguien que sabe que a veces hay que pactar con el diablo, para conseguir lo que se desea. Y, ahora, quieres ganar esta confrontación, seguir vivo para contarlo. —Enrique hizo una mueca. Loa nos miró a todos—. ¿Es que no lo veis? Son poderosos, tienen una fortaleza. Entremos, matemos. Luego, ya se verá...

Javier chasqueó los dientes. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la túnica y lo encendió.

—¿Estás solo? —preguntó, después.

—No. —Le miramos preocupados. Luego, con horror, cuando añadió—: Yo nunca estoy solo, l'chasseur de démons. Hay más muertos que vivos en el mundo. —Hizo un gesto indefinido, en una dirección—. Hay un cementerio cerca. Ahora, me infunden fuerza; cuando ataquemos, lucharán con nosotros.

—Ya veo. —Dio una calada, contemplándole pensativo desde el otro lado del humo—. ¿Qué buscas tú, qué sacas de todo esto, Loa? No puedo creer que sea sólo impedir que llegue el Rey.

—Bueno, sería suficiente causa. Tú no lo entiendes, porque aparentemente no sirves a nadie, pero yo debo mi lealtad a otros señores. Pensaba que... —dudó, y bufó con impaciencia— Pero creo que me confundí. Y si los que llegan no son ellos, sólo pueden ser sus enemigos. —Javier siguió contemplándole  suspicaz. Loa se rindió, con una risa seca—. Pero, cierto, también es verdad que deseo algo. Popov está con ellos —declaró entonces—. Quiero su cuerpo.

—¿Una venganza?

Loa le miró fijamente.

—Es poderoso. Será un buen esclavo.

—Ya. —Javier se frotó la barbilla. Se volvió hacia el resto del grupo. La pregunta fue hecha en general, aunque percibí su mirada directa—. ¿Qué opinais?

—Loa puede mentir, y mucho —intervino entonces Radar—. Pero hay algo innegable: la carga mágica es enorme. —Movió los dedos, ante sus ojos, como un aleteo—. Apenas veo ya, a estas alturas. Es como un destello tan intenso, que me ciega. Los Sabios son muy poderosos, siempre lo he oído asegurar y ahora lo estoy comprobando. No podemos subestimarlos, toda ayuda es poca.

Yo no sabía qué decir. Terminé encogiéndome de hombros. Enrique bajó la pistola.

—No seré yo quien se preocupe por el destino de Popov —dijo, guardándola—. Pero si nos traicionas, te aseguro que lo vas a lamentar. Y si no lo haces, también, porque yo no olvido lo que ha pasado, todo lo que nos has hecho. Dame una sola razón, una sola, y este abogado acostumbrado a pactar con el diablo te va a reventar a hostias, imbécil.

Javier arqueó las cejas y se echó a reír.

—Lo que se aprende, estudiando Derecho. Y yo, preocupándome por la escritura cuneiforme.

Organizamos el campamento cerca de allí. A estas alturas, estamos bien pertrechados en temas de equipo de acampada. Hemos pasado por montón de grandes comercios franceses, donde pudimos coger de todo. Tenemos lámparas, cuerdas, hornillo y sobre todo tiendas, de un tipo que me gusta mucho, prácticamente las tiras al suelo y zas se montan solas, es alucinante. No son muy grandes, se supone que sirven para dos personas, aunque solemos dormir uno en cada una. Derrochando, que para lo que nos han costado...

No me preocupé de dónde iba a dormir Loa. Por mí, como si lo atropella un camión cisterna. Pero cenamos todos juntos y tuvimos que compartir con él el guiso que preparó Javier, que siempre se las arregla para cazar algo y realzar el sabor de la comida enlatada Hablamos de cómo entrar en la mansión de los Sabios, un templo que, según dice Loa, es circular, con reminiscencias célticas, pero completamente moderno, y se encuentra en el centro de un claro protegido por la magia. 

También nos ha contado que disponen de un nutrido grupo de guardias fieles para protegerlos.

—¿Cómo de fieles son? —preguntó Javier, preocupado. Loa apenas parpadeó.

—Les han vaciado la mente. No esperéis otra cosa que fuerza bruta y resistencia. Morirán matando. Y lo peor es que darán la vida para que sus amos consigan el tiempo suficiente para dominar la situación.

—Los Sabios son magos poderosos —asintió Marea—. Según tengo entendido, algunos de ellos se mantienen vivos con métodos sobrenaturales desde mediados del siglo XIX. 

—Así es. Con los métodos de los que disponemos, todos juntos... —nos miró uno por uno y agitó la cabeza, pensando cómo continuar—. No sé, eliminarlos va a ser una hazaña, aunque vaya más gente con Nuiz. —Me miró—. Tú eres especialmente interesante a ese respecto. Tú y yo. Y tú —añadió, dirigiéndose a Javier—. Rebeca se ocupará de robar el Nuiz al que yo le diga. Y tú matarás a los que te indique. —Señaló a Javier—. No tienes Nuiz, pero has aprendido a vivir con ello. A sobrevivir, debería decir. He oído cosas. Eres rápido, l'chasseur de démons. Eres un asesino de magos.

Javier no lo contradijo.

—¿Y tú? —se limitó a decir.

—Me ocuparé de convencer a los muertos de que se unan a nosotros —murmuró, y creo que ningún vivo dejó de estremecerse. 

Lo dejamos, de momento, y nos fuimos a dormir. Pero no podía conciliar el sueño. Era ya muy tarde, de madrugada, cuando me arrastré sigilosamente hasta la tienda de Javier. Él también estaba despierto.

—Empezaba a pensar que no vendrías —me dijo, haciéndome sitio. No me gustó ser tan predecible.

—¿Sabías que iba a venir?

—Te conozco, Reb. Te conozco mejor que tú misma. —Me besó y se detuvo un momento—. Dime, ¿seguimos casados?

—Supongo que sí. —Preguntarle a Enrique estaba fuera de toda cuestión, en esos momentos—. Nunca llegué a firmar ningún papel.

Javier sonrió.

—Me alegro.

No suelo extenderme en intimidades, como otras (sí, va por ti, Pilar), pero tengo que admitir que, en veinte años de matrimonio, nunca había sido así, no como anoche. No sé si Javier se sorprendió. Yo, desde luego, sí. Porque, no, no pensé en Rolando, no fue un sucedáneo para pasar el rato. Sigo amando a Rolando pero... supongo que son veinte años de matrimonio.

Y se parece tanto a su hermano...

Por la mañana, Enrique me sorprendió escabulléndome de tienda en tienda. Intenté disimular. Él también.

Hemos pasado el día perfilando bien el plan, que consiste básicamente en acercarnos Javier, Radar, Loa y yo, y tratar de infiltrarnos, ver qué pasa y, posiblemente, cagarla al completo. Pero bueno,  supongo que sí, que habrá que intentarlo. Aunque solo sea porque ha sido un infierno convencer a Marea, Cristina la Soldado Petarda, Enrique y Jon de que mejor se quedan en el campamento, esperando noticias sobre si necesitamos refuerzos o no. Ya que lo hemos conseguido, habrá que amortizarlo.

Lo haremos esta noche.

Ah, ya de puestos, aprovecho para enseñarte también el mapa del recorrido que hemos hecho. Me he entretenido elaborándolo esta tarde, mientras divagábamos sobre si sellos mágicos o no sé, no he hecho mucho caso.


Desde luego, Francia era un país precioso. Me pregunto si podremos recuperar el mundo que tuvimos. No sé, nada será igual.

¿Y cuántos quedaremos? Estoy cansada de perder amigos. El mensaje dejado por Hidalgocinis me da tanto miedo... Lo he leído después de cenar, como escribe poco a veces se me olvida y pasa lo que pasa. He llamado a Javier y a Enrique, lo hemos consultado con los demás. Hemos dudado sobre si plantearnos una búsqueda o no, ir a rescatarle, pero es que no tenemos ni idea de dónde anda. Sería muy difícil. Loa dice que está muerto o muy cerca de estarlo, y nadie como él para saber esas cosas.

Pobre Hidalgocinis. Qué vida de infierno ha tenido.

Por eso luchamos, supongo, por los amigos, por lo que queda, por los que dieron la vida para intentar que los supervivientes tengan una oportunidad.

Por eso debo irme, ahora. Deseadme suerte.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Un Viernes Vertí mi Sangre en la Grieta

The priestess of the oracle at
ancient Delphi, Greece.

John Collier, 1891
Seguimos viaje. Aunque vamos lento, dicen que mañana o pasado llegaremos por fin a la Selva Negra. Una vez allí, Radar nos conducirá hasta el punto arcano más activo. Sé que lo ve; yo lo vi, en la distancia. 

No ha ocurrido nada memorable, atravesando Francia. Mejor, porque todavía tengo que contaros lo que sucedió la noche del jueves. O, mejor dicho, la madrugada del viernes. O en algún momento de ese tiempo que no sé si transcurrió.

Fui tras el bucardo, tal como me había pedido Radar, internándome cada vez más en las montañas. Lo seguí hasta que los zapatos se me destrozaron en los pies, como si hubiese caminado años con ellos. Y al final del largo recorrido que quedaba más allá del laberinto, vi el resplandor en la montaña y percibí la presencia. 

Era algo poderoso, mucho más que un simple Nuiz, incluso más que el más temible de los demonios que había podido ver, el Amo de los Edterran

Supe que me encontraba en otro sitio, al otro lado. No me preguntes "al otro lado de qué". No sabría decirlo. En aquel momento, cuando el bucardo me guió hasta la mujer, cuando vi la Grieta abierta sobre una tierra tan negra que se confundía con el cielo sin estrellas, me pareció una idea de lo más lógica.

Le fauteuil du Diable
(El trono del Diablo)

cerca de Rennes-les-Bains
Ella estaba sentada, mostrando una imagen muy semejante a la que he elegido para ilustrar el texto. Sin embargo, en este caso, la silla era una roca que me hizo pensar en el Le fauteuil du Diable, ese asombro de la naturaleza que está cerca de Rennes-les-Bains, y que tanto misterio envuelve (dicen que no ha sido trabajada por el hombre, la piedra es así,  una especie de perfecto trono natural. Por eso los antiguos le inscribieron distintos símbolos mágicos y lo atribuyeron a seres superiores).

La mujer sostenía una rama florida. Era joven y vieja al mismo tiempo. A veces una cosa, a veces otra. En cada movimiento los años se deslizaban por su piel como si fuesen agua. No la afectaban realmente. Sólo eran algo que servía para reafirmar la idea de que estaba más allá de todo eso.

A sus pies, pude ver la Grieta. Parecía... parecía un desgarro en el mundo, una herida, pero una herida vieja, que ya ni siquiera duele. Dentro, llegaba a distinguirse una profunda oscuridad, de la que emanaba una neblina plateada, tan similar a la que puede verse en el cuadro que he elegido, que me pregunté si John Collier no habría visto lo mismo que yo...

El bucardo fue hacia la mujer y la acarició con la nariz antes de quedar de pie, inmóvil, a su lado. Yo me detuve a pocos pasos, intimidada. No sé cómo se vería, con ojos mortales. Para mí, con aquella visión de Radar, era hermosa, impresionante. No me atreví a hablar.

—Brillas, Rebeca —dijo entonces ella, por todo saludo. Sus labios no se movieron, pero lo oí perfectamente, y no tuve duda de que era ella quien se estaba dirigiendo a mí. Tampoco me sorprendió que me conociera. Lo sorprendente hubiese sido que se le pasase algo, de todo lo creado—. La marca que llevas es como un destello en la noche. Cegador.

Sentí un estremecimiento de miedo. Y casi percibí otra vez la presencia de la criatura, rondando a mi alrededor, como tantas otras veces. Susurraba, en mis sueños. Me tocaba, notaba cómo olfateaba mi piel, mi cabello. Una vez, llegó a besarme, y dejó en mis labios un extraño sabor a alquimia y miedo. No sé si me deseaba; más bien, pienso que era simple curiosidad. No sabía nada de los humanos.

—Líbrame de él, Ama Lur. Líbrame del resplandor de la marca y de la oscuridad de aquel que me persigue, por favor.

Ella asintió ligeramente.

—No es luz, ni sombra pero quedará aquí, atrapado en el laberinto. No me des las gracias, porque todo tiene un precio, Rebeca —añadió, al instante, interrumpiéndome antes de que pudiese agradecérselo. Y, lo admito, me llenó de espanto—. Tu sangre. Deja caer unas gotas en la Grieta.

Miré la niebla de plata, y la oscuridad de la que nacía, con auténtica aprensión.

—¿Es una brecha? ¿Como las usadas por los demonios para entrar?

—Algo así, pero no exactamente. Esta lleva mucho tiempo abierta y conduce a otro lugar muy distinto. Yo la custodio desde los orígenes del mundo. —Movió un dedo en el aire. Una voluta de niebla se enredó juguetonamente en él, como una guedeja de pelo con vida propia—. A veces entra más, a veces menos pero, pese a lo que piensan muchos, es una fuente inagotable. Mientras exista la Grieta, existiré yo, y todo lo que está más allá de la realidad.

Nos miramos. Quise preguntarle si aquello era alguna clase de fuente de la magia del mundo, pero lo encontré innecesario. Además, tenía algo que hacer. El bucardo se acercó, inclinando la cabeza, ofreciéndome sus hermosos cuernos. Su perdición.

No me lo pensé. Alcé una mano y la clavé con fuerza en aquel extremo puntiagudo.

Creo que grité, no estoy segura. El dolor lo llenó todo.

 Recuerdo mi sangre deslizándose lentamente por el cuerno del bucardo que ya no existía. Recuerdo que caía, en gruesas gotas, sobre la Grieta. Arrancaba pequeños destellos de la niebla, hambrientos filamentos eléctricos, y siseaba al desaparecer en su oscuridad. El mundo se estremeció, como un monstruo alimentándose, y todo a mi alrededor empezó a deslizarse, a duplicarse en capas superpuestas que se separaban y confundían. Los colores se extendieron más allá de las formas y se volvieron tan intensos que me cegaban.

—Encontrarás a los Sabios, Rebeca —me dijo la mujer. Su voz sonaba cada vez más lejana, mientras parecía desdibujarse en la niebla—. Unos te dirán la verdad, otros te mentirán pero, llegado el momento recuerda que sólo aquel que guarde silencio tendrá auténticos deseos de ayudarte. Tenlo en cuenta, porque no le importará qué normas haya que romper, para conseguirlo.

No sé si me desmayé, supongo que sí. Desperté tumbada en la hierba, bajo unos árboles, no demasiado lejos de la carretera. Radar volvía a tener su Nuiz y me había localizado, así que aparecieron casi al momento.

Era de madrugada, cerca de las cinco. Los relojes habían vuelto a avanzar.

En un primer momento, me pregunté si no habría sido un sueño, un delirio absurdo provocado por mis propios problemas para asimilar los cambios que se están produciendo siempre en mi cuerpo y mi mente. Pero... tengo un círculo en la palma de la mano derecha. No se trata de un agujero, como hubiese debido ser tras traspasarla con la punta de ese cuerno, es sólo la silueta de un círculo, pero se trata de una marca  muy profunda y definida. Radar dice que es una forma mágica, y una forma perfecta.

Además, estaba descalza. No consiguieron encontrar mis zapatos, aquellos que se destrozaron en los largos años caminando tras el bucardo...