sábado, 28 de mayo de 2011

Sábado de Cartas Sobre la Mesa

Los polacos llegan a exportar pocas cosas (al menos que yo sepa), pero las que se hacen conocidas son realmente buenas. Pongamos por ejemplo la saga de Geralt de Rivia, de Sapkowski, que nunca me cansaré de recomendar encarecidamente. O este Ciego con hija, de Jan Matejko.

Una imagen que podría ser una metáfora de la vida que viví con mi padre. No es que él se haya dejado nunca conducir por mí, faltaría más, pero sí que estaba ciego a todo. Y yo resignada a todo. Una eterna menor de edad.

Hoy mi padre ha visto la luz, por primera vez, creo. Y mira que la cosa empezó mal, porque tras dos días de retraso llegué a pensar que Rolando tampoco iba a presentarse. Pero sí.

Ha llegado a media mañana y por todo saludo me ha preguntado si podía ducharse. Eso me ha sorprendido, pero le he dicho que sí, claro, nuestra habitación tiene baño propio. Me ha pedido que organizara la reunión y lo he hecho mientras oía el ruido del agua. Mis padres, bronca. Enrique me ha recordado que teníamos una cita a cenar. Yo le he dado largas. Luego, he ido a la habitación de los niños a decirles que se preparasen. Tras tantos días encerrados, eso les ha alegrado. Sobre todo a Beatriz, claro. Es una cría muy acostumbrada a la vida al aire libre y esto está siendo terrible para ella.

Cuando he vuelto, he encontrado a Rolando vistiéndose. Trataba de ponerse la camisa, pero parecía costarle un esfuerzo. Entonces he visto los vendajes en brazos y pecho. Le he preguntado qué le había pasado y cuando me ha contestado con un lacónico "nada", me he acercado y lo he comprobado por mi misma, levantando parcialmente uno de los esparadrapos.

Nos hemos mirado a los ojos y pienso que ha sido en ese momento exacto en que le he creído, por fin. O eso, o está definitivamente loco y, la verdad, no lo parece.

- Luego hablamos - me ha dicho - Ahora tenemos prisa.

Y ciertamente, de no ponernos en marcha de la misma, hubiésemos añadido la afrenta de llegar unos minutos tarde a una cita ya demasiadas veces demorada. Hemos ido en mi coche, él de copiloto. Rosa María, Jon y Beatriz detrás.

Enrique estaba ya en casa de mis padres cuando llegamos. Y también Javier. Total, que ya todos sabían quién era quién y que yo había pedido el divorcio. Javier se limitó a besarme en la mejilla y a susurrarme al oído un "Ya hablaremos de eso". Mis padres me miraron fatal, y más cuando reconocieron a Rolando. Ahí creí que a mi padre le iba a dar una apoplejía.

Por cierto, Jon reconoció a Enrique, claro. Teníais que haber visto la cara de vinagre que me puso en el momento.

En cualquier caso, todos los rencores, odios, animadversiones y demás intereses que fluían entre unos y otros pasaron a un segundo plano cuando Rolando tomó la palabra. Habló con tal seguridad y confianza que... no sé, me sentí absurdamente orgullosa de él. En esos instantes era el chico que recordaba, convertido en un hombre admirable. Un líder seguro de sí mismo, ganándose a la audiencia.

Lo que dijo, en pocas líneas, fue que el mundo se está derrumbando y sólo él podía proteger a los niños, por eso se los iba a llevar. Ahí, mi padre intervino, apretando un botón de su mesa. Al momento, entraron dos hombres. Iban armados.

- Tengo el mejor servicio de seguridad de todo Bilbao y me atrevería a decir que de toda España - dijo el Gran Goyri, haciendo un gesto para que los hombres se fuesen - No puedes protegerlos mejor que yo - Rolando se limitó a sacar un papel de la chaqueta y se lo entregó. Mi padre palideció, al ver su contenido - ¿Cómo has conseguido esto?

- Sacándolo de la caja de máxima seguridad en la que tú lo metiste. Me importa una mierda su contenido, no voy a hacer nada al respecto. Sólo lo cogí para demostrarte lo que puedes esperar de tus sistemas de seguridad - hizo una ligera pausa, dándole tiempo a asumirlo - Sé que quieres a tus nietos, Salvador. Créeme, estarán mejor bajo mi cuidado.

Ante eso, mi padre asintió y se dejó caer en la silla lentamente. Me pareció verlo envejecer décadas, en segundos.

Rolando apretó los labios, contemplándole pensativo, luego siguió hablando y dirigiéndose a todos. Dijo que no iba a permitir más conflictos familiares que pudieran distraerlo, por parte de nadie, y juraría que ahí me ha mirado de reojo.

Ha sido un momento bastante tenso, todos nos hemos sentido abroncados por nuestras pequeñas miserias, y con razón. Cuando el mundo se está yendo al garete, los problemas cotidianos cobran una dimensión distinta, se vuelven ridículos. Miré a mis padres, avejentados y vencidos y, por primera vez, sentí piedad por ellos. Se habían aferrado siempre a una realidad que se les escapaba de entre los dedos y no sabían qué hacer. No eran los monstruos que siempre pensé, sólo personas confundidas, repentinamente vulnerables.

Quizá también Rolando se ha dado cuenta de eso porque su tono ha variado y se ha mostrado menos duro, casi amistoso. Ha pedido disculpas a mis padres por no haber respetado sus miedos y costumbres cuando era joven. Les dijo que, de volver atrás, haría las cosas de otro modo y seguramente todo hubiera resultado distinto. Hubiese estudiado con más ahínco, buscando su respeto, y hubiese esperado más a avanzar en nuestra relación para tener algo que ofrecer, un buen futuro para su hija, antes de pedir nada. Y no como hizo, llegando al abordaje, como un ladrón en la noche.

Yo... nunca lo había pensado así, pero imagino que es uno de los posibles modos de verlo. Traté de ponerme en el lugar de mis padres, con una hija única, una niña de dieciséis, diecisiete años, a la que encandila un muchacho con mucha labia pero con poco que ofrecer y menos ganas de esforzarse en conseguirlo. Ahora soy madre y puedo compartir esos miedos. No les disculpo por sus decisiones, sobre todo cuando me presionaron para que abortase, pero sí que les comprendo algo mejor.

Rolando le dio a mi padre un número de teléfono seguro, para que lo usase ante cualquier posible emergencia. También se lo entregó a Javier, al que agradeció todos los años en que me ha cuidado. Javier le ha abrazarlo, conteniendo un gemido, y le ha susurrado algo. Yo he visto el gesto de dolor de Rolando, por las heridas que tiene, pero creo que los demás lo habrán achacado a la pena.

Luego, Rolando se ha vuelto hacia mí y me ha besado. No sé si era porque tenía ganas, porque quería dejar clara la situación frente a la familia, o porque estaba Enrique delante, y era su modo de apartarlo a un lado. Aunque es posible que esto último ni lo haya pensado y no seré yo quien provoque más conflictos caseros.

- Vámonos - me ha dicho.

Mientras íbamos al coche he podido escaquearme y intercambiar un par de palabras de disculpa con Enrique.

- Deja, me ha quedado meridianamente claro que hoy no vamos a cenar juntos - me ha dicho - Pero quién sabe, Rebeca, quizá otro día... - en ese momento ha sonreído de una forma que casi me ha hecho reír - Incluso en un mundo que se derrumba, la esperanza es lo último que se pierde.

- ¿Le crees? - le he preguntado, abruptamente. No sé ni por qué lo he hecho. Creo que empezamos a hacernos amigos, supongo...

Enrique se lo ha pensado unos segundos.

- Digamos que, cuando me puse a investigarle me topé con algunos hechos... extraños, que no han dejado de aumentar en número. Ahora mismo, el mundo es como un cuadro lleno de detalles, saturado de colores y formas; sólo si te fijas bien, ves esas anomalías que van surgiendo. Son pocas, son diminutas, y algunos intentan taparlas, cubriéndolas con su sombra, por mil razones distintas. Pero, cada vez surgen más y más y más... - se encogió de hombros - Sí, le creo. Nunca he sido especialmente imaginativo, ni supersticioso, pero soy realista y, viendo las cosas que se ven y las que no se ven porque se intentan ocultar, no me queda más remedio que creerle.

Hemos llevado a los chicos a comer por ahí y luego al cine, como premio por su paciencia en el encierro, aunque no sé si ha sido buena idea porque Rolando ha estado en tensión toda la película y ha abandonado la sala un par de veces, con la excusa de ir al baño. Luego, hemos comprado cena y hemos vuelto a la pensión. Hemos dejado a Jon, a Beatriz y a Rosa María eligiendo una película para ver en el portátil, y hemos venido a este dormitorio.

La verdad, yo no tenía muy claro qué iba a ocurrir, si iba a quedarse o a salir volando por la ventana, como Supermán. Lo mismo me hubiese sorprendido una cosa que la otra. Pero, cuando le he visto sentarse en la cama y empezar a quitarse una bota, me he puesto nerviosísima.

- Voy al... - señalé el baño. Él se limitó a mirarme. Cogí el camisón de camino. De pronto me daba un pudor absurdo cambiarme delante de él, ante esa mirada. Qué tonta y a la vez, qué lógico. Ha pasado demasiado tiempo, somos demasiado distintos y no sólo en espíritu. Diantre, que me mantengo bien, pero ya no tengo diecisiete años.

Estuve un buen rato en el baño, entre reflexionar, darme ánimos y prepararme. No olvidé unas gotas del perfume que siempre le gustó tanto y que seguramente habrá olvidado.

De momento, sigo sin saber si lo recuerda porque, al salir del baño, lo he encontrado acostado, totalmente dormido. ¿Qué podía hacer? Parecía tan agotado...

He recogido su ropa del suelo, le he cubierto con las mantas y me he puesto a escribir.

viernes, 27 de mayo de 2011

Jueves de Ya Veremos


Día de ira y enfados varios, así que aquí va el Ira o La Pelea, de Dosso Dossi.

Pues eso, que hoy era la cita con mis padres, con Javier (si quería venir), y hasta había llamado a Enrique Ugalde, para que me acompañase, algo que le venía mal, porque tenía sus planes, pero que se esforzó por cambiar para poder asistir.

Y hete aquí que, por la mañana, me he encontrado una nota de Julián en la almohada diciendo que tenía que entregar unos modems USB de los suyos y que no iba a poder estar, que volverá mañana.

Ya os imagináis el movidón. Yo puedo llegar a entender, o me esfuerzo por hacerlo, que eso de los modems sea importante por... No sé, "por el bien del mundo" suena tan absurdo... Y como todo es tedio y rutina dentro de esta pensión, que no ocurre nada nunca, me cuesta cada vez más creer las cosas que leo que pasan, o que se intuyen por el comportamiento raro de Julián.

Quizá debería dejar de llamarlo así. Al fin y al cabo, como bien dijo, no es él. Ahora, es Rolando.

El caso es que he tenido que llamar a mis padres, con el consiguiente broncón, porque mi padre es un hombre muy ocupado y, con las últimas elecciones, más (tema del que prefiero no hablar). He quedado en que los llamaré mañana y, para calmarlos un poco, me he visto obligada a prometer que "me pensaré" el dejar a los niños con ellos todo el finde. Ya veremos, han sido mis palabras, exactamente. No vaya a ser que entren y luego no pueda sacarlos.

Con Enrique la cosa no ha sido tan desagradable, pero sí... complicada. Es un nuevo tachón por mi parte en nuestra extraña relación, y un nuevo favor por la suya. Me ha pedido que cenemos juntos el sábado. Le he dicho también que "ya veremos". Han sido las palabras mágicas del día, por lo que parece. No sé si tienen mucha fuerza, él lo ha dado por hecho. Y creo que yo también.

Me voy a dormir que es tarde y si mañana aparece Rolando y se celebra la reunión por la mañana, quiero estar con los cinco sentidos alerta. Ya os contaré.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Martes de Visitas Intensas

De nuevo cuento las cosas con retraso, pero seguro que todos lo comprendéis.

Esta imagen A Ride for Liberty - The Fugitive Slaves, de Eastman Johnson, pintado en 1862, ilustra perfectamente la entrada. Así me siento, a la carrera y sin controlar el destino. Rolando ha venido a salvarnos, nos ha embarcado en una huida sin posible retorno, y yo miro hacia atrás, sin saber si temer que nos persigan o si sentir nostalgia por todo lo que ha quedado definitivamente en el pasado...

Ayer, desperté cuando amanecía, al notar una presencia cercana. Julián estaba conmigo, en la cama, tumbado a mi lado, observándome en silencio. Le reconocí de inmediato, pese a la penumbra. Creo que jamás en mi vida he pasado del sueño a la realidad tan bruscamente, al segundo estaba totalmente despierta.

Así estuvimos varios minutos, mirándonos entre sombras. Pensé en los tiempos en los que nos habíamos sentido muy cerca el uno del otro, en esa misma cama, piel contra piel, almas estremecidas. Y, sin embargo, ahora...

Él se inclinó a besarme, sujetándome por la cadera con una mano. De repente hacía mucho calor, aquel contacto ardía, casi me quemaba a través de la sábana. Le noté tenso, a la vez excitado y contenido. Creo que quería hacer el amor, pero que no sabía cómo acercarse. O quizá era que, simplemente, se preguntaba si era buena idea dejarse llevar, complicar de ese modo las cosas entre nosotros. Y yo... es que no consigo perdonarle la traición de todo ese olvido. Me siento tan absurda, tan tonta. Una ridícula ama de casa suspirando durante años por un primer novio que ha rehecho su vida en las Américas, sin concederle más pensamientos.

Vale, no soy justa. Es cierto que ha vuelto en cuanto ha sabido y todo eso, que se preocupa por mí y por los niños, y por el mundo que conocemos, y no está para tonterías. Pero yo tengo una herida muy profunda, y me cuesta seguir.

Es lo que tienen las historias de los héroes: que siempre hay víctimas en la sombra, lo que puede y debe sacrificarse en pro de un bien mayor.

Debió notar que estaba yo tiesa como una escoba porque se apartó, titubeando.

- Ese era mi lado de la cama - me dijo, por fin. No sé si se trataba de una broma o si era un intento de mostrarme que le quedaban retazos de recuerdo flotando por ahí, en la memoria. En todo caso, era cierto, yo estaba acostada en su lado. No supe qué contestar, así que me levanté, me puse la bata y busqué el peine. Él se quedó tumbado, observándome en silencio. Qué difícil es a veces acercarse, estando en el mismo metro cuadrado...

Finalmente, optó por dejar cualquier cuestión íntima para otro momento. Me mostró un aparatito. Parecía un modem USB, pero algo extraño:

- Por cierto, a partir de ahora, usad esto Jon y tú, Reb. No volveréis a tener problemas con internet.

- ¿Crees que lo de la conexión ha sido...?

- Debes tener más cuidado - dejó el modem en la mesilla - También quiero que me des una lista de la gente que pueda estar al tanto de todo este asunto. Gente que se haya dado cuenta de... bueno, de todo. Esos hechos extraños que ya no pueden pasar totalmente desapercibidos. No creas que es habitual, sobre todo porque por parte de las autoridades hay siempre un claro intento de ocultar los datos a la población, para evitar el pánico. Pero, es lo que hay. Y nadie, absolutamente nadie, va a poder quedarse al margen.

Le di los nombres y enlaces de los siguientes blogs:
Así, en el momento, fue de los que me acordé. Le dije también que algunos me tienen muy preocupada, porque hace tiempo que no escriben.

Por supuesto, si alguno de los que leéis esto, tenéis un blog o un modo de contactar, y os habéis percatado de la gravedad de la situación y queréis que os incluya, me decís. Yo le pasaré vuestros datos a Rolando, para que vea cómo incluiros en sus planes.

Julián me pidió también que organizase una reunión familiar con todos, mis padres incluidos. Eso ha sido lo más difícil. Discutí con él, porque no quería tener que llamar. Sabiendo cómo estaban las cosas, no tendría ni que haberlo propuesto, pero insistió. Me dijo que no era cuestión ya de viejas rencillas ni de tonterías de saber convivir o no: era una cuestión de supervivencia.

Así que, hice de tripas corazón y, tras enviar un mensaje a Javier, por si le interesa asistir (como me pidió un tiempo a solas, pensé que era mejor contactarle de ese modo, sin presionarle demasiado), llamé por teléfono a mi padre. Omitiré la retahíla de cosas que me soltó, la bronca que me echó por mi huida, antes de que pudiera pararle. Le dije que quería una reunión familiar de urgencia y le pareció bien, sobre todo, pienso, porque tiene en mente que iré con los niños pero no me marcharé con ellos. Seguro que tendrá allí a su abogado y un par de matones, para hacerse con la custodia.

Al margen de lo que ocurra cuando vea aparecer a Julián, o de lo que este pueda llegar a decir, me pregunto si no sería conveniente que llame a Enrique, para que venga con nosotros y me defienda.

Más que nada por si toda esta historia no es más que una paranoia de alguien. De Julián, o mía, a saber...

Julián se quedó todo el día de ayer con nosotros. Encargamos para comer unos kebabs y, aunque no hacía tan buen tiempo como el lunes, o como hoy mismo, comimos en la terraza y luego jugamos al monopoly (qué paliza nos dio Rosa María, por cierto, rectifico, de ignorante nada, a esta chica le prestas dos euros y crea un emporio, al tiempo) y vimos una película en portátil de Jon. Por la noche, pizzas y despedidas.

Creí que, quizá, antes de marcharse... Pero no lo intentó. Sólo me besó en la mejilla, murmurando un "hasta mañana", y se fue.

Por cierto, Julián congenió sorprendentemente con Beatriz, quizá porque mostró interés en ella y la trataba como una adulta, dando importancia a su opinión. Sea como fuere, a ella le encantó conocer a su tío. Jon se muestra más reservado, está claro que le da algo de miedo todo el asunto. Teme crearse demasiadas ilusiones, permitirse acercarse demasiado, hacerse demasiado vulnerable para luego encontrarse con que Julián vuelve a desaparecer, por poner un ejemplo. Como me pasa a mí.

Nunca hay que entregarle el corazón a un héroe. Lo más probable es que esté mirando para otro lado y ni se dé cuenta; pero, de llegar a percatarse, no sabrá qué hacer con él.

lunes, 23 de mayo de 2011

Lunes Otra Vez Conectada

Autorretrato de Léon Bonnat, 1855, que tiene un aire a Javier. Ya lo digo en su página, pero lo reitero aquí, ya que voy a hablar de él.

Espero que esta vez se mantenga la conexión, al menos durante el tiempo necesario para escribir y enviar esta entrada. Llevo varios días con problemas para conectarme, problemas del tipo serio y además ignoto. Ni idea de lo que le pasaba, según la compañía todo va bien, pero yo me quedaban sin línea, se me bloqueaba el pc... Al principio Jon pensó que podía ser un virus, o un troyano, o quizá incluso que me habían "secuestrado" el portatil. Algo que pasa mucho, según dijo, que podía ocurrirle a cualquiera, pero yo no estoy tan segura.

Ya es casualidad que los problemas empezasen justo cuando vino Julián.

En todo caso, tampoco es que haya pasado nada interesante en mi vida, a excepción del sábado, en que hablé con Javier por teléfono. Me había llamado muchas veces, cierto, y enviado más de cincuenta mensajes, pero al ver quién era me limitaba a no contestar.

Para mi sorpresa, el sábado por la tarde me envió un nuevo mensaje, en que me decía "Voy a llamarte. Contesta, por favor. No voy a gritar ni quiero que discutamos, pero coge. Tengo que comentarte algo urgente".

Un minuto después, sonó el teléfono. Era Javier. Dudé, pero pensé que, si me había mentido, si no había nada urgente y sólo quería discutir, siempre podía colgarle definitivamente y no volver a atenderle jamás.

Por suerte, no parecía enfadado; al contrario, más bien sonaba triste, lo que me rompió el corazón. Nadie puede convivir tan íntimamente con otra persona, durante tantos años, sin sentir algo por ella, ya sea cariño o rechazo. Yo quiero a Javier, le quiero de verdad, a pesar de su traición, a pesar de sus artimañas. El problema es que a lo largo de nuestra relación ha tomado decisiones que también a él le queman. Todos nos equivocamos.

Me dijo que se había enfrentado con mis padres, de una forma tajante, y que les había dicho que, si ignoraban dónde estaban sus nietos era porque no tenían por qué saberlo.

- Y, evidentemente, yo tampoco me lo he ganado, me consta. Pero me gustaría ver a Beatriz. Reb, por favor, no la apartes de mí - susurró, una súplica. Tuve que tragar saliva - A Jon también quisiera verlo, pero supongo que ahora mismo está en otras cosas, quizá... bueno, quizá ahora prefiera conocer a su verdadero padre.

Me acordé de un día, en Artxanda, cuando Jon tenía diez años y Javier le enseñó a montar en bicicleta. Cómo reían. O, cuando Jon acababa de cumplir los tres años y se puso malísimo, y Javier lo llevó en brazos a urgencias, y se quedó toda la noche esperando que nos dijesen algo, sentado en una silla rígida de plástico aunque al día siguiente tenía que trabajar. Y, cuando nació Beatriz, no hubo diferencias entre sus dos hijos...

Supongo que, todo eso, también debe contar algo.

- Tú has sido su verdadero padre... - reconocí, y carraspeé - Jamás me cansaré de darte las gracias, Javier. Jamás.

- Nunca he querido tu agradecimiento, lo sabes - estuvimos unos segundos en silencio, hasta que la situación se hizo algo incómoda - Te pido disculpas por haber perdido de tal modo la cabeza. No debí gritarte, ni pedirte cuentas ni, mucho menos, montar aquel escándalo que terminó en incendio. Me consta mejor que a nadie que amar es algo que no se elige, Reb. Surge por sí mismo, te devora y te domina - pensé en lo que había sentido por Julián durante tantos y tantos años, y me sentí más cerca de Javier que nunca, porque le entendía mejor que nadie - No hay alternativas.

- No importa, no te preocupes.

- Sí, importa. Yo nunca he sido de ese modo y no quiero convertirme en el hombre que era esa noche. Creo que necesito tiempo, tanto o más que tú. Necesito pensar y tranquilizarme, unos días. Te llamaré, ¿vale? Si necesitas algo, llámame tú al móvil. No estoy ya en casa de tus padres.

- ¿No? ¿Y dónde estás?

- Ahora mismo en un hotel, pero me iré mañana. Dame unos días - insistió - Después hablamos.

- Espera - dije en el último momento, llevada por una intuición - ¿Has hablado con Julián?

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea.

- Te echo de menos - me dijo. Y colgó.

jueves, 19 de mayo de 2011

Miércoles de Encuentros Esperados

Autorretrato de Friedrich von Amerling, de 1834. En su página ya digo que se parece mucho a Julián, pero nunca está de más repetirlo.

He intentado escribir esta entrada varias veces, qué difícil está siendo. El miércoles, tras tantos años de esperar, tras tanta angustia, Julián apareció. Bueno, vosotros lo conocéis como Rolando. Os cuenta cosas de demonios y conspiraciones. Para mí... resulta difícil asumir ese aspecto.

Pero admito que cada vez que le oigo hablar, me llena de dudas...

Llegó pasada la medianoche del miércoles. Un día que había sido especialmente agobiante por culpa de Beatriz. Supongo que no es culpa suya, siendo una niña, y tan movida, estar encerrada le supone un auténtico suplicio. Ya se ha aburrido de la muñeca, de ver películas, de jugar con Rosa María y de escuchar a su hermano haciendo títeres con calcetines. Está hasta las narices, y el miércoles vive Dios que nos lo había hecho saber, claramente.

Yo acababa de meterme en la cama, sobre las once, después de dejar bien arropados a los tres menores (si me lee Jon, me mata, ja). Pensaba ver un episodio de Tiempos Revueltos en internet (me hace gracia cuando leo que Pilar menciona también esa serie, si es que está muy bien y lleva años) antes de dormir, pero entonces, llamaron suavemente a la puerta.

De nuevo la tensión, aunque imaginé que, teniendo la suerte que tengo, volvería a ser Jon o, peor aún, Beatriz con un berrinche.

Pero no. Era Julián.

No sé cómo explicar lo que se siente en una situación así. Me sentía incapaz de reaccionar, como atada por dentro, helada. Julián me sonrió ligeramente.

- ¿Puedo pasar? A menos que sigas enfadada conmigo, claro.

Le cedí el paso sin decir nada, aunque aquí admitiré que todavía queda un poso de mosqueo, cuando me paro a pensarlo. Que sí, que yo lo entiendo. Y la verdad, él nunca fue nunca muy romántico.

Julián entró, sin hacer ningún ruido. Vestía completamente de negro: vaqueros, camiseta, una chaqueta larga, botas militares... Contempló la habitación, girando sobre sí mismo con expresión ausente. Estaba recordando, supongo, porque cuando me miró sus pupilas parecían veladas por alguna emoción, aunque no sacó el tema, ni se le notó en la voz.

- ¿Recibiste todo? ¿Estáis bien? - asentí - Perfecto. Ya me imagino que tienes muchas preguntas, Reb, pero voy a tener que pedirte paciencia. Ahora mismo no puedo meterme en explicaciones. He leído todo lo que pones en ese blog tuyo. Sé que me crees... a bandazos, según el momento, pero siempre vuelves a la lógica. En realidad, así te recuerdo, de siempre. Te gusta lo tangible, te gusta andar sobre seguro, odias el terreno desconocido. Y aún no has aprendido que da totalmente igual: los monstruos existen aunque no los mires.

- No digo eso. Simplemente, comentaba que todo puede tener una explicación. Seguro que la tiene. Tú eras científico, Julián, estudiabas Medicina, no puedes...

- Ah, sí, Medicina. Me ha servido algo, estos años - se encogió de hombros - No he venido a convencerte. Las cosas son como son, lamentablemente ya lo verás. Lo que digo en los vídeos puede darte una idea de que, lo que está pasando, lo que va a pasar, es lo suficientemente grave como para que cualquier cosa, todo, quede en un segundo plano.

- Por supuesto- repliqué, y supongo que soné algo caustica - Eso me ha quedado muy claro.

Hizo una mueca.

- Vuelvo a disculparme, supongo que me mostré poco sensible. No he tenido mucho tiempo, ni demasiadas opciones, para serlo, últimamente. Pero te debía una consideración, por lo que nos unió en otros tiempos y por lo que nos une ahora. Y por lo mucho que me has esperado - agitó la cabeza, con expresión desconcertada - Te lo juro, a estas alturas imaginaba que me habrías olvidado por completo, que habrías... rehecho tu vida, felizmente casada, con un montón de niños, como querías. Que mi nombre no sería más que un vago recuerdo, algo prácticamente olvidado - extendió una mano y me acarició un rizo del pelo - Supongo que fui yo el que olvidó que eres terca como una mula, pequeña cereza.

- ¿Qué otra cosa podía hacer? No sabía qué te había pasado, si estabas vivo o muerto, o en coma en alguna parte. No sabía nada. No podía avanzar...

- Ahora me doy cuenta. Y quizá debí mandarte algún mensaje, en estos años. Pero, al principio, era mejor para mi familia que esperase. Tu padre se puso... - apretó los labios - digamos que muy persuasivo con sus planteamientos. No podía arriesgarme, eso hubiese supuesto la ruina de mis padres y el desastre en la vida de mi hermano, que todavía estaba por empezar la Universidad. Luego, cuando ya me vi envuelto en... cosas, pensé que en todo caso sería mejor que me considerases muerto - estuvimos un rato mirándonos. Qué sensación extraña. Es el mismo, pero tan distinto... - No quiero hacerte daño, Reb, pero tienes que entender que el mundo ha seguido girando y todo aquello quedó atrás. Que, de ser el caso, tendríamos que volver a conocernos, volver a enamorarnos, porque ni tú ni yo somos los mismos. Y, en este momento, no tengo tiempo para algo así - se le escapó una risa seca - Tú tampoco, pero aún no lo sabes.

- ¿Qué quieres decir?

- No. Te he dicho que sin preguntas, hoy no. Tengo poco tiempo y quiero conocer a Jon. Gracias por ese regalo, por cierto. Es lo más... - no encontró la palabra, así que claudicó. Consultó su reloj - Se me hace tarde, Reb. Por favor, dile que venga y déjanos solos.

- ¿No vamos a irnos contigo, entonces?

- Hoy no. Necesito tiempo para preparar otra ubicación, esta es segura de momento. Esperad aquí. Vendré a buscaros.

- Bien. Iré a llamar a Jon - quería darle un beso, pero después de lo dicho, no me atreví. Me acordé, absurdamente, de la ex mujer de Faustino, recibiéndole en camisón transparente, pobre individua arrastrada. Yo me moriré antes de pedirle a Julián algo que no esté dispuesto a darme. Que no quiera con todas sus fuerzas darme, para ser exactos. Fui hasta la puerta, pensando en el beso que nos dimos en el caos del incendio y me acordé de Javier. Le miré - Por cierto, sí, deberías hablar con tu hermano. Y sin enfados.

Él sonrió, con algo parecido a la nostalgia, y asintió. Salí, avisé a Jon, y me quedé con Rosa María y con Beatriz. Jon volvió un par de horas después. Había estado llorando. Cuando le pregunté qué tal, me dijo que todo había ido bien y que, sobre todo, había hablado él. Julián quería saber todo sobre su pasado. Puedo entenderlo.

Cuando volví al dormitorio, Julián ya no estaba.

Martes de Mentiras y Secretos

Ya sé que estamos a jueves pero, como no puedo dormir y tengo muchas cosas que contar, aprovecharé este rato a solas para ir adelantándolas.

El lunes por la noche era Jon el que llamaba a la puerta. En parte resultó una tremenda decepción, pero no una sorpresa,. Como dije en mi última entrada, ya me imaginaba yo que tarde o temprano me pediría cuentas.

- Tenemos que hablar - me espetó, caustico como él solo. Entró, se sentó en la cama, y me miró con los brazos cruzados, el gesto adusto, igual que el tuyo cuando te enfadabas - Y espero de verdad que tengas una explicación aceptable para todo esto, Reb, porque si no me voy a cabrear mucho.

Uy, uy, uy, pensé. Cuando Jon me llama Reb, es que está mosqueado. Cuando me llama Rebeca es que está directamente indignado. Supuse que la diferencia entre ambos humores estribaba en haber llevado con nosotros a Rosa María, alegrándole la aventura.

Me empieza a caer mejor mi posible nuera. Gracias a ella me he librado de una bronca más grande.

Yo me lo pensé un poco. Quería contarle lo que estaba pasando, pero no hablarle de este blog. Este lugar es mío, muy mío. Es mi rincón secreto, ese que me une a ti y a un montón de desconocidos, seres de rostros carentes de todo rasgo que poco a poco van saliendo de la bruma. Ahora, algunos tienen nombre, pero ni siquiera tengo claro que sean reales, algo más allá de un texto en la pantalla. Me gusta contarles mis cosas, me gusta contártelas a ti, aunque a veces resulte difícil hacerlo.

Por eso me callé todo lo de internet y le mentí descaradamente. Le dije que te habías puesto tú en contacto conmigo, con una llamada del móvil. Que estabas en el país, temporalmente, y querías conocerle a él. Que estabas en una situación difícil porque trabajabas para el gobierno y tu identidad y posición debían ser secretas.

Vale, ya sé que fue una chorrada, pero es que no sabía qué decirle, y en las películas esa excusa funciona. De verdad que hubo un momento en el que iba a contarle lo de los demonios y demás, pero... en fin, me dio la impresión de que ya era suficiente difícil la situación como para añadirle todo eso, que ni yo misma me creo. Antes imaginaría que estás trabajando para el MI6 que combatiendo demonios con un Nuiz. Es que... vamos, no, para nada, cada día que pasaba dentro de mi mundo lógico, lo veía más absurdo todo.

Si le sirve de consuelo a alguien, tampoco fue una idea tan brillante. Mi hijo Jon es bastante despierto en ciertos temas y tiene muy claras sus ideas políticas, aunque todavía no pueda votar. Al igual que yo, está en esas movidas de Twitter de romper el bipartidismo, acabar con el sistema de democracia orgánica, con todo intento de censura gubernamental en la red, y buscar una democracia real ya (como se llama el grupo). Si hubiésemos estado esta semana en Madrid, hubiésemos acampado en Sol, sin dudarlo. Haciendo Historia.

Pero, por eso, al oír que su padre trabajaba para el gobierno, torció el gesto y preguntó que "para qué gobierno". Cuando balbuceé algo como "este", preguntó un "y en qué trabaja".

Vamos, que podía ver las arenas movedizas en que me estaba metiendo.

Total, que corté por lo sano soltándole que todo era muy secreto y que ni yo lo sabía, pero que por asuntos de seguridad, debíamos encontrarnos con él allí. Que se reuniría con nosotros en cuanto pudiese. Yo calculaba que en un día o dos, quizá antes.

- Pero no debes llamar a tus abuelos, ni a Javier - le advertí una vez más. Se lo había repetido varias veces a lo largo de la tarde, me daba igual ser pesada. Beatriz no tiene móvil y Rosa María no cuenta, pero tenía miedo de que Jon les llamase o respondiese - No deben saber dónde estamos, por ahora. Por seg...

- Por seguridad, sí. Pues no me hace ni puta gracia, tengo el móvil lleno de llamadas de los abuelos y de papá, y me da un palo enorme, pero enorme, no contestarles. ¿Y total, por qué? - Jon bufó - De verdad, no sé cómo esperas que pueda creerte. Agente secreto. Vamos, anda...

Me mordí el labio inferior, mortificada, imaginando qué pensaría yo, si estuviese en su lugar.

- Dame unos días, verás cómo lo entiendes todo.

Creo que soné bastante angustiada. Eso tiene Jon, que me riñe mucho, pero siempre intenta complacerme. No fue una excepción. Me miró pensativo unos segundos y terminó claudicando.

- Tienes un par de días, pero si no aparece para el miércoles, volveré a casa de los abuelos y me llevaré a Beatriz conmigo. No es normal que quieras tenerla en semejante sitio - miró la cama con disgusto. Estuve a punto de decirle que cambiara el gesto, que exactamente ahí fue concebido él, pero me callé - Asumo que a Javier no le has dicho nada - agitó la cabeza, estudiando mi expresión de culpabilidad - Joder, Reb, de verdad nadie como tú para saber complicarse la vida.

- No me llames Reb. Soy tu madre.

- Qué me dices, vaya sorpresa - rió. Se levantó, y me abrazó - Las madres de mis amigos son serias, tremendamente aburridas, y jamás usan minifalda. Y, tú, vas siempre a tu aire y estás como una cabra. Mira la que has liado ahora. Espero de verdad que mi padre no te deje tirada otra vez, porque a ver cómo vas a explicar este secuestro.

Le miré sorprendida.

- Tu padre no me dejó tirada. ¿Eso te ha dicho Javier?

- No, no, qué va. Fue el abuelo, hace años. Cuando me contasteis todo - le dijimos a Jon quién era su auténtico padre cuando cumplió los catorce años. Javier no quería hacerlo, quería seguir con la ilusión compartida de que era su hijo. Pero no lo era, y yo no quería que viviese engañado - Me encontró llorando un día, por ese tema, que me agobiaba mucho, y me explicó cómo fue. Que se marchó porque no quería asumir sus responsabilidades una vez consiguió... bueno, divertirse, dejándote plantada, embarazada y sola...

- ¡Eso no es verdad! ¡Nada de eso es verdad! - sentí una oleada de odio hacia mi padre, intensa, tóxica, y me aterró que Jon pudiera sentir algo semejante por el suyo. Conseguí tragar saliva - Se fue porque no tuvo otro remedio. Y ha vuelto, por ti, Jon, por ti - le acaricié la mejilla y él casi sonrió - Créeme, vas a descubrir muchas cosas sobre tus orígenes, si me ayudas estos días. No te vas a arrepentir.

Jon asintió y me dejó sola. Era ya casi medianoche, así que me acosté y traté de dormir. Tardé mucho en conseguirlo, y no sólo porque tenía la continua esperanza de que se presentase Julián en cualquier momento. Todo daba vueltas en mi cabeza.

La verdad, no tenía ni idea de que iba a ocurrir. Quizá terminara acusada de secuestro, como había apuntado Jon, o algo por el estilo, pero al menos había conseguido ganar algo de tiempo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Lunes de Tocata y Fuga

Ya estoy en otro sitio, en la pensión a la que solía venir con Julián cuando éramos unos críos y no teníamos dónde meternos ni podíamos pagarnos nada mejor.

Así me encuentro, cómoda, relajada, como esta Figure Study de Santiago Rusiñol, dispuesta ya a un merecido descanso, si no se tercia otra cosa. Y es que ha sido toda una proeza, sobre todo traerme conmigo a Beatriz y a Jon, Rosa María incluida, sin que pongan (de momento) demasiadas pegas, y eso que apenas les he dado explicaciones.

Pero, primero, tenía que conseguir despistar a mi madre. Mi padre pasa casi todo el día entre fábricas y reuniones, sólo viene a casa a comer (y no siempre) y a cenar. Mi madre es la que anda últimamente volcada en Beatriz y en Jon, siempre dando vueltas a su alrededor, y ya me imaginaba yo que, si intentaba salir con ellos, sin prepararlo todo bien, supondría un problema. Querría venir, seguro.

De modo que, lo mejor para la fuga era llevarla a cabo en uno de los viajes al colegio, a llevarles o a recogerles. Suele hacerlo siempre Tiberio, el chófer ecuatoriano, pero hoy he dicho que iba yo y que luego recogeríamos a Javier, en la Universidad, para hacer unas compras antes de la cena. Es verdad que, en circunstancias normales, mi madre se hubiese apuntado de inmediato a semejante plan. Evidentemente, no hay nada que le guste más que sacar a pasear la tarjeta de crédito.

Pero, he sido astuta y me he adelantado, dejándole caer a Beatriz que la idea era comprarle a su abuela un regalo, como agradecimiento por habernos recogido tras el incendio, ofreciéndonos alojamiento todo este tiempo.

Por supuesto, la cría, que es incapaz de guardar un secreto (tiene diez años, qué se puede pedir), se lo ha dicho entusiasmada y, por tanto, mi madre se ha tenido que quedar en casa, haciéndose la sueca, como que no sabía nada. No era apropiado que insistiese en venir, ya que tenía que ser una sorpresa.

La única que ha tenido cierta idea de que algo raro pasaba ha sido Rosa María. He necesitado su ayuda para llevar las mochilas y la bolsa de viaje que tenía preparadas hasta mi coche. Le expliqué vagamente que estaba pensando alquilar un piso, dado que mi madre insistía en echarla (eso la predispuso más a mi favor) y le pedí que, si la descubrían con el equipaje, dijera que tras pensárselo bien, había decidido irse, enfadada por el amago de despido del otro día. Pero, vamos, nadie se ha dado cuenta de nada.

Jon se ha sorprendido mucho al ver que íbamos juntas a recogerle. Y Beatriz también, más aún quizá. Ha arrugado el morro cuando le he dicho que había cambio de planes y no le íbamos a comprar nada a su abuela por ahora, aunque como se lleva bien con Rosa María se han entretenido jugando al "veo, veo" en el asiento trasero.

Jon me ha estudiado de reojo durante mucho rato, antes de preguntarme qué pasaba. Le he pedido que confiase en mí. No sé si lograré entretenerlo mucho tiempo.

Julián no estaba en la pensión, aunque había dos habitaciones reservadas a mi nombre. En una, la de cama de matrimonio que usábamos en otros tiempos, había un sobre encima de la colcha, con dos cerezas. Me las he comido mientras examinaba el contenido. Diez mil euros en metálico, si no he contado mal. Una buena cantidad, para imprevistos.

En la habitación de los chicos había más regalos: un collar en cada camita, uno de shakiras auténticas peruanas, que le ha encantado a Beatriz, y el otro una tira de cuero con un diente de tiburón blanco. Jon lo ha girado entre los dedos, pensativo, y me ha mirado. Creo que ha sido en ese momento cuando ha empezado a considerar que realmente no vamos a volver a casa, pero no le he dado tiempo a hacer preguntas. Tenía que salir, así que le he pedido que se ocupara de que todo iba bien en mi ausencia, que no tardaría.

Ese ha sido el momento más difícil, cuando les he dejado en la pensión y he ido a aparcar el coche a otro lado, lejos. No quería que lo localizaran en las cercanías de la pensión, de modo que lo he metido en un parking, en el Ensanche, y he vuelto en taxi hasta una zona cercana, no a la misma puerta del sitio. Menos mal que Bilbao es una ciudad pequeña y no he tardado mucho, no quería dar demasiado margen a que se les ocurriese llamar a sus abuelos o decidir que querían volver a casa.

Por eso he vuelto corriendo, casi con la lengua fuera. Y, para regocijo de mis secuestrados, he llevado refrescos, unas hamburguesas y una pizza.

Estaban viendo una peli en el portatil de Jon, los tres tumbados en una de las camitas. Creo que debo agradecerle a Rosa María el hecho de que estuvieran de tan buen humor, disfrutando de la situación. Se lo han tomado como una especie de vacaciones imprevistas, o algo así. Genial, porque eso me dará un margen. Al menos, hasta que Beatriz empiece a aburrirse (no tardará en ocurrir, es una niña demasiado movida) y los otros empiecen a querer saber en serio qué pasa. Bueno, qué digo, imagino que Jon me asediará con sus preguntas en cualquier momento.

Aprovechando que Beatriz se fue al baño les he hablado a Rosa María y a Jon de cómo organizarnos en las habitaciones. Según mi punto de vista, las opciones eran exclusivamente dos: Rosa María conmigo en el otro dormitorio, o Jon conmigo en el otro dormitorio. Jon, claro, propuso la opción alternativa de Beatriz conmigo en el otro dormitorio y ellos felices, pero ni de coña. En esta pensión fue concebido él cuando yo tenía una edad muy parecida a la que tiene ahora, me conozco bien el percal, las risas inmediatas y las consecuencias duraderas. Y no me da la gana de complicar más las cosas ahora mismo.

Al final el asunto ha quedado en que confío en que me daban su palabra de que se comportarán esta noche, quedándose los tres allí. Rosa María y Beatriz dormirán en una cama, Jon en la otra, y el Espíritu Santo en medio, como decía mi madre (bueno, lo decía respecto a bailar agarrado, claro, sobre la necesidad de mantener las distancias, una ahí, el otro allá, y en medio el espíritu santo, alucinante).

Qué lamentable, de verdad que me odio cuando me tengo que poner en este plan mojigato-adulto. Como si no fuera normal que tuvieran ganas de liarse locamente, con la edad que tienen. Es cuando deben hacerlo. Y, luego, seguir haciéndolo, y disfrutar de la vida. Pero ahora no quiero tener preocupaciones añadidas.

Además, no me ha importado mucho que el reparto quedara así, lo admito. Está claro que no pierdo la esperanza de que Julián venga esta noche y prefiero estar sola en mi dormitorio. Y no sólo por la necesidad que tenemos de hablar. Personalmente, mis necesidades son muchas, variadas, y muy intensas.

Qué susto, precisamente acaban de llamar a la puerta. ¿Será él? Ojalá. ¿Dije, al comienzo de este artículo, que estaba cómoda y relajada? Eso pensé, por puro agotamiento, al quedarme sola y conectarme. Pero ahora mismo, para nada. Tengo el corazón que se me desboca.

Voy a abrir.

Domingos de Alegrías Inesperadas

Julius LeBlanc Stewart pintó su Elegante au sofa en 1895. La hermosa mujer que aparece está como alerta y a la espera, expectante, dispuesta para levantarse en cualquier momento y marchar hacia algún lado. Yo me encuentro exactamente igual.

Y es que, hoy, cuando me he despertado, tenía una nueva nota sobre la almohada. Al cogerla, no sabía cómo sentirme: alegre, porque a pesar de todo has querido volver a comunicarte conmigo; triste, porque una vez más has estado ahí, a mi lado, tan cerca, y no has considerado conveniente despertarme; nerviosa, por saber qué podías desear decirme...

Aunque, ahora que lo pienso, igual con el Nuiz que mencionabas, si es que el Nuiz existe fuera de los cómics de la Patrulla X, puedas teletransportar estas notas, con sólo la fuerza de tu mente. Y por eso no me habrías despertado, claro: realmente, no habrías estado aquí.

Anda que... Una vez abres de par en par las puertas de la imaginación, puede entrar cualquier cosa.

Por mi parte, he pasado un infierno de día. Siendo domingo, estaba todo el mundo en casa, empeñados en jugar a la familia feliz y dicharachera, y me ha sido imposible conectarme antes. Para más inri, Javier estaba hoy con ganas de jarana. Ha venido a mi habitación después de cenar, a convencerme de acostarnos de la misma y volver a compartir dormitorio, y no había forma de conseguir que se fuera. Al final, se ha mosqueado, claro, y me ha vuelto a acusar de ser más fría que un carámbano. No tengo ganas de recordarlo.

Antes de continuar, voy a transcribir la nota que encontré en mi almohada. Decía:
"Perdóname, mi pequeña cereza.
Me doy cuenta que he sido insensible contigo. Me has esperado, aún pensando que podía estar muerto.
El amor no es lo más importante para mí, como espero que acabes entendiendo y compartiendo. Pero te sigo amando.
Sal de esa casa y llévate a los dos niños y a quien quieras. Yo me encargo de todo. Si permaneces, creo que voy a hacer algo muy malo a tus padres.
No soy el hombre que conociste, pero sí el que amaste.
Seré el padre de tu hija, si es lo necesario. Es mi sobrina, al fin y al cabo.
Aunque aún creo que mi hermano... Quizá si yo hablara con él...
Puedes responderme en youtube. Estoy recuperándome de una herida y no voy a poder espiarte como es debido".
Yo no sé realmente si algún día seré capaz de compartir contigo la idea de que el amor no es lo más importante. Entiéndeme, asumo que efectivamente existen cuestiones por las que no hay más remedio que sacrificarlo todo, eso y muchas otras cosas. Pero más bien creo que ese mismo sacrificio (que lo es, puesto que se trataría de una renuncia) es un asunto de amor. Amor por todo lo conocido, amor por la vida, amor por nuestros hijos, por nuestros amigos, por la gente buena que se mueve por el mundo. Amor por los amaneceres y los delfines, por la belleza de las selvas y la grandeza del universo. Amor, sencillamente, por la cordura, por preservarla del espanto...

Y, a estas alturas, estoy convencida de que tú, Julián López Val, alias Rolando, de verdad piensas que el mundo está en peligro, en un peligro tan grave, tan intenso, que todo sacrificio es asumible y aceptable. Yo... supongo que lo creo también, a ratos. Cuando apago la luz y recuerdo el vídeo, o tu imagen entre las llamas. Aunque quizá lo imaginé...

Tanta gente, contando cosas extrañas: Hidalgocinis, Brau, la propia Pilar Lacuesta, que aunque sea una suegra terrible, da la impresión de no dejarse llevar por la imaginación, precisamente, y ahí la ves, hablando de pterodáctilos en la autopista...

Ay, no sé. Es que ya me conoces. Soy racional, MUY racional, mientras está encendida la luz o mientras es de día y el sol lo muestra todo y lo hace sólido y real. En la penumbra... a saber. Pero conste que si voy a huir contigo es porque te quiero, te he amado siempre y no tendría sentido ignorar esta oportunidad de reunirnos. Quizá termine creyendo también, pero no es algo que me importe, ahora mismo.

Me he pasado el día nerviosa y feliz, recordando una y otra vez ese "Pero te sigo amando". Te aseguro que con eso me es suficiente para vivir otros dieciocho años, en las condiciones que sean. También he estado inquieta, asustada por esa referencia a que estás herido. ¿Herido, por qué? ¿De qué es esa herida, cómo ocurrió? ¿Cuán grave es? Tendrías que haberme dado más datos, ahora me has dejado muy preocupada.

En otras circunstancias, hubiese preparado la marcha con cuidado, dando un margen de días para buscar cubrir bien toda pista. Pero si estás herido, quiero reunirme contigo cuanto antes.

Aunque te contestaré en Youtube, como me pides, quiero asegurar también por este medio que te llega el mensaje: mañana por la noche espero que estar con los niños y con Rosa María en la pensión a la que íbamos siempre, ya sabes. Pediré la misma habitación, a ser posible. Pregunta por mí. Dejaré dicho que mi marido llegará en cualquier momento. Si hay algún cambio, te lo indicaré también aquí.

Si es demasiado pronto, por la razón que sea, indícamelo, aquí o en Youtube. Podríamos organizarlo de otro modo.

No quiero que les hagas nada a mis padres. Son como son, pero... preferiría que no les pasase nada, así podré olvidarme de ellos cuanto antes, sin remordimientos. Y respecto a Javier, sí que me gustaría que algún día pudieras hablar con él, porque en definitiva ha intentado ser un buen marido, te lo aseguro. En cierta época de mi vida, cuando desapareciste, no sé qué hubiese sido de mí, sin él. Fue mi apoyo, mi fuerza. Mi vínculo con tu recuerdo y la cadena que me arrastró a seguir viviendo. Siempre le estaré agradecida por todo aquello. Tú también debes estarlo.

No dudes de que, cuando desaparezca con los niños, empezará a buscarnos como loco. No dispondremos de mucho tiempo. Por favor, no me falles.

domingo, 15 de mayo de 2011

Sábados de Arriba y Abajo

He estado pensando si merece realmente la pena mantener este blog. Total, su función básica ya se ha cumplido, y con éxito: encontrar a Julián. Saber qué le ocurrió, terminar con la incertidumbre, con la angustia que provoca ignorar los hechos. Ahora mismo, no quiero entrar a valorar el fondo del asunto más de lo necesario.

Pongamos que me alegra saber que no lleva dieciocho años muerto bajo unos arbustos, en un bosque navarro. Punto.

Dicho lo cual... ¿tiene sentido el blog? Pues no estoy segura pero, tras meditarlo mucho, he llegado a la conclusión de que sí. A mí me sirve como terapia: escribir me divierte, me relaja, hace que reflexione mucho sobre las cosas y las analice intentando plasmarlas, contándooslas a todos vosotros.

Además, he conocido gente, he hecho amigos en este mundillo de Blogger, y no estaría bien desaparecer sin más.

William Thomas Smedley pintó esta ilustración de una doncella para una revista, creo que femenina. Viene perfecta para esta entrada, en la que tengo que contar algo que jamás hubiese creído posible que viniera de mí. Lo cierto es que solemos juzgar y criticar a otros, pero raramente nos reprochamos las bajezas a nosotros mismos. Me toca.

Me parece que no lo comenté, pero el día que se incendió mi casa, la chica peruana, Rosa María, no estaba tampoco. Javier la trajo aquí, donde mis padres, con los niños. Claro, con el lío posterior del incendio, su situación ha quedado un tanto incierta. Y con el asunto de Julián, el disgusto que he tenido esta semana, yo ni me acordé de ella, para qué lo voy a negar. Es verdad que la he visto un par de veces deambulando por los pasillos, pero no intercambié con ella más que un saludo y, desde luego, no le concedí mayor pensamiento.

Pero, hoy por la mañana, Jon ha venido indignado a mi cuarto y me ha soltado que mi madre ha despedido a Rosa María. Y con el dolor de cabeza que tenía yo, después de apenas dormir anoche...

Por supuesto, en un primer momento me indigné también, faltaría más. No porque Rosa María fuera imprescindible, ya que ahora mismo no tiene nada que limpiar, obviamente, sino porque si alguien tenía que despedirla, hubiese debido ser yo. Pero, la expresión de Jon, su enfado, desataron todas mis alarmas. Ay, ay, me dije.

Jon es un buen chico, ya lo he comentado otras veces. Demasiado responsable para su edad, incluso. Resulta habitual encontrarle leyendo un libro o trabajando en su portátil, aunque tiene su grupo de amigos y no perdona un fin de semana. Últimamente, por pequeños detalles de preocuparse más del aspecto o llamadas sigilosas, me he preguntado si no habría por ahí alguna novia. Incluso sospeché de Rosa María.

Y con razón.

Y he aquí que mi primer impulso ha sido dejar que mi madre despidiese a la chica. Alejarla de Jon. Pensar que semejante relación no me gusta, ni pizca, que no es bastante para él, que es de hecho peligrosa para él.

Porque, a ver, ¿quién coño es Rosa María, para aspirar a conseguir alguien tan maravilloso, tan buen partido como mi hijo? Nadie. Absolutamente nadie. Una ignorante sin estudio alguno, cuyas únicas virtudes son que es mona, bastante mona de hecho, y que es una trabajadora incansable del estropajo, eso también hay que reconocérselo. Pues vaya curriculum.

No es lo que he soñado para Jon, jamás. A mí me gustaría una jovencita guapa, de buena familia, estudiosa, universitaria, con más capacidades que quitar la siguiente mancha con la que pueda llegar a toparse. Y, por cierto, que llegue dentro de mucho tiempo, a ver, que Jon es muy joven y lo que tiene que hacer ahora es estudiar y divertirse.

Como digo, he pensado todo eso, he abierto la boca para darle largas, pero... no he dicho nada. En el último momento me he quedado de piedra, a punto de verme convertida en un reflejo del comportamiento que tuvieron mis padres hace tantos años, cuando consideraron apropiado decidir por mí qué me convenía.

Qué horror, qué espanto. Los mismos prejuicios, los mismos razonamientos, una misma conclusión: A MÍ no me gusta.

No puedo hacerlo. ¿Cómo voy a interponerme, porque a mí me parezca esto o aquello? Me resulta imposible. Me guste o no, me pese o no, no es mi decisión. Le he preguntado a Jon directamente si hay algo entre ellos y, tras dudar un segundo, me ha dicho que sí. Aggg, pensé. Rayos y centellas.

Y claro, como no sabía qué contestar, ni quería comportarme como mi madre, le solté que recordara siempre usar preservativo. No os imagináis cómo me ha mirado.

Diantre, es que no sabía qué decir...

Dado que mi madre ha tenido a bien despedirla sin decirme nada, he buscado a Rosa María en el cuarto que comparte con una de las doncellas y la he readmitido sin avisar a nadie. Sólo faltaría. Claro, no había pasado ni media hora cuando se ha presentado mi madre en mi dormitorio, exigiendo explicaciones por mi falta de criterio a la hora de mantener un servicio que no necesitaba, pagando un sueldo que bien podía ahorrarme, y hemos empezado a discutir.

- A mis empleados, los despido yo - le he dicho, tajante. Y ha estado a punto de afirmar que en su casa ella despide a quien quiere, lo hemos sabido ambas, que la frasecita rondaba como un buitre, pero se ha callado. Una pena. Ahora no estaría yo aquí, sino en un hotel.

- Eres una insensata - ha replicado finalmente, enojada - Lo que menos importa es si es necesaria o no, o si le pagas tontamente un sueldo o no. ¿Es que no te das cuenta de que Jon tiene un lío con ella? Si no estuvieras siempre preocupada por ti misma, lo hubieras visto. Y si no lo paras de inmediato, tendrás un problema, al tiempo. Un problema con pinta inca, como los salvajes de por ahí.

- Genial, madre. El nieto que se merece alguien capaz de semejante comentario racista.

- No seas sarcástica. Y reacciona. ¿Es que no vas a hacer nunca nada por tu familia? Si ocurriera algo así, tu padre se moriría de vergüenza.

- Quien sabe. Yo diría que es bastante más resistente que todo eso. De hecho, tiendo a pensar que es inmortal, la última plaga de Egipto que se ha perpetuado sigilosamente en la tierra - ella bufó, así que me encogí de hombros y dejé las bromas ácidas - En todo caso, Jon ya tiene edad para decidir por sí mismo en esos asuntos. Y prefiero que Rosa María y él tengan un problema del tipo que sea por sus propias decisiones, que meterme yo en su vida y jodérsela por completo.

- ¡Rebeca! ¡Te he dicho mil veces que no me gusta que seas ordinaria!

- No voy a hacer como hiciste tú - la miré con ojos entrecerrados, más que nada buscando contener toda la inmensa violencia que bullía en mi interior. Es que, cuando pienso en todo aquello... Estoy llena de ira, es verdad. Anotaré que necesito ayuda médica entre las cosas a tener en cuenta para mi nueva vida - Rosa María es mi empleada y Jon es mi hijo, ese que querías que matase en un aborto o que diese en adopción - al menos, ha tenido la decencia de ruborizarse - No te atrevas a meterte.

Me ha fulminado con la mirada y se ha dirigido a la puerta. Pensé que saldría sin más, dando un portazo, pero no.

- No sé de qué te quejas tanto - dijo, deteniéndose un momento en el umbral - Te recuerdo que, al final, como siempre, hiciste lo que te dio la real gana. Y que yo sepa, no es que lo hayas hecho demasiado bien, precisamente.

Olé. Esa es mi madre. Un encanto, cuando quiere.

Aunque, la verdad, en ese momento, tenía razón.

sábado, 14 de mayo de 2011

Viernes de Ataque Directo

Con todos los problemas que ha dado Blogger hoy, me toca escribir a estas horas y sin saber siquiera si va a funcionar. Qué cruz.

Como he tenido tiempo, y estaba tremendamente aburrida, después de cenar en mi parodia de familia me he dedicado a jugar en el photoshop con una foto que me hicieron en marzo. Jon me enseñó los rudimentos de ese programa, una tarde hará un par de años, y creo que no se me da mal. Vale, sólo hago tonterías, pero me entretiene.

Me he recortado, me he troceado, me he montado en otro fondo, he oscurecido una zona, le he dado filtros hasta hartarme... En definitiva, esta soy yo. Imposible de identificar, espero, un compuesto no siempre armónico de distintas partes.

El día que Javier me hizo esta foto, iba bastante elegante, porque le acompañé a una conferencia en la Universidad. Hoy, por el contrario, he llevado una minifalda de volantes totalmente agresiva y un escote considerable, y los tacones vertiginosos de Blanca. Hacía buen día en Bilbao, estupendo de hecho, así que he podido usar las gafas de sol, menos mal porque tengo los ojos hechos un asco.

Con esas pintas, me he presentado en el despacho de Enrique Ugalde. Su secretaria (definitivamente, no creo que se acueste con ella, le calculo unos sesenta años) ha puesto cara de sospechar que si la mafia me persigue es porque soy la golfa de algún capo, pero me ha hecho pasar sin hacer comentarios.

Ojalá hubiese podido hacer una foto de Enrique. Ja. Se ha puesto en pie para recibirme y me ha saludado muy educadamente.

- Estás intentando matarme - ha dicho, cuando la secretaria nos ha dejado solos, llevándose una mano al corazón. Me senté sinuosa y me eché a reír, bien protegida detrás de mis gafas - ¿Por qué no me has contestado al teléfono? Me hubiera gustado quedar en un sitio más... adecuado.

- He venido como cliente - repliqué, sin hacer caso de su primera pregunta, y fui directa al grano - Quiero el divorcio. ¿Cuánto me costaría?

Supongo que le he tomado por sorpresa, pero es abogado y ha sabido disimular.

- Depende. ¿Tu marido está de acuerdo?

- No estoy segura. Aún no se lo he dicho.

- Ya. Bueno, conociendo tu nivel de vida, en un caso como el tuyo, estudiaría el asunto y, si va a haber pelea, te pediría una buena provisión de fondos. Digamos, unos diez mil euros , para empezar - ahí fue donde yo intenté disimular, a mi vez. Qué barbaridad. Qué caro está el coste del error. O lo que es lo mismo, qué bien viven los abogados. Creo que a mí sí que se me notó todo atisbo de pensamiento en la cara, porque sonrió - Pero a ti te haría un precio especial, preciosa.

- Me siento halagada - me lo he pensado un momento, aunque supongo que estaba todo decidido desde un principio. Tengo que cortar con Javier. Tengo que dejarle libre y sentirme libre y dejar totalmente claro que ya nada nos ata. He sacado un talonario y he extendido un cheque por diez mil euros - Toma. Inicia los trámites cuanto antes, aunque imagino que no tendremos muchos problemas. No voy a pelear ni por el dinero ni por la custodia de los niños. Jon será mayor de edad en poco tiempo y Beatriz estará mejor con él - añadí, aunque pienso que, si las cosas que dice Julián son ciertas, con suerte pronto se encontrará en algún sitio seguro, con su hermano.

Diantre, qué tonta soy. De verdad que a ratos me creo todas esas historias, pterodáctilos de Pilar incluidos. No digamos todo eso del Nuiz, o como se escriba, y de que Julián es un héroe demasiado ocupado salvando todo lo conocido como para preocuparse de nimiedades, como antiguas novias prescindibles.

Luego recuerdo que el mundo es lógica y suciedad, y palos directos. No pasan esas cosas.

Enrique abrió la boca, seguramente para soltar alguna gracia sobre que no era dinero lo que quería de mí, y todo eso, pero supongo que le ha entrado finalmente en la cabeza que el asunto era profesional, y punto. Y al final, ha tenido algo de decencia. Ha llamado a su secretaria, me ha pedido bastantes datos, me ha indicado qué documentos necesitaremos y se ha mostrado bastante eficaz.

- ¿Por qué? ¿Por qué ahora? - me ha preguntado al despedirnos, cuando me acompañó hasta la puerta - ¿Acaso has encontrado a tu novio desaparecido?

Vaya mierda. Como si me importaran los hombres, ahora mismo. Creo que me voy a hacer lesbiana. Más que nada por probar qué es eso de estar con alguien con un mínimo de sensibilidad.

- No - le dije. Me miró de un modo raro. Casi diría que no me creyó, como si supiese algo y tuviese claro que le estaba mintiendo. Me sentí inquieta, aunque posiblemente todo fueran imaginaciones mías - Por cierto, gracias por recordármelo: deja de buscarle. Ya no me importa - me acordé de Hidalgocinis - Ni el otro, el bloguero. Déjale en paz, era una tontería, como todo - me encogí de hombros - Ya ves, una mujer aburrida, eso es lo que soy.

- Ya me he dado cuenta - tardó un segundo en hacerlo, pero sonrió - Lamentablemente, no quieres entretenerte. Aunque no pierdo la esperanza. Quizá, cuando consigas el divorcio, quieras cenar conmigo alguna noche.

Ay, no sé por qué lo hice. Porque estoy en plan peligroso y estúpido, supongo, y me siento herida en mi amor propio, mucho. La verdad es que la forma en que me miraba Enrique Ugalde resultaba... consoladora. Le cogí por la corbata y tiré ligeramente.

- Me lo pensaré.

Creí que iba a intentar besarme, aunque dudo que se lo hubiese permitido. No, realmente, no; hubiese jugado un poco más, interponiendo una mano y marchándome con un travieso repiquetear de tacones. Pero, muy por el contrario, él arqueó una ceja y, antes de que me diese tiempo a reaccionar, adelantó una mano y me levantó las gafas por un lateral. Me vio los ojos rojos, hinchados de tanto llorar, claro. Hizo una mueca.

- Estoy seguro de ello - dijo. Y no sé más, porque me fui.

jueves, 12 de mayo de 2011

Medio Jueves de la Pena Negra

Domenico Fetti pintó su Melancolía allá por el año 1620. Tanto tiempo después, a mí me sirve para intentar mostrar cómo me he sentido desde ayer hasta más o menos media tarde hoy. Vale, como sigo. Pero por mis muertos que no se me va a notar más.

Ayer me quedé en cama todo el día y no cené, he llorado toda la noche y esta mañana creo que he preocupado hasta a mi padre. No he querido desayunar y no he querido comer, ni ver ni hablar con nadie.

La Pena Negra, que se diría. La pena que pesa y que hunde el alma. ¿Quién no la ha sufrido en algún momento? Pues eso; supongo que no vengo a contar nada nuevo a nadie mayor de catorce años.

Estaba de luto, como le dije a Hidalgocinis. De duelo. Con ganas de que el mundo reventase y todos me dejasen en paz.

Pero nunca he sido mujer de lamentarme sollozando entre las sábanas más de lo estrictamente necesario. Hay cosas en las que ya no quiero pensar, nunca más. Y es bueno tener otras que parecen prioritarias y me han dado la opción de mantenerme ocupada.

Le he dicho a Jon que comprase dos módem USB de esos que menciona Rolando en su vídeo. Uno es para él, quiero que lo tenga siempre a mano, por si acaso. El otro es para mí. Jon me ha mirado un tanto sorprendido, creo que no esperaba que supiera tales términos técnicos. La verdad es que no tengo ni idea de cómo son ni cómo se usan. Pero aprenderé.

Luego, me he levantado, me he preparado y he salido de compras. Suena fácil, así escrito, pero no lo ha sido. Primero he tenido bronca por querer salir, cuando he estado "convaleciente del disgusto". Y segundo, he tenido bronca por no querer que me acompañasen mi madre y Beatriz. Quería ir sola.

Soy una Goyri, muy testaruda. Me he ido.

He comprado dos mochilas, una para Jon y otra para Beatriz. Les he comprado ropa, varias mudas, cosas de aseo y todo lo necesario para un posible viaje. En la de Beatriz he añadido una muñeca, no sé por qué. Supongo que lamento... todo. Y también supongo que da igual, porque ya es demasiado tarde para cualquier cosa.

Ha sido, por tanto, una tarde de mucho ajetreo. Luego, en casa, he metido las mochilas bajo sus camas, y se lo he dicho a Jon, para que esté al tanto y que, si pasa algo, se ocupe de proteger a Beatriz. Ha empezado a discutir, claro, y ya no es un crío al que se le pueda hacer callar. Tengo que contarle la verdad. Quizá lo haga esta noche.

He comprado también una bolsa de viaje pequeña, para mí. He metido todo lo necesario y la tengo debajo de mi cama. Posiblemente me vaya de aquí antes que ellos. Aún tengo que decidir adónde ir. La cosa es que quiero irme. No soporto esta casa, ni soporto mi matrimonio.

Eso me recuerda que Enrique me ha llamado tres veces, pero no he contestado. Lo que sí he hecho es buscar su despacho en la guía. He tenido suerte, sí trabaja por su cuenta, no ha sido difícil localizarlo. He llamado y su secretaria me ha dado hora para mañana por la mañana. Me ha metido en un hueco porque le he dicho que era urgente y he puesto voz de perseguida por la mafia. Supongo que así es como me siento.

Como dije, no conozco a otro abogado. Pero seguro que si voy en plan cliente, se comporta. O eso pienso. Total, su secretaria estará en la recepción. Seguro que se acuesta con ella y no se atreve a ponerla celosa. Le volvería loca la agenda. Ya veremos qué pasa. Quiero que gestione mi divorcio antes de irme, para poder marcharme con la conciencia tranquila.

No me importa esperar un poco, voy corta de tiempo. Antes de irme quiero arreglar muchas cosas y también me he apuntado en un gimnasio a unas clases de autodefensa. Igual es una tontería, porque si me arrolla un toro pues qué voy a poder hacer, cuitada de mí. Pero si viene un imbécil, igual puedo partirle la cara.

La verdad, tengo ganas de pegarle a algo. A qué negarlo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Miércoles de Oscuras Epístolas

El cuadro de Hans Temple, Der Liebesbrief (La carta de amor), puede ilustrar perfectamente mi nueva entrada, pese a que en realidad el amor quede en un segundo plano.

Esta mañana, al despertarme, he encontrado una carta en la almohada, a mi lado. Está claro que Rolando entró en la santa guarida del Gran Goyri, una vez más, para llegar hasta su hija, aunque con intenciones muy distintas a las que llevaba en otros tiempos.

No me despertaste. ¿Por qué no? Admito que, tras leer la carta puedo entender tus motivos, pero no sé si puedo... aceptarlos. "Por eso no he vuelto a buscarte, mi cereza, porque el amor no lo es todo para mí." Tras tantos años centrada en tu recuerdo, en ese amor, no estoy segura de cómo me hace sentir todo esto.

Como es un poco larga, ahora me voy a limitar a transcribir la carta. Creo que puede ayudar a muchos a entender... cosas. Y yo pensaré en lo que dice. Tengo la sensación de que se está produciendo una brusca ruptura en mi vida. Supongo que debería darte las gracias. Y te juro que siento mucho, muchísimo, haberte complicado tanto la existencia en aquellos lejanos tiempos. Es evidente que, de no haberme conocido a mí, no te hubieses visto obligado a irte así y vivir esas experiencias. Lo lamento de verdad.

Te mandaré de vuelta la carta (como me pides en ella, ruego a los lectores un poco de paciencia, acabarán entendiendo este párrafo cuando lean la carta de Rolando), para que la interceptes, pero una última cosa: protege a Jon, si realmente hay tal peligro. Y a Beatriz también, si no te importa, ella no tiene la culpa de nada y es mi hija, y tu sobrina. En cuanto a mí, soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma. He descubierto que soy más fuerte de lo que pensaba. Y, visto lo visto, prefiero arreglármelas por mi cuenta.

Mucha suerte en... eso en que estás metido. Intentaré mantenerme informada.



CARTA DE ROLANDO
"Hola, mi pequeña cereza.

Hace unos días estoy leyéndote a ti y a los otros con los que hablas por la internet. He leído lo que mi hermano te dijo. Me ha hecho pensar.

Sabes por qué me fui; tienes razón en todo; tu padre, mi familia, las amenazas. Sólo hay una cosa que no es cierta. No me dieron dinero. Me dieron una dirección, de un tipo que me podría ayudar en París. Me ofrecieron dinero pero no lo cogí. Pregunta a tu padre. Es un cabrón, pero no creo que te mienta en eso. Es un cabrón viejo, cereza, tú ya puedes con él.

Mi hermano es un cabrón joven. Debí dejarlo en el fuego.

Me dieron esa dirección y después de pasar mucha hambre en la calle acudí. El tipo se llamaba Antoine Phillippe du Pascant. Yo le llamaba Dupa, porque me sonaba más nuestro.

Me propuse estar un año entero sin mandarte carta para enfriar mi corazón y el tuyo, y para proteger a mi familia.

Me dieron trabajo en una fábrica y fui aprendiendo el idioma. Dupa me dejaba dormir en una habitación que antes era para el servicio. Ya no tenía servicio. Tenía un tipo al que llamaba Milanés, no sé si por nombre o por lugar de nacimiento, que hacía las compras y limpiaba las armas. Dupa se reunía cada dos o tres semanas con unos señores y cerraban las puertas.

Milanés murió o desapareció un día, no lo sé. Dupa estaba asustado y me dijo que tenía que viajar. Me pidió que lo acompañara. Yo… bueno, sabes que siempre he impuesto respeto. Me dio un revólver y un par de maletas.

Estuvimos en Rusia así como un año, creo que escondidos, en cualquier caso hospedados por un tipo que parecía tener mucho dinero, muchos libros y ser amigo de Dupa desde hace tiempo. El tipo se fijó en mí. No era el típico ruso. A mí me recordaba un poco a las fotos de Rasputín, pero con el pelo corto y un poco amariconado. Se llamaba Yuri. Este tipo se fijó en mí, como te he dicho, y me quiso hacer unas pruebas de concentración. A Dupa no le pareció raro, se movía bien hablando de poderes mentales y confiaba en el maricón de Yuri.

Y, sí, sacaron que tenía poder mental. Ellos le llaman Nuiz. Yo tengo Nuiz. Me ayudaron a desarrollarlo.

Cada persona tiene un Nuiz distinto y sirve para una cosa o para la otra. Ahora mismo no puedo comentarte cuál es mi Nuiz porque me temo que todo esto lo vas a sacar en tu blog.

Pasé a formar parte de una sociedad. Esta sociedad tiene una misión muy importante. Más importante que tu vida, que la mía, que el amor y que la venganza, que mi familia.

Por eso no he vuelto a buscarte, mi cereza, porque el amor no lo es todo para mí. Pero ahora sé que tengo un hijo.

Y parte de todo este embrollo tiene que ver con salvarlo. Y ahora la misión se ha ido a la mierda. Creo que de la sociedad quedamos pocos que sigan vivos o libres. Sólo los que tienen un Nuiz poderoso.

Intentaremos reagruparnos y ayudar, pero mucho más no podemos hacer. Seguro que se cabrean conmigo por lo de los vídeos, pero el secretismo ya no va a ayudar a nadie. La gente tiene que saber.

Cómo sobrevivir.

Volveré a buscarte y a buscar a mi hijo, pero tengo una nueva misión y estaré todo el tiempo entrando y saliendo. Si estáis cerca, podré protegeros mejor. ¿Quieres eso?

Entonces firma esta carta con un beso y échala en cualquier buzón. No hace falta que pongas dirección. Yo la interceptaré.

Yo y mi Nuiz."

martes, 10 de mayo de 2011

Martes entre Rejas Doradas

Siempre me he visto reflejada en este cuadro de Waterhouse. Se llama Miranda, de La Tempestad. La mujer que aparece, mirando a lo lejos, se parece mucho a mí, incluso físicamente. En épocas, cuando llevaba el pelo muy largo, tenía una melena así.

Y, como ella, parezco detenida en un instante del tiempo, esperando...

Hoy no me han dejado salir en todo el día. Con la cosa del susto por el incendio, mis padres y Javier se han empeñado en que guarde cama y lo han logrado por las bravas, porque no he encontrado mi ropa por ningún sitio y no era la cosa salir a la calle en camisón. He protestado un poco, pero en realidad me sentía... débil, no sé, desgastada. Quizá sí tenían razón en que necesitaba un descanso. Desde luego, han hecho lo imposible por simular normalidad, incluso por crear buen ambiente.

Por ejemplo, mi madre hasta ha venido con Beatriz a traerme el desayuno (algo que jamás hubiera imaginado que hiciese, de niña si estaba enferma me llevaba el desayuno la Tata), llenas de sonrisas y bromas. Han hecho planes para cuando pueda levantarme, como si estuviera convaleciente de alguna enfermedad que me ha alterado el sentido en los últimos años. Según ellas, iremos las tres de compras, luego merendaremos en algún lugar chic con mi padre, Jon y Javier, y todos seremos muy felices.

Esto es un infierno.

Cuando me dejaron sola, tenía muy claro que la situación no podía seguir así. Me lo pensé bien y, para cuando vi en el portátil el segundo vídeo de Rolando (he puesto aquí los dos, en la columna de la derecha) estaba decidida.

Mi matrimonio se ha terminado, por completo.

Se me ocurrió llamar a Enrique Ugalde, para que inicie los trámites del divorcio. Total, no conozco más abogados. No es que me importe mucho estar divorciada o no, haré lo que quiera en todo caso, pero prefiero cortar ese vínculo, por simple respeto a Javier, que se ha comportado bien conmigo todos estos años. Ya me imaginaba que Enrique empezaría a poner condiciones, pero quién sabe, me dije que igual podía seguir manteniendo la situación. Por desgracia, no estaba, me salió su contestador. Un "Soy Enrique Ugalde, pero supongo que ya lo sabes, porque me estás llamando. Ahora no estoy en casa. Espera a oír la señal y me cuentas" muy en su línea.

Y justo estaba en ello cuando entró Javier en el dormitorio. Claro, se ha mosqueado y me ha quitado el móvil, ha pulsado la última llamada, ha escuchado el mensaje de Enrique, y ya para qué contar.

- ¿Qué vas a contarle a Ugalde de lo que pasó anoche, Rebeca? ¿O qué vas a contarle a Julián de Ugalde? Tiene gracia que yo, que soy tu marido, sea el único al que no piensas darle mayores explicaciones - farfullé algo sobre que me dejará en paz, que quería quedarme sola, pero no me hizo caso - No pensaba hablar del tema todavía, pero está claro que no me das ninguna opción. Anoche... era Julián, ¿verdad? No lo soñé, ni fue una alucinación por la descarga o el humo - dudé un momento, pero asentí. No tenía sentido negarlo - Ya veo - dio un par de vueltas por la habitación, de un lado a otro, como cavilando sobre los hechos. Cuando volvió a detenerse, para hablarme, me miró muy serio: - Te abandonó, Reb. Te dejó. Se marchó. Cogió el dinero y se fue sin mirar atrás. Seguro que eso tiene que contar algo.

- ¡Le forzaron a irse! - repliqué, exaltada, recordando los mensajes de Hidalgocinis - Seguro que fue mi padre. ¡Y seguro que tú lo sabías!

- Eso da igual. ¿Es que no lo entiendes? No te pueden obligar a algo así y menos durante tanto tiempo - me señaló con un dedo - Yo jamás, jamás, hubiese permitido que me alejasen de ti de ese modo - sentí que se me comprimía el corazón en un puño - Existe el teléfono, existen las cartas, existe... joder, existe el tam-tam o las señales de humo. Si Julián te hubiese querido de verdad, si te hubiese amado siquiera la mitad de lo que yo te amo, hubiese encontrado el modo de hacerte saber que estaba bien. Al menos, eso. Una nota entregada en mano por un crío en la calle, un telegrama, un ramo de flores de procedencia anónima, algo... ¿Piensas que tu padre es cruel, que lo soy yo? Por Dios, Reb, Julián fue el más cruel de todos. No ha habido ninguna noticia, ninguna, en dieciocho años, y tú has sufrido un infierno viviendo en la incertidumbre de qué pudo ocurrirle y llorando su ausencia...

- ¡Y tú lo sabías! - insistí, porque dolía demasiado y necesitaba llenarme de ira.

- Sí, yo lo sabía. Y hubiera podido decírtelo. Seguramente, hubiese sido lo más adecuado y, sin duda, lo más fácil. Pero pensé que era mejor verte llorar por esa incertidumbre que verte destrozada por su abandono - ese golpe fue muy duro. Javier me observó mientras trataba de luchar contra las lágrimas y agitó la cabeza. Dejó caer el móvil sobre la cama, ante mí - Adelante. Llama a tu amigo el abogado. En realidad, me da pena. Si de verdad está interesado en ti, no tardará en descubrir que eres una tarada emocional que se ha quedado varada en la adolescencia.

Salió y me dejó sola. He llorado hasta hartarme. Y he reflexionado, también, mucho. En realidad, Javier tiene razón, ¿sabes? Si hubieses querido, me hubieses podido avisar de que seguías vivo, hubieses podido venir a por mí, escaparnos juntos... Pero no lo hiciste. Me dejaste abandonada a mi suerte. Desde aquel lejano "Te llamaré mañana" hasta el beso de anoche... nada. Silencio.

Me duele la cabeza. Me duele el corazón. No soporto más mi vida. Dios, o me marcho, o me corto las venas.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lunes de Hechos Asombrosos


Cada vez que pienso en el fuego, me viene a la mente este cuadro de Dagnan-Bouveret, Marguerite au Sabbat. Me impresiona la figura patética y destruida, iluminada furiosamente por las llamas; la vulnerabilidad del gesto, del muñeco; la locura de los ojos...

No estoy en casa. Ardió, anoche. Bueno, no del todo, dicen, pero poco podrá salvarse y pasará un tiempo antes de que pueda volver. Quise irme a un hotel, pero por los niños y por Javier he tenido que aceptar quedarme con mis padres. Eso sí, dejé claro que era una situación excepcional, que no rompía mi promesa de no volver a pasar una sola noche en su casa, después de que me echaran. Les ha parecido bien. Me han dado el gusto porque están encantados.

La razón de todo esto empezó ayer... no sé, sobre las seis y media. Estaba cambiando de sitio el cuchillo que suelo llevar por las noches, metiéndolo en un bolso más cómodo y apropiado, cuando me di cuenta de que me faltaban las llaves de casa.

Sólo podía haber sido Javier, claro. Disimuladamente, fui hasta la puerta de la calle e intenté abrir. Estaba cerrada. Sin llaves no podría salir de casa. Intentaba evitar, sin mediar más palabras, que me reuniese con mi supuesto amante.

Mi primer impulso fue romperle un florero en la cabeza. Me subió la bilirrubina, y de qué manera. Por suerte, tuve la sangre fría suficiente como para volver al dormitorio y apretar tanto los puños que me clavé las uñas en las palmas. El dolor me hizo bien. Conseguí volver a respirar normalmente y centrarme en el problema. Tenía que salir de la casa. Sólo faltaría que, tras tantos días de guardia, fueras a llegar a nuestro banco y te lo encontraras vacío.

Jon estaba estudiando en su dormitorio, así que fui y le dije que quería bajar a comprar una revista pero que había perdido las llaves. Me llamó desastre y me dejó las suyas. Previsible.

Luego, jugué unos minutos con Javier y Beatriz a las cartas (mi hija me preguntó qué me había pasado en las manos, Javier me miró pero no dijo nada) y, en una de estas, diciendo que iba al baño, entré en mi habitación, cogí el bolso y la chaqueta, salí sigilosamente y me fui sin despedirme.

Menos mal que hacía buen tiempo, pude pasear un rato y luego estuve mandando algunos comentarios al blog desde mi móvil. Me entretuve, porque fueron un buen montón de horas hasta las tres de la mañana que volví a casa, desalentada. Otra vez, no habías venido.

No sé qué me esperaba. Pero no lo que me encontré, ciertamente.

Javier estaba en la sala, completamente borracho. Como en una progresión demencial, no sólo tenía un vaso, también había sacado del mueble bar la botella de whisky y estaba casi vacía. Para alguien que no suele beber, aquello había sido devastador.

Me llamó de todo, según entré, acusándome de rastrera y mentirosa a voz en grito, echándome en cara el haberme ido de esa forma, dejándolos a todos asombrados. Me asusté, le recordé que los niños podían oírle.

- ¡No me oirán! ¡Los he llevado a casa de tus padres! Jon no quería, claro, pero he insistido. Esta noche, quiero que tú y yo lleguemos a un nuevo acuerdo de puta convivencia - me señaló el sofá - Siéntate - quise irme al dormitorio, sin más, pero se interpuso en mi camino - ¡Siéntate, he dicho!

Admito que me dio algo de miedo. Fui al sofá y me senté en un extremo, muy rígida. Me echó un buen rapapolvo por lo de las llaves, por haberme ido así, por haberme ido sin más... Yo podía entender su enfado, pero no dejaba de preguntarme en qué grado estaba implicado en tu desaparición. Eso me... alejaba de todo, de alguna manera. Me sentía sucia, casi violada. Furiosa.

- ¿Eso es todo? - pregunté, cuando por fin se calló. Mi indiferencia le enfadó aún más. Pateó la mesita, volcando la botella, que estaba abierta y dejó escapar algo de whisky. La cogió antes de que pudiera hacerlo yo.

- Tú estás loca. De verdad te crees que puedes hacerme esto, después de todos estos años. Dime, ¿con él te muestras más ardiente? ¿Más apasionada? Lo digo porque no puedo creerme que ningún hombre busque más tiempo del necesario lo que yo me he encontrado al casarme contigo. Tienes un buen cuerpo, Reb, pero eres frígida, fría como un témpano.

Sé que estaba borracho y enfadado, que intentaba hacerme daño porque se sentía dolido, pero aún así, el comentario me molestó.

- Sólo con el hombre equivocado - le dije, cruzando las piernas y recostándome con aire sensual. Le vi contener la respiración. Incluso supe qué iba a hacer un segundo antes de que lo hiciera.

El día anterior, debió liberar mucha tensión al arrojar el vaso contra la pared, porque hizo lo mismo, sólo que con la botella. Y tuvo la mala suerte de que, al no apuntar, se estrellase contra la lamparilla de la mesita auxiliar, que estaba encendida. La derribó, provocando una especie de explosión blanquecina, y la guía de teléfonos empezó a arder al momento. El contenido de la botella se había esparcido por todos lados, y el alcohol prendió fácilmente.

- Mierda - exclamó y fue corriendo hacia allí, intentando apagar las llamas. Antes de que pudiera avisarle, tocó la lámpara y le dio una descarga. Yo grité, cuando le vi caer redondo a suelo. Corrí hacia allí y arranqué el cable de la lámpara, por si acaso. Luego, le busqué el pulso, pero soy una inútil para estas cosas y no pude encontrarlo.

Llorando, tiré de él, para apartarlo en lo posible del foco de las llamas. Pesaba una barbaridad. Yo no sabía qué hacer, me sentía al borde de la histeria. Cogí un almohadón e intenté sofocar el incendio, pero el fuego se extendía.

Me acordé del cuadro que he puesto, y yo era esa niña destrozada, vulnerable y loca.

Supongo que, en esos casos, lo suyo es gritar desaforadamente pidiendo ayuda, pero ni siquiera lo pensé. No sé qué hubiera sido de mí, porque era de madrugada y todo el mundo dormía, las persianas estaban bajadas, poco se vería desde fuera, cada vez se respiraba peor y estaba como aturdida, peleando sin sentido contra aquel monstruo que crecía y crecía a cada momento. Por suerte, de pronto, oí golpes, secos, fuertes. Alguien pateaba la puerta, que terminó abriéndose bruscamente, pese a su cerradura de alta seguridad.

Y, entonces... allí estabas tú, vestido de negro, con expresión determinada. Miraste a todos lados, haciéndote cargo de la situación, te centraste en mí, y corriste a agarrarme. No sé cómo, me encontré de pronto colgando desde tu hombro, mientras me llevabas como si fuese un saco de patatas, haciendo que el mundo girase locamente. Creo que grité tu nombre. Todo era vorágine y ruido y caos luminoso.

Me soltaste en la escalera del portal y sin darme tiempo a decir nada, te lanzaste de nuevo al incendio. Creo que volví a gritar tu nombre. Esta vez, seguro que debí hacerlo, porque te volviste, rodeado de luz, como la niña del cuadro, señalándome con un dedo.

- ¡Quédate ahí, Reb! - me ordenaste, clavándome en el sitio - ¡No te muevas!

Había mucho humo dentro del piso y el fuego ya creaba largas lenguas, consumiéndolo todo. Te vi meterte entre ellas, abriéndote paso de tal modo que me recordó el vídeo de aquella gasolinera y ahora creo que sí, que definitivamente, debías ser tú. Al cabo de unos segundos, volviste con Javier en los brazos. Lo dejaste en los peldaños. Le buscaste el pulso.

- Está vivo - dijiste, y me miraste. Yo temblaba como una hoja, de pies a cabeza - Hola, mi pequeña cereza - así me llamabas alguna que otra vez entonces, recordé de pronto, desde que me dio por teñirme el pelo de un color rojo bastante intenso. ¡Qué rabia me daba entonces, qué entrañable me resultó ahora! Me eché a llorar, por todo lo que habíamos perdido, y viniste y me abrazaste.

El beso llegó como el derrumbe de una presa, fue volcánico, fue tan intenso como había soñado tantas veces, pero terminó casi de inmediato, porque no hubo tiempo. Empezaron a oírse voces, alertadas a esas alturas por el calor, el humo y las proporciones de las llamas.

- Te he estado siguiendo - dijiste entonces - Tenía que asegurarme. Volveré a por ti cuando pueda, mi pequeña cereza.

Me diste un último beso y echaste a correr, escaleras arriba. ¿Ibas a salir por la azotea? Para mí, esas cosas sólo son cosa de película, ni me imagino cómo es el tejado de mi edificio.

Vi que Javier había recuperado el conocimiento y me miraba, aunque no me dijo nada. Tampoco tuvo mucha oportunidad. De pronto, empezaron a llegar vecinos y los bomberos. Nos sacaron de allí y nos llevaron a una clínica de urgencias, para asegurar que estábamos bien. Luego, por la mañana, hemos ido a casa de mis padres.

Estoy agotada. Ya seguiré en otro momento.

Cumple tu palabra. Te estoy esperando.

domingo, 8 de mayo de 2011

Domingos de Falsas Confesiones


Llevo varios días acudiendo a la cita. Miércoles, jueves, viernes y sábado. Prefiero no dar aquí muchos detalles, baste decir que aquel primer beso tuvo lugar en el Parque de Doña Casilda, sentados en un banco. Yo acababa de cumplir los dieciséis años y recuerdo que dejé caer la carpeta de apuntes. Jamás había sentido algo como eso y jamás he vuelto a sentirlo, ni siquiera contigo.

Ahora, tanto tiempo después, es un problema acudir a la cita, sobre todo sin saber exactamente el día y a semejantes horas. ¡A medianoche!. Como que resulta fácil. Para empezar, el parque no parece el mismo una tarde luminosa de principios de otoño que en noche completa, aunque sea primavera. Me paso el tiempo aterrada, temiendo que aparezca una banda de delincuentes y se organice una movida. El jueves ya llevé un cuchillo en el bolsillo y por Dios que se lo clavo al primero que se lo busque.

Pero, lo más complicado es, simplemente, salir de casa a semejantes horas. Entre semana, como todos se acuestan relativamente pronto, pude escaparme sin mayor problema, o eso creía porque anoche, sábado, al volver a casa, pasadas las dos, deprimida y tensa por un nuevo fracaso, me encontré a Javier en la sala, con un vaso de whisky en la mano. Tenía el portátil encendido y estaba viendo unas imágenes de esa aurora boreal que se ha divisado por todas partes esta semana pasada.

¡Qué de cosas están ocurriendo y yo apenas tengo tiempo para ocuparme de la realidad! Aunque sí leí la explicación fría y metódica de Faustino en su Verdaderódromo. Nada como un refrescante baño de lógica en medio del caótico barullo de presagios de sangre (como el pobre Brau de Br-i-das de Pinza o su amigo Hidalgocinis de Estatuas de Ceniza, completamente perdido en los ensortijados senderos de la locura, qué poético me ha salido).

No tengo ahora tiempo para analizar los sucesos de Andy el de Tzigane, también relacionado con Faustino. Mi vida gira por completo en torno al vídeo en el que te vi, a encontrarte... Ni siquiera me interesan las cosas extrañas que dices allí, ni quiero pensar en la idea delirante de que pudieras ser uno de los hombres fugados de la cárcel del Callao, los que aparecían en el vídeo de aquella gasolinera. Ya se verá. Hasta entonces, espero que se me permita ser un poco egoísta.

No me importa el mundo. Sólo me importa mi dolor.

Mi marido apenas bebe. Un vaso de vino en las comidas y una copa con el café, los sábados, en casa de mis padres, nada más. Es un hombre comedido y responsable, muy diferente a ti, por cierto. Al menos, muy distinto al chico que me besó aquel lejano atardecer, en el banco del parque.

- ¿De dónde vienes, Reb? - me preguntó Javier con un tono de voz que me resultó... no sé, ominoso. Me puse a la defensiva, claro. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y palpé la empuñadura del cuchillo, pero de inmediato sentí que era un impulso absurdo: jamás podría hacerle daño a Javier. No daño de esa clase, al menos.

- Cuando nos casamos, dijiste que sin preguntas ni responsabilidades.

- Entonces era un crío enamorado - hizo una mueca - Y ya no soy un crío - no sé por qué, la declaración implícita me hizo ruborizar - ¿De dónde vienes? - como no contesté, se enfadó aún más - ¿Te parece normal salir a estas horas sin mayor explicación? Si no lo haces por mí, al menos hazlo por tus hijos. Jon ha vuelto y se ha dado cuenta de que no estabas. He tenido que mentirle, le he dicho que habías ido a casa de una amiga que se había puesto enferma. No me ha creído, claro. Como si tú tuvieras amigas.

- Sí que las tengo - protesté. No sé por qué, me pareció importante dejar claro que no soy un bicho raro, aunque lo sea, aunque él sepa bien que lo soy. Busqué en mi mente y le solté los nombres de unas blogueras que sigo últimamente, Blanca Cueto, de Perfilando Anécdotas y Pilar Lacuesta, de Soledad en compañía - He tomado café con algunas madres, en el colegio de Beatriz. Sobre todo, Blanca, que está pasando un mal momento, separándose de su marido. Y también Pilar, que es abuela de otro compañero de...

- Me importa una mierda con cuántas madres tomes un café - me cortó - No tienes amigas. No puedes. Vives encerrada en tu burbuja, Rebeca, empecinada en no avanzar, en no dejar que pase todo y tener una nueva vida - abrí la boca para decir algo, pero no lo permitió - Tu padre... tu padre piensa que estás enferma, enferma de verdad, y que quizá necesites un tratamiento, en algún sitio agradable.

Eso sí que me sacudió. Abrí desmesuradamente los ojos, sintiendo que era demasiado pequeña como para contener tanto miedo.

- ¿Me estás diciendo que quiere encerrarme en algún lado y que me llenen de pastillas? ¿Es eso?

- No te preocupes. Yo jamás lo permitiré, en ningún caso. Ni siquiera aunque esta farsa de matrimonio termine. Te di mi palabra de que cuidaría de ti y pienso cumplirla. Pero no puedo soportar que me seas infiel. Lo siento, Rebeca, yo también soy humano - bebió un sorbo, contemplándome por encima del borde del vaso - Dime dónde has estado. Dime con quién.

- ¿O qué?

Me miró de tal modo que mi corazón dio un vuelco en el pecho.

- Te aseguro, amor mío, que no quieres oír la respuesta a esa pregunta. Contesta.

"Me he citado con tu hermano", quise decirle. Estuve a punto. Pero me contuvo el secretismo de tu vídeo, la certidumbre de lo bien que se entendían Javier y mi padre, el daño que podía ocasionar el desvelar todo antes de tiempo. Quiero hablar contigo, lo primero, quiero saber qué pasa y por qué y cómo. Quiero que me abraces y que me digas que todo va a ir bien, ya, a partir de ahora y para siempre.

Busqué rápidamente algo que decir. Estuve a punto de mencionar a Faustino, pero al no tener bastantes datos, ni siquiera el nombre auténtico, temí meter la pata.

- Se llama Enrique Ugalde - susurré, sintiéndome tremendamente cansada y casi asfixiada por las náuseas. Recordé su dirección, por la tarjeta - Nos... vemos en su casa - y añadí, porque me pareció apropiado, para que se pensase dos veces cualquier posible acción: - Es abogado.

- Enrique Ugalde. En su casa. Abogado - repitió Javier con voz átona. Se levantó y fue al mueble bar, a rellenarse el vaso de whisky - Es tarde. Vete a la cama.

- Javier, yo nunca...

Javier lanzó el vaso en mi dirección. No me lo esperaba. Por suerte, no quería darme, sólo fue... un desahogo. Pasó por mi lado, a cierta distancia, y se hizo añicos contra la pared. No supe qué decir. Me limité a mirarle mientras se frotaba la cara con ambas manos y recuperaba el control.

- Si se te ocurre decir que nunca me has hecho promesas o que no querías hacerme daño... no es el momento, Reb. Tengo muy claro lo que ha sido y es nuestro matrimonio. Vete a la puñetera cama - viendo que no tenía sentido intentar hablar con él en ese momento, me dirigí hacia la puerta del pasillo, pero me detuve al oírle decir: - Sé lo que piensas, te conozco muy bien. Odias esta vida, la odias profundamente, porque no es la que hubieras querido. Ambos sabemos que yo no hubiese tenido ninguna oportunidad, de haber estado Julián. Pero qué digo... nunca he tenido una oportunidad, ni siquiera en su ausencia - me volví hacia él, sintiéndome tremendamente culpable. Javier agitó la cabeza, mirándome con censura - Mi querida Rebeca, mi amada Rebeca... Nunca se te ha ocurrido pensar que yo estoy en una situación como la tuya, tan atrapado como tú. Y más desesperado.

- ¿Qué quieres decir?

- ¿No es evidente? Tampoco esta es la vida que hubiese deseado, de haber podido escoger. La diferencia entre tú y yo, y lo que en tu profundo egoísmo jamás has podido ver, es que, al menos, a ti te han querido.

No supe que decir a eso, apenas he podido pegar ojo esta noche. Por la mañana, he pensado recoger los restos del vaso, pero ya no estaban, supongo que lo limpiaría él. Javier se ha comportado normalmente todo el día, aunque no me mira y sólo me habla lo justo.

Me pregunto qué pasará esta noche, cuando llegue la hora de salir.